El sargento negro

16 Dic

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Año: 1960.

Director: John Ford.

Reparto: Woody Strode, Jeffrey Hunter, Constance Towers, Willis Bouchey, Billie Burke, Carleton Young, Judson Pratt, Juano Hernández.

Tráiler

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         El western de John Ford no acostumbra a estar dominado por héroes tradicionales. Incluso antes de que congraciara la madurez del género con La diligencia, una obra en la que daba la vuelta a los arquetipos sociales y cinematográficos, piezas del periodo silente como Tres hombres malos demostraban ya que los prejuicios casaban poco y mal con el sentido de la humanidad del cineasta. O, al menos, evidenciaban que América, como nación recién conformada o en sempiterno proceso de construcción, es capaz de lavar y redimir hasta las más profundas condenaciones, sean estas merecidas o impuestas. El Ejército, constituido como una familia de aluvión, de hermanos en armas de distintos rostros y distintos acentos, desempeña en la filmografía de Ford un papel fundamental en este sentido, operando como elemento integrador e igualador.

         A hombros del tío Ethan, el cineasta ya había transitado en Centauros del desierto el racismo inveterado y obsesivo que yace enquistado contra el indio, avanzando así una incipiente vena revisionista y descreída que, en el caso de los ancestrales moradores del país, quedará definitivamente cristalizada en El gran combate, una película que cabalga entre el homenaje y la disculpa. Justo a mitad de ambas, Ford estrenará El sargento negro, que explora con idéntico sentido el racismo que sufre la población afroamericana, que a pesar de la abolición de la esclavitud y de participar del país de la libertad no disfruta de una emancipación plena, víctima de incontables injusticias legales, sociales y económicas. El mensaje, colocado en la década de 1880, no estaba exento de validez para aquella época. Quizás tampoco para la actualidad.

         Para El sargento negro -proyecto que antes había trabajado y abandonado André de Toth-, Ford se basaba en un relato de James Warner Bellah, escritor especializado en el western con componente castrense a quien Ford ya había adaptado en la Trilogía de la caballería, que enmarca Fort Apache, La legión invencible y Río Grande. Un par de años después de la aquí comentada, volverá a recurrir a él, otra vez emparejado con Willis Goldbeck, para filmar el acta de defunción cinematográfica del género -al menos para cualquier intento de clasicismo- con la angular El hombre que mató a Liberty Valance.

Regresando a El sargento negro, la función arranca con una canción en honor del “capitán Búfalo”, es decir, la idealización del ‘buffalo soldier: los combatientes afroamericanos de la caballería y la infantería que se dieron a conocer en las guerras indias, admirados por sus contrincantes por su resistencia y ferocidad y denominados así por las similitudes que estos veían entre las cabelleras rizadas y azabache de los soldados y de los animales. Son, claro, aquellos a los que en 1983, póstumamente, cantaba Bob Marley en la que probablemente sea la manifestación cultural más conocida sobre este cuerpo militar.

Los entusiastas versos de la apertura condicionan pues el transcurso de un juicio en el que, por medio de un encadenamiento de flashbacks por parte de los testigos llamados a declarar, se reconstruye la presunta implicación del acusado, el sargento Braxton Rutledge (Woody Strode), en la violación y asesinato de la hija adolescente de un mayor y en la muerte a tiros de este. Lo defenderá un abogado de fuertes escrúpulos y respeto por la normativa, independientemente de a quien atañase, que encarna Jeffrey Hunter, quien precisamente había ofrecido el contrapunto de inocencia, empatía y amor incondicional frente al envenenado tío Ethan de Centauros del desierto -en esta línea irá también el guiño de la alusión al rancho de los Jorgensen-.

         Las intenciones humanísticas del discurso de El sargento negro son, pues, bastante explícitas, lo que no es óbice para que propine rotundos, sentidos y valientes puñetazos a la conciencia colectiva estadounidense. Sus persistentes aguijonazos -iguales a los que el defenestrado sargento Rutledge padece en sus carnes y en su moral a costa de esos prejuicios que, como denunciaba Spike Lee en Infiltrado en el KKKlan, el cine también ha contribuido a perpetuar-, se extienden hasta un desenlace en el que, como punto y final, parece que va a entregar al pueblo ese eterno y redentor voto de confianza de saber reconocer las bondades del prójimo. Pero, en cambio, lo apuntilla con una confesión que, aunque de forzado efectismo en términos expositivos, no deja de resultar tremendamente agresiva, en especial habida cuenta de la truculencia del caso criminal que se aborda, inusual en este tipo de ambientes.

         En constante juego entre el presente y el pasado -este último plasmado con mayor intriga y dramatismo-, la estructura narrativa parece por momentos algo tosca todavía, si bien no resulta pesada gracias al dominio del ritmo de Ford, cuya labor, a pesar de las limitaciones de la producción, no está exenta de expresivos detalles estéticos -el empleo de la sombra, el escenario de terror de la estación de tren, la ascendencia mitológica de Monument Valley, la estampa heroica del sargento recortada contra el horizonte-.

