Cobra, el brazo fuerte de la ley

23 Mar

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Año: 1986.

Director: George P. Cosmatos.

Reparto: Sylvester Stallone, Brigitte Nielsen, Brian Thompson, Reni Santoni, Andrew Robinson, Lee Garlington, Art LaFleur.

Tráiler

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           Un psicópata aparca su moto en la plaza de minusválidos y se atrinchera en un supermercado, tomando como rehén a la clientela aunque sin mayor objetivo que provocar una masacre a golpe de fusil. El detective a cargo de la operación trata ingenuamente de dialogar con él. Su superior, consciente de lo desesperado de la situación, aboga por medidas desesperadas, ante la insistente objeción del anterior. “Llama a Cobra”, ordena. A bordo de su coche de diseño, con una placa donde se lee “AWSOM” (“increíble”), el agente Cobretti se planta en el escenario. Sin despojarse de las gafas de sol y con una cerilla colgando de la comisura del labio, Cobretti irrumpe en el local, se autoproclama el “remedio” contra la “plaga” del crimen y ejecuta al agresor con los certeros disparos de su pistola, personalizada con el dibujo de una cobra.

           El detective que se opone a los violentos métodos de Cobra está interpretado por Andrew Robinson, que en 1971 había debutado en el cine encarnando al sanguinario asesino en serie Scorpio que ponía en jaque a la San Francisco de Harry Callahan ‘el Sucio’. En Cobra, el brazo fuerte de la ley, Robinson, que personalmente se declara pacifista, ejerce de nuevo -aunque en un plano distinto- como enervante figura antagónica de esta reactualización del arquetipo de policía-vigilante que se arroga las funciones de juez sumario y verdugo del sistema, en esta ocasión con el cuerpo hipertrofiado de Sylvester Stallone, quien asume en paralelo las labores de guionista a partir de una novela de Paula Gosling que sería adaptada con mayor fidelidad menos de una década después, en Caza legal. El compañero de fatigas de Cobretti, desencantado como él, recae en Reni Santoni, que ya había aprendido lecciones de desengaño en las ropas del aprendiz hispano de Callahan. Otra vez el icono.

           Cobra, el brazo fuerte de la ley adopta tintes de futurismo fantástico para aferrar sus garras en el clima político de los Estados Unidos de los años ochenta, sometido bajo las doctrinas de mano dura de la Administración Reagan contra la delincuencia y el enemigo internacional comunista, prácticamente parte de un mismo eje del mal dentro de una cosmovisión puerilmente maniquea pero con un gran calado en la mentalidad colectiva del momento -y cuya tóxica herencia continúa palpándose en la actualidad, con creciente potencia-.

La apertura del filme registra con voz apocalíptica el cómputo de crímenes que se suceden en el país cada minuto, desde robos hasta violaciones, desde asaltos hasta asesinatos. Silueteadas en negro en contraste con un amanecer rojo que parece sacado del imaginario de John Milius -otro autor clave del periodo y también participante en Harry, el sucio como guionista-, surgen las fuerzas de la oscuridad, que se organizan en una secta alimentada por la atrocidad y el holocausto de ciudadanos inocentes. El hacha y el martillo cruzados. El Mal absoluto, un ejército de las sombras que recorren las calles de un Los Ángeles degradado por el vicio, marcado por la noche, el neón y la corrupción de la carne, componiendo un escenario donde bien podría patrullar Travis Bickle al volante de su taxi.

Es tal la deformación sórdida/épica del presente norteamericano que la cinta parece adentrarse en la distopía australiana de Mad Max, salvajes de la autopista, donde la horda de moteros posatómicos en la que se integraba El jinete nocturno queda aquí comandada por El carnicero nocturno, un ser que habita el averno en el que se está transformando la sociedad -el duelo entre llamas- y que afila sus armas con delectación lasciva, perpetuamente bañado por el sudor que segrega su mente febril.

           En las producciones de la Cannon de Menahem Golan y Yoram Globus -los primos israelíes que propulsarían la extensión cinematográfica de las draconianas premisas políticas de Reagan-, los villanos sudan copiosamente, lo que revela al mismo tiempo la maldad incuestionable de sus actos -como los árabes que secuestran un avión de pasajeros en Delta Force– y la cobardía de su naturaleza, que percibe inferior a la del héroe guerrero de turno -sea Chuck Norris, sea Stallone-. Barbárico, el malvado de Cobra, el brazo fuerte de la ley aplica su tiranía con el filo de un cuchillo, sin la noble limpieza que proporciona el arma de fuego -y más si está tatuada con una serpiente-. Tanto el terrorista como el demente afirman estar fundando un Nuevo Mundo, en una revolución que exige víctimas sacrificiales.

           Cobra, que como Callahan opera fuera del sistema para regenerar el sistema -la Justicia que desampara al inocente, las fuerzas del orden que sucumben a la corrupción, la disolución de los valores tradicionales manifestada en una inseguridad rampante donde no hay amigos…- es un cirujano de hierro que lleva un paso más allá la tradición del antihéroe que calzó el rostro de Clint Eastwood y que se emparenta asimismo con el civil comprometido con la corrección, ojo por ojo, de las desviaciones delictivas de la comunidad, por su parte representado por el Charles Bronson de El justiciero de la ciudad y derivadas.

Son dos sagas de referencia que, significativamente, seguían vivas en la década, si bien el modelo había mutado hasta generar una estirpe de superhombres esculpidos con esteroides; montañas de músculos que parten cuellos, agujerean malhechores y espetan jocosas sentencias. Stallone, uno de los reyes de este territorio que entonces se encontraba en su apogeo cinematográfico e ideológico, ofrece su mejor colección de miradas bovinas en lo que considera una apropiación del héroe impasible, de vuelta del horror y, por tanto, capaz de emplear los procedimientos del horror frente a los contraproducentes remilgos del orden convencional -por su parte, igualmente utilizados en su favor por los propios facinerosos-. La última línea de defensa del status quo son aquellos que pueblan sus márgenes más recónditos, tipos en la frontera de la moral. La brigada zombi, la apodan.

           Obviando el parafascismo del discurso, el disfrute de Cobra, el brazo fuerte de la ley procede de su delirio, marcado por la colisión del rojo y el negro, la alucinación paranoide y su manifestación psicótica. La enajenación eufórica de la obra quedaría cercenada en buena medida por la mandamás Warner Brothers, que eliminaría imágenes y secuencias especialmente truculentas con el objetivo de burlar calificaciones de exhibición restrictivas. Los recortes de metraje afectarían también a la edición de la película, cuyo montaje muestra transiciones atropelladas, y se llevarían consigo porciones de argumento.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 6.

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8 comentarios to “Cobra, el brazo fuerte de la ley”

  1. altaica 24 marzo, 2017 a 15:42 #

    ¡Coñooooo!, tan solo medio punto menos que La gran belleza. Perdona la maldad pero no me he podido resistir. Un abrazo.

    • elcriticoabulico 25 marzo, 2017 a 16:07 #

      ¡Y texto con más palabras! Ah, las odiosas comparaciones. Pues te confieso que me sigue sorprendiendo que te guste La gran belleza, eh. Un abrazo, Altaica.

  2. Hildy Johnson 25 marzo, 2017 a 15:10 #

    Yo, fíjate, que tengo cariño a Stallone. Sobre todo por su saga Rocky. Recuerdo estar en el cine vibrando con Evasión y victoria (y no soy nada futbolera…, jajaja). Sus Rambos y Cobra nunca los vi, pero sí sus tráileres, carteles… e imitaciones de cómicos… Sí recuerdo reírme una barbaridad con Tango y Cash y lo que sufrí con Máximo riesgo. O lo bien que me lo pasé con la primera de Los mercenarios… El rostro de Stallone siempre atrajo más mis simpatías que el de Arnold Schwarzenegger (del que también tengo buenos recuerdos cinéfilos, de pasármelo pipa y punto… ahí está Mentiras arriesgadas o Desafío total).

    ¿Has visto una película británica que se llama El hijo de Rambow? Es, entre otras cosas, un canto de amor a Stallone…

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 25 marzo, 2017 a 16:12 #

      Soy niño crecido en los noventa, cómo no me van a gustar Stallone y Schwarzenegger si son como de casa… El cine también es un poco eso, los afectos cultivados de toda la vida. Yo no creo que se puedan dejar de lado con la frialdad absoluta que a veces se propugna para la crítica de cine. Eso sí, te digo que entre los dos me quedaba con Chuache, que también creo que tiene películas que me gustan más (¡Conan el bárbaro, por Dios! Un peliculón que es puro cine por mucho que puedan reprochar miradas elitistas). Aunque, claro, también hay qune tener en cuenta que el cine ‘político’ de los ochenta lo firman sus brazos fornidos, implacables con el crimen y el comunismo. En fin, El hijo de Rambow la tengo por ahí desde hace tiempo y por esas mismas razones. Procuraré verla.

      Besos.

  3. altaica 26 marzo, 2017 a 01:56 #

    Creo que di evidente y cumplida explicación en este blog de los motivos por los que La gran belleza me parecía una maravilla del séptimo arte. Evidentemente hacemos en la virtualidad dibujos sobre nuestros interlocutores, yo el primero, pero cuando la aclaración ha sido expuesta sobremanera debería de ser suficiente para dejar atrás tales prejuicios. Aún, pese a que me cuesta, admiro a los amantes del cine que son capaces como tú de admirar obras tan dispares y distintas como las que hicieron Dreyer o Stallone. Confirmo mis limitaciones para con ambos y mis limitaciones en general. Asumidas, creo que el cine me lo he tomado demasiado en serio y, a fin de cuentas, es preocupante pues no es más que un reflejo de la propia vida. Cuando sea mayor me quiero parecer a usted ahora. Cuídate mucho y disfruta, algo que, al menos, sé que haces con el cine en general y el cine en particular. Un grandísimo abrazo por siempre hacerme disfrutar de tu casa.

    • elcriticoabulico 26 marzo, 2017 a 15:52 #

      No, hombre. No lo decía por nada relacionado con prejuicios, ni mucho menos, sino por los gustos que sueles mostrar y, sobre todo por las recomendaciones que yo te haría en función de ellos. Como cuando te dije que probablemente disfrutarías con El porvenir. En ese mismo sentido, hubiera tenido reparos en recomendarte La gran belleza, pero eso solo quiere decir una cosa: que entiendo poco de los gustos de los demás y que soy muy mal recomendador, cosa que he podido comprobar en repetidas ocasiones. En fin, ya sabes que es un honor tenerte por esta casa y debatir sobre cine contigo, Altaica. Nada que no sepas. Ahora, como decía el viejo Dessjuest, hay que poner una vela a los santos para que te animes con un blog personal y ampliemos el foro y los asuntos a discutir. Un abrazo.

      • altaica 26 marzo, 2017 a 18:49 #

        Qué es de Dessjuest?

      • elcriticoabulico 27 marzo, 2017 a 13:20 #

        Pues la verdad es que no lo sé. Solo sé que se le echa de menos en la blogosfera.

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