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La ley del hampa

7 Mar

“Las historias de gánsteres son un vehículo perfecto para esa particular tragedia moderna que es el cine negro, que nace de las novelas de detectives americanas. Es un género muy flexible. Puedes volcar en ellas todo lo que quieras, bueno o malo. Resulta sencillo emplearlas para narrar historias sobre libertad individual, amistad o, mejor aún, relaciones humanas, que no siempre son amistosas. O sobre traición, una de las principales fuerzas que actúa en estas novelas criminales.”

Jean-Pierre Melville

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La ley del hampa

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La ley del hampa

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Año: 1927.

Director: Josef von Sternberg.

Reparto: Clive Brook, Evelyn Brent, George Bancroft, Fred Kohler, Larry Semon.

Filme

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            Con ustedes, una pionera. Por consenso mayoritario, los historiadores de cine consideran a La ley del hampa como la película fundacional de uno de los géneros más populares jamás gestados por el séptimo arte: el cine de gánsteres, que también derivaría con el tiempo en el cine negro. Su camino, no obstante, no sería fácil. Arrinconado por los ejecutivos de la Paramount, que lo consideraban un fracaso en ciernes, el filme solo se estrenaría en una sala de Nueva York. Sería entonces el boca a boca de los espectadores, anonadados por esta espiral de violencia marginal, realismo sucio y pasiones desatadas, el que impulsara el éxito de la obra por todo el país. Quedaba así inoculado el virus que arrasaría las taquillas del mundo entero a partir de la década siguiente, con la fuerza redoblada de películas como Hampa dorada.

            En efecto, concurren en La ley del hampa símbolos patrimoniales de este universo furibundo –“La ciudad es tuya”, que le gritan los neones al hampón de turno-, las andanadas críticas propias de este reflejo crudo y desencantado de la sociedad norteamericana –la necesidad de aquellos a quienes se le ha negado el sueño americano de recurrir a subterfugios criminales para conquistar su pedazo de tierra en el país de las oportunidades-, la ascendencia inapelable de los hados –el fatalismo justiciero- e incluso cierta raigambre estilística centroeuropea –la tiniebla como recurso dramático-.

Sin embargo, con el terreno cinematográfico todavía sin solidificar, su argumento navega por aguas propias del melodrama, que en cualquier caso también pasarán a formar parte, debidamente transformadas, de este cosmos en formación. Nos referimos aquí al papel de la mujer como catalizador del destino, bien sea trágico, bien de salvación. Una dicotomía entre femme fatale y ángel redentor que, curiosamente, aquí se cristaliza en un mismo personaje, Plumas (Evelyn Brent), eje gravitacional de todos los conflictos que orbitan en el libreto: objeto de disputa entre los dos monstruos de la ciudad y fundamento del dilema existencial entre un hombre bueno que se debate entre la debida fidelidad a su benefactor o a su corazón.

La intriga de la función, por tanto, pertenece al ámbito sentimental y no al delictivo.

            Ben Hecht, escritor y periodista con interés natural por los bajos fondos –de su pluma será otro título clave, Scarface, el terror del hampa-, se inspira en los convulsos Estados Unidos sucesivos a la proclamación de la Ley Volstead –más conocida como la Ley Seca, iniciativa puritana que abriría las puertas del infierno a todo pelaje de contrabandistas, asesinos y mafiosos- y extrae de ellos una maraña de criaturas terroríficas, pero también románticas y humanas.

En este sentido, uno de los tres vértices del triángulo principal, el trasunto de Jim Colosimo y Tommy O’Connor que encarna el expansivo George Bancroft –como su antagonista, florero de profesión, parecerá emular por su parte al legendario Dean O’Banion-, representará a través de sus acciones tanto la brutalidad del gánster –sus asaltos contra la propiedad privada, las agallas para matar al prójimo- como los supuestos valores sublimados del criminal honorable –su traviesa tendencia filantrópica-.

            Las bondades del texto, acreditadas con uno de los dos Óscares que vencerá su artífice a lo largo de su fructífera trayectoria –y que es el primero de la historia al mejor guion original-, son potenciadas por el vigor visual de un realizador aún bisoño, Josef von Sternberg –no sin previas discusiones con Hecht acerca de unas variaciones temáticas mediante las cuales el temperamental cineasta austríaco deseaba inclinar hacia un mayor moralismo del discurso-. Sea como fuere, de esta confluencia nacen fotogramas que resisten con sorprendente viveza y energía el paso de las décadas y los imitadores, hábiles para desnudar con la fuerza de las imágenes la intimidad de los personajes –la mirada disimulada, el libro del revés, la sombra del juez que se cierne sobre ellos- y el decorado que los circunda –el hombre que, con disimulo, recoge diez dólares de una escupidera-.

Una piedra angular del cine, en definitiva.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

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