Carta de una desconocida

9 Abr

“Siempre me ha gustado la invención de Hollywood de ese mundo centroeuropeo, porque muchas veces eran mundos creados por exiliados. Y el efecto mágico que se producía es fantástico. Estás en Europa, pero estás en Hollywood.”

Wes Anderson

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Carta de una desconocida

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Carta de una desconocida

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Año: 1948.

Director: Max Ophüls.

Reparto: Joan Fontaine, Louis Jourdan, Art Smith, Mady Christians, Marcel Journet, Howard Freeman, John Good, Leo B. Pessin.

Filme

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            Uno de los principales campos de batalla del feminismo –y que debería serlo también del conjunto de la sociedad actual- se encuentra en el concepto de romance de cuento de hadas. Es decir, aquella relación falazmente idealizada que, además de la irreparable frustración que propicia a sus afectados por tremendo el choque que establece contra la realidad, transmite asimismo una imagen extremadamente codependiente de la pareja. Si bien, por supuesto, la balanza se inclina hacia un mayor sometimiento todavía en el caso de la figura femenina, resignada a la pasiva espera de un príncipe azul al que corresponder de inmediato y al que amar incondicionalmente por los siglos de los siglos.

El cine, recolector de tradiciones ficcionalizadas, se ha comportado como un decisivo agente propagador de esta dañina quimera, sea por su reciclaje de los cuentos de antaño –intermediados en sus ejemplos más populares por la conservadurísima óptica de Disney-, sea por su perpetuación a través del género romántico, cuyos valores fundamentales, arraigados en este ineludible final feliz de matrimonio patriarcal, aún están por superar definitivamente.

            Es por ello llamativa la esencia que deja tras de sí Carta de una desconocida: una película pergeñada en Hollywood a finales de los años cuarenta –ejemplos transgresores de cine romántico quizás sí existían al otro lado del Atlántico, como Breve encuentro y Amigos apasionados de David Lean-, ambientada en un territorio de postal idílica como es el Imperio austrohúngaro bajo Francisco José I e Isabel de Baviera –esto es, Sissi emperatriz– y estructurada a partir de un esquema de melodrama romántico, en el que una dulce muchacha (Joan Fontaine) cree hallar a su galán de ensueño en un apuesto pianista (el francés Louis Jourdan).

En efecto, narrada desde la voz de ella, escrita en una misiva postrera a su amor platónico, concurren en Carta de una desconocida conceptos patrimoniales de este universo, caso de la noción de destino prefigurado, forjado por una mano omnisciente y benefactora con el objetivo de reconstituir dos mitades que se hallan injustamente separadas en dos seres que, en verdad, son uno solo. Sin embargo, las conclusiones parecen conducir este fatalismo hacia otros derroteros, encabalgado a la enajenación mental transitoria, fruto de ese experimento nefasto de la química del organismo humano, que defienden ciertos estudios psicológicos y biológicos como definición de ‘amor’.

            La voz, decíamos, le corresponde a la princesa virgen, enamorada sin remedio y de por vida, como mandan los cánones. Por el contrario, la perspectiva del filme no duda en desmitificar el rol del príncipe, de quien no se oculta jamás su carácter vividor o su irredimible promiscuidad, lo que, por tanto, siembra la sombra de la tragedia y mueve más a conmoverse por la muchacha no a raíz de su papel de amante entregada, sino como víctima propiciatoria de un engaño mezquino y humillante.

Por más que sus paseos, sus bailes y sus besos excedan los límites románticos que encierran la triste e insulsa realidad del resto de los comunes, el relato no se despega jamás de una atmósfera doliente, anticipada por la apertura prácticamente in extremis. Sorprenden así las poderosas emociones que jalonan el trayecto romántico de la desafortunada Lisa Brendle, que ni siquiera pierden vigor ante el desenlace tibiamente redentor del filme –más condescendiente desde luego que la crudeza sin piedad pero innegociablemente coherente de la novela de Stefan Zweig-.

