Archivo | junio, 2018

Amanecer rojo

13 Jun

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Año: 1984.

Director: John Milius.

Reparto: Patrick Swayze, C. Thomas Howell, Lea Thompson, Charlie Sheen, Darren Dalton, Jennifer Grey, Brad Savage, Dough Toby, Ben Johnson, Ron O’Neal, Powers BootheHarry Dean Stanton, Lane Smith, Vladek Sheybal, William Smith, Judd Omen.

Tráiler

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         Amanecer rojo es un delirio ultranacionalista parido por la década de los ochenta bajo la Administración Reagan, en la que se combina el renacimiento belicista del periodo  y su reflejo en el cine del momento, con emblemas como la saga Rambo, representación paradigmática de la reivindicacion del combatiente de Vietnam y, por ende, de la legitimación de la intervención armada de los Estados Unidos contra sus enemigos por la soberanía mundial.

Amanecer Rojo sigue esta línea hibridándose con otro ramal del cine popular de la década, las aventuras infantiles/adolescentes que en esos años facturaba, por ejemplo, la productora Amblin de Steven Spielberg. Una cinta de consumo masivo y juvenil pero ideologizada al máximo con un corte manifiesta y orgullosamente militarista y reaccionario.

         Así pues, el delirio no es solo aberrante en lo argumental -una pandilla de críos que, cual guerrilleros maquis, combaten al invasor soviético, cubano y nicaragüense en la Tercera Guerra Mundial desde su cuartel improvisado en la montaña-, sino también peligroso porque sus intenciones fanatizadoras apuntan, además, a un segmento de población especialmente maleable. Pero, con todo, no deja de ser atractiva, e incluso contagiosa, la fe que John Milius pone en narrar un relato que se ajusta a su pensamiento, tan extremista en determinados aspectos políticos que solo podía ser calificado, como él mismo decía, como un anarquismo zen.

Es la celebración del ser humano en un estado de salvajismo esencial, honesto frente a las malversaciones de la civilización urbana, noble en sus códigos tribales y guerreros. De hecho, también pueden trazarse ecos entre Conan el bárbaro -obra mayor de la aventura fantástica y plasmación de esta concepción histórica, política y social del cineasta- y este Amanecer rojo: el tratamiento épico del paisaje, reforzado por la fanfarria eufórica de Basil Poledouris, el reconocimiento del honor del combatiente, el batallador que se aferra a su coraje con fatalismo hasta inmolarse en un dos contra cientos si es menester.

         Este último concepto hasta sería aplicable a la labor de Milius al frente del proyecto. No deja de ser admirable la pasión de contador de historias que vuelca el realizador en una película de semejante naturaleza. Interviniendo sobre el libreto de Kevin Reynolds, Milius se desnuda enfervorecido y vierte sus inquietudes mitológicas sobre la hoguera ritual. Conecta a sus jóvenes protagonistas con los padres fundadores de la nación, aquellos pioneros que conquistaban la naturaleza brutal, hibridándose con ella, como mostraba en su guion de Las aventuras de Jeremiah Johnson. Los bautiza en costumbres atávicas. Los viste de de guerreros míticos -el bereber de El viento y el león, el mongol de aquella acariciada ambición de llevar a la gran pantalla la vida de Gengis Kan-. Los enardece con las sentencias del presidente que encarnó estos valores viriles de arrojo y determinación: Theodore Roosevelt cargando con los Rough Riders en la colina de San Juan en la Guerra hispano-cubana.

De ahí proceden los escenarios salvajes a los que Milius dota de una textura lírica y legendaria, sobrecogedores y románticos, bastos y paternales, bañados por luces crepusculares. La extensa estepa, un caballo rápido, halcones en tu puño y el viento en tu cabello.

         En cualquier caso, atendiendo a este reconocimiento entre luchadores, Milius también trata de alejarse parcialmente del retrato monolítico del enemigo. Las victorias de los niños guerreros son una loa a la supremacía propia y un descrédito ridiculizante para las tropas rivales, pero junto a villanos de opereta y a los soldados que no dudan en asesinar mujeres y menores, también hay militares con pericia táctica -aunque sus métodos siempre tienen un punto cuestionable- y revolucionarios dubitativos y/o desencantados que respetan ideales que encuentran semejantes a los suyos. Ganarse los corazones es el secreto para vencer y convencer, afirma. Además, dejando de lado la hipócrita corrupción moral de su sistema, su Estado hipertrofiado y opresivo para con el ciudadano de a pie, y su afición por la cartelería propagandística de estilo constructivista, los comunistas pasan Alexander Nevsky en sesiones maratonianas en las salas de cine bajo su dominio, otra de las predilecciones de Milius.

De igual manera, en contraste con las llamadas a alzarse en armas desoyendo a los blandengues -los líderes políticos que cacarean solo en defensa de su propio interés, los padres que educan a sus hijos en el buenismo- y de las bochornosas operaciones de los Wolverines -guerrilla adolescente con la eficiencia de auténticos boinas verdes-, en los fotogramas hay desencanto y melancolía por el fin de la inocencia. El desquiciamiento de la mente torturada por la violencia, el patetismo que domina la ejecución del soldado ruso refugiado en el jeep, la consciencia de la muerte cierta, el enfrentamiento tajante ante la traición, también capturado con una frialdad y una distancia que pasman. Hay una vibración de duda en la voz estentórea que lee la soflama.

         Tiene remake estrenado en 2012. Cabría preguntarse si hay algún porqué más allá de la atosigante recuperación nostálgica de los ochenta.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 5.

Coco

11 Jun

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Año: 2017.

Directores: Lee Unkrich, Adrián Molina.

Reparto (V.O.): Anthony González, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Renee Victor, Jaime Camil, Alfonso Arau, Herbert Sigüenza, Selene Luna, Sofía Espinosa, Edward James Olmos, Natalia Cordova-Buckley, Cheech Marin, Ana Ofelia Murguía.

Tráiler

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         Parece darse una tendencia contemporánea en el cine de animación, de público mayoritariamente infantil, que lidia con la aceptación de la pérdida y de la muerte, temas siempre presentes en el género pero quizás abordados ahora con mayor atención y con una interesante madurez psicológica. Del revés (Inside Out) y Kubo y las dos cuerdas mágicas son grandes ejemplos.

Así, tras el dilema que se le plantea al niño protagonista de Coco -la entrega a la pasión vocacional frente al respeto hacia la pertenencia familiar, confrontación desarrollada a través de una narración un tanto trillada y previsible- subyace una oda a la memoria -tanto íntima como colectiva- de los seres queridos que nos han dejado, pues estos ancestros forman, literalmente, parte de uno mismo. Porque ¿quién no se ha sorprendido tomando decisiones idénticas a las que hubiese optado su padre?

         La herencia familiar, pues, es el gran tema de Coco, si bien imbricado en un hermoso canto a la música como elemento primordial de la existencia y, decíamos en el párrafo anterior, como monumento histórico para la trasmisión y pervivencia oral del pasado. Una apología, en cualquier caso, que es extensible a todo arte. A la denostada búsqueda de la belleza, en definitiva; propósito intrínseco a la naturaleza humana y acaso cada vez más sepultado por la cortedad de miras y la interesada necedad del materialismo, que es un erial repleto de espejismos que no contiene respuestas de nada.

         En el pueblo de Santa Cecilia, patrona de los músicos, el pequeño Miguel persigue su camino por la pragmática realidad física y por su fantasioso reflejo en negativo, el inframundo, merced al Día de Muertos -una festividad que también centralizaba recientemente, y con similitudes en la premisa argumental, otra cinta de animación: El libro de la vida-. Coco despliega un fastuoso y colorista decorado que se fundamenta en la imaginería del fascinante folclore mexicano, dentro del cual, fruto de un persistente sustrato mesoamericano y su sincretismo con las costumbres católicas, la muerte posee una dimensión diferente. Más cercana, más tangible, más presente; equivalente a la vida. El Mictlán, con su propio Dante que lo acompaña y guía en el viaje por el más allá.

Pero, a pesar de las abigarradas miniaturas, los simbolismos mitológicos y las referencias culturales -en ocasiones dotados de un arriesgado toque lisérgico que, junto a otros detalles, ayuda a que el filme trascienda el apropiacionismo acomodado al paladar globalizado-, pocas imágenes hay más bellas y cálidas, más palpables y amorosas, que el rostro arrugado de la bisabuela Coco.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Rebelión a bordo

8 Jun

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Año: 1962.

Directores: Lewis Milestone, Carol Reed.

Reparto: Marlon Brando, Trevor Howard, Richard Harris, Tarita, Hugh Griffith, Richard Haydn, Percy Herbert, Duncan Lamont, Gordon Jackson, Chips Rafferty, Noel Purcell, Eddie Byrne, Frank Silvera.

Tráiler

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         Contratar a una superestrella no es una apuesta segura, bien es sabido. Y más cuando su carisma proviene del Método, con sus procedimientos obsesivos y sus tics aparentemente naturalistas pero siempre plegados a reforzar el lucimiento del actor.

Marlon Brando, consciente de su poder en el set de rodaje, no era una persona a la que se podía dirigir. Su comportamiento en Rebelión a bordo es uno de los ejemplos de ello, ya que, con sus caprichos, convertiría la producción en un infierno para los directores -primero Carol Reed, al que se enfrentó hasta su despido; luego al veterano Lewis Milestone, a quien ninguneaba y se imponía-; para el reparto -desde profesionales como Trevor Howard, ante quien se tapaba los oídos para no escuchar sus réplicas, hasta a admiradores suyos como Richard Harris-, y para el equipo en general -que debía someterse a sus designios, que iban desde cortar la escena cuando a él le apetecía hasta fletar aviones a Tahití para abastecer de lujos y alcohol sus parrandas polinesias-. Milestone, que jamás volvería a ponerse al frente de otro largometraje, calculó que el mito viviente generaría un coste de unos seis millones de dólares a la producción.

Y todo ello para que, finalmente, el público y la crítica hicieran mofa de su fingido acento británico, hasta el punto de acusarle poco menos que de sabotear la película. No obstante, Rebelión a bordo obtendría siete nominaciones a los Óscar en una edición que, en cualquier caso, quedaría dominada por Lawrence de Arabia.

         Rebelión a bordo es una superproducción que llevaba a la pantalla por cuarta vez el motín de la tripulación de la Bounty contra el tiránico mandato del capitán William Bligh, ocurrido en 1789 -todavía quedaría una quinta versión, Motín a bordo, dirigida por Roger Donaldson y con Anthony Hopkins y Mel Gibson liderando el elenco-. El boato de la recreación histórica no es óbice para el cuidado de las relaciones íntimas de los personajes y el retrato de la vida en cubierta, que se torna opresiva hasta estallar definitivamente en unas asfixiantes semanas de tormenta en el Cabo de Hornos, contraste abrupto frente a la calidez y la sensualidad que se respirará luego durante la aparente tregua de Tahití.

Aunque esta ambición quizás derive en un metraje excesivamente dilatado y descompensado -probablemente por los citados avatares de la producción-, de este modo se consigue una evocadora ambientación al mismo tiempo que se perfila adecuadamente la distancia entre Bligh (Howard) y la marinería. La cuña que los separa agresivamente proviene un mando cruel que, dentro de una misión antiépica -transportar unos esquejes de árbol del pan a Jamaica para nutrir a una mano de obra esclava que luego se negaría en redondo a comer tal cosa y de hecho también se amotinarían por ello-, parece atender a unas obcecadas razones maquiavélicas, pero razones al fin y al cabo, y cuya presencia perdura incluso cuando desaparece del plano.

En paralelo, divo y etéreo a uno y otro lado de la cámara, los aires que Brando le confiere a este segundo oficial Fletcher Christian componen un retrato ambiguo y equívoco que resulta bastante sugerente en su contraposición con el rocoso e inflexible Bligh. Aunque, en cambio, no termina de funcionar en el desenlace de la obra.

         Al menos, Brando conoció y se casó con su tercera esposa, Tarita, con quien mantendría un también tormentoso matrimonio hasta 1972.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

La mosca

6 Jun

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Año: 1986.

Director: David Cronenberg.

Reparto: Jeff Goldblum, Geena Davis, John Getz.

Tráiler

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          La repulsión que me produjo en su momento La mosca ha hecho que tardase alrededor de una década en volver a verla. Un tiempo semejante al que dejé correr para atreverme de nuevo con Terciopelo azul. Los gustos evolucionan, no me atrevo a decir si a mejor o a peor. Cambian en cualquier caso. Si recordaba con reparos la película de David Lynch y ahora considero que alguna de sus escenas no se me van a ir jamás de la cabeza, con la de David Cronenberg me ocurre un poco lo contrario.

Permanecían vivas y entre escalofríos determinadas imágenes de La mosca, especialmente la del parto, tan del cineasta canadiense y su predilección por los misterios del interior del cuerpo, de la genética, de las mutaciones físicas como evidencia de una perturbación psicológica. Pero otras, como las transformaciones del protagonista -un Jeff Goldblum con rostro de insecto de por sí y además con una buena dosis de gesticulación-, las encuentro hoy con tantas ganas de provocar repelencia -una oreja que se cae como quien no quiere la cosa- que me producen el efecto contrario -algo parecido, pues, a lo que sucedía con la sobrecarga de intensidad que destruía la malsana atmósfera de la precedente Cromosoma 3-. Dentro de que, aun con su explicitud desaforada, repugnantes son un rato. Pero en las grandes obras de Cronenberg, la opresión proviene de la atmósfera creada, de las implicaciones morales y mentales de su relato.

          El asunto es que, a pesar de su condición de remake y de filme de encargo -para el que también se había pensado en Tim Burton como director-, en La mosca se rastrean palpitantes las citadas obsesiones de Cronenberg y sus preceptos de la ‘nueva carne’: la modificación de la naturaleza física y psicológica del ser humano. La penetración más allá de la carne, la reconstrucción del cuerpo y de la mente desde la primigenia primavera del plasma. Su narración es concisa, de un minimalismo casi de serie B, como el original.

Y siempre se agradecen las obras concisas, aunque en esta ocasión quizás un tempo más pausado le hubiera ayudado a dar mayor solidez a una serie de interesantes planteamientos, como a las alusiones religiosas del científico -que en cierto punto pretende conformar un ser que es uno y trino-, a la descomposición -en todos los sentidos- de Seth Brundle o al estudio de su personalidad, ya que no se trata de un ‘mad doctor’, al uso, sino que, con su torpeza emocional y su soledad contemporánea, no deja de representar a un tipo aparentemente normal -si bien es el artífice del proyecto, se dedica poco menos que a ensamblar piezas ajenas- que se encuentra de repente con un poder extraordinario -capaz de vencer en pulso a un matón, de follar durante horas-, sin saber que, lo importante, ya era capaz de lograrlo -la chica, claro-.

A fin de cuentas, el impacto de La mosca se centra prioritariamente en las posibilidades perturbadoras del maquillaje y los trucos visuales, que tal vez resistan peor el paso del tiempo.

          Sea como fuere, La mosca supuso por aquel entonces todo un éxito para Cronenberg, lo que le facilitaría una cómoda posición en la industria estadounidense para llevar a cabo proyectos con los que calmar -o alimentar- sus particulares inquietudes.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Logan

4 Jun

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Año: 2017.

Director: James Mangold.

Reparto: Hugh Jackman, Dafne Keen, Patrick Stewart, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Eric La Salle.

Tráiler

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         Hay una constante aparición de tebeos de los X-Men en Logan. El superhéroe revisa el relato de sus hazañas, deformadas por puntos de vista ajenos y maravillados por su poder sobrenatural. Su testimonio de primera mano puntualiza las diferencias entre la leyenda y la ‘realidad’ de los hechos, la cual posee rugosidades, dobleces y amarguras de imposible cabida en la epopeya heroica.

En Logan, después de que una pandilla de cholos casi lo aniquilen en un aparcamiento a causa de unas yantas cromadas, Lobezno, el mutante indestructible, colérico y cínico, combate contra la presbicia, las infecciones de pus y un asesino implacable que parece una formación cancerígena que lo carcome por dentro, brotando de su mismo interior que lo hacía aparentemente inmortal. El profesor Xavier, dueño del cerebro más prodigioso del orbe, chochea y lo deben meter a pulso en el baño para que mee. El crepúsculo de los héroes es tan degradante como el de cualquier hijo de vecino.

Sin embargo, desde este planteamiento antiépico, Logan termina desarrollando un western elegíaco de superhéroes en peligro de extinción individual y colectiva, en el que enarbola como referencia directa Raíces profundas. Porque si Logan mira los cómics desde el exterior, a Raíces profundas sí que la asume y corporeiza no solo a través de las imágenes y el argumento, sino mediante la reproducción literal de sus diálogos. En efecto, Logan reproduce el tópico de la confrontación entre el antihéroe desencantado y atormentado frente un símbolo potencial de inocencia y redención. Pero, para realojar en su seno la inocencia perdida, el antihéroe debe abrir la espesa coraza de cinismo que lo protege del enemigo.

         No obstante, a pesar de esta alusión evidente, el recorrido de Logan se asemeja incluso en mayor medida al de otro western mayúsculo, esta vez firmado por Clint Eastwood, cineasta que precisamente se había apropiado de los cimientos de Raíces profundas para dotarlos de una pátina más cruda y desolada en El jinete pálido. Logan, decíamos, sigue un trayecto muy similar a Sin perdón, obra agónica que se detenía asimismo en la discusión entre el Oeste novelado y el Oeste auténtico, debatida entre los propios protagonistas de los hechos y el cronista que los reconstruye desde su perspectiva fantasiosa. Y también Lobezno, al igual que el otrora sanguinario William Munny, debe recurrir aquí a un brebaje para recuperar su ira enterrada bajo capas de remordimientos.

         Aunque contiene algún punto de guion más dudoso -la pernocta en la granja alentada por Xavier, principalmente- y a que por momentos esta comunión entre antihéroe, infancia y distopía parece llevar la cinta hasta Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, Logan realiza un buen trabajo en la composición de la atmósfera terminal y de perpetua frontera que habitan los personajes, sus relaciones desnudadas por la vida y las pulsiones de muerte que dominan la psicología del protagonista, así como la interacción con un universo cruel y desprotegido. De este modo, la falta de concesiones no se limitan a lo gráfico de la violencia; abarcan igualmente a la observación de su naturaleza ambigua -la niña que degolla sin parpadear, las ejecuciones a sangre fría del bueno de la película, la reacción última del granjero-.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

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