La naranja mecánica

29 Nov

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Año: 1971.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Malcolm McDowell, Warren Clarke, James Marcus, Michael Tarn, Aubrey Morris, Patrick Magee, Michael Bates, Anthony Sharp, Carl Duering, Sheyla Raynor, Philip Stone, Paul Farrell, Godfrey Quigley, Adrienne Corri, Miriam Karlin, Michael Gover, David Prowse.

Tráiler

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          Alex y sus drugos se enfrentan a la pandilla de Billyboy -que entre tanto intentaba violar a una adolescente- en el escenario de un viejo casino abandonado, peleando al son de una música clásica perturbada por sintetizadores electrónicos, como si se tratase de un ballet demente. La demostración de la efectividad del proyecto Ludovico y la sanación milagrosa de Alex, castrado de su tentación por la ultraviolencia y la lujuria, se realiza sobre las tablas de un teatro, que los participantes abandonan entre reverencias al público. La naranja mecánica es un teatrillo de marionetas, en el que Stanley Kubrick maneja con tiránica autoridad los hilos de unos monigotes grotescos que se pegan cachiporrazos. Y también cómo y dónde lo hacen, pues la forma está ahí para integrarse con el fondo y, más aún, ponerlo a mil revoluciones.

          Autor que acostumbra a enunciar su discurso desde una posición distanciada e incluso disociada del relato que se desarrolla en los fotogramas, Kubrick expone su manifiesto sobre la crueldad de la sociedad desde una farsa caricaturesca. Hay veces que no se aprecian los colores de la realidad hasta que no se ven reflejados en una pantalla de cine, observa Alex, con los párpados grapados para absorber de lleno la representación de una atroz paliza.

Nada en La naranja mecánica atiende a la naturalidad. La jerga que emplea el grupo de Alex, las declamaciones exageradas, a veces puro grito; la mímica y las contorsiones de los actores; su invasivo comportamiento en el plano, los decorados que remiten a una distopía que extrema hasta lo kitsch la estética pop del momento, todo plásticos artificiales, curvas psicodélicas y colores imposibles que luego entrarán en contraste con los bloques de cemento gris y los lóbregos pasillos del penal, huérfanos asimismo de banda sonora -a excepción de la nacionalista Pompa y circunstancia-, a diferencia de la eufórica y expansiva partitura del arranque, dominada por una agresiva apropiación de ‘Ludwig van’.

          Este regodeo en el exceso de todo tipo es la somatización estilística de una conducta social repulsiva por su deshumanización: el culto a la violencia y a la sexualidad criminal, que ha reventado entre risas las cadenas de las convenciones civiles que podían coartarlas. Son la normalidad cotidiana en una comunidad donde, al igual que ocurría en el lejano Neorrealismo italiano, las ruinas de la arquitectura simbolizan la ruina moral del país que las alberga. La extremación pues, del traumático desmoronamiento del Imperio británico -y de Occidente por extensión-, que por aquel entonces estaba prácticamente por los suelos.

Pero, en una contradicción frecuente en la ficción crítica y presuntamente destructiva, esta sensación de rechazo, que corre el riesgo de espantar al espectador, no es completa. Las andanzas de Alex y sus drugos molan. Son divertidas, son carismáticas. Las acciones tienen un aire de performance gamberra, con su engolado argot que resulta hilarante y su estrafalaria apariencia que tiene un punto de coqueto atrevimiento, mientras que el encuadre y el montaje ayudan a que sus irreverentes travesuras de sexo, drogas y libertinaje, aunque potencialmente perturbadoras, tengan dinamismo y atractivo cinematográfico, el lenguaje de la mitología contemporánea. No hay más que acudir a su condición de icono del séptimo arte.

          Alex, dueño de la voz en off que acota la narración, compadrea con el espectador como si no existiera la cuarta pared, como si fuera su drugo más fiel. Un igual. De hecho, por medio del plano subjetivo, el espectador se convertirá en él cuando el señor Deltoid lo agreda con un salivazo, cuando un matón lo humille obligándolo a lamerle la suela del zapato, cuando una voluptuosa hembra lo ofenda con su obscenidad. La naranja mecánica exhibe a Alex como verdugo y como víctima; como un antihéroe engastado en los engranajes de una sociedad en la que la violencia conforma un rasgo inherente, nuclear, enraizado hasta en sus libros sacros, de una patente crueldad. La ultraviolencia universal, definitivamente desatada, de la que participan con sádico deleite punitivo, o bajo cualquier otra coartada, todos los estratos y todos los tipos sociales.

En verdad, no hay grandes excusas para esta inclinación desenfrenada y polimorfa. Alex tiene una familia que le quiere, no es particularmente estúpido y no pasa apuros de ninguna clase. Malcolm McDowell, encargado de encarnarlo -y que en If… ya había interpretado a un rebelde delirante en la envarada sociedad británica-, es un actor de rasgos esencialmente infantiles -lampiño, ojos grandes- entre los que sin embargo se detecta una mueca degenerada, tan incómoda por lo tanto como lo es ese estridente diseño de producción de la obra. Un niño ambiguo, en cierto modo, empujado y atropellado, según toque, por las circunstancias.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 8.

4 comentarios to “La naranja mecánica”

  1. ALTAICA 29 noviembre, 2018 a 17:47 #

    Hace mucho que no la he visto, pero siempre me resultó un trabajo obsoleto por concepción. Desde la propia realización en general (es cierto que algunos planos y posiciones de cámara fueron innovadores y muchas veces utilizados, por lo que se agradece tal aportación) excesivamente extravagante, pasando por una confrontación argumental de bloques manifiestamente tramposa; todo deambula en una suerte de artefacto efectista, maniqueo y volatinero. Ni tan siquiera esa visión o interpretación a la que aludes respecto de la no naturalidad de la obra puede limpiar el lastre de su exceso de artificio formal y de fondo. En cualquier caso provocadora y valiente sí, pero también excesiva y funambulista. Un gran abrazo.

    • elcriticoabulico 30 noviembre, 2018 a 18:17 #

      Entiendo que un argumento tan excesivo no podía llevarse a imágenes de manera recatada. Encuentro acertada esa torrencialidad visual y me gusta el juego que propone, aunque quizás sí que hubiera considerado más honesto que, a veces, no se dejara llevar por la fiesta del protagonista y que le tratara con menos condescendencia. Supongo que también hay una intención de que el espectador note que disfruta delegada y fantasiosamente de auténticas barbaridades, pero creo que al final pierde rigor crítico. En cualquier caso, el talento diferencial de Kubrick se nota. En manos de otro, una apuesta estética tan marcada y estridente como esta podría resultar muy, muy bochornosa. Y, aquí, yo creo que contribuye y todo a estimular esa sensación de repelencia, de incomodidad. Un fuerte abrazo, Altaica.

  2. Hildy Johnson 29 noviembre, 2018 a 21:25 #

    ¡¡¡Querido crítico abúlico!!!, y qué rostro inolvidable tiene Malcolm McDowell. Qué tipo más extraño, pero cómo le quiere la cámara. Cómo atrae, ¿verdad? Qué interesante análisis has hecho. Guste o no guste la película, no deja indiferente. Se sabe que ahí hay algo, ¿verdad?
    ¿Te has enterado de que hay una macroexposición en Barcelona sobre Kubrick, en el Centro de Cultura Contemporánea? No sabes las ganas que tengo de verla. Tiene una pinta estupenda.

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 30 noviembre, 2018 a 18:20 #

      ¡Muchas gracias, Hildy!
      Hacía mucho que no la volvía a ver y creo que es una obra que conserva mucha fuerza, con una colisión muy potente entre fondo y forma. Indiferente no deja, por supuesto. Es un exceso sobre los excesos evidentes o solapados de una sociedad a la que caricaturiza hasta extremos grotescos.
      Pues no es un mal incentivo esa exposición para hacer una escapada a Barcelona, ojo.

      Besos.

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