48 horas más

1 Mar

Segunda parte del especial de Walter Hill y segunda parte de Límite: 48 horas, 48 horas más, que es casi un remake. En la época de la ‘buddy movie’, si querías caldo, toma dos tazas.

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“En este negocio, si tienes éxito, quieren que repitas la misma fórmula.”

Curtis Hanson

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48 horas más

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48 horas más

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Año: 1990.

Director: Walter Hill.

Reparto: Eddie Murphy, Nick Nolte, Brion James, Kevin Tighe, Ed O’Ross, Andrew Divoff, David Anthony Marshall, Bernie Casey, Brett Jennings, Ted Markland.

Tráiler

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            “Te prometo que esta vez será diferente”, le espeta socarrón el detective Jack Cates al ladrón Reggie Hammond, desconfiado por experiencia, en una de sus escenas de reencuentro de 48 horas más, secuela de la exitosa Límite: 48 horas. Pero a pesar de su juramento, como observará el propio Hammond, el misántropo e impulsivo policía de San Francisco sigue conduciendo el mismo y destartalado cadillac azul, sigue vistiendo sus mismos paños desastrados y sigue reforzando sus agresivos argumentos con el cañón humeante de una magnum 44. Quizás, eso sí, su peinado es ahora distinto al que lucía ocho años atrás.

Probablemente el cambio más significativo que media entre Límite: 48 horas y 48 horas más es el orden de los créditos: si en aquella encabezaba el reparto Nick Nolte, en la presente quien lo hará será su partenaire y contrapunto humorístico Eddie Murphy, quien propulsado decisivamente por esta apertura de la saga –y respaldado luego por personajes de corte muy similar, como el Axel Foley de Superdetective en Hollywood y Superdetective en Hollywood II– se encontraba a estas alturas de su carrera erigido en estrella cómica dentro del lujoso firmamento de Hollywood. Así, además de reportarle suculentos beneficios en la nómina –de los 450.000 dólares de la primera pasará ahora a nada menos que siete millones de dólares en la presente e incluso a nueve según otras fuentes-, este estatus astronómico le facilitará diseñar el armazón del argumento y, en especial, acondicionar líneas de diálogo y gags personales a su antojo.

            De todas formas, la variación entre una y otra cinta será cuestión de apenas detalles, algunos de los cuales son simples disfraces, caso del punto de presión extra para Cates dentro de la comisaría, donde el superior vociferante (Frank McRae) queda ahora suplantado por un inspector de asuntos internos (Kevin Tighe, que al menos siempre aporta un eficaz rendimiento en roles turbios). Convertida la autorreferencia casi en objetivo y justificación del proyecto –por entonces imitado hasta la saciedad, incluido el propio Walter Hill con Danko: calor rojo, y superado en popularidad por Arma letal-, el resto de la obra parece provenir de un molde idéntico que el de su antecesora, considerada una de las fundadoras de unos clichés de la ‘buddy movie’ que ésta explotará sin reparo ninguno.

De hecho, el esquema narrativo de ambas resulta prácticamente calcado ya desde esa presentación inicial de los villanos, que mezcla tonalidades de western sucio –reminiscencias claras aquí de Hasta que llegó su hora– con ese cierto regusto de hipérbole tebeística que acentúa de vez en cuando el estilo de Hill, frecuentemente para retratar de un plumazo a los malos de la función y su naturaleza irredimible, encaramados como están a la cúspide de la cadena trófica de la vileza –como ejemplo extremo no hay más que recordar al narcotraficante interpretado Powers Boothe en Traición sin límites, que explica todo sobre sí mismo aplastando en su puño desnudo un temible escorpión de los desiertos texanos-. Aparte de por la alusión acerca de sus cacerías de ‘polis’ y el deseo de venganza de uno de ellos -casualmente hermano del finado antagonista de Límite: 48 horas-, en 48 horas más se conocerá el talante virulento de estos dos moteros encargados de asesinar a los protagonistas en cuanto, en medio de la nada, disparen a sangre fría y a bocajarro a un agente que, para más inri, es mujer. Por supuesto, como en la anterior, y también desarrolladas en paralelo a la comedieta de encuentros y desencuentros racistas, clasistas y moralistas de los ‘buenos’, sus fechorías continúan luego en territorio urbano. El mal que llama a las puertas de ustedes, queridos espectadores.

En cualquier caso, no deja de ser esta una película con un toque de divertida autoconsciencia, verbalizada y secuenciada en la pelea de bar precedida por los comentarios de Cates precisamente a propósito de lo tópicas que resultan en el cine las peleas de bar.

            En 48 horas más ni Roger Spottiswoode ni Hill repiten en la confección del libreto –tampoco Larry Gross ni Steven E. de Souza-, aunque por otro lado la huella del realizador en el guion es más que evidente. Sobre todo por los numerosos ecos westernianos que resuenan el filme, donde, como hemos visto, todo se resuelve a partir de cuestiones personales y estrictos códigos de comportamiento, expresados rotundamente mediante lo físico –y donde vale tanto un abrazo tímido como una pelea afectuosa; otra repetición más respecto a Límite: 48 horas-. La cuestión afecta, decíamos, tanto a la renovada alianza entre opuestos que en realidad están hermanos por su marginalidad –ese concepto tan peckinpackiano que afloraba también en el conflicto dramático de la citada Traición sin límites– como al duelo a muerte entre antihéroes y forajidos, esa figura recurrente en la cultura estadounidense y que, en efecto, los malhechores se arrogarán para sí mismos –los últimos americanos libres, procedentes de tiempos pretéritos a que las ciudades se llenasen de abogados y ordenadores-.

Por si no les convence este razonamiento, uno de ellos responde al nombre de Willie Hickok, invocación inequívoca de ‘Wild Bill’ Hickok, celebérrimo pistolero del Salvaje Oeste que Hill recuperará en su posterior largometraje Wild Bill y en el episodio piloto que dirigirá para la mayestática aunque truncada serie Deadwood.

            Con todo, es posible que este aire de ‘remake’ sacacuartos que rodea a la obra, así como a la radical incoherencia del relato desencadenada por el giro final, provengan en buena medida de los severos recortes de metraje aplicados desde la producción a resultas del taquillazo veraniego de Desafío total, estrenada en los Estados Unidos solo un par de semanas antes del lanzamiento de 48 horas más. Así, sumados a los 25 minutos sustraídos sobre el total de 145 originales, se terminaría de contraer la película hasta los escuetos 95 minutos definitivos. Brion James se lamentará amargamente de este podado, alegando que se le robaba sus mejores escenas.

Sea como fuere, y dejando de lado ese molesto tufillo a papel de calco de los fotogramas, es asimismo incuestionable que 48 horas más todavía disfruta del férreo pulso de Hill, especialmente lucido a la hora de imprimir nervio y agradecida potencia visual a las imágenes, barnizadas con un atractivo trabajo de James Horner en la banda sonora –y eso que a su partitura le pesa la nefasta herencia rítmica de su época-. En paralelo, Murphy y Nolte se sienten cómodos en la piel de sus respectivos arquetipos y parecen disfrutar acometiéndoles, liberando una química sobre la que también se asienta parte del goce ligero e intrascendente del filme. Muestra de ello es que, por más que le lloverían críticas negativas –otrora mayoritariamente complacidas por Límite: 48 horas-, la película superará en cincuenta millones de dólares la recaudación doméstica de Límite: 48 horas, alcanzando unos imponentes 153 millones. Tal es así que hasta se plantearía rodar una tercera entrega, nunca materializada.

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Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffintiy: 5,1.

Nota del blog: 5.

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