Aflicción

13 Oct

Aflicción, el perro apaleado de Dios. El triunfo de Paul Schrader como director, conectado troncalmente con la línea de su obra, para el especial que le dedica Cine Archivo.

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afliccion

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Año: 1997.

Director: Paul Schrader.

Reparto: Nick Nolte, Sissy Spacek, James Coburn, Willem Dafoe, Holmes Osborne, Jim True-Frost, Tim Post, Brigid Tierney, Mary Beth Hurt.

Tráiler

            Aflicción inicia el metraje mostrando una serie de postales del rural americano. Reflejan un territorio apenas conquistado que, no obstante, condensa la idiosincrasia del país, con una comunidad pequeña de sacrificados trabajadores que desarrollan su existencia cotidiana en la familiaridad y la intrascendencia absoluta. Son estampas de la nevada New Hampshire que transmiten la esencia presuntamente sencilla y apacible que forma la médula espinal de la nación más poderosa del orbe, la tierra prometida de los sueños y la libertad. Pero son al mismo tiempo fotografías entre las que se filtra un trasfondo apesadumbrado, de lánguida decepción y profundo abandono. En ellas, ni siquiera asoma un rostro humano. Solo propiedades, objetos materiales.

Al arrancar el relato en sentido estricto, Paul Schrader abre el plano para que la voz en off de Rolfe Whitehouse (Willem Dafoe), narrador puntual y prácticamente externo de los sucesos que acontecerán –autorizado además por su título de profesor de Historia-, comience a reconstruir el capítulo del “extraño comportamiento y desaparición” de su hermano mayor, Wade (Nick Nolte, a la sazón productor ejecutivo de la cinta, lo que se detecta en la laxitud con la que es dirigido en algunas escenas). La Historia vulgar y silenciada de los Estados Unidos, su genética verdadera más allá de la recopilación oficial de grandes hechos y que el propio Rolfe intuirá como el fruto envenenado de “una tradición de violencia masculina”.

            Cronista de la oscuridad que subyace bajo las luces de América, del pecado, la culpa, el remordimiento y la contradicción puritana que colisionan en las rendijas y los sótanos de la potencia económica y la preeminencia política del país, Paul Schrader alcanzaría la cima de su trayectoria como realizador merced a una obra escrita a partir de una novela de Russell Banks –otro experto en esta turbulenta materia- y que, una vez más, refleja los tortuosos conflictos interiores que sufre el ciudadano medio en el entorno tremendamente hostil que conforman una sociedad y un sistema que lo aíslan, alienan y destruyen. En cierta manera, el Wade Whitehouse de Aflicción es un pariente directo del icónico Travis Bickle que Schrader modelase para Martin Scorsese en la mayúscula Taxi Driver, representación definitiva de la deriva psicótica de la sociedad norteamericana. Cada uno de ellos representa un paso más allá en la negrura que manaba desde el traumatizado y traumático Ethan Edwards de Centauros del desierto.

Si Bickle se autoproclamaba el hombre solitario de Dios, inmerso en cuerpo y alma en una misión redentora –en el sentido personal y colectivo-, Wade se describirá como el perro apaleado que está a punto de dejar de gruñir lastimeramente para arremeter a dentelladas contra quien lo oprime –una existencia miserable, un fracaso matrimonial, un vacío vocacional, la paternidad cercenada por el divorcio-. En ambos, aunque por vías radicalmente distintas, este camino regenerador conduce a una niña –la prostituta Iris; la hija perdida por la custodia materna-. En ambos, la salvación, deformada en obsesión, se orienta hacia alguien que no desea ser salvado y que, probablemente -en especial en el presente caso-, bien le vendría que este hombre desquiciado no velase por su ser.

            Bickle y Whitehouse son dos antihéroes que se imponen un calvario crísitico –los dos aparecerán con los brazos en cruz en sus respectivos filmes, símbolo revelador de la naturaleza que creen encarnar-, pero que en realidad se lanzan al abismo que pretenden combatir, tal es la monomaníaca confusión que les aplasta. Bickle, de hecho, bien podría pasar por el tercer hermano de los Whitehouse, Elbourne, perdido en las junglas de Vietnam de las que sí regresó él, aunque tan solo convertido en una carcasa vacía de persona, rellena de rencor, violencia, paranoia y miedo. Sin embargo, a diferencia del taxista que patrulla insomne las cloacas de Nueva York, en la tragedia de Wade Whitehouse la misión adquirirá rasgos todavía más patéticos. Porque, ensamblada a partir de lo que semeja una incipiente trama de cine negro –la misteriosa muerte de un jefe sindicalista de Massachussets envuelto en asuntos delictivos durante un accidente de caza- es tan solo un trampantojo destinado a empujar con violencia el definitivo descalabro psicológico de un individuo gris, que trata de revolverse con desesperación y torpeza contra la impotencia que lo somete y abruma. El hombre absurdo que trata de extraerse con alicates una muela podrida.

