Archivo | febrero, 2018

Martín (Hache)

12 Feb

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Año: 1997.

Director: Adolfo Aristaráin.

Reparto: Juan Diego Botto, Federico Luppi, Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Sancho Gracia.

Tráiler

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         No es de extrañar que uno de los personajes principales de Martín (Hache) sea guionista. Martín (Hache) es una película que, fundamentalmente, habla. Apenas tiene escenarios y sus conflictos se plantean, desarrollan y quizás resuelven a través del diálogo. A través de la reflexión y la teorización, no siempre conciliadas con unos sentimientos que tampoco acostumbran a expresarse mediante acciones, aunque las que se llevan a cabo sean radicales y, por lo general, expresen distintas formas de huida o, cuanto menos, de ruptura o reafirmación -la droga, el viaje, el plante, el suicidio…-.

El proceder del drama, pues, parece acorde al de ese guionista inmóvil, resguardado en su hostilidad ermitaña, al que le aterra ser padre, ser marido, ser amante y ser cineasta.

         A raíz de la exploración que se le impone al joven protagonista en su obligatorio paso a la edad adulta -¿es casualidad que uno de sus tres autoerigidos guías se llame Dante?-, en un camino de autoanálisis y autodescubrimiento que en realidad será transferido a su progenitor -víctima igualmente de una desorientación existencial que no se remedia con el paso de los años-, Martín (Hache) habla, por tanto, de cuestiones que son colectivas y privadas al mismo tiempo -la patria, la familia… el sentimiento de pertenencia en definitiva- y que se somatizan en el ánimo y el afecto del individuo -el rechazo, el autoencierro, el distinto uso evasivo de las drogas, las elecciones de fidelidad…-.

Y también habla de luchas por utopías imposibles, como Un lugar en el mundo, de nuevo desde ópticas teñidas por la derrota -que no necesariamente derrotadas-.

         Puede que el conjunto termine por ser demasiado teorizante como para diseccionar el componente humano que albergan estos personajes, demasiadas veces puestos al servicio de las meditaciones que se pretenden exponer desde su punto de vista particular, incluso forzando cualquier naturalidad del diálogo en pos de conseguir el impacto y la adhesión del espectador.

Dada esa distancia que se marca, porciones más viscerales o telenovelescas, como la de Alicia, acaban por resentirse. Aunque el retrato más agresivo es el que paradójicamente menos se ve afectado por ella y, en consecuencia, el que resulta más conseguido.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Zama

8 Feb

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Año: 2017.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Mariana NunesDaniel Veronese, Juan Minujín, Nahuel Cano, Carlos DefeoRafael Spregelburd.

Tráiler

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         Hay quien, como el cómic y serie Preacher, imagina el infierno como la revivencia continua e inagotable del instante más doloroso, humillante o desolador de la existencia. El tormento repetido hasta la monotonía de El prisionero, el eterno día de la marmota de Atrapado en el tiempo. Advierten los expertos de que la tendencia en el campo de la tortura ha descartado el martirio físico por un método mucho más sutil y tremendamente más efectivo: la privación sensorial absoluta, capaz de desmoronar o desfigurar hasta la mente más dura.

El corregidor Diego de Zama, funcionario letrado del rey de España, acumula los días en una remota costa del imperio, abandonada de cualquier necesidad, material o metafísica, que requiera la existencia humana. Las jornadas se suceden una tras otra; lánguidas, sofocantes, solo rellenas de moscas, crueldad y molicie. En este caso, la privación a la que se encuentra sometido Zama es existencial o espiritual, y se manifiesta en una constante frustración. Ambiciones enterradas a diez metros bajo el polvo, placeres inconsumados que se pavonean ante sus ojos.

La cineasta Lucrecia Martel, que adapta desde el guion la novela de Antonio Di Benedetto, lo ubica frente al mar, contemplando el horizonte con abatimiento de náufrago. Pero, en realidad, la historia de Zama es la de Sísifo trepando ladera arriba con una piedra en este caso ínfima, pero excepcionalmente pesada, hecha de vagas esperanzas. La vida, en ocasiones, es ardua espera de la nada.

         La directora argentina envuelve la mente agotada de Zama entre paños oníricos, en una de esas pesadillas densas y pegajosas que no contienen monstruo alguno, pero que perturban hasta el fondo del alma a quien la sufre, cuya consciencia torturada se mantiene entre el sueño difuso y la lucidez febril. Los sonidos amalgamados en un fondo compacto, la banda sonora que rehuye la armonía, los animales que se mueven por el escenario como personajes de fábula, los espectros que sobrevuelan el escenario, las frases hechas y desgastadas, los sinsentidos de una sociedad urbana tratando de arañar la selva descomunal.

         Una de las frustraciones de Zama se relaciona con la propia identidad, con el desarraigo entre una América a la que rechaza y una España que lo repudia. El fracaso de Zama y su identidad es el fracaso del colonialismo español en Latinoamérica, que Martel parece conectar a través de los siglos mediante de los terratenientes salteños de La ciénaga, sumergidos como zombis en otro vacío, en otro absurdo, que deriva en otro estupor, esta vez etílico.

Pero la desorientación de Zama quizás no sea una cuestión ibérica, pues también enlaza con otra exploración colonial surrealista de estreno reciente y cuño argentino, Jauja, protagonizada por expedicionarios daneses en el corazón de la Patagonia. Zama se reservará igualmente un capítulo final de aventura abstracta. Un adentramiento en un universo de fantasmas que, a pesar de mutar el tono de la narración y dotarlo de aparente acción, no es sino la prolongación por otros medios de un mismo absurdo existencial.

         De poderosa atmósfera alucinada, esta variación aporta frescura a una obra que juega sus bazas abogando por una postura hostil y desafiante, pues esecialmente contiene como único aliciente sumergirse en el marasmo y el hastío de Zama y compartir con él su condena interminable. La decisión de que el espectador ha de sentir en sus carnes el anquilosamiento que domina a los personajes por medio de padecer su propia cuota de aburrimiento -o semejante- acostumbra a ser reivindicada desde autores que buscan trasgredir los límites convencionales de la expresión cinematográfica; pero no encuentro que sea una opción acertada, puesto que el lenguaje del cine, empleado con talento y sensibilidad, es suficientemente versátil y elocuente como para transmitirlo perfectamente al público sin necesidad de abrumarlo en la desidia. Porque, con frecuencia, la consecuencia es la limitación del interés de la película.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

El gatopardo

5 Feb

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Año: 1963.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale, Romolo Valli, Paolo Stoppa, Rina Morelli, Lucilla Morlacchi, Serge Reggiani, Terence Hill, Pierre Clémenti, Leslie French, Giuliano Gemma.

Tráiler

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         El gatopardo es un filme sobre el apocalipsis. El príncipe de Salina contempla el universo que lo rodea y percibe punzantes las pulsiones de su muerte. Todo cambio es inquietud, es trauma. En el peor de los casos, es extinción.

El príncipe de Salina es un hombre “a caballo entre dos mundos”, sin arraigo en ninguno de ellos, con las ilusiones olvidadas o destruidas por el paso y el cambio de los tiempos. Las conclusiones políticas que condensaba Giuseppe Tomasi di Lampedusa en el original literario -que todo cambie para que nada cambie-, se antojan un tanto reduccionistas, por más que haya hecho fortuna entre los escépticos y decepcionados y se aplique con insistencia al convulso panorama actual. La obra triunfa porque es el retrato íntimo y monumental del temor ante el cambio; una experiencia conmovedora y universal, que percibe en carne propia tanto el noble decadente como el precariado de a pie, pues se trata en esencia de un proceso psicológico consustancial al ser humano, dependiente de mil y una circunstancias sociales, políticas, económicas… pero, principalmente, personales.

         Con greñas de león fatigado, Don Fabrizio desatiende el baile, se resigna a perder el calor de la belleza juvenil femenina y se refugia en un despacho, donde se detiene ante una pintura sobre la agonía. Antes, Luchino Visconti había enfatizado su caducidad convirtiéndolo en estatua polvorienta, en dueño de ruinas, en político y amante impotente. De cuna aristocrática como él, comprometido en su tiempo con la izquierda comunista, Visconti demuestra un afecto y una identificación absoluta con el príncipe de Salina. Ya había abordado en Senso el tema de las subversiones de clases sociales que trajo consigo la definitiva demolición del Antiguo Régimen con el Risorgimento, la unificación nacional italiana, si bien las aproximaciones a figuras de sensibilidad extemporánea, o cuanto menos marginal, es una constante en su filmografía. Una perspectiva a la que también podría asimilarse el solitario Lampedusa, otro creador de vetusta ascendencia aristocrática y que se había inspirado en su propio bisabuelo para escribir la novela.

A pesar de que intentan confirmar la sentencia del literato -una apertura revolucionaria que conduce a un cierre donde se fusilna simbólicamente los ideales del movimiento-, los decisivos sucesos históricos que comparecen en el filme, pues, son un telón de fondo o, más bien, una de la espitas que dinamitan el apacible y orgulloso palacio mental de Don Fabrizio, semejante a la mole donde habita su familia, asimilado incluso al paisaje siciliano, imponente, rotundo y eterno. Parte inamovible de él. La invasión de los camisas rojas garibaldianos y el resto de acontecimientos ayudan a componer de este modo un escenario crepuscular, hostil; completado con el viento, el polvo, el calor. Donde los monstruos de esta historia de terror suben las escaleras palaciegas embutidos en un frac hortera; donde la derrota y la muerte tienen como heraldo a una hija enamorada, o a una muchacha de pujante e inalcanzable hermosura.

         En El gatopardo parece asomar el tópico del rejuvenecimiento a través de la conquista sexual. El macho alfa que demuestra su prevalencia dominando el harén. Pero este cliché literario permanecerá solo latente, como una vibración que se agrega a la estrecha relación entre el patriarca Don Fabrizio y su heredero por adopción, su sobrino Tancredi.

Visconti realiza un notable trabajo en la dirección, respectivamente, de Burt Lancaster -imposición de renombre de la Twenty Century Fox- y Alain Delon. Pero una de sus grandes dedicaciones se concentrará en la minuciosa reconstrucción de época, exhibida en magníficos y suntuosos decorados y vestuarios que no obstante, en su exceso, no recargan el drama, sino que refuerzan esa idea de tiempos perdidos, de trasnochada obsolescencia. Son estancias asimismo habitadas por otras criaturas que comparten ese trágico desfase, aunque menos conscientes de ello: una joven casadera desplazada por la mutación de las prioridades sociales, una esposa de costumbres medievales, un colectivo de rancio abolengo que baila para cerrar los ojos al final de sus días.

La caída de los dioses.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

Jackie

2 Feb

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Año: 2016.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Natalie Portman, Billy Crudup, Peter Sarsgaard, Greta Gerwig, John Hurt, Richard E. Grant, John Carrol Lynch, Max Casella.

Tráiler

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          De uno de los periodos más fascinantes de la historia de los Estados Unidos, y del Occidente contemporáneo, Jackie escoge como punto de vista el de una de las figuras más de papel cuché del escenario: Jacqueline Kennedy, mujer que, a priori, tiene madera de trágica esposa-florero.

A partir de ella, el chileno Pablo Larraín, que profundiza en su especialización en la reconstrucción de personalidades o episodios históricos, sea de forma frontal –No, Neruda– o de fondo –Tony Manero, Post Mortem-, establece una estructura especular en la que se disecciona el conflicto entre la dimensión pública de la retratada y su dimensión privada. Reduciendo malévolamente la premisa, no deja de ser este un asunto semejante a los problemas íntimos que, precisamente, sufren las princesas de cuento entre las obligaciones de su puesto y su anhelo de encontrar el amor auténtico. Una dicotomía crítica y traumática que también les ocurre, por tanto, a las princesas de verdad: Diana, Grace de Mónaco, la serie The Crown… por poner ejemplos actuales.

          Así pues, en palabras de la propia protagonista, Jackie confronta la persona “real” con el personaje de la “performance” que interpreta la enviudada primera dama. El choque entre una y otra faceta dominará el esquema narrativo de Larraín, a partir del guion de Noah Oppenheim: la entrevista con el reportero y la entrevista con el sacerdote, el off the record y el dictado, la emoción espontánea y la máscara hierática, el individuo común y la leyenda inmortal, las flaquezas humanas y el legado histórico…

Es una discusión sutil, sin subrayados, que aporta rugosidad y complejidad a la obra y que asimismo, en su transcurrir, aborda cuestiones como el peso del cargo -la sombra de Abraham Lincoln en la vida y hasta en la muerte-, la supervivencia al lado de una figura monumental, el destino y la realización existencial.

          Se trata, pues, de una aproximación personal. De una versión privada, de una pequeña y deslumbrante tesela que destaca, a su manera, dentro de un mosaico fascinante del cual, sin embargo, se intuye menos de lo que uno desearía.

El mundo enloquecido entorno a Jackie es más interesante que su drama íntimo o su retrato psicológico. La alabada actuación de Natalie Portman supone una barrera añadida, pues le afecta un rasgo común a las reencarnaciones de los biopic: su porte, sus gestos y su tono de voz transmiten una imitación muy ensayada, en la queda perfectamente patente ese concienzudo trabajo actoral.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7.

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