Donde la ciudad termina

13 Ene

La televisión salvará a América. Donde la ciudad termina, la ópera prima de Martin Ritt como director de cine para la primera parte del especial que Cine Archivo dedica a su figura.

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Año: 1957.

Director: Martin Ritt.

Reparto: John Cassavetes, Sidney Poitier, Katheleen Maguire, Jack Warden, Ruby Dee.

Tráiler

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          El cine de los Estados Unidos reconquistaría su conciencia desde los reductos de la televisión. Acorraladas por la paranoia totalitaria del macarthismo, algunas de las voces críticas de Hollywood habían encontrado en los platós televisivos un refugio desde el que superar el azote de las listas negras potenciadas por el Comité de Actividades Antiestadounidenses y, paulatinamente, devolver a la ficción audiovisual el dominio de su conciencia. El proceso arrancará en la segunda mitad de la década de los cincuenta, si bien ya existían ejemplos pioneros de valentía suicida como La sal de la tierra, de 1954, el único filme que tendría el dudoso honor de ser incluido como tal en una lista negra y que no legaría a las salas hasta 1965.

Pero, en paralelo, desde el otro lado de los fotogramas surgían nuevas inquietudes y demandas en el espectador, hastiado de las formas clásicas procedentes de los grandes estudios de Hollywood. De esta manera, mientras que parte de la industria apostaba por aumentar en varios grados la espectacularidad del cine para combatir el empuje de la televisión como forma de ocio asequible y popular, otros sectores de la misma entendían que lo que exigía la platea eran precisamente ese tipo de argumentos, escenarios y lenguajes que aparecían en la pequeña pantalla, ajustados en buena medida a la realidad de la calle, a las vibraciones de la sociedad coetánea y a la creciente reacción en defensa de los valores sociales y democráticos que a priori sustentaban la naturaleza de la nación, lacerados por la intolerancia hegemónica en el sistema político de esta etapa inicial de la Guerra Fría.

Así pues, las cámaras también se echan a las aceras de las grandes urbes norteamericanas y encuadran en el centro de su objetivo, en abundantes primeros planos, a los múltiples rostros del ciudadano común, afectado por preocupaciones e tan cotidianas como universales, aunque también inconformistas hacia las injusticias y los dilemas éticos que planteaba la coyuntura del momento. En 1955, Marty ejercería como carta de presentación de esta nueva sensibilidad, legitimada por los premios de la Academia a mejor película, mejor director para Delbert Mann y mejor actor principal para Ernest Borgnine, además de por la Palma de Oro en el festival de Cannes. En ella, el protagonismo pertenecía al pueblo llano, personalizado en las desventuras emocionales de un carnicero feo, torturado por el vacío existencial de un corazón abandonado. Apenas un año después, Martin Ritt, director represaliado por las citadas listas negras –ignominia que más tarde reconstruirá en La tapadera-, estrenará su primer largometraje de cine: Donde la ciudad termina.

          Como si se tratase de una traslación del Neorrealismo italiano a suelo estadounidense, Donde la ciudad termina describe los apuros de un desempleado en el presunto país de las oportunidades, desplegando en su argumento una miríada de subtextos que inciden en los desperfectos patentes en la sociedad –el racismo, el sexismo, la explotación laboral…- y aderezando su ficcionalización con rasgos melodramáticos –el profundo trauma familiar del protagonista, la huella oculta pero indeleble de su pasado- a fin de encaminar su relato hacia unas intenciones de regeneración moral de la comunidad. De igual manera, Donde la ciudad termina materializa a la perfección esta influencia y evolución que se da entre la pequeña y la gran pantalla puesto que su libreto readapta y amplía el original de Robert Alan Arthur, fundamento de A Man Is Ten Feet Tall, el último capítulo emitido del programa Philco Television Playhouse de la NBC, que contaba asimismo en uno de sus papeles principales con Sidney Poitier –vencedor de una agria disputa contra la cadena por sus vínculos políticos de izquierdas- y con la dirección de Robert Mulligan, otro de los futuros abanderados de esta denominada ‘generación del compromiso’. Es una relación que se dará con frecuencia en este periodo. De hecho, Marty también era el remake de un telefilme dos años anterior del mismo Philco Television Playhouse, y se repetirá de nuevo en otros casos significativos como Doce hombres sin piedad, de 1957, debut en el medio de Sidney Lumet, un nombre más que sumar a este grupo de cineastas concienciados.

          Donde la ciudad termina expone una serie de temas recurrentes en la obra más personal de Ritt, como es el del individuo que, apoyado ocasionalmente en el prójimo comprensivo, emprende una decidida lucha para sobreponerse a la opresión de los prejuicios y las discriminaciones relacionadas con la raza, el sexo o la clase social. Un combate abrumador que aquí posee su reflejo en la misma apertura de la cinta, por medio de las numerosas vallas y cancelas que deberá atravesar en desesperada carrera por localizaciones marginales y nocturnas el personaje en el que, en esta versión, Don Murray queda reemplazado por John Cassavetes –quien poco después, ya metido a la realización, abanderará otra tendencia subversiva: el cine underground norteamericano, con unos cuantos puntos de coincidencia con la del compromiso, como el uso de escenarios urbanos naturales, su investigación de los conflictos sociales y su apego por la gente corriente-. A continuación, la sordidez de la oficina en la que se adentra, el repudio al que se ve sometido, el sudor y los jadeos, y la turbia llamada a casa desvelan entonces los mimbres a partir de los que se constituye el drama. Las escenas del filme se ambientarán esencialmente en un puerto neoyorkino bajo la silueta del Empire State y el asfalto de calles anónimas y populares de Harlem, en las que se concita la variedad étnica y de nacionalidades que conforma el sustrato mismo de los Estados Unidos.

Donde la ciudad termina desarrolla una historia en la que el protagonista ha de recuperar las riendas de su vida, perdidas debido a culpas personales –la muerte del hermano y el distanciamiento de sus padres, la amenaza de la prisión que se plasma en los enrejados que con insistencia encierran su silueta- e imposiciones ajenas –el abuso que ejercen las figuras de poder sobre los desamparados bajo su autoridad-, para lo que contará con la ayuda generosa y desinteresada de su compañero de trabajo, Tommy (Poitier, que en esa época firmaría otras cintas a propósito de esta reconciliación entre hombre blanco y hombre negro, como Sangre sobre la tierra o, en particular, Fugitivos).

          El prolijo espíritu crítico de la película, todavía vigente, se alza furioso desde el guion –la vejación que somete el villano de la función a sus subordinados y sobre todo a Tommy por ser negro, la velada homosexualidad o al menos bisexualidad del protagonista, la protesta de las mujeres por su condena a ser amas de casa, la denuncia de las tropelías cometidas contra los inmigrantes portorriqueños…- a la vez que aboga por la solidaridad de clase y la amistad interracial –lo que le granjearía numerosas dificultades presupuestarias por las dudas de la Metro Goldwing Mayer, luego confirmadas en las posteriores negociaciones con los exhibidores, sobre el rechazo que provocaría el tema en el sur del país-. Los conflictos sindicales –que recuerdan un tanto a los de la icónica La ley del silencio, del delator penitente Elia Kazan, padrino de Ritt en su grupo de teatro y amigo con el que colaborará estrechamente- no serán ajenos a la carrera del cineasta neoyorkino, que los retomará en Odio en las entrañas y Norma Rae. Tampoco lo serán los raciales, condensados en la trilogía sobre las circunstancias de los afroamericanos que compone La gran esperanza blanca, Sounder y Conrack.

En Donde la ciudad termina, su discurso resulta aún un tanto plano en su osadía y su insumisión, entendible dentro del mérito que supone sacar adelante una obra semejante en aquel contexto sociopolítico y con la escasez material que padece, la cual contribuye a reforzar el aspecto televisivo de la realización, poco resuelta, por ejemplo, en el rodaje de las secuencias de acción, aunque de agraciada naturalidad en su tratamiento del espacio urbano y las situaciones más íntimas. Por otra parte, destaca su atención y su cariño hacia sus personajes, retratados con enorme calidez y donde a Poitier se le percibe especialmente cómodo en la piel de su bonachón y resistente estibador.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

2 comentarios to “Donde la ciudad termina”

  1. Hildy Johnson 14 enero, 2017 a 12:13 #

    Para mí fue toda una sorpresa descubrir esta película, y muchos de los motivos están en tu buen texto.
    Ahí está Poitier y también Cassavettes, dos personalidades a tener en cuenta y que cada uno escribió páginas importantes para la historia del cine.
    Pero también me llamó la atención un tercero (que tiene el personaje más antipático)… Jack Warden, uno de esos secundarios que cuando tiene oportunidad, crea personajes que no se olvidan.

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 16 enero, 2017 a 14:03 #

      Yo creo que en algunas cosas se le nota el paso del tiempo, pero hay que tener en cuenta el turbulento contexto del que surge. Es una reacción muy interesante la de esa generación de la televisión, que además alumbraría un puñado de obras de excelso cine. Hay mucho que repasar en ella.

      Besos.

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