Yojimbo (El mercenario)

9 Ago

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Año: 1961.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Toshirô Mifune, Tatsuya NakadaiKyū Sazanka, Seizaburo KawazuEijirō TōnoTakashi Shimura, Kamatari Fujiwara, Daisuke KatōIsuzu Yamada, Hiroshi Tachikawa, Yoko Tsukasa, Yoshio Tsuchiya, Namigoro Rashomon, Ikio Sawamura, Atsushi Watanabe.

Tráiler

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         El forastero surge de espaldas en un sendero polvoriento. Se detiene y se rasca el cuello, dubitativo, al llegar a la encrucijada. Lanza un palo al aire y, de este modo, decide el camino a proseguir. Su parada, una vez más, es un poblacho sumido en la violencia y la injusticia.

Un año antes del estreno de Yojimbo (El mercenario), Akira Kurosawa había constatado con Los siete magníficos que sus samuráis legendarios, honorables justicieros sin dueño que encaran el crepúsculo de su estirpe sacrificándose altruistamente por el prójimo desvalido, estaban hechos del mismo material mitológico que los pistoleros errantes del western. Los aires agónicos de Los siete samuráis, anticipo de la evolución posclásica del cine del Oeste, quedarán ahora en Yojimbo acentuados por la estética todavía más desarrapada del protagonista, por su naturaleza antiheroica evidenciada en sus procedimientos cínicos, con una reducción abstracta que incluso le niega el nombre. Desde ahí, tres años más tarde, el samurái reaparecería todavía anónimo, con la misma barba de tres días, el mismo aire desastrado y la misma pobreza sin cuento, si bien transformado en un tipo con sombrero vaquero, poncho, puritos ensartados en una mueca desdeñosa y mirada entrecerrada. Es Por un puñado de dólares, otro hito clave en la trayectoria del western.

         Lo cierto es que el argumento de Yojimbo, ubicado en el declive del periodo Edo, puede lucir influencias de una novela fundamental de la literatura noir como Cosecha roja en su presentación de un forastero que ejerce de destructiva cuña entre los dos poderes caciquiles que tiranizan una pequeña, remota y desprotegida localidad. La familia rota por los vicios del primogénito, los gestos de desconfianza hacia el recién llegado, el silencio sepulcral del lugar y el perro que porta en las fauces una mano cercenada le sirven a Kurosawa para establecer de un plumazo el contexto dramático en el que se sumerge el ronin, quien, en paralelo al espectador, cuenta además con la guía de un lugareño atropellado por la batalla, aquí un viejo tabernero. El cineasta japonés, que de por sí era un gran admirador de la obra de John Ford, tótem del género, también admitiría haber imprimido rasgos de Solo ante el peligro y Raíces profundas, grandes cumbres del Oeste.

         La atmósfera desapacible de este relato, en el que la amenaza es incesante, se plasma en la lluvia torrencial, en la polvareda huracanada. El ronin baila constantemente sobre el alambre, mientras uno de los villanos, que aparece armado precisamente con un revólver, ejerce de elemento disruptor o extravagante que azuza, con su temperamento imprevisible, el peligro alrededor del cual danza el protagonista. Los caracteres están compuestos asimismo con el molde del arquetipo, ya sea por su ferocidad, por su ignorancia, por su pusilanimidad, por su cobardía o por su entereza. En ellos se evidencia esta apropiación de un mundo que, en este caso, se encuentra en el Lejano Este, pero siempre desde un punto de vista inequívocamente japonés.

La banda sonora supone igualmente una ruptura de ascendencia foránea, con intervenciones de orquesta que rechazan la ambientación historicista. Tampoco se descartan las irrupciones de un humor de tono patético. Pero, por el contrario -o en la misma línea-, la expresión de la violencia tiene un tono desangelado -prácticamente sin cortes, en planos amplios donde se agitan los actores-, en cierto modo anticlimático a pesar de que, a través de ella, se da a conocer el protagonista, profundizando en la turbiedad de su esencia ambigua y misteriosa, apenas aclarada.

