La batalla de Argel

24 Ene

“A medida que envejeces te resistes a volverte pesimista, pero tienes que entender el viejo dicho: si no prestas atención a la Historia, estás destinado a repetirla. Y es verdad, porque la mayoría de la gente no presta atención a la Historia.”

Clint Eastwood

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La batalla de Argel

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La batalla de Argel

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Año: 1965.

Director: Gillo Pontecorvo.

Reparto: Brahim Hadjiadj, Jean Martin, Yacef Saadi, Samia Kerbash, Ugo Paletti, Fusia El Kader, Mohammed Ben Kassen.

Filme

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            Vista desde hoy, con los atentados del 14 de noviembre en París aún calientes, La batalla de Argel se convierte en una experiencia pavorosa. La radicalización irracional, el cisma cultural irreconciliable, el combate a muerte y sin cuartel plasmado en explosiones terroristas en estadios abarrotados. Uno contempla el fruto del odio, tan vívido hace cincuenta años como antes de ayer, y se estremece al ver reflejado el presente de manera tan directa y tan brutal –la secuencia del hipódromo, la de la ambulancia secuestrada, las ejecuciones a sangre fría,…-. Pero queda perturbado también por la comprensión de que aquella guerra de hace medio siglo es, sino la misma, cuanto menos una descendiente casi calcada, apenas con cambios puntuales en la localización del tablero en lo que respecta a algunas de sus piezas.

De aquellos polvos estos lodos. El eterno retorno de la sinrazón. El caos que no cesa. La incapacidad para cerrar heridas que se infectan progresivamente; la perpetuación de injusticias travestidas con distintos disfraces.

            La batalla de Argel, producción italiana y argelina, es la reconstrucción de parte de la lucha de descolonización y recién obtenida independencia del país magrebí contra la metrópoli francesa, por entonces un imperio agonizante –sobrevuela el escenario el fantasma Dien Bien Phu, derrota que había significado el traumático fin para las posesiones coloniales de Indochina- pero que todavía consideraba este territorio norteafricano prácticamente como una parte integral del núcleo de la nación. Su espíritu inicial, dado el origen de la producción, es esencialmente propagandístico, de homenaje hacia la sublevación heroica de un pueblo contra sus ilegítimos ocupadores –postura considerada perfectamente lícita, a ojos de la Historia-. Su realizador, Gillo Pontecorvo, es además una de las figuras más destacadas del cine de compromiso italiano de la época, que mostrará de nuevo su conciencia antiimperialista tres años después del estreno de la presente en una película relativamente olvidada como Quemada! amén de su inquebrantable posicionamiento antifascista en su recreación del asesinato del almirante José Carrero Blanco en la posterior Operación Ogro.

            Con todo, el posicionamiento del filme ante los hechos no es inmaculadamente maniqueo, a pesar de recurrir a ciertas artimañas propias del cine épico politizado hollywoodiense –por ejemplo, la sensiblera utilización de la banda sonora o que los guerrilleros argelinos de uno u otro sexo sean tan fotogénicos-. Una tendencia que, en ocasiones, queda en parte secundada por el estilo y el espíritu neorrealista de la cinta, corriente que se arroga la defensa del desfavorecido o el incomprendido por el sistema hegemónico y donde la crudeza formal –incluidos insertos documentales, principal arma de combate de Pontecorvo- se fusiona violentamente con la sensibilidad emocional que consiguen plasmar los fotogramas –es capital el empleo de los rostros y la expresividad sin filtrar de estos actores no profesionales, entre los que aparece hasta uno de los fundadores del Frente de Liberación Nacional argelino, Saadi Yacef; así como el potente dramatismo que proporciona el juego con los afilados contrastes del blanco y negro, con la luz, la cal y la tiