Archivo | febrero, 2016

El renacido (The Revenant)

8 Feb

“Unas veces te comes al oso, y otras veces el oso te come a ti.”

El forastero (El gran Lebowski)

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El renacido (The Revenant)

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El renacido (The Revenant)

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Año: 2015.

Director: Alejandro González Iñárritu.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Duane Howard, Chesley WilsonMelaw Nakehk’o, Fabrice Adde, Grace Dove.

Tráiler

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            Alejandro González Iñárritu persigue su segundo Óscar consecutivo como mejor director, una marca que por ahora solo ostentan John Ford y Joseph L. Mankiewickz; casi nada. Y lo codicia sin disimulo, desplegando en el empeño su arsenal al completo. Sería válido decir, pues, que Iñárritu quiere ser John Ford. Y quiere serlo jugando además en un territorio, el western –sección de aventuras-, que John Ford alumbró, condujo a su madurez, guio a través de su turbulento crepúsculo y redactó su acta de defunción. Pero, para llevar a cabo su hercúlea empresa, Iñárritu se apoya en un arquetipo que, si bien aquí está inspirado en una biografía –de hecho ya llevada al cine en El hombre de una tierra salvaje-, es patrimonio a priori del western menor.

Porque el Hugh Glass de El renacido (The Revenant) no es un Ethan Edwards de tragedia griega, sino el jinete que regresa de entre los muertos para desatar una venganza de ultratumba; uno de los fetiches del spaghetti western, presentado por el pope Sergio Leone con el hombre sin nombre de la Triología del dólar y también en Hasta que llegó su hora, remodelado luego en un buen puñado de filmes de factura italiana y posteriormente retomado por Clint Eastwood a lo largo de su fascinante evolución como realizador de películas del Oeste –Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido, el desenlace de Sin perdón-. Incluso el segundo volumen de Kill Bill contaba también con su comparecencia, naturalmente a raíz de las idolatrías de Quentin Tarantino.

Quizás Eastwood sí haya conseguido pisar los talones del maestro Ford con este fantasma vengador tan pulp y correoso, aunque para ello debió fraguar su técnica durante un exigente proceso de aprendizaje, depurándola y estilizándola con el fin de cargar de electricidad estática los fotogramas al mismo tiempo que, con la honestidad del contador de historias clásico, él se oculta detrás ellos evitando distraer la atención del espectador hechizado, con la cámara invisible y su arte solo perceptible a través de la contundente presencia que deja a su paso. En cambio, lo que hace Iñárritu en El renacido se asemeja más a cocinar la salsa de los espaguetis con jugo de anabolizantes, lo que, una vez ingerido y asimilado su caudal de proteínas, le permite pasearse por la pantalla con el tanga ajustado, el cuerpo untado en aceite bronceador y desarrollando sus mejores poses.

            El renacido es una película con músculo, es indudable. La escaramuza entre arikaras y tramperos con la que se abre el filme surge como una incuestionable pieza de talento visual y potencia narrativa, aparte de servir para delimitar con rotundidad el degradado universo de miseria física y moral donde moran sus personajes. De igual manera, restallan en el metraje numerosas imágenes cargadas de fuerza, crispación y trascendencia, exaltadas por la conveniente luz tenebrosa del ‘Chivo’ Lubezki, así como secuencias elaboradas con un gran sentido de la tensión -el oso, claro-. Hasta ahí, Iñárritu demuestra su capacidad y sus recursos como cineasta, que los tiene. Y lo sabe. El problema es que, embebido de ambición, el mexicano descuida sus excesos y desprecia la siempre aconsejable prudencia.