         En combinación con el resto de factores, de ahí mana una tensión dramática, reciamente sostenida por la realización de Kurosawa, que llevará al samurái sin nombre a convertirse en un personaje carismático y de gran popularidad, lo que fructificaría en una continuación facturada tan solo un año después que la presente.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

2 comentarios to “Yojimbo (El mercenario)”

  1. Chris 8 enero, 2019 a 18:21 #

    “Yojimbo” se puede contar entre esos clásicos del cine que uno nunca debe olvidar, una de esas joyas cinematográficas por las que el tiempo no pasa.
    Kurosawa, un entusiasta de la novela negra estadounidense, se sintió siempre atraído por los libros de Dashiell Hammett, en especial por “La Llave de Cristal” y “Cosecha Roja”, la que sirvió de principal referencia para crear la historia de esta película. Pero mientras que en la novela, escrita a finales de los ’20, había gangsters y pistolas, aquí aparecen samuráis y katanas, dejando el cineasta, sin embargo, un guiño importante a Hammett al hacer que el “malo” de la historia, Unosuke, porte un revólver.

    Las dos horas que dura la película no son aburridas en absoluto. Kurosawa sabe desplegar el suspense en su relato, dotado además de unas grandes dosis de acción y violencia cuando se requiere, y ante todo se habla de algo muy importante: el honor del guerrero samurái, desvirtuado prácticamente del mismo y llegando a convertirse casi en una parodia, encarnado esto en la figura del propio Sanjuro. Él no es un pendenciero que hostigue a inocentes, él conserva aún su dignidad, pero al no tener nada con qué vivir hace uso de su ingenio para tener dinero y comida, las pocas cosas que ya sólo le importan de verdad.
    Además, él se rasca continuamente, bosteza, es sarcástico y no le atañe si hay otros guerreros que se quieran matar; su comportamiento parece estar más inspirado en esos tahúres errantes que operaban en los caminos (los llamados “bakuto”), añadiéndose la transformación de verse convertido en defensor de la ciudad el cual, en sus métodos, se traducen las maniobras de crimen organizado desde un punto de vista épico y romántico sin perder su lado más honorable. Una escena para demostrarlo es en la que vemos a Unosuke, ya agonizando en el suelo, pedir al ronin que le devuelva su pistola; éste podría cogerla y dispararle tranquilamente pero, en lugar de eso, se la devuelve en propia mano y aguarda hasta que se muere.

    De este modo se puede decir que Kurosawa inventa una nueva manera de presentar la figura del legendario samurái. Aparte de eso hay otros aspectos que hacen de “Yojimbo” un film muy grande; el uso de la extrema violencia como contrapunto a las escenas de pausado ritmo, la utilización de elementos naturales para darle un tono más épico a su obra, en especial la tormenta de arena que se levanta en el pueblo en ciertas escenas, la fotografía del talentoso Kazuo Miyagawa y la cuidada ambientación para hacernos viajar al Japón feudal. Y cómo no, menudo reparto hay delante de las cámaras.
    Repite Toshiro Mifune con Kurosawa en un “jidaigeki” tras la también inolvidable “La Fortaleza Escondida”, encarnando al fiero samurái por primera vez (luego repetiría en esa secuela llamada “Sanjuro”, aunque con un apellido diferente) y quedando como uno de los personajes más reconocidos de la cinematografía mundial, y es inútil negarlo. Su influencia ha llegado hasta nuestros días y muchos directores lo han corroborado en sus films. Igualmente hacen un trabajo excelente Kyu Sazanka como el jefe Ushitora, Seizaburo Kawaku como el otro jefe Seibei, Isuzu Yamada como la antipática esposa de éste, Daisuke Kato como Inokichi, Eijiro Tono como el dueño de la posada y el gran Tatsuya Nakadai como ese odioso Unosuke, y que también volvería como villano en “Sanjuro”.

    La influencia de “Yojimbo” sería tan grande lejos del continente asiático que un italiano llamada Sergio Leone se encargaría de reproducir palmo a palmo, pero con mucho más desparpajo y cambiando samuráis por pistoleros, la obra de Kurosawa, dándole el nombre de “Por un Puñado de Dólares”, con la que, por cierto, haría historia y ayudaría a la creación del “spaghetti western”. Pero tal valentía tendría sus consecuencias, ya que Leone fue llevado a juicio por no haber admitido los derechos en su película. Más tarde Walter Hill también repetiría el concepto de la del japonés en “El Último Hombre”, pero claro, admitiendo los oportunos derechos.

    • elcriticoabulico 9 enero, 2019 a 14:44 #

      Es muy de literatura noir, pero también muy westerniana. Me encanta esa retroalimentación de mitologías, cómo se influyen las unas a las otras, se complementan, se matizan, se reciclan y, finalmente, se transforman. Sobre todo si la apropiación procede de alguien con talento. La novela de Hammet es fascinante. Yojimbo una joya del cine. Por un puñado de dólares, otra gran película.

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