Mystery Train

23 Feb

Jim Jarmusch peregrina al corazón cultural de América, Memphis, patria de Elvis, oronda deidad. Y en ella encuentra templos en ruinas, repleta de cochambre y viajeros perdidos en la nada, pero todavía con cierto romanticismo ‘cool’ que sobrevive en forma de ecos lejanos. Mystery Train, cuarta toma de Jim Jarmusch para Ultramundo.

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“La música me inspira mucho, casi más que cualquier otra cosa, porque para mí es la forma artística más pura, es otro lenguaje, así que siempre que escribo un guion me centro en música que me dé ideas.”

Jim Jarmusch

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Mystery Train

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Mystery Train

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Año: 1989.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Yûki Kudô, Masatoshi Nagase, Nicoletta Braschi, Elizabeth Bracco, Tom Noonan, Joe Strummer, Steve Buscemi, Rick Avilés, Screamin’ Jay Hawkins, Cinqué Lee, Tom Waits.

Tráiler

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            Train I ride, sixteen coaches long / Train I ride, sixteen coaches long / Well, that long black train got my baby and gone. / Train, train, comin’ ‘round the bend / Train, train, comin’ ‘round the bend / Well, it took my baby, but it never will again. / No, not again / Train, train, comin’ down, down the line / Train, train, comin’ down, down the line / Well, it’s bringin’ my baby ‘cause she’s mine, all mine. / She’s mine, all mine. / Train, train, comin’ ‘round, ‘round the bend / ‘Round, ‘round the bend / Train, train, comin’ ‘round, ‘round the bend / ‘Round, ‘round the bend / Well, it took my baby, but it never will again. / Never will again.

Ya desde su título, tomado de una canción blues de Junior Parker que versionara Elvis Presley en 1955, Mystery Train es una de las películas más melómanas de este devoto de la música que es Jim Jarmusch. La música, en cierta forma definida como una de las esencias de América, es el eje vertebrador de un relato de vidas cruzadas sobre el que sobrevuelan, a modo de fantasmas –incluso de manera literal-, los espíritus de una serie de artistas inmortales concentrados en torno a una de las capitales melódicas del país: Memphis. Es decir, la patria de Elvis, el rey que, desde su palacio de Graceland, domina un lugar de peregrinación que encuentra otro de sus monumentos en el estudio Sun, meca donde grabaron sus obras artistas de la relevancia de Carl Perkins, Johnny Cash, Roy Orbison, Jerry Lee Lewis, Charlie Feathers, Ray Harris o Warren Smith. Aparte del propio Elvis, claro.

            Memphis es el epicentro a partir del cual se desarrollan tres capítulos que poseen entre sí elementos de coincidencia y rima, a través de los cuales confluye y se trazan puntos de encuentro entre ellas -con la distancia eso sí que suele caracterizar las relaciones humanas en el cine de Jarmusch-. A priori, hasta podría rastrearse en las calles destartaladas y ruinosas de la capital del estado de Tennessee una tibia cura contra el desarraigo existencial que acostumbran a arrastrar estas criaturas del cineasta estadounidense. Al contrario de lo que les ocurría a los tres protagonistas de Extraños en el paraíso, quienes en su marasmo no eran capaces de diferenciar Nueva York de Ohio o de Florida, aquí al menos alguno de ellos consigue comprender que Yokohama y Memphis no son la misma cosa. Ya sea por el estado de semiabandono de la urbe estadounidense, sea por las resonancias ‘cool’ que se desprenden de su decadencia y su pasado musical.

De ahí que las ruinas que captura Jarmusch con su cámara -siempre atento a captar el lirismo de desguace de la cara B de las urbes norteamericanas- puedan constituir perfectamente una analogía de los vestigios arquitectónicos de la cultura clásica grecolatina, hogar de antiguas y poderosas divinidades de cualidades sobrehumanas. La idea se refuerza con el culto a la personalidad de Elvis, en cuyo honor se erigen estatuas y se diseñan pinturas para presidir las estancias, así como se imita su estética y se reverencia su voz. También con el álbum de recortes de la japonesa rockabilly Mitsuko (Yûki Kudô), en el que se compara a Elvis con tallas colosales del Oriente próximo, con una efigie de Buda, con la Estatua de la Libertad y, en otro ejercicio idólatra-musical, con Madonna.

“Lo que me gusta de la pareja de japoneses es Memphis es que, si uno piensa en los turistas que visitan Italia, así como la manera en la que los poetas románticos viajaban allí para visitar los restos de las culturas del pasado, y luego uno se imagina a Estados Unidos en el futuro, cuando la gente oriental o de donde sea visite nuestra cultura tras la caída del imperio Americano –que por supuesto se encuentra ya en curso-, todos ellos deberán acudir a las mansiones de las estrellas de rock y de cine. Es esa la cultura que nos representa a los estadounidenses. Así que viajar a Memphis es una especie de peregrinaje hacia el lugar de nacimiento de cierta parte de nuestra cultura”, explicará el propio Jarmusch en una entrevista al respecto de esta apreciación.

