Sierra de Teruel

21 May

“El arte y la cultura forman otro frente de lucha; escritores y artistas son sus soldados.”

León Trotsky

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Sierra de Teruel

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Sierra de Teruel

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Año: 1939.

Director: André Malraux.

Reparto: Andrés Mejuto, Nicolás Rodríguez, José Sempere, Julio Peña, Pedro Codina, José María Lado, Serafín Ferro, Miguel del Castillo.

Filme 

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           Rodaje de guerra literal, donde cae herida por del fascismo contra el que arremetían sus fotogramas. Obra coherentemente inconclusa. Conocida también por el título francés, Espoir (esperanza), que es casi el de la novela de la que parte, L’Espoir, Sierra de Teruel es la primera y última incursión en el séptimo arte del literato, intelectual y político francés André Malraux. Y, como en su versión en papel, el filme es la recreación de sus memorias bélicas en los violentos inicios de la Guerra Civil española.

Pero Sierra de Teruel es recuerdo y es presente combativo al mismo tiempo, establecido como arma propagandística financiada por el gobierno de la República con el objetivo militar de expandir la conciencia de lucha entre las fuerzas internacionales que, a diferencia de las potencias fascistas, que atisbaron su condición de ensayo para el conflicto mundial venidero, delegaron en cambio en contingentes voluntarios el deber de enfrentarse al monstruo que, voraz, se desperezaba.

           El rodaje de Sierra de Teruel, de hecho, es puro rodaje de guerrilla, emprendido a caballo entre Cataluña y Francia con una mezcla de convicción, carestía material y penurias técnicas, empleando recursos de la tierra –las letras de Max Aub en la adaptación del libro, los payeses de la región como fondo actoral amateur en anticipo del Neorrealismo italiano– y obstaculizada por las explosiones de bombas y la amenaza cotidiana del avance nacional. Precisamente la caída de Barcelona atropellaría la producción, cercenando su relato cinematográfico. Se estrenaría en algunos pases al otro lado de los Pirineos ese mismo 1939, recompuesta a duras penas en la sala de montaje. Las injerencias diplomáticas franquistas y la ocupación nazi del país galo convertirían la supervivencia de la cinta en otra aventura extraordinaria –destrucción de negativos, copias salvadas en Estados Unidos en plena Segunda Guerra Mundial, composición de diversas versiones amoldadas a la realidad de posguerra del momento,…-, la cual culminaría con una nueva restauración a comienzos del siglo XXI.

           Pese a las mutilaciones, la coherencia de sus apenas 68 minutos de metraje es asombrosa, en absoluto embargada por las elipsis obligadas por las circunstancias. Completa en su fragmentariedad capitular, que deja episodios –el asturiano, la dinamita y el desfiladero- al albur del pensamiento del espectador, en la actualidad condicionado por el conocimiento cierto del desenlace último de la conflagración.

En cuanto al argumento, este diálogo entre el pasado inmediatola batalla de Teruel de 1937y el presente de la filmación –la progresiva derrota republicana- queda extraña y conmovedoramente hibridado en los fotogramas de Malraux, en los que convive la crudeza de la guerra y el lirismo de la naturaleza, al igual que trata de componerse un mensaje de esperanza en la causa frente a una noción palpable del fracaso bélico, de consciencia irremediablemente trágica. El documental vívido, apegado a la tierra y permanentemente martilleado por la artillería, contra el lirismo romántico, manado de los ideales y portado en el rostro de los personajes.

Sierra de Teruel ofrece planos de extraordinaria carga poética, de los que a buen seguro tomaría nota Terrence Malick para componer su obra maestra, La delgada línea roja. La naturaleza eterna, inmutable y hermosa que colisiona violentamente con la muerte de los hombres, entre fuego y barro. Una hormiga que deambula indiferente por el visor de la vetusta ametralladora de un avión leal. La bandada de pájaros que alzan el vuelo como escapa el alma orgullosa de quien se arroja a pecho descubierto contra el cañón enemigo. Las aves que emigran como cada año en una peregrinación sagrada, los girasoles que mantienen inmutables su ciclo eterno, irrompible. Imágenes simbólicas que se disponen estratégicamente, insertadas entre los clímax de dolor -y quién sabe si heroísmo- un tanto al estilo de las escenas-almohada del japonés Yasujirô Ozu, otro poeta con cámara en lugar de pluma.

           La atmósfera que dominan las acciones republicanas es más elegíaca que épica, donde el valor del pueblo llano –los municipios que se revelan ante la llegada del opresor-, el compromiso innegociable –el comandante que retorna al frente- y el valor indestructible –el soldado que se lamenta no haber salido antes a pelear-, apenas logran suplir las privaciones militares y logísticas –desde los aviones y el armamento hasta el teléfono y las raciones- que condenan a la ardorosa resistencia. De aquí surge la esencia de sus pretensiones inspiradoras, exaltada en esas conclusiones que se alcanzan después de atravesar tensas y vibrantes secuencias de incursiones aéreas, meritorias en su formulación teniendo en cuenta la inexperiencia de Malraux –quizás habría que conceder crédito al documentalista Boris Peskine, que lo auxiliaría en la dirección-.

Una obra insólita, en definitiva.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 8,5.

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