No estamos por tanto ante el paradigma del sheriff paleto que se rebela contra el status quo que le ha condenado a ser el ignorante bufón de la corte, reduciendo igualmente la Justicia a un mal chiste comprado por un puñado de dólares, al estilo de lo que, por poner un ejemplo, ofrecería la coetánea Copland.

            En realidad, Aflicción ahonda en esa aludida tradición de violencia masculina que deja tras de sí un rastro de víctimas congénitas, nacidas del dolor y que morirán en el dolor. Si el paralelismo entre Whitehouse y Bickle es notorio, la relación que establece Whitehouse con su padre se aproxima incluso a las premisas del doppelgänger de la literatura de terror. El gemelo malvado; el otro yo diabólico.

Durante la primera mitad de la película, Schrader presenta la figura de Glen Whitehouse (James Coburn) como si de un monstruo mitológico se tratase, envuelto en una niebla terrible de fotogramas granulosos, desenfocado entre encuadres inestables y temblorosos, vulnerables a la ira irracional de la criatura. Es la plasmación, pues, del génesis de esta historia subterránea, que surge del abismo para acoplarse como una sombra a la espalda del protagonista –imagen que, en efecto, centrará alguno de los carteles promocionales del filme-. Para Wade, Glen es pasado y es futuro, en tanto que en el presente el cineasta dibujará este encuentro casi metafísico a través de escenas donde se trazan movimientos y acciones especulares entre padre e hijo, como ese encuentro en la cocina de casa mientras Margie Fogg (Sissy Spacek), la novia de Wade, percibe la situación con un sexto sentido femenino, de mártir habitual de esta agresividad machista, y huye.

            Óscar al mejor actor secundario para Coburn, único en la tarea de ser veraz a la hora de parecer intimidante para un tipo duro como Nolte –por su parte nominado a mejor actor principal, que perderá ante Roberto Benigni por La vida es bella-.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

2 comentarios to “Aflicción”

  1. Deckard 22 agosto, 2019 a 12:25 #

    Hola:

    Estoy bastante de acuerdo contigo en que “Aflicción”, es probablemente, la mejor película de Paul Schrader. Y eso que, aunque no parte de sus obsesiones habituales gobernadas por sus traumas juveniles con el calvinismo, el material novelesco de Russell Banks (autor con bastante fortuna cinematográfica, porque otra de sus novelas “Como en otro mundo”, también se adaptó por aquella época al cine, la notable “El dulce porvenir” del, en ocasiones muy reivindicable Atom Egoyan), enraiza bastante bien con la visión del mundo del guionista y realizador norteamericano. Es decir, el clima opresivo religioso y familiar que reina en la America Profunda, los personajes atormentados por el cuestionamiento permanente de sus más profundas convicciones, los lazos enfermizos y absorbentes fraternales de los que sus protagonistas no saben muy bien como desprenderse, etc…..

    Cuando ví por primera vez “Aflicción”, me gustó tanto, que en un corto espacio de tiempo la vi tres veces en el cine. No es algo que yo haga frecuentemente (casi nunca, la verdad). La mayor virtud de esta obra decisiva de los 90 es la sobriedad. Sobriedad que opera a una escala estética, narrativa e interpretativa. Y muy especialmente atinada en esta última vertiente de los actores, porque todo el poderío dramático que emana de esta tan absorbente como en ocasiones malsana historia, reposa en las cabezas de tres intérpretes muy inspirados en esta ocasión: Nick Nolte, James Coburn y Sissy Spacek. La labor de todos ellos fue debidamente reconocida con múltiples galardones para todos ellos en votaciones que les recompensaron en la medida de sus justos merecimientos.