            No obstante, a pesar de la omnímoda ascendencia legendaria de Elvis que coloniza el escenario y el argumento, y de los eventos fantásticos que irrumpen en el segundo episodio del filme, Memphis no es una tierra de maravillas. Jarmusch afronta este lugar de peregrinación desde el pesimismo, porque su ruina ya no es siquiera crepuscular, sino mortecina, en donde los antiguos espectros aterrizan solo por equivocación. Ni siquiera influye el entusiasta retorno de Jarmusch al color, intermediado por la fotografía de Robby Müller, ideada para exacerbar por momentos el cromatismo del escenario y el vestuario. En este sentido, es significativo el hecho de que los dos japoneses que viajan en busca de los grandes sonidos americanos, obnubilados por la expectativa de la aventura inminente y la pose estética que deben guardar como fieles de esta corriente melódica, no reconozcan en la estación de tren a un virtuoso del blues como Rufus Thomas cuando les pide fuego. Tampoco, aunque en esta ocasión tengan la disculpa de que se halla caracterizado para componer un personaje independiente, al peculiar Screamin’ Jay Hawkins transfigurado en recepcionista del cochambroso hotel donde confluyen los tres relatos del filme. Enfundado en un ostentoso traje de reluciente rojo, a medio camino entre un tótem atávico y un diabólico portero infernal, Hawkins ya había desempeñado un papel de gran importancia en la obra de Jarmusch precisamente desde la banda sonora de Extraños en el paraíso, donde componía una especie de leit-motiv sonoro de la historia por medio de su célebre I Put a Spell on You. Este guiño, y el subsiguiente careo entre cineasta y cantante habían servido para forjar una sólida amistad, estimulada por la voluntad del primero de reparar la injusticia que, consideraba, suponía el hecho de que el empleo de este tema en la película no le reportase ningún beneficio económico a Hawkins, quien por entonces malvivía empobrecido en una caravana.

            Volviendo a Mystery Train, en contraposición de esa presencia de la música como una de las grandes aportaciones culturales estadounidenses al mundo –bien conocida es la sentencia de Clint Eastwood en la que considera al jazz y al western como únicas creaciones genuinas del país-, brotan por otro lado entre los fotogramas otras esencias menos encomiables pero asimismo expresivas acerca de la visión que se percibe de la nación norteamericana, al menos desde fuera de sus fronteras –en cada una de las tres partes la óptica procede, al menos en parte, de un individuo extranjero-. Parece ser este el caso de la insistencia comercial que sufre la italiana Luisa –Nicoletta Braschi, que repite con Jarmusch tras la inmediatamente anterior Down by Law-, el culto al arma del británico Johnny (Joe Strummer, líder de la banda The Clash) o que ninguno de los personajes se extrañe por la irrupción de un disparo de revolver.

Es este uno de los varios nexos de conexión que vertebran esta obra de relatos cruzados –formato que en un breve espacio de tiempo volverá a cobrar una notable popularidad de la mano de Short Cuts (Vidas cruzadas), adaptación de otro emblema cultural estadounidense como es el escritor Raymond Carver-. Algunos de estos elementos son el misterioso tiro de revolver –que se resolverá en el desenlace del tercer segmento-, el ingreso en el hotel, el transcurso de la noche –un rasgo que a su vez dibuja cierto hermanamiento con la próxima entrega de Jarmusch, Noche en la Tierra– o las conversaciones entre Hawkins y el botones del antro, encarnado por Cinqué Lee, hermano del director Spike Lee y que, en este mismo 1989, protagonizará junto a su hermana Joie y a Steve Buscemi -otro de las actores del reparto de Mystery Train– el cortometraje de Café y cigarrillos II, segunda pieza que posteriormente dará lugar a la obra antológica Coffee and Cigarettes. Otro de estos factores de comunión es la narración del locutor de radio interpretado por la voz de Tom Waits, autocita jarmuschiana a su personaje de Down by Law (Bajo el peso de la ley).

            Sea como fuere, la colisión entre la gloria musical pasada y el desencanto presente es, como decíamos, la argamasa que aporta coherencia y sentido al deambular de una pareja de mitómanos japoneses, al de una italiana recién enviudada y al de un inglés con tupé que, junto a un amigo y a su presunto cuñado, ahoga en alcohol y pólvora el dolor de una ruptura amorosa. Se trata por descontado de personajes identificables de un primer vistazo dentro del microcosmos de Jim Jarmusch, y sobre los que sobrevuela indefectiblemente esa sensación de desencanto, marginalidad, romanticismo y soledad, en constante tránsito entre dos puntos inconcretos y desconocidos.

La estructura tripartita, como es tradicional, resulta útil para dinamizar la narración sin que los protagonistas pierdan entidad gracias a ese detallado dibujo íntimo del autor, si bien el discurso y la poesía del relato no posean la misma contundencia de otros títulos previos como Extraños en el paraíso o Down by Law. Aunque todavía con un sabor inconfundible y disfrutable, la constancia en temas y filiaciones de Jarmusch caminaba sobre el fino alambre que separa las variaciones autorales de la redundancia por falta de ideas.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

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