El grito

28 Oct

Un alarido para abrir las puertas entre la realidad y el delirio, la razón y la locura, los terrores sobrenaturales y los terrores cotidianos. La peculiar El grito, para la sección de estrenos en DVD/Blu-ray de Cine Archivo.

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Año: 1978.

Director: Jerzy Skolimowski.

Reparto: John Hurt, Alan Bates, Susannah York, Tim Curry.

Tráiler

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          Es estimulante que, dentro de una película de terror fantástico que lleva por título El grito, sea precisamente la ausencia de alaridos estridentes la que condicione la enrarecida atmósfera de un filme que, en cambio, prefiere ejercer una presión psicológica sobre la platea a través de hechos aparentemente sobrenaturales que, sin embargo, redoblan su potencia a causa de su adscripción dentro de un escenario de estética predominantemente sobria y naturalista.

“La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”, declama citando el Hamlet de William Shakespeare uno de los internos del manicomio desde donde parte el relato, servido por el encuentro entre un individuo teóricamente ‘normal’ y otro teóricamente ‘loco’: dos categorías que pronto vuelan por los aires tras sembrar serias dudas entre quiénes son los psicólogos, quiénes los pacientes y quiénes los lugareños invitados al tradicional partido de cricket entre foráneos y residentes del centro psiquiátrico. Esta frase subrayará la experiencia en la que, llegados a este punto del metraje, se ha convertido ya en un artefacto inestable, desarrollado a impulsos febriles y casi inconexos, donde ejerce como teórico narrador omnisciente un personaje que admite de primeras su intención de introducir variaciones deliberadas en una historia que afirma como absolutamente real a pesar incluso de estas modificaciones destinadas a mantenerla “viva”, palpitante, demencial en su presunta fidelidad.

La premisa de su cuento, no obstante, es tan sencilla como universalmente abrumadora: la tragedia de un hombre enloquecido porque tenía una mujer que lo amaba… y la perdió.

          Inspirada en un relato corto del afamado escritor inglés Robert Graves, en El grito la rutina de un tipo común (John Hurt) se desquicia a partir de la irrupción de un forastero (Alan Bates) que afirma tener la capacidad de provocar la muerte con el grito que otorga nombre a la función. Un encuentro que se dibuja como predestinado –las ensoñaciones oníricas de un aborigen australiano vagando en las dunas, el pinchazo de bicicleta provocado- y que enfrenta al protagonista frente a lo incomprensible y, especialmente, contra sí mismo; contra sus tentaciones, sus pecados y sus terrores existenciales –la infidelidad, el sometimiento, la humillación, el abandono, la desaparición-.

La cinta evoluciona de manera desconcertante, siguiendo un crescendo donde las pulsiones oníricas y alucinadas van afirmándose sobre el escenario a medida que la presencia y el influjo del extraño se adueña de la cotidianeidad de su víctima, parejas asimismo a los arrebatos de sexualidad, violencia, rabia y muerte que surgen en la evolución de la trama. Los puntuales despertares de la conciencia del espectador –el retorno al campo de juego del sanatorio, donde los ojos saltones de Tim Curry ejercen como su representante dentro de los fotogramas- no terminan de romper los efectos de la hipnosis a la que subyuga un Bates tremendamente inquietante gracias a la rotundidad de su físico y la convicción de su verbo.

          Cineasta formado en la escuela polaca del recientemente desaparecido Andrzej Wajda y que firma aquí su tercera producción británica, colaborando además junto a Michael Austin en la adaptación del original literario, Jerzy Skolimowski impone sobre los fotogramas un estilo realista huérfano de artificios y con cierta tendencia al feísmo provinciano que, gradualmente, se fisura por medio de un montaje repleto de cortes heterodoxos e impulsivos, desbordándose así en arrebatos pictoricistas en el empleo del paisaje costero devoniano -con el que el realizador compone estampas sombrías de siniestra belleza- y pervirtiéndose a través de contrastes surrealistas que torturan la psicología de protagonista y, con él, del público.

A ello contribuye también una banda sonora que, a imitación del trabajo artístico del personaje de Hurt, tiene más de melodía atonal o de registro sonoro estridente que de partitura musical, y que corre a cargo de Michael Rutherford y Tony Banks, dos de los fundadores del grupo de rock progresivo Genesis. Dentro de esta estructura anómala –se pensó en un primer momento en Nicolas Roeg para la realización, sin duda debido a los resultados de Walkabout, otra obra inclasificable de incursión en lo fantástico y lo metafísico a raíz del contacto con aborígenes del Outback-, la ambigüedad proviene entonces del juego de paradojas con las presuntas certezas sensitivas de este decorado veraz donde tiene lugar una historia irracional que, de esta forma, va siendo empujada hasta un paroxismo sensorial y mental donde la confusión estalla en un clímax donde realidad y ficción se hibridan definitivamente, tanto en el dispositivo interno del relato –la historia contada que surge en la presunta ‘normalidad’ desde la que era recordada, reconstruida o inventada– como, por extensión, en el conjunto de la película.

          Obtendría el premio del Jurado en el festival de Cannes ex aequo con Adiós al macho, en un año en el que curiosamente triunfaría una propuesta de corte semidocumental: El árbol de los zuecos.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

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