Ran

17 Dic

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Año: 1985.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Tatsuya Nakadai, Akira Terao, Jinpachi Nezu, Daisuke Ryû, Mieko Harada, Yoshiko Miyazaki, Mansai Nomura, Masayuki Yui, Pîtâ, Hisashi Igawa, Kazuo Katô, Norio Matsui.

Tráiler

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          Akira Kurosawa volvía a las letras universales de William Shakespeare -y a las leyendas de samuráis del Japón feudal y los principios escénicos y actorales del teatro noh, después de adaptar Macbeth en Trono de sangre, tres décadas atrás. La localización espacial o temporal en nada afecta al contenido de sus textos, de sus tratados sobre las pasiones y las disyuntivas humanas.

Ran, cuya trasliteración directa es ‘caos’, será la filmación más célebre de El rey Lear. El cineasta nipón consideraba además que Kagemusha: la sombra del guerrero, había sido un ensayo general para abordar la magnitud de esta obra monumental, en la que muchos veían por entonces el soberbio colofón para la carrera de un maestro que, en aquel momento, ya sufría severos problemas de visión que le hacían delegar la mayor parte del trabajo en sus ayudantes de dirección, a quienes guiaba no obstante con mano firme a partir de sus storyboards y sus pinturas, elaboradas durante largo años con meticulosidad de genio.

          Ran es una película de estética exaltada, de colosales movimientos de masas e imponente reconstrucción histórica. Pero su grandiosidad no aplasta a los personajes, sino que estimula sus conflictos. Kurosawa avanza su posterior Los sueños y sumerge la locura y la condena de Hidetora Ichimonji en una textura de pesadilla. Las ruinas abandonadas en oscuros páramos volcánicos, el maquillaje que deforma los rasgos de los personajes hasta extremos monstruosos, la banda sonora que compone un fondo sonoro sin armonía -que además enmudece en escenas sobrecogedoras como el asalto al tercer castillo-… El cielo que amenaza tormenta y se cierra sobre la cabeza de las criaturas que se arrastran por los parajes, minimizados, alejados de una cámara que prácticamente no concede primeros planos -lo que a veces también puede restarle fuerza enfática-.

Un territorio espectral, abstracto en sus ecos infernales, casi apocalíptico -una ambientación que curiosamente empleará de forma más directa Jean-Luc Godard en su adaptación del texto shakesperiano dos años después-, donde se dirimen las cruentas condenas que impone el destino justiciero sobre los personajes, desencadenantes de la espiral destructiva por sus flaquezas humanas, torpes exudaciones de sus instintos primarios -la violencia como camino para satisfacer toda ambición, la codicia que también se enraíza en los pilares familiares y los aboca a los celos y la traición; la necesidad de la venganza…-, y terroríficamente impotentes ante los sangrientos embates de los hados por esta misma causa.

          En cierta manera, Kurosawa expone el descenso a la locura del patriarca como una consecuencia irremediable tras la adquisición de consciencia sobre sus propios actos; una cuestión que se manifiesta tanto en la deriva de la narración como en ese siniestro escenario. En este contexto, destacaba el contaste luminoso que ofrecía un detalle -el hijo que corta las ramas del árbol para cobijar del sol a su anciano padre- con el que se definía con asombrosa hermosura y expresividad la naturaleza de este individuo, aislado chispazo de belleza y compasión dentro de una tragedia imbuida de fatalista pesimismo.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,1

Nota del blog: 8.

4 comentarios to “Ran”

  1. Altaica 24 diciembre, 2018 a 10:38 #

    Probablemente una de las obras más impotantes de la historia del cine y un viaje aterrador a las entrañas del ser humano. Se derrama del cine e inunda la ópera, el teatro, la danza, la literatura, la arquitectura, la pintura y la coreografía. Una colosal miscelánea artística y ética. Una obra cumbre con un final desolador. Un gran abrazo

    • elcriticoabulico 24 diciembre, 2018 a 15:23 #

      Es una obra impactante, un verdadero torrente visual en el que toda esta técnica no es gratuita o exhibitoria, sino que sirve a un propósito: a construir el universo de los personajes, del relato, del discurso. Apenas sabía de cine, Kurosawa… Un abrazo, Altaica.

  2. Chris 8 enero, 2019 a 18:23 #

    Llegando a las 75 primaveras, nada menos, el director Akira Kurosawa no daba signos de flaqueza cuando estrenó a mediados de los ’80 una de sus más grandes películas y la confirmación de su maestría absoluta para el género de la épica (ahí venía otra vez a demostrarlo por si a alguien no le había quedado claro con “Los Siete Samuráis” o “Yojimbo”). Sería en 1.976, coincidiendo con el rodaje de “Dersu Uzala”, cuando el director empezaría a escribir lo que al cabo de una maduración de siete años se convertiría en “Ran”, adaptación libre de la tragedia “El Rey Lear”, de William Shakespeare, y segunda revisión de un texto del autor después de “Trono de Sangre”, basada en “MacBeth”.
    En un momento en que su cine se presentaba desfasado ante el público de la época, en que no podía encontrar financiación entre sus compatriotas y dependía de productores extranjeros, como ya le ocurrió con la anterior “Kagemusha” (George Lucas y Francis F. Coppola le ayudaron bastante), Kurosawa halló en el francés Serge Silberman la colaboración que necesitaba para llevar su proyecto a buen puerto, el cual acabaría siendo el más costoso de su filmografía hasta el momento. Pero la base del director no se halla enteramente en la obra de Shakespeare.