            La historia del superviviente con más potra desde el protagonista de Apocalypto se hubiera relatado con mucha mayor eficacia con, como poco, una hora menos de función –hipertrofia evidente cuando algunos bretes logísticos de la trama, como el descenso de Glass al río, se solventan con cuestionables elipsis-. Construido con pies de barro, el coloso se desequilibra por su propia desmesura, lastrado asimismo por las cadenas que suponen la necesidad de figurar del realizador –el vaho o la ventisca que nublan el objetivo-, la endeblez de algunos componentes del argumento –los indios, el oficial- o ese forzado misticismo de reminiscencias malickianas, contraproducente por innecesario y porque, en todo caso, cualquier concepción telúrica o metafísica deseada se hubiera podido expresar a la perfección por medio del sobrecogedor paisaje natural –los terribles ríos, las imperturbables montañas, los milenarios bosques, las furibundas avalanchas, el cruel invierno,…-. En este caso, la recurrente sobreactuación de Tom Hardy en su rol de villano neurótico, basado en la terrenal intimidación corpórea, es más acorde al espíritu que subyace bajo estas artificiales capas de megalomanía.

            Uno elucubra sobre que la concisión y sobre todo la abstracción hubieran conseguido transformar a El renacido en un imponente western heredero de la prosa apocalíptica de Cormac McCarthy –cuánto necesita el mundo una adaptación apropiada de Meridiano de sangre…-. Sin embargo, lo que aquí nos queda es una serie B dirigida con la grandilocuencia de Andréi Tarkovski. Quedará para otra ocasión.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6.

Holy Motors

7 Feb

“…Cine, cine, cine, más cine por favor / que todo en la vida es cine / y los sueños, cine son.”

Luis Eduardo Aute (Cine, cine)

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Holy Motors

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Holy Motors

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Año: 2012.

Director: Leos Carax.

Reparto: Denis Lavant, Edith Scob, Eva Mendes, Kylie Minogue, Elise Lhomeau, Jeanne Disson, Michel Piccoli, Leos Carax.

Tráiler

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            El protagonista de Chico conoce chica, el debut de Leos Carax en el largometraje, se negaba a cambiar porque, venía a decir, su objetivo en la vida era explorarse a sí mismo. Descubrir por completo el misterio de su personalidad, cuestión para la cual, en aras de mantener este rigor científico-explorador, debía permanecer inmutable.

Trece años llevaba sin aventurarse de nuevo en el largometraje el cineasta galo, después de la hipertrofiada y denostada Pola X. Un prolongado periodo de meditación poblado por traumas –el progresivo cuestionamiento o incluso rechazo por parte de muchos de sus otrora admiradores; sucesos terribles como el fallecimiento de su pareja, la actriz Yekaterina Golubeva-, que el autor decantará en Holy Motors: una cinta críptica, simbólica y sobre todo autorreflexiva que podría entenderse como una indagación metalingüística acerca del arte de hacer cine y de cómo el cine, a través del subconsciente, se filtra en la existencia, y viceversa.

Carax desnudo ante el espejo, y el cine –su cine-, posando también desnudo a su lado. Que todo en la vida es cine, y los sueños cine son, que cantaba Luis Eduardo Aute.

            Holy Motors nace de una escena onírica protagonizada por el propio director para, a continuación, adentrarse en los entresijos de la concepción cinematográfica. Armado con sus recursos artísticos innatos y un amplio sentido de la ironía, Carax navega por los géneros del séptimo arte –el drama social, la ciencia ficción de efectos especiales, la fantasía fabulosa, el drama familiar, el thriller criminal, el drama romántico,…- con Denis Lavant, su histrión fetiche, erigido en timonel, dominando la nave con un camaleónico registro de intérprete del silente.

Se trata así de episodios cinéfilos repletos de guiños –desde Georges Franju hasta Godzilla, pasando por una abundante autorreferencia-, que además, intermediados por el filtro del surrealismo, arrojan cierta lectura sobre la realidad del momento y de la que se destila un sentido pesimismo. Soledad, mercantilismo, virtualidad, melancolía, vacío y desencanto.

            A pesar de lo que podrían insinuar las dudas que se cernían sobre el posible agotamiento demiúrgico de Carax, el filme no es una exposición de dudas fellinianas acumuladas durante el barbecho creador, como podría ser, proponiendo un ejemplo contemporáneo, el Glory to the Filmmaker! del hastiado Takeshi Kitano. A fuerza de sumergirse en escenas de lo más variopinto desde la perspectiva crepuscular, romántica y nostálgica de este actor que actúa, Holy Motors acaba fundiendo vida y cine para, en cierta manera, reconstruir la comedia de la existencia, donde cada cual trata de interpretar a duras penas el papel de sí mismo al estilo de lo que intentaba con mayor ahínco y reconcentración Charlie Kaufman en Synecdoche, New York.

