The Hunted (La presa)

17 Abr

Benicio del Toro también comería cosas que harían vomitar a una cabra. El síndrome posbélico se perpetúa en The Hunted (La presa), dentro de la segunda entrega del especial de Cine Archivo sobre William Friedkin.

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Año: 2003

Director: William Friedkin.

Reparto: Tommy Lee Jones, Benicio del Toro, Connie Nielsen, Leslie Stefanson, John Finn, José Zúñiga, Ron Canada, Mark Pellegrino.

Tráiler

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           “Me parece que no lo ha entendido… no he venido aquí para salvar a Rambo de ustedes… sino a ustedes de él”, avisaba el coronel Trautman al sheriff del pequeño pueblo que había cometido el error de hostigar a un arma humana regresada del Vietnam entre el desprecio de los suyos, por quienes había matado para no morir y comido cosas que harían vomitar a una cabra. Diagnosticada la neurosis de guerra en los combatientes que regresaban de las trincheras en la Primera Guerra Mundial -y expresada en los bebedores compulsivos de The Last Flight, incapaces de retomar su existencia cotidiana-, probablemente la primera película en conformar un thriller dramático a partir de la figura del guerrero que, transformado en una máquina homicida, ha perdido la capacidad de distinguir entre amigos y enemigos haya que situarla en El francotirador, protagonizada por un veterano que, espoleado por la destrucción psicológica que sufre, desempolva el rifle para dar rienda suelta a sus tendencias misóginas, mamadas de la sociedad norteamericana que lo convirtió en el hombre que es.

Ya había ejemplos anteriores de militares entregados al holocausto del prójimo, como Encrucijada de odios, que hacía hincapié en la descomposición moral de una comunidad que había combatido en la Segunda Guerra Mundial blandiendo los ideales de la igualdad y la Justicia, pero en aquella su villano no estaba abocado de manera tan clara a una sociopatía homicida. Si tras la Guerra de Corea se reproducirán ensayos tan populares como El mensajero del miedo -donde las motivaciones para el asesinato no están directamente vinculadas al estrés del veterano-, la tendencia aflorará definitivamente tras el trauma de Vietnam, cuyo síndrome posbélico se apreciará en filmes como Taxi Driver, El ex-preso de Corea o Domingo negro. También de las junglas vietnamitas regresará John Rambo en Acorralado (Rambo), aunque ya solo con el deseo de ser aceptado en el anonimato del ciudadano común y con el propósito extracinematográfico de personificar la reivindicación del heroísmo de estos militares deshonrados por un conflicto que, insisten, se perdió en casa por el descrédito y el repudio de los civiles cómodamente sentados ante el televisor.

           The Hunted (La presa) se abre en el horror, contemplado desde los ojos del sargento Hallam (Benicio del Toro), especialista en misiones clandestinas de eliminación de objetivos. Su mundo personal queda inserto en el apocalipsis, esta vez situado en la Guerra de Kosovo y poblado por explosiones, masacres de inocentes y fantasías filofascistas protagonizadas por serbios desalmados que encarnan el Mal absoluto, capaces de ametrallar a madres delante de sus propios hijos -y por dos veces, con sádica insistencia-. Él, al menos, mata cuerpo a cuerpo, mirando a los ojos, solo con una herramienta honesta como es el cuchillo. Cuando a continuación Hallam pierde la cabeza, William Friedkin parece recordar al coronel Kurtz de Apocalypse Now -el genio marcial que había instado a abrazar el horror moral para perfeccionar el arte de la guerra- y envuelve al personaje en sombras de las que solo asoma fugazmente su testa, mientras su mente perturbada funde, como parte de un mismo concepto, la matanza y la medalla. El asesinato premiado. Una premisa que aplicará en el seno de un hogar que le ha sido negado, violando la idea de seguridad doméstica tan venerada en el país norteamericano.

           Si el sargento Hallam surge del fuego, el rastreador L.T. Bonham, lo hace del hielo, precedido por el chillido del águila calva, símbolo de los Estados Unidos libres, fuertes y orgullosos. Además, en tanto que Hallam es un agente de la muerte, L.T. lo es de la vida, pues la misión que lo presenta en pantalla es salvífica -liberar a un lobo de la trampa de unos cazadores, contra los que, no obstante, no duda en emplearse con una violencia esta vez éticamente procedente-. Con ello queda establecido el antagonismo que conforma el duelo en que se basa el esquema de The Hunted. Un cara a cara donde comparecen además elementos psicológicos procedentes del pasado de ambos, dado que uno es maestro y otro aprendiz. El remordimiento de Hallam, pues, es extensible al viejo L.T., quien no deseaba en modo alguno regresar a la presunta civilización, identificada con la jungla urbana, ni tampoco a su actividad como instructor del ejército estadounidense, en la que proporcionaba lecciones de superviviencia pero, en especial, de muerte. Una equivalencia entre vida y muerte que es neutra y pura en la naturaleza virgen, pero que se encuentra viciada y corrompida en manos del ser humano.

Precisamente, L.T. Bonham está interpretado por Tommy Lee Jones, uno de los soldados que había retornado de los campos de tortura del Viet Cong junto con el mayor Charles Rane de El ex-preso de Corea, vacío de emociones y rellenado con napalm. Así las cosas, Tommy Lee Jones no repite el papel de perseguidos implacable de El fugitivo y U.S. Marshalls, sino que la relación que entabla con su presa humana es empática e incluso compasiva. Más semejante a Trautman, en resumen. De hecho, ambos emplean términos idénticos para referirse respectivamente a Hallam y a Rambo: “my boy” -con cada paralelismo resulta más lógico que el guionista Art Monterastelli figure en los créditos de la presente y de John Rambo (Rambo IV), la resurrección de la saga del ‘one army man’ por excelencia-. En cierta forma, The Hunted representa un trágico conflicto paternofilial, tal y como expresaba Johnny Cash, un poco de aquella manera, en la apertura del metraje por medio de su particular interpretación del pasaje bíblico de Abraham y el sacrificio de Isaac. Auténtica crueldad en las Sagradas Escrituras; la esencia misma del hombre.

           La película exige capacidad de síntesis de serie B, pero Friedkin es más atropellado que conciso en su intento de plasmar la repentina evolución de Hallam, que reaparece en pantalla convertido en un monstruo justiciero que se mimetiza con la naturaleza, como si fuese la Cosa del pantano. Son las técnicas de Bonham, aunque deformadas por la psicosis. La composición psicológica del personaje es igualmente endeble, disuelta entre alusiones a la paranoia posbélica y la pérdida de nobleza en la relación entre cazador y presa; un juego amañado en favor del ser humano. No ayuda el desorientado trabajo de Del Toro, que por entonces poseía reconocimiento y prestigio merced al Óscar a mejor actor secundario que había cosechado tres años antes con Traffic.

De la misma manera, el filme tiende a resultar más simple que sencillo en su desarrollo, que avanza sin hacer prisioneros para superar una buena ración de detalles inverosímiles -la torpeza del resto de agentes especiales, la misericordia respectiva-, en una carrera de agradecida hora y media donde, a la par que sus personajes, renegados de la sociedad tecnificada, Friedkin abandona su tradicional uso del vehículo y se embarca en una persecución a pie. El cineasta chicagüense, con todo, sabe explotar el elemento físico de The Hunted. Después de un metafórico cruce de miradas -el rastreador que clava sus ojos en un ‘ojo’ abierto en la madera de un árbol, pistoletazo de salida del enfrentamiento-, ambos contendientes se reconocen entre sí de una forma primaria, animal: tanteándose mediante ataques y defensas. Es un lance que se irá reproduciendo, con intensidad progresiva, a lo largo de la función -con los espacios verdes y urbanos de la ciudad hábilmente convertidos bien en un territorio salvaje abierto, bien en un campo de batalla cerrado- hasta alcanzar su clímax en un encuentro final a cuchillo que está rodado con contundencia y vigor.

           Tras ello, el lobo herido corretea de nuevo, sano y libre, por los bosques nevados. Aunque, como advertía el sanguinario general serbio durante la introducción, la violencia engendra violencia. De Afganistan e Iraq comienza a retornar a la madre patria una nueva hornada individuos destruidos en vida, como ocurre en las británicas Kill List y Redención, o en las estadounidenses El francotirador, Triple 9 y la serie Homeland. Y, particularmente, también de Iraq -aunque originalmente de la primera Guerra del Golfo- provendrá, con su paranoico delirio de parasitosis en la maleta, el Peter Evans de Bug, obra con la que Friedkin obtendrá el, por ahora, último premio destacable de su carrera: el Fipresci en la Quincena de realizadores del festival de Cannes.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 6.

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