            Aun consciente del contexto real de sus personajes, expresado con tanta elegancia como contundencia, Max Ophüls no puede sino compadecerse y rodear con una realización cálida a esta mujer perdida en su propia fantasía romántica, indefensa ante sentimientos tan generosos e inagotables como errados por su origen en unos valores arteros, interiorizados e infaustos.

La autosugestión romántica como última, desoladora y funesta torsión de este ideal fantasioso.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

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10 comentarios to “Carta de una desconocida”

  1. Soldadito Marinero 9 abril, 2016 a 18:22 #

    Me la apunto para mi lista gracias! Quizá pueda sacar alguna cita para mi blog. Un saludo!

    • Caveat emptorium 9 abril, 2016 a 18:36 #

      Aparte de la buenísima crítica que reivindica una película antigua, pero apreciable, sólo una precisión. ¡Se trata de Joan, no Jean!
      Saludos

      • elcriticoabulico 10 abril, 2016 a 17:50 #

        ¡Cierto! Ya está corregido. A la pobre Joan siempre tengo la manía de llamarla Jean, que además es nombre masculino… Me pasa lo mismo con Katherine/Katharine Hepburn…. ¡Gracias por la corrección y gracias por pasarte!

    • elcriticoabulico 10 abril, 2016 a 17:50 #

      ¡Bienvenido, Soldadito Marinero! Apúntala y espero que desde aquí podamos servirte alguna cita adecuada para tu bitácora. Un saludo.

  2. altaica 11 abril, 2016 a 06:24 #

    Interesante crónica de una de las mejores películas de la historia del cine, donde una bellísima atmósfera lo inunda todo de tristeza, de una desazón tan turbadora como exquisita, tan desoladora como al mismo tiempo bella. Hace de lo clásico lo eterno, del desamor lo sublime, de la atmósfera en el cine la máxima delicadeza, del romanticismo su esencia, de la tristeza la muerte. La sublimación máxima del romanticismo más exquisito de la historia del cine. Un abrazo

    • elcriticoabulico 12 abril, 2016 a 15:35 #

      Yo no sé si sublima el romanticismo, diría que más bien lo cuestiona. La protagonista no deja de estar enamorada de un caradura como si éste fuera un príncipe de cuento, cuando además la historia no deja lugar a dudas respecto a que no lo es. Como dices, todo es tristeza. Bella y conmovedora y tristeza. Un abrazo, Altaica.

      • altaica 12 abril, 2016 a 19:22 #

        Que el amor no sea correspondido y esté depositado en la persona equivocada, en nada lo desvirtúa, confirmando una fuerza alògica. Al final él se da cuenta cuando lee la carta queese ha ssido su único instante de veracidad y autenticidad en su artificial y vacia vida. Esa carta lo enfrenta con su atroz realidad, al no darse cuenta en su momento que lo tuvo y no supo darse cuenta, o en cualquier caso que esa vida disoluta ha tenido unos efectos personales y hacia terceros terribles.

      • elcriticoabulico 13 abril, 2016 a 23:27 #

        Es que ese final varía respecto del de la novela, que es mucho más coherente y más destructivo. Aquí se nota que meten mano y yo no sé hasta qué punto le tengo en cuenta. Sigo creyendo que es una película demoledora hacia el concepto de amor romántico. Y, por ello, bastante sorprendente para la época y todavía pertinente.

  3. Hildy Johnson 11 abril, 2016 a 11:31 #

    Me gusta esta película, me gusta Max Ophüls y me gusta la novela de Zweig que adapta. Y leyendo tu texto me has dado otra de las claves temáticas del cine de Ophüls y es la ruptura total del concepto de romance de cuento de hadas. Así es tema central de la película que reseñas pero también de Madame d…, Lola Montes, El placer…

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 12 abril, 2016 a 15:36 #

      Pues todavía no conozco mucho de la obra de Ophüls, o sea que exploraré con interés.

      Besos.

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