Silencio

11 Ene

silencio

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Año: 2016.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Andrew Garfield, Liam Neeson, Adam Driver, Tadanobu Asano, Yôsuke Kubozuka, Issei Ogata, Ciarán Hinds.

Tráiler

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            Mientra veía Silencio -recreación de las penurias de una pareja de sacerdotes jesuitas en medio de las persecuciones anticristianas del Japón feudal del siglo XVII-, me divertía imaginar qué pensará Martin Scorsese acerca de que Willem Dafoe, su Jesús de La última tentación de Cristo, ande predicando el budismo por media constelación de Hollywood.

Hombre educado en la fe, de alardeada vocación eclesiástica en su juventud, acostumbrado a nadar en las procelosas aguas del pecado, la caída y la redención a lo largo de su particular filmografía, Scorsese retoma la exploración directa de la religión después de aquella polémica obra que presentaba a un Hijo de Dios frágil y humano, compungido por dudas universales y anhelos terrenales, y de su posterior, menos significativo y tremendamente plomizo acercamiento al budismo de postal ‘made in Occidente’ que era Kundun.

            Lo cierto es que el cinesta italoamericano llevaba acariciando la idea de adaptar la novela original de Shûsaku Endôllevada ya al cine en 1971 por Masahiro Shinoda– desde apenas dos años después del estreno de La última tentación de Cristo. De ahí que pueda entenderse ésta como una base no demasiado distante a partir de la cual exponer en esta ocasión las cuitas del joven padre Sebastiao Rodrigues (Andrew Garfield, recién llegado de otra pasión en Hasta el último hombre) durante la búsqueda obsesiva de su mentor: el padre Ferreira (Liam Neeson), acusado de apostasía dentro de las cruentas purgas religiosas emprendidas bajo el inquisidor Inoue Masashige.

La epopeya espiritual de Rodrigues propicia la indagación en cuestiones como el silencio de Dios que da título a la cinta, la conciliación de la fe incondicional en un Dios justo con los horrores que acontecen en el reino de los hombres; el amor de Dios y el dolor de Dios; los dilemas entre las normas de la Iglesia temporal y el sentir íntimo de Dios; el sentido de observar ciegamente los dogmas de la fe y la profesión de la fe como una vivencia indisociable e inexpugnable de uno mismo; la religión como sentimiento necesario e íntimo y la religión como política al servicio de unos intereses; la posibilidad de que no exista una sola verdad acerca de lo divino, sino múltiples.

            De esta manera, reaparecen los dilemas entre la naturaleza humana y divina, que Scorsese no expresa desde la taciturna introspección a la que recurría otro gran autor preocupado por este tema del silencio de Dios como Ingmar Bergman. Lo hace desde la épica, encaminando al personaje hacia el corazón en las tinieblas a través de paisajes sobrecogedores, pruebas físicas extremas y violencia exacerbada. También, acorde a esta decisión o a este sello de estilo, se materializan en un metraje de unos excesivos 159 minutos sobre los que se percibe cierta redundancia argumental y, derivado de ello, un puntual estancamiento narrativo.

Quizás reducida a una sucinta partida de ajedrez entre Rodrigues y Masashige, e incluso entre Rodrigues y Ferreira, se hubiera resuelto de mejor manera esta última tentación del clérigo jesuita, pues es en estos combates dialécticos donde se percibe con mayor intensidad el desgarro interior del protagonista, su pérdida de la inocencia y su crisis espiritual -disputas que además, en contradicción con la grandiosa puesta en escena, tienden a negar precisamente esa visión épica, martirológica y extática de la religión, donde no hay lugar para nuevos Jesucristos, nuevos mártires, nuevos San Pedros, ni nuevos Judas; solo para los hombres, sus miserias y sus grandezas, sus flaquezas y sus fortalezas-.

Scorsese muestra una evidente empatía hacia la pasión de Rodrigues, pero tampoco ofrece una salida fácil a sus inquietudes, producto de un mundo que se revela de una complejidad que no abarcan los credos o los proverbios del catecismo. Las comparte y experimenta a su lado, esta vez desde el silencio del autor, que no obstante, al igual que el silencio de Dios en el filme, no es un silencio vacío, sino partícipe y comprensivo.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

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