    Resulta muy sencillo identificarse con un personaje como el interpretado por Nick Nolte. Un hombre que ha pasado ya la mediana edad pero que, aunque de naturaleza noble y bondadosa, tras su apariencia osezna, esconde fantasmas y demonios personales muy arraigados en su niñez y juventud que no ha sido capaz todavía de superar. Es de esas personas que parecen destinadas a equivocarse siempre en sus decisiones, pese a albergar siempre las mejores intenciones. De esos que incluso cuando aciertan, también se equivocan. De esa gente que parece permanentemente casada con el error, circunstancia que arrastran como malamente pueden a lo largo de toda su vida. En “Afliccion”, por ejemplo, creo recordar (la vi hace mucho tiempo) que hay un momento de tensión en el que cuando Nick Nolte parece que ya se ha calmado de una de esas situaciones en las que da la sensación de que no queda otra salida que explotar de una u otra manera, Nolte acaba enfrentándose a su pareja Spacek, cuando parecía que la salida más digna y razonable parecía dejarse caer en sus brazos y amortiguar así todos sus desgarros internos. Es decir, que una vez más, ese personaje “nacido para perder”, vuelve a meter la pata hasta el corvejón.

    Y luego, además, está la excelente labor de James Coburn. Coburn se hizo casi una estrella después de su aparición como uno de “Los siete magníficos” de John Sturges. No obstante, aunque su rostro siempre aparentaba cierta dureza, tampoco es que se caracterizara por ser especialmente malvado, y sus papeles, aunque muchas veces de “tipo duro”, destilaban una cierta honestidad. Sin embargo, en “Aflicción”, su presencia de ogro paterno alcohólico y agresivo se hace tan odiosa y temible, que uno comprende perfectamente los traumas que arrastra el personaje ya maduro de Nick Nolte, que incluso, pese a su avanzada y corpulenta edad, no parecía atreverse ni a entablar con él una pelea física aunque solo fuera para pararle los pies. En verdad, impresionante. Tanto que hasta los propios espectadores podían palpar de manera casi física desde sus cómodas butacas, la esencia malvada de ese personaje. No extraña a nadie que a Coburn le premiaran con un merecidísimo Oscar de Hollywood al mejor actor secundario.

    Además, hay otros elementos que ayudan a crear la peculiar atmósfera de opresión que se genera en esta historia. A lo largo de todo el metraje, el personaje de Nick Nolte aparte de tener que soportar toda la presión que ejercen sobre él tanto su pasado, como su presente familiar, como sus circunstancias y todo lo que rodea a su enrarecido entorno, tiene que aguantar, por si fuera poco, un terrible dolor de muelas, que parece casi una metáfora perfecta y totalmente representativa en la que se resumen todos los males de su existencia. En el clímax paroxístico de “Aflicción”, Nolte, harto de todo, (atención, spoiler), decide coger unas tenazas y unos alicates y arrancarse delante del espejo la muela de raíz delante de un espejo. Pero ni siquiera lo consigue por completo. Da la sensación de que en esa muela confluían todos sus problemas vitales y existenciales y que él quería romper con ellos de cuajo. Pero las cosas nunca son tan sencillas. Ni para los odontólogos ni en todos los demás ámbitos de la vida por lo general.

    En resumen. Que “Aflicción” es todo un clásico contemporáneo que merecería ser recordado más a menudo. Que si, a lo mejor, poca gente lo hace, es quizás por su naturaleza un tanto sórdida y descarnada, que desde luego no es de las que te endulce una alegre tarde primaveral de sábado o de domingo, pero que, sin duda, debería de satisfacer enormemente a todos aquellos que tengan un buen paladar cinéfilo y que sepan a su vez valorar las cualidades que debe de atesorar toda gran película. Y “Aflicción”; desde luego, es de las que juegan en esa liga.

    Un saludo.

    • elcriticoabulico 22 agosto, 2019 a 13:07 #

      Quizás no parta de sus obsesiones, pero es una obra que entronca con enorme coherencia con el resto de su obra, y en la que se pueden establecen numerosos vínculos con obras, personajes y dramas anteriores. Es una película enorme, muy dura, pero cuya contundencia está conseguida con una honestidad impecable, sin efectismos, ni tremendismos. Sin regodearse en el perdedor, en su tragedia. Y no era fácil. Ese duelo de presencias entre Nolte y Coburn es tremendo. Pero el contrapunto de Spacek no le va a la zaga.

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