    Hidetora, jefe del clan Ichimonji, está inspirado en Monotari Mori, daimyo que estaba en el poder en el periodo Sengoku y que legó su feudo en buenas condiciones a sus tres hijos; “El Rey Lear” se impuso más tarde, a la vez que las tres hijas de la pieza teatral, Goneril, Regan y Cordelia, se transformaban en varones en aras de la verosimilitud histórica (¿un señor feudal, y japonés, legando sus tierras y ejércitos a sus hijas? ¡ja!). De este modo somos partícipes de la gran locura cometida por Hidetora, quien, tras una pesadilla bastante premonitoria, opta por nombrar como sucesor a su hijo Taro, dejando algunas posesiones a sus otros vástagos, Jiro y Saburo.
    Kurosawa, como ya hiciera en “Kagemusha”, nos ofrece una epopeya épica de samuráis ubicada en el siglo XVI en la mejor tradición del género, rindiéndole un sentido homenaje a sus aspectos más clásicos a la vez que lo desmitifica; “Ran” se emparenta, de este modo, con los contestatarios “chanbara” realizados en los ’60 por los directores de la Nueva Ola (así podemos ver a muchos de los guerreros dejando sus espadas para combatir con fusiles o esa secuencia como la de Kaede amenazando con un cuchillo a Jiro). Significativas también resultan las alusiones y metáforas que remiten a diferentes épocas de cambio social para el país nipón, no hay más que atender a las palabras del irascible Saburo hacia su padre (“somos hijos de una época decadente, envilecida por la guerra”) o el enfrentamiento entre éste, representante de los valores más tradicionales, contra Jiro y Taro.

    Pero así como el rojo, el negro y el amarillo del fuego componen la sinfonía de “Ran”, el director también fusiona múltiples elementos para crear un espectáculo visual sin parangón. La violencia descarnada de los combates se encuentra con la poética propia de la tragedia “shakespeariana” y con la belleza del teatro Noh, una de las formas principales del drama musical la cual integra mímica, canto, danza y un sentido espiritual basado en el budismo zen; cada secuencia de tensión dramática en el film evoca una escena teatral del Noh, con la economía de movimientos en las interpretaciones, la paciencia, precisión y elegancia del estilo y los conflictos de origen divino y existencial como características esenciales.
    El inmenso Tatsuya Nakadai encarna a Hidetora, personaje sacado directamente de una obra Noh (ojo a su caracterización a partir de que enloquezca), incapaz de luchar contra el destino e incluso de suicidarse dignamente, que ha de descender a los infiernos para comprender los errores que ha cometido y el mal que ha causado al mundo; es decir, debe perder el juicio para recobrar totalmente la razón. Le acompañan Akira Terao, Daisuke Ryo y el tremendo Jinpachi Nezu como los tres hijos del daimyo. Mieko Harada aporta la fuerza necesaria a su vengativa Kaede (síntesis de los papeles femeninos de Asaji, de “Trono de Sangre”, y la “Mantis” de “Barbarroja”), extremo opuesto a la resignada y dulce Sue, a la que da vida Yoshiko Miyazaki. Impagable, por otra parte, Ikehata “Peter” Shinnosuke como el bufón, único cuerdo en un mundo de hombres locos.

    En el plano técnico, “Ran” es todo un logro cinematográfico: la fotografía de Takao Saito, Masaharu Ueda y Asakazu Nakai encaja a la perfección con la puesta en escena, el diseño de producción, los fastuosos decorados de Yoshiro y Shinobu Muraki y la banda sonora de Toru Takemitsu. Ningún elemento puede sobrevivir sin el otro (por mucho que su título signifique “caos”, todo el color, la composición, el sonido y la forma permanece en absoluta armonía en esta obra).
    Compleja, elaborada y sorprendente, aunque no reconocida en su momento, se trata de una de las obras maestras del género de la épica. Kurosawa hace de la soledad y agonía del ser humano un viaje espiritual y ensoñador en eso que transforma la brutalidad y el horror en lirismo y arte; basta con fijarse en el espectacular asalto al tercer castillo, quizás la secuencia de batalla más emocionante y triste jamás rodada en la Historia del celuloide.

    • elcriticoabulico 9 enero, 2019 a 14:53 #

      La pesadilla es premonitoria… y bien deja plasmada su tonalidad en toda la atmósfera del filme. Ese Hidetora progresivamente degradado es de auténtico pavor. Es una obra muy grande, en todos los sentidos.

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