Solo el fin del mundo

10 Ene

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Año: 2016.

Director: Xavier Dolan.

Reparto: Gaspard Ulliel, Nathalie Baye, Léa Seydoux, Vincent Cassel, Marion Cotillard.

Tráiler

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            Comentaba con un amigo de referencia -sobre todo si corresponde hablar de Xavier Dolan-, que el director, guionista y actor canadiense debía de haber sido un gran observador de su propia madre, a tenor de la finura, la complejidad, la compasión y finalmente el amor con la que retrata a esta figura trascendental en toda existencia, que además supone un pilar capital en sus crispados y turbulentos retratos familiares -a excepción de Los amores imaginarios, matizaba su tocayo Javier-. Lo cierto, me informaba, es que el propio cineasta así lo había reconocido en alguna de sus entrevistas. Esta capacidad brilla de nuevo en Solo el fin del mundo, lo que puede percibirse como parte de las remodelaciones que Dolan efectúa sobre la obra teatral de Jean-Luc Lagarce, de elevada carga autobiográfica -una adaptación de piezas dramatúrgicas a la que Dolan, habitual diseñador de sus propios libretos, solo había acudido en Tom en la granja, aunque no cabe duda de que el original contiene inquietudes que coinciden de pleno con las evidenciadas en su filmografía-.

La madre, decíamos, es posiblemente el personaje más luminoso y cabal de Solo el fin del mundo, dentro de que también comparte la desorientación que atormenta al conjunto de criaturas reunidas para celebrar el regreso a casa de uno de los hijos, huido del hogar por motivos privados doce años atrás. El filme, por tanto, se afilia el esquema del encuentro familiar como campo de batalla; un tópico recurrente a partir del cual Dolan desarrolla una puesta en escena muy elaborada -hasta la puntual ampulosidad- que sobresale por encima de la teatralidad no despojada de los diálogos, que tienden a la torrencialidad y, en ocasiones, a la sobreabundancia.

            Después de una presentación en la que se manifiesta el juego de relaciones y jerarquías que configuran el ambiente enfermizo y obsesivo de este núcleo familiar disfuncional -de igual modo que el trayecto en taxi hasta la vivienda parecía apuntar a la existencia de otros hogares que nada tienen que ver con los falaces patrones tradicionales-, Solo el fin del mundo mantiene un esquema de patente raigamente dramatúrgica con encuentros entre el protagonista -enfermo terminal que retorna a los orígenes de su trauma, la familia, para intentar demostrar que ha conquistado el pleno dominio de su vida- y el resto de personajes. Son escenas en las que prácticamente se convierte en un agente pasivo a la escucha de los respectivos desahogos de sus interlocutores, a través de los cuales se despliegan los rituales, las heridas, la memoria colectiva, las poses autodefensivas y los vínculos afectivos que componen esta comunidad limitada y universal.

Mientras, él reacciona a sus efectos -el examen de las cicatrices aún dolorosamente visibles en el presente y su responsabilidad en ellas; el recuerdo eufórico que bien tiene forma de videoclip de manual, bien parece remitir a Marcel Proust por la aparición de un olor o un contacto-. De este modo, se expone su angustia emocional frente a la evaluación de sí mismo que supone este reencuentro; este final infortunado que trata de unirse con el principio infortunado en pos de una catársis definitivamente satisfactoria.

            Desde esta base, Dolan confecciona una película irregular, donde su personalísima inmoderación desemboca en detalles de una notable calidez e intensidad íntima -el proceso que desde el silencio atraviesa el protagonista, que al fin y al cabo es el meollo de la cuestión, y en especial, de nuevo, la comunión maternofilial-. Y, a la par, también en otras escenas sobredirigidas y sobredialogadas -sobreexcitadas en definitiva-, donde sus criaturas parecen demasiado sujetas a los dictados del guion y del creador que las piensa, ahogadas bajo el peso del texto y la imagen, irritantes en su vociferante frenesí encerrado en planos saturados y sudorosos.

            No es esta bipolaridad, sin embargo, un rasgo inesperado o extraño a Dolan, que para bien o para mal siempre apuesta fuerte en sus proyectos, siempre fieles hacia su propia sensibilidad personal, hacia su propia voz cinematográfica y hacia su propia ambición autoral; innegociables frente a sus no escasos detractores. Respecto a esta disparidad interna -en el saldo del filme, en su estilo- y externa -en su acogida-, para muestra un botón: Solo el fin del mundo arrancó sonoros abucheos de la platea de la crítica durante su exhibición en el festival de Cannes para luego alzarse con el Gran Premio del Jurado del certamen.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

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4 comentarios to “Solo el fin del mundo”

  1. Hildy Johnson 10 enero, 2017 a 17:37 #

    Qué casualidad, porque estaba mirando para ir a verla mañana. De Dolan solo he visto Laurence Anyways, que me gustó.

    Me llama la atención que sea tan querido y odiado a la vez, como bien expresas en el último párrafo. Que sus películas causen sentimientos contrarios: público que adora sus películas y público que las odia hasta extremos insospechados. E igual pasa con los críticos, polarizados ante su cine. Algo tiene entonces, ¿no?

    Lo que más me llama la atención de la película es el asunto de reunión familiar donde todo estalla. Es casi un subgénero cinematográfico y suele apasionarme.

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 11 enero, 2017 a 13:44 #

      Pues fíjate que a mí es un tema que me da bastante pereza. Algo tiene Dolan… que es un tío talentudo y lo sabe. Recibe mucha condena por su cierta arrogancia y porque tiene cara de ello (otra cosa es que lo sea). También por esa apuesta fuerte y esa pasión por los conflictos a gritos entre gente un tanto excesiva. Me queda mucho por ver de su obra, pero de momento me gustó mucho Yo maté a mi madre y me gustó con matices Mommy. Esta no es tan buena, aunque la encuentro cosas de interés. Hay que seguir explorando.

      Besos.

  2. Hildy Johnson 16 enero, 2017 a 20:21 #

    Pues efectivamente no me pareció redonda, pero como tú le encontré muchas cosas interesantes a la película. Y además el reparto, los cinco actores me gustan mucho. Y me gustó el contraste del silencio del hijo pródigo (y la impotencia que siente por no poder contar), el histrionismo y verborrea de los demás miembros de su familia, y el tartamudeo y miradas de su cuñada. Adoro a Cassel… cuando lo vi por primera vez en El odio, ya no he podido evitar seguir su trayectoria. Me apetece mucho leer la obra de Jean Luc Legarce. No llegué a la catarsis que alcanzo en otros dramas famliares histriónicos (el último Las furias, mismamente, por estos lares, o, por ejemplo, Agosto), pero entre todo el maremágnum barroco de Dolan sí atrapaba momentos auténticos y emocionantes. Y cómo aguantan todos los primeros planos, y que sensación de ahogo y encierro transmiten…

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 17 enero, 2017 a 14:10 #

      Es una película que arriesga a empachar, por sus evidentísimos excesos. Es algo de lo que es consciente Dolan, y que no le importa en absoluto porque solo es fiel a sí mismo. Pero más allá de eso creo que es un filme que tiene virtudes expresivas muy interesantes y que consigue momentos emocionales que merecen la pena.

      Besos.

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