La hechicera blanca

19 May

 

La hechicera blanca: en misión de martirio y redención hacia el corazón de las tinieblas. 1953, un año de aventuras exóticas para la primera parte del especial que Cine Archivo dedica al compositor Bernard Herrman.

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Año: 1953.

Director: Henry Hathaway.

Reparto: Susan Hayward, Robert Mitchum, Walter Slezak, Mashood Ajala, Joseph C. Narcisse.

Tráiler

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           “Es una banda sonora maravillosa en todos los aspectos, tiene distinción y una gran clase”, escribiría por aquel entonces el mandamás de la Twentieth Century Fox, Darryl Zanuck. “Es una de las mejores bandas sonoras de entre todas nuestras películas”, concordaría sobre ella Alfred Newman, cabeza del departamento musical del estudio y autoridad en la música de cine, avalado por nueve premios Óscar y cuarenta y tres nominaciones. En Las nieves del Kilimanjaro, estrenada un año antes, Bernard Herrmann habia demostrado su capacidad para componer, sin caer en el tópico manido, una banda sonora de aventuras africanas, subgénero muy en boga a comienzos de la década de los cincuenta, como demuestra el lanzamiento coetáneos de largometrajes de distinta categoría y presupuesto como Las minas del rey Salomón, La reina de África, Bwana Devil, Mogambo Los fusileros reales de África, Tanganica o Caravana hacia el sur, aparte de la adaptación de la novela de Ernest Hemingway antes citada, entre otras.

           A diferencia de la ambiciosa Las nieves del Kilimanjaro, La hechicera blanca es una producción de menor suntuosidad aunque cuente con el protagonistmo, siempre respetable, de Robert Mitchum. Su argumento es sencillo y un tanto previsible, pero ofrece un relato expuesto con gran oficio y una esmerada ambientación, con espectaculares imágenes documentales de corte antropológico acerca de las costumbres de las regiones remotas del río Congo a comienzos del siglo XX donde está ambientada la acción -las enormes estructuras y nasas de los pescadores wagenia, las hechizantes danzas tribales-, y que suplen otros rasgos de diseño de producción más envejecidos, como el uso de decorados pintados de fondo.

A partir de un texto de Louise Allender Stinetorf -que había sido misionera cuáquera-, el libreto desarrolla sobre este escenario una historia clásica de sacrificio y redención, que es el que protagoniza la enfermera Ellen Burton (Susan Hayward), quien anhela expiar los pecados cometidos contra su idealista y difunto marido. Un eje de redención que, además, cumple la premisa de contaminación y reparación del alma cínica, desencantada por la falta de esperanzas y de emociones, del cazador John ‘Lonni’ Douglas (Mitchum), un hombre nacido y criado en la selva y que, atrapado en su trascendente inmensidad, ha conocido el ansia depredadora e inmisericorde tanto del ser humano como de la naturaleza misma, a la que concibe no como un espacio de vida exhuberante, sino como un infierno verde en el que no se vive: se sobrevive. En su reino despiadado, mayor valor tiene el coñac que la Biblia. Pero, más aún, la conflictiva irrupción de la avaricia sin escrúpulos de un tercer hombre blanco, un individuo que hastiado de tanta pobreza está desesperado por enriquecerse a toda cosa, extiende todo este cúmulo de redenciones por saldar hasta el Occidente colonialista en su conjunto.

En consecuencia, la película posee una nota atormentada que sobresale de entre las piezas más ligadas a la aventura y a la excitación del peligro y el descubrimiento que plantea el guion, donde comparecen elementos tradicionales en este universo cinematográfico como son el enfrentamiento con las fieras salvajes -un tanto forzado en el arranque del metraje y con un gorila poco creíble, aunque sirve para presentar con eficiencia el carácter del cazador y su punto de vista respecto de la humanidad- o la colisión entre la cosmovisión occidental y la indígena, uno de los principales focos de tensión que afronta Burton a medida que avanza, casi con voluntad de mártir, hacia el corazón de las tinieblas, donde moran pueblos esquivos, misteriosos y hostiles.

           Tipo taciturno y melancólico, Herrmann captaría esta rugosidad de la narración y la transferiría a una banda sonora más grave de lo que a priori sugeriría una obra de estas características. En ella, no se perciben apenas los estímulos de este mundo exótico y colorido, ya que está dominada en cambio por sensaciones de inquietud y suspense. La singularidad africana se percibe en el empleo de instrumentos como la marimba o, más significativamente, en la fusión con la música diegética que procede de las escenas rodadas. El mejor ejemplo de ello surge en la misma primera secuencia de La hechicera blanca, que se abre con el tronar del tam-tam que anuncia la llegada del vapor donde viaja la enfermera y que se enlaza sin solución de continuidad con la percusión furiosa y extática de la partitura de Herrmann, introduciendo de tal manera un frenesí que augura prometedoras emociones por venir. Asimismo, dentro de este audaz empleo de instrumentos atípicos, destaca la recuperación del olvidado serpentón para acompasar hipnótica y malsanamente el caminar cadencioso y mortal de una tarántula sobre la espalda de la protagonista, dormida e indefensa.

En paralelo al transcurrir de los acontecimientos, la música parece encontrar en las escenas románticas -punto clave en la redención común de los personajes principales, introducido con cierta brusquedad por el guion- una válvula de escape para aliviar su tensión reconcentrada. En este contexto, la música adopta tonalidades más conmovidas, con un solo de clarinete que incluso está precedido por el tañido del arpa -Herrmann repetirá una composición semejante en Con la muerte en los talones-.

           De este modo, posiblemente la banda sonora del neoyorkino sea uno de los componentes de mayor calidad de La hechicera blanca. Al menos contribuiría a elevar su caché y le garantizaría la partitura de Duelo en el fondo del mar, la segunda de las tres aventuras exóticas que estrenará ese año, pues le sigue todavía El capitán King.

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Nota IMDB: 6,1

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7.

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