Además, el libreto incorpora los típicos alivios cómicos del autor -humor a cargo de secundarios pintorescos de solemnidad satíricamente en entredicho, descreído descaro, afición por el alcohol o atrevimiento rompedor-, por desgracia impensable en el cine de aspiraciones serias contemporáneo. También gotas de romance a raíz de la tensión entre el letrado y una de las declarantes, en deuda de vida con el encausado -o viceversa, atendiendo a la resolución de la escena-, y que arroja otro personaje tan fuerte, íntegro y épico como el objeto principal del elogio.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

12 comentarios para “El sargento negro”

  1. Deckard 17 diciembre, 2019 a 21:02 #

    Esta es una de esas pelis que desmienten claramente el racismo de Ford. Recuerdo que la primera vez que la vi, Woody Strode en una escena estaba tan inexpresivo y con movimientos tan mecánicos que parecía un animatronic.Lo llegue a pensar sinceramente. No es coña.
    Saludos.

    • elcriticoabulico 18 diciembre, 2019 a 15:29 #

      La verdad es que el tío siempre ha sido muy G.I. Joe, duro de gesto y de pectorales jaja

  2. Deckard 19 diciembre, 2019 a 09:36 #

    Si. Lo que pasa es que hace muchísimo que la vi y no lo recuerdo con total claridad. Y me gusto mucho, ojo, pero la escena que te digo es creo que cuando suena la canción del capitán Buffalo y sale Woody Strode ahí, todo hieratico, creo que girando un poco artificialmente componiendo una estampa un tanto heroica y épica mientras va a dar toque de corneta y me parece que hay también una bandera americana de fondo. En la línea un tanto patriotera de Ford. Y eso, animatronic total, vamos….
    Saludos.

    • elcriticoabulico 20 diciembre, 2019 a 14:30 #

      Sí, sí, es una postal totalmente desinhibida. No hay bandera, pero se imagina.

      • Deckard 21 diciembre, 2019 a 15:16 #

        Ja, ja, ja. MUY BUENO, VICTOR. La verdad y aunque era un genio absoluto, John Ford era (sobre todo en la Trilogía de la Caballería) fachilla total, y a muchas de sus películas yo creo que no les hubiera, sentado mal un forillo permanente, de principio a fin, con la bandera de las barras y estrellas (aunque sólo “se adivinara”, ja, ja) Seguro que incluso en USA, en ciertos lugares si lo hubieran hecho, hasta hubieran incrementado así notablemente la recaudación. Ja, ja, ja.
        Un saludo.

        • elcriticoabulico 23 diciembre, 2019 a 16:14 #

          Se pueden discutir muchas cosas sobre Ford, pero que el tío era patriota estadounidense es innegable. Lo cual no es óbice para que tuviera ideas sociales que se aproximaran a lo que sería una izquierda europea, ojo.

          • Deckard 23 diciembre, 2019 a 18:58 #

            Los grandes directores siempre son muy escurridizos para ser etiquetados ideológica mente. De hecho, casi te diría, que una de mis películas clásicas favoritas, (“Que verde era mi valle!” ) de Ford, puede ser catalogada de derechas por su mirada un tanto machista y tradicionalista, pero también de izquierdas porque aboga por un sindicalismo racional a la vez que critica a los sindicalistas marxistas tradicionales y su forma de concebir las huelgas. Y otro caso clasico difícil de etiquetar ideológicamente es “Que bello es vivir! ” Muchos la catalogan de carca por su apología de la institución familiar, pero a la vez es progresista porque aboga por un cooperativismo en contra de los plutocratas capitalistas. Por eso son los más grandes. Porque captan la complejidad de la realidad.
            Nada más. Saludos y felices fiestas.

            • ALTAICA 24 diciembre, 2019 a 00:53 #

              Espléndido análisis. La de Capra, por ejemplo, y otras muchas de él, son esencialmente sociales y, por el contrario, siempre se le tilda de carca.

              • Deckard 24 diciembre, 2019 a 10:44 #

                Gracias, amigo. Por cierto. Felices fiestas. Tapaos todos, que yo tengo un catarro espantoso.
                Saludos.

                • elcriticoabulico 27 diciembre, 2019 a 02:37 #

                  Un buen caldo y una buena sesión de John Ford con manta. Lo recetaría cualquier matasanos que se precie de serlo.

  3. ALTAICA 20 diciembre, 2019 a 17:24 #

    Buena película, pero para un servidor no es una obra maestra ni de largo. Sinceramente creo que a Ford se le atribuyen demasiadas películas magistrales con excesiva facilidad. Un grandioso director, pero no el mejor. Felices Pascuas.

    • elcriticoabulico 23 diciembre, 2019 a 16:11 #

      No es obra maestra, no. Pero, para mí, ninguno como John Ford.
      ¡Felices Pascuasa ti también, Altaica!

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