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Solo ante el peligro

1 Feb

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Año: 1952.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Gary Cooper, Grace Kelly, Katy Jurado, Thomas Mitchell, Lloyd Bridges, Lon Chaney Jr., Otto Kruger, Henry Morgan, Howland Chamberlain, Larry J. Blake, Robert J. Wilke, Sheb Wooley, Lee Van Cleef, Ian MacDonald.

Tráiler

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          Solo ante el peligro es la cosa más antiamericana que he visto en mi vida”, declararía John Wayne, indignado con que el protagonista de la película, sheriff de un poblacho dejado de la mano de Dios, se pasase todo el metraje caminando apurado de un lado a otro en busca de ayuda contra el malvado que llegará en el tren del mediodía a Hadleyville. Irritado por el simbólico cierre del filme, añadiría que incluso no sentía remordimiento alguno por que el guionista, Carl Foreman, hubiera tenido que irse de los Estados Unidos bajo el peso de las persecuciones anticomunistas lideradas por el senador Joseph McCarthy.

En la década de los cincuenta, sobre todo en su primera mitad, los Estados Unidos se miraban en el espejo y no les gustaba el reflejo que veían. La oscuridad política y moral de la caza de brujas, envuelta en el insoportable e insostenible Temor rojo, sembraba dudas en la identidad nacional del presunto adalid del mundo libre. Ese conflicto en la propicepción se trasladaba irremisiblemente hacia la mitología fundacional del país, hacia el relato épico de su construcción por medio de la voluntad del individuo honesto y sacrificado, que se impone frente a la hostilidad de la naturaleza salvaje y de sus moradores incivilizados. El western quedaba así herido de gravedad, atravesado por una corriente psicológica que explotaba los dilemas interiores de los personajes, las rugosidades de su motivación o la fragilidad de sus arquetipos, desde el más honorable al más despiadado.

          El sheriff Will Kane deambula azorado por las calles del pueblo, con el rostro cada vez más sudoroso y envejecido y el aliento más entrecortado, mientras el tic tac de los relojes, presentes en cada pared como una sentencia de muerte inapelable, apremian su desesperación. Solo ante el peligro es la enseña absoluta de este periodo en el que el ciudadano podía quedar desguarnecido de todo derecho ante una simple acusación infundada que lo condenase al escarnio y el ostracismo. Doliente y pesimista, su alegórico discurso se apoya en la cita histórica, propia y ajena, para examinar el comportamiento de la persona corriente cuando le acecha la responsabilidad moral de actuar en un contexto adverso y, además, cuando queda cobijado en la masa informe que da cabida a sus instintos de supervivencia más primarios, disfrazados bajo coartadas de cualquier tipo. El duelo en el que se bate el sheriff Kane, que ni siquiera es oficialmente el dueño de la placa que respalda su autoridad, es contra sus convecinos, que esgrimen como arma el interés egoísta, el pavor cerval, el resentimiento enquistado, la mezquindad pura, la insidia desacreditadora…

          Este tratado acerca del comportamiento colectivo de una comunidad humana se conserva vigente, pues como señalan sus referencias históricas se trata de una moneda común en tiempos de crisis moral y social, como puede ser este terminar de la segunda década del siglo, marcado por la reconcentración nacionalista bajo el ala de la extrema derecha más clasista, racista y xenófoba. Pero también arroja otro aliciente para el análisis contemporáneo, por su igual permanencia en el debate público, como es la perniciosa influencia que los tópicos machistas, consolidados por la tradición cultural común, tienen igualmente sobre el hombre. “Sí, quizás tenga miedo”, admite el sheriff Kane en una confesión aún insólita en un personaje de semejante naturaleza. El líder que siente el peso de las circunstancias y que puede verse doblegado ante ellas, que ha de apoyarse en el otro, en la empatía del prójimo. El héroe que no es imperturbable, ni siempre puede ponerse por encima de los acontecimientos que arrasan a los cualquiera. La continuidad de esta idea será literal en ese Tony Soprano que se desmorona en un ataque de ansiedad frente al inexorable agotarse del tiempo y de la vida, simbolizado por los patos que emigran, mientras se pregunta dónde ha quedado el tipo fuerte y silencioso que asumía sus problemas sin exteriorizarlos, como los vaqueros de Gary Cooper, decía precisamente.

          El tiempo es el que imprime una cadencia sostenida e incesante a la intriga, que se construye no solo por la amenaza que se aproxima, sino también por la soga de socorro que se aleja de la mano, cercenada incluso por quienes habrían de sostenerla. Las agujas avanzan prácticamente en tiempo real, la  melodía de Dimitri Tiomkin marca un compás de pesaroso fatalismo y el montaje de Elmo Williams espolea el relato con precisión. La cobardía del sheriff no es completa como la del Lord Jim de Joseph Conrad -uno de los nuestros-, pues se sostiene en pie hasta que le alcance un destino que se presume funesto, ya que un verdadero hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Aunque esta resistencia es más ética que viril, al estilo por ejemplo del Henry Fonda de otro emblema del periodo como Doce hombres sin piedad. Y, de nuevo, la conclusión que encolerizaba a John Wayne advierte de que cualquier redención que pueda leerse de las acciones del desenlace es equívoca o, cuanto menos, dudosa.

          Unos años después, Wayne se uniría a Howard Hawks, otro indignado por Solo ante el peligro, para rodar una especie de versión del argumento desde su propio punto de vista: Río Bravo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9.

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