            La honestidad y visceralidad que Carax vuelca sobre su criatura y la cálida fragilidad que se percibe a través de sus angustias e inquietudes, amalgamada con esa conmovedora sensación de finitud de un cine –y una vida- que se extingue, provocan que Holy Motors trascienda cualquier pretensión estrictamente teórica para convertirse en una obra tan insólita como palpitante. La belleza del arte, sea cual sea ésta, como necesidad existencial.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

Pola X

5 Feb

“Tras cada hombre viviente hay treinta fantasmas, pues esa es la razón en la que los muertos superan a los vivos” 

Arthur C. Clarke

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Pola X

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Pola X

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Año: 1999.

Director: Leos Carax.

Reparto: Guillaume Depardieu, Yekaterina Golubeva, Catherine Deneuve, Delphine Chuillot, Laurent Lucas, Patachou.

Tráiler

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             No es un autor contenido Leos Carax. Sus películas navegan encadenadas al albur de sus criaturas, sometidos a feroces heridas existenciales y emocionales que, además, el cineasta propulsa desencadenando sobre los mismos fotogramas, con arrolladora fuerza expresiva, estas inquietudes íntimas. Equilibrios sobre el alambre, que el director francés acostumbra a salvar por la potencia de su convicción artística, por la honestidad sin fisuras con las que aborda sus relatos, innegociablemente personales. Quizás sea indicativo esto de las taras que, a mi juicio, lastran y condenan a Pola X.

             La cinta, basada en una novela maldita de Herman Melville, nace con un estilo narrativo con una apariencia inusualmente clásica, dentro de lo que cabe, al menos hasta pasada la mitad del metraje. Como si el espíritu indomable de Carax se diluyese en un relato que costó diez borradores alumbrar, de ahí la X que corona el título –otro dato significativo acerca del tortuoso y dubitativo proceso que conllevó elaborar esta obra que, precisamente, basa su conflicto en los desgarradores dilemas del protagonista-.

             Da la impresión de que, después de esa engañosa ‘convencionalidad’ del comienzo, Carax libera su sensibilidad torrencial sobre el desarrollo del filme, tratando por fin de echar el lazo a las imágenes y cabalgar sobre los lomos desbocados de este argumento excesivo y definitivamente encabritado por la mente alterada del protagonista, un joven escritor que destruye su próspero futuro por la obsesión de redimir unos presuntos fantasmas familiares, ocultos en un armario sellado –y vacío- y manifestados a través de una pesadillesca (e hipnótica) declamación en las tinieblas del bosque.

De esta manera, los tonos dorados que gobernaban ese arranque ilusoriamente paradisíaco –aunque infestado por una presencia perturbadora que se ramifica en traumas y complejos privados y colectivos, así como en relaciones brumosas de incesto, poligamia y homosexualidad sugeridos-, entran en contraste con la grisura, el frío y la suciedad del tour de force emprendido al asumir esta perturbación irresistible, que en su crudeza surreal incluye escenas de sexo explícito –mera anécdota sin relevancia, aunque en su día bastante comentadas-. ¿Es pura alucinación esta segunda mitad que transcurre en una especie de arca de Noé sectaria, acomodada así al despertar de Carax y su delirio compositivo? ¿Es una trasposición de la imaginación del artista durante su proceso creativo, a través de la cual se fuga de una realidad anodina que aborrece? ¿O esto lo era ya, por completo, toda la historia?

             Supongo que cualquiera de las tres opciones resulta válida. Como es igualmente válido señalar el insuperable desequilibrio que produce este cúmulo de desbarres simbólicos-conceptuales e incontinencias formales, el cual termina por asemejar a Pola X a un desvaído David Cronenberg; abotargada, descompuesta y sobrepasada por su fallida megalomanía.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 3.

No tocar la pasta

4 Feb

La melancolía del gángster. No tocar la pasta para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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Los amantes del Pont-Neuf

2 Feb

“Juliette Binoche es como un camaleón, tiene un montón de colores dentro.”

Rinko Kikuchi

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Los amantes del Pont-Neuf

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Los amantes de Pont-Neuf

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Año: 1991.

Director: Leos Carax.

Reparto: Daniel Lavant, Juliette Binoche, Klaus-Michael Glüber.

Tráiler

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            Por lo visto, Leos Carax pretendía elaborar una película sencilla, con un equipo reducido e incluso rodada en Super 8 con fotografía en blanco y negro, retornando en cierto modo a los orígenes íntimos, experimentales y nouvellevagueianos que presidían su singular debut, Chico conoce a chica. Sin embargo, Los amantes del Pont-Neuf terminaría siendo la más cara producción francesa de la Historia –principalmente, provocado por la reconstrucción en Montpellier del monumento arquitectónico del título-. Con todo, la personalidad del cineasta no se vería mermada un ápice, con un argumento en el que se identifican sus inquietudes y sus filias recurrentes. Más aún, se redoblarían sus posibilidades de componer las potentes y originales imágenes que caracterizan su obra.

            Cinta dionisíaca –en todos los sentidos de la palabra-, Los amantes del Pont-Neuf arroja un melodrama romántico donde colisiona la miseria y la esperanza, el amor y el egoísmo. Sobre el puente más antiguo de la ciudad París se encuentran los caminos de Alex, un artista callejero alcoholizado y adicto a los tranquilizantes (Denis Lavant), y Michelle (Juliette Binoche), una herida sin cicatrizar producto de un desengaño amoroso y que sufre una enfermedad ocular degenerativa que amenaza con sumergir en la oscuridad el último baluarte de su existencia: la pintura.

            Se palpa una desasosegante y conmovedora desesperación en el romance a la fuerza entre Alex y Michelle, condenado de antemano porque, pese a coincidir en este punto por caprichos del azar, ambos todavía se perciben como criaturas pertenecientes a universos distintos, tal y como advierte esa figura oracular y paterna que es el vagabundo Hans (Klaus-Michael Glüber), también sentenciado a la extinción por mandato de los simbolismos psicológicos tradicionales. Alex y Michelle aman contra todo, pero queda siempre flotando la duda de si lo hacen con todo.

Las pulsiones de muerte se funden así con los de la vida que, ilusoriamente, promete esta flor germinada en medio del vertedero. Carax alterna la ternura de las emociones de Alex con las inclinaciones posesivas a la que le conducen sus irremediables circunstancias –materiales y espirituales-, como mezcla igualmente la carnalidad saciante de Michelle con tormentosas sombras que se adivinan en su mirada maldita. El consuelo mutuo confluye sin distinción con el engaño compartido. En consecuencia, un mascarón de un puente medio derruido se puede convertir en una cama principesca con dosel; una declaración de necesidad amorosa se puede encontrar de plano, por ejemplo, con una humillante inspección física.

            Una vez más, las emanaciones de la mente de los protagonistas cobran enorme relevancia en los fotogramas, como una nota de surrealismo exaltada asimismo por la realidad desquiciada en torno a ellos –las celebraciones del bicentenario de la República, fundamentalmente-. Rupturas que juegan entonces, retorciéndolas, con prototipos de fantasía romántica –recursos explorados ya, de forma directa e iconoclasta, por aquella Chico conoce a chica-. Aquella fantasía, pues, que es capaz (ilusoriamente) de reconstruir cualquier cosa dañada. Ante tanta confrontación, el desenlace no podrá dirimirse en una doliente ambigüedad.

            Diseñada al milímetro por el autor galo, Los amantes del Pont-Neuf abandona tras de sí el rastro de una conseguida amargura, que se desprende de una aventura emocional de alto voltaje, expresada con frescura, rotundidad y coherencia.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Extraños en el paraíso

1 Feb

Segunda toma de Jim Jarmusch para Ultramundo. Impulsado por las herencias temáticas y materiales de sus maestros, el cineasta arranca su itinerario del desarraigo y la desorientación en busca de un paraíso que quién sabe siquiera si existe… La road movie de un no-viaje.

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