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La juventud

26 Ene

“No hay un final. No hay un principio. Solo existe la infinita pasión por la vida.”

Federico Fellini

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La juventud

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La juventud

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Año: 2015.

Director: Paolo Sorrentino.

Reparto: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda, Alex Macqueen, Roly Serrano, Madalina Ghenea.

Tráiler

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            La vejez, la soledad, el remordimiento, la ilusión, el desencanto, la trascendencia tras la muerte. Paolo Sorrentino prosigue el itinerario existencialista que, a tientas pero con honestidad –otra cosa son sus resultados-, traza desde Un lugar donde quedarse, prolongado a continuación por su exitosa La gran belleza. Obviamente ya poblaban su filmografía precedente personajes en eterna duda, como el mortecino Titta di Girolamo de Las consecuencias del amor, quien se dejaba arrastrar por la vida hasta que, inesperadamente, encontraba en el amor el deseo redivivo de luchar por sí mismo.

            El director de orquesta Fred Ballinger (Michael Caine) y el director de cine Mick Boyle (Harvey Keitel), protagonistas de La juventud, son, al igual que los anteriores, personajes inmersos en las garras de la crisis existencial, encerrados en una especie de bucólico purgatorio de los Alpes suizos donde, de mejor o peor gana, agonizan a la espera de sus respectivos dos metros de tierra, sea con el anhelo de dejar algo tras de sí a modo de testamento –le importe a alguien o no- sea en cambio con la desidia de quien, como Di Girolamo -que también agostaba sus días en un hotel-burbuja-, afronta vacío de emociones y entusiasmos el otoño de una vida que quizás no haya tenido sentido ninguno, por más que pareciera por momentos capaz de intuirse como una hermosa sinfonía.

El arte, el sexo, el intelecto, los lazos sentimentales, la huella creada en el prójimo, la discreta alegría de la frivolidad. Ballinger y Boyle repasan su hoja de servicio, filtrada por una memoria que no se sabe si es olvidadiza, prejuiciosa o sabia, y tratan de evaluar qué cosa de todo ello aporta, al menos mínimamente, cierta satisfacción en el proceloso mar de incertidumbres, cierto orden dentro del caos más desalentador, cierto consuelo contra la arbitrariedad del cosmos.

            La exploración que traza La juventud es más interesante -o, dicho de otra forma, está planteada con mayor refinamiento y sensibilidad- que la de La gran belleza, una obra tendente a la obviedad en los aparatosos retablos con los que se ilustraba el retorno de Gambardella a su Rosebud perdido y ansiado –el romance límpido y juvenil como esencia de la vida, en aquel caso-. La cinta arranca con determinación, excelentemente envuelta en una niebla de melancolía, desengaño, tristeza y vulnerabilidad, apuntando asimismo certeras y conmovedoras ideas en el paso de los fotogramas, y todo ello potenciado por la colosal interpretación de Caine.

Pero, andando el metraje, en vez de profundizar o despegar definitivamente –como le sucede simbólicamente al descontento actor que encarna Paul Dano-, el drama tiende a la redundancia, a dar vueltas en círculo en su recorrido desorientado. Da la impresión de que no es tanto una reproducción de los palos de ciego de los personajes –dueños de inquietudes y terrores universales que abarcan desde el individuo más insignificante hasta un orondo y falible dios sobre la Tierra como Diego Armando Maradona-, sino más bien por la impotencia para alzar la vista por encima de las descomunales montañas que encierran el balneario y aprisionan a los dos amigos, presos también de un sinfín de achaques físicos o espirituales. Entonces, la pesadumbre se torna pesadez; la aventura introspectiva, ensimismamiento; las ideas entreveradas, explosiones de explicitud verbal; el vigor, flaccidez.

            Probablemente se le pueda imputar aquí a Sorrentino, quien aún no alcanza los 45 años, la falta de una necesaria experiencia vital propia –acusación que bien valdría, reconozcámoslo, para un servidor en su cometido de comentar la propuesta-. El cineasta napolitano se muestra expresivo en la puesta en escena, elocuente y elaborada. Es hasta más precisa dentro de ese onirismo felliniano que, no obstante, todavía tiene mucho de autocomplaciente y con cuya exhibición orgullosa evidencia filiaciones evidentes y trata de impulsar esa concepción mediterránea –y con ello concupiscente, circense y voluptuosa- de la existencia –en este sentido, no hay más que contraponerla por ejemplo con la asexualidad y la asepsia afectiva de los pavorosos intelectuales del nórdico Ingmar Bergman-.

Pero divaga sin concisión, abandonando a la orfandad personajes y caminos, y deambulando al albur de la ocurrencia y sus limitaciones por un terreno que se siente siempre importante, elevado y grandilocuente y donde el autor, cuando no encuentra la salida dentro del misterio en el que ha osado penetrar –cosa natural, imposible de echársela en cara a nadie-, lanza a bulto, en un torpe intento de escape, un par de frases de autoayuda acerca del deseo –otra demostración de la cojera del personaje-observador de Dano, puesto que la idea ya había quedado sintetizada de manera mucho más contundente, que no elegante, por la lubricidad de Madalina Ghenea-. Eso sí, ya con consciencia y dignidad recobradas, Sorrentino se repliega luego para no ofrecer más respuestas groseras, concediendo al espectador ese margen de maniobra imprescindible para que él también emprenda por su cuenta una posible autorreflexión.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6.

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