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Territorio comanche

2 May

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Año: 1996.

Director: Gerardo Herrero.

Reparto: Imanol Arias, Carmelo Gómez, Cecilia Dopazo, Mirta Zecevic, Gastón Pauls, Bruno Todeschini, Natasa Lusetic, Ecija Ojdanic.

Tráiler

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           “Durante la época dura, en Sarajevo, a eso le llamaban ir de shopping. Se ponían el casco y los chalecos y se pegaban a una pared en la ciudad vieja, a oirlas venir. Cuando alguna caía cerca, iban corriendo y grababan la humareda, las llamas, los escombros. Los voluntarios sacando a las víctimas”. Territorio comanche traslada al cine la recopilación de reflexiones, nociones, atmósferas, anécdotas y pesares de las dos décadas como corresponsal de guerra, con siete participaciones en guerras civiles, que Arturo Pérez-Reverte había condensado en el libro del mismo título, escenificado en la Sarajevo asediada por los serbios en las Guerras yugoslavas de los noventa, la resurrección del monstruo en el satisfecho continente europeo. En torno al puente de Bijelo Polje.

           La fotografía plomiza y la iluminación tenebrosa de los fotogramas, cernidos sobre una ciudad mortuoria y fantasmagórica, se asimila al desencanto pesimista del periodista y escritor, con gotas de cinismo autoprotector y cierta voluntad ecuánime en el rescate de los restos humanos bajo las ruinas del horror. Hombre que siempre ha procurado cultivar y defender bien su personaje público, esa es la composición a partir del cual se modela a su alter ego, aquí caracterizado sobre Imanol Arias, y, con sus variaciones personales, a su visceral compañero de fatigas bélicas, un homenaje a José Luis Márquez que por su parte asume Carmelo Gómez, sempiterna cámara al hombro. Sin embargo, es una ambiciosa presentadora recién llegada (la argentina Cecilia Dopazo) la que detenta el punto de vista del relato, puesto que su condición de novata con pretensiones frente a estos perros tristes y viejos es la que ofrece las condiciones ideales para, a través de la pantalla, introducir al espectador, virgen en estas lides, en lo más crudo de un conflicto que, como todos los conflictos, es sinrazón, barbarie, caos, abuso y miseria.

           Por su credibilidad y viveza, la captura de la acción bélica en la que se mueven este circo ambulante de reporteros de guerra -la tensión, la amenaza y la fatiga e impotencia moral que se respira- ofrece una de las principales virtudes de la cinta.

Territorio comanche también puja por trasladar la convivencia, las motivaciones y las turbias cicatrices detrás de este grupo de seres perdidos y encontrados, obsesivamente inmersos en un cometido que ni siquiera tienen la certeza de que sirva para algo, para ese objetivo que no es tanto cambiar la tragedia como conocerla, desenmascararla y comprenderla -y eso por aquel entonces, ya que ahora probablemente se les pueda considerar una especie extinta-. Para este propósito, que probablemente fuese uno de los principales intereses de la prosa de Pérez-Reverte, el filme compone con solidez la superficie pero no logra rascar mucho más allá de ella, no termina de extraer el calado o la entidad que se puede intuir en el material de base, lo que hace cojear un tanto al conjunto, lastrado asimismo por decisiones artísticas poco pulidas, como el uso de la banda sonora que termina por rematar negativamente la estridencia de una especie de escena climática que tiene lugar llegando al desenlace.

Algo semejante ocurre con las deliberaciones y exposiciones acerca de la impotencia del observador y de la función del periodismo en la guerra, del papel de los medios -los domingueros contra los que gusta arremeter ferozmente al cartaginés, que a buen seguro hubiera arrojado más artillería de mortero sobre ellos- y en consecuencia del espectador que los alimenta; cuestión que se queda en un buen apunte -que puede que tampoco sea poca cosa-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6,5.

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