La noche del escándalo Minsky’s

18 Mar

La vida es una obra de burlesque. La noche del escándalo Minsky’s para el especial de Cine Archivo sobre William Friedkin.

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Año: 1967.

Director: William Friedkin.

Reparto: Britt Ekland, Jason Robards, Norman Wisdom, Elliott Gould, Forrest Tucker, Harry Andrews, Joseph Wiseman, Denholm Elliott, Bert Lahr.

Tráiler

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          La comedia no es un territorio excesivamente frecuentado en la filmografía de William Friedkin, a pesar de haber debutado en el largometraje con Good Times, una serie de parodias cinéfilas al servicio de la pareja musical formada por Sonny Bono y Cher -quienes trataban en vano de adaptarse a los cambiantes gustos de finales de los sesenta, que estaban dejando anticuado su estilo melódico y por ende su popularidad-. La comedia no es su especialidad al menos no en su formato más puro, puesto que sí entreverada con otros géneros en ejemplos como su última película estrenada, la ya lejana Killer Joe, rica en humor negro.

De ahí lo insólito que resulta La noche del escándalo Minsky’s en la obra del cineasta chicagüense, porque además, a través de una anécdota auténtica ocurrida el 20 de abril 1925 -la detención en el Winter Garden Theatre neoyorkino de una bailarina, hija de fervientes cuáquero y católica aunque conocida bajo el afrancesado seudónimo de Mademoiselle Fifi, por quedar desnuda de cintura para arriba en su número erótico- rinde homenaje al burlesque y a la perspectiva ridiculizante y festiva desde la que este subgénero del teatro de variedades retrata y se apropia de la vida, eviscerando y purgando al mismo tiempo sus defectos más evidentes.

          De hecho, la película parece por momentos una filmación de los mejores momentos de la función que se celebra en el epónimo teatro Minsky -uno de los referentes reales del burlesque en Broadway en aquel comienzo de siglo XX-, limitándose a apostar la cámara en la platea y a contemplar el espectáculo, tan solo girándose de vez en cuando para observar las reacciones del público a las bromas y las picardías que se representan en el escenario -en este sentido, la acción se ambienta esencialmente dentro de este recinto o, como mucho, en sus inmediaciones-. A veces, esta fidelidad a los histriones afecta al ritmo narrativo de la película debido a que no todos los números aguantan en pie el paso del tiempo. Antes, los títulos de crédito de la cinta ya se habían plegado a la ‘joie de vivre’ encerrada en la sala del teatro, síntesis cálida de un pedazo de la memoria histórica de la ciudad norteamericana, cubierta tan solo del velo amable de los años que, acompañado de la dulce música, más que tapar acaricia y sugiere el recuerdo de aventuras inolvidables, risas revitalizadoras y reconfortantes contrapuntos de sensualidad. Un artefacto para la felicidad de la concurrencia, en definitiva, tan solo interrumpida abruptamente por la irrupción de la policía, que trae consigo fotogramas agitados, cortes de montaje agresivos y deslumbrantes cromatismos.

          De este modo, tratando de convertir en realidad actual los recuerdos del pasado -los documentos de época que se intercalan o colorean para asimilarlos a las imágenes rodadas en el presente-, La noche del escándalo Minky’s parece que pretende prolongar en su narración estos efectos benéficos del burlesque, si bien su argumento terminará por presentar un escenario que no es en absoluto idílico. Porque, al igual que ocurre en el exterior del teatro, a lo largo del relato comparecen también traiciones, rivalidades y miserias entre los integrantes de la troupe, con elementos incluso paradigmáticos de estos ambientes circenses, operísticos y de teatros marginales como es el triángulo romántico que se crea entre la belleza angelical femenina, el hombre de espíritu noble pero impotente en el amor y el bribón de intenciones meramente lujjuriosas; eje dramático que tanto vale para representar Pagliacci como La parada de los monstruos, amén todos los derivados existentes de ambos. Esta situación se produce aquí, respectivamente, entre la recién llegada Rachel Schpitendavel (Britt Ekland) -una joven amish fugada de la granja familiar para materializar su sueño de ser bailarina-, el cómico alegre Chick Williams (el británico Norman Wisdom, nada menos que el “payaso favorito” de Charles Chaplin) y el cómico serio Raymond Paine, su compañero de fatigas y pullas satíricas desde hace una década (Jason Robards, que por su parte había empezado su carrera sobre las tablas de Broadway).

Cabe mencionar que para estos dos papeles habían sonado anteriormente Mickey Rooney y Joel Grey -que por entonces triunfaba en los escenarios de Nueva York con un musical de ambiente semejante, Cabaret, en el que también participará en su salto al cine en 1972– y Tony Curtis, que abandonó el proyecto por discrepancias artísticas. No obstante, este arco dramático quedará sin desarrollarse por completo o cuanto menos no satisfactoriamente.

En cambio, posee pequeños detalles con los de desmitifica la máscara de los personajes y de la recreación histórica confiriéndolas una grata honestidad que procede de ese mismo agudo sentido satírico de lo burlesco -la horrenda tos y el sonido de la cadena del váter que reciben a Rachel y Paine en el hotelucho; la revelación divina reducida a una cama plegable- o que, en otro plano, sintetizan interesantes ideas de fondo -el moralista que, en su furia ciega, acaba por formar parte decisiva del espectáculo contra el que lucha-.

          Pero, fragmentaria e irregular, La noche del escándalo Minsky’s tampoco termina de decantarse por explorar los contrastes entre la celebración existencial del burlesque -bastante machista en su concepción por otro lado, todo gags de rivalidades masculinas y carnes turgentes- y la hipocresía del puritanismo policonfesional que conforma uno de los pilares culturales e ideológicos de los Estados Unidos -el secretario de la sociedad para la supresión del vicio, los padres de la bailarina y del promotor del teatro-. El planteamiento del tema existe, dado que el acceso de la obnubilada Rachel a este oásis de liberación está conducido por el entrañable Bert Lahr casi al modo del conejo blanco de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas -por mucho que el veterano actor, que fallecería en mitad de la producción, hubiese encarnado en su día, en otro viaje a través del espejo, al León cobarde de la celebérrima versión de 1939 de El mago de Oz-; parte de una introducción neoyorkina antitética a la que reflejará luego la mirada escandalizada de su padre -el caos urbano, los niños que lloran, las prendas íntimas expuestas…-.

Pero, a fin de cuentas, no se le consigue dotar de fuerza a este conflicto porque los personajes implicados en él carecen de entidad dramática o son meras caricaturas -el amish tonante que manifiesta mediante rugidos ininteligibles la palabra de un Dios ávido de privaciones, el viejo judío que se expresa mediante parábolas religiosas-. Más bien, estos parecen servir simplemente para protagonizar gags sueltos que, al igual que ocurre en el escenario del Minky’s, se encadenan sin que haya apenas continuidad entre ellos, a pesar de la trama romántica y religiosa establecida. “No había calma, ni suspense ni un instante de diálogo creíble”, escribió sobre el montajista Ralph Rosenblum, uno de los principales responsables de adecentar el material en crudo que había espantado al productor Norman Lear, quien deseaba ofrecer un musical clásico pero con un toque novedoso en una obra ambiciosa que contaba con un presupuesto de tres millones de dólares, lo que la erigía en la película más cara rodada íntegramente en Nueva York hasta aquella fecha. La inserción de fotogramas de archivo, por ejemplo, provienen de la labor de Rosenblum, que reclamaría la paternidad de la obra por encima de la firma del “arrogante niño prodigio” de Friedkin, tanto o más cuando este había declarado desde Londres, ya embarcado en el rodaje de una nueva película, que La noche del escándalo Minsky’s era “la mayor pedazo de mierda en la que he trabajado”.

          Como prolongando el discurso de La noche del escándalo Minsky’s fuera de la pantalla, en aquellos años se especuló con que la escena de desnudo de Ekland -fugaz y con doble de cuerpo- sería uno de los motivos que desencadenaron su divorcio con Peter Sellers, con quien había tenido una hija en 1965, Victoria -a la que, cerrando el círculo, Friedkin tanteó para interpretar a la icónica Regan de El exorcista, según confesó la actriz sueca en una entrevista-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: -. 

Nota del blog: 5,5.

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2 comentarios to “La noche del escándalo Minsky’s”

  1. Hildy Johnson 19 marzo, 2017 a 19:23 #

    Pues escribes dos análisis de dos películas que no he visto. El director Elio Petri es toda una laguna para mí. No me parece mala idea empezar por su primer largometraje que además cuenta con un actor que me gusta mucho: Marcello Mastroianni. De William Friedkin tampoco conozco mucho de su filmografía y ha habido algunos asuntos que has escrito sobre La noche del escándalo Minsky’s que me han interesado. ¡Encantada de descubrir nuevos títulos!

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 20 marzo, 2017 a 13:51 #

      Pues es buena elección El asesino para empezar con Petri, porque además de ser su primera película como director sienta el tono que dominará, de forma más reconocible, el resto de su obra. Y también es de las más logradas, aunque entre sus largometrajes me quedo con La clase obrera va al paraíso. Lo contrario que La noche del escándalo Minsky’s, que tiene potencial pero se queda todo un poco en agua de borrajas. La producción debió de ser un desastre.

      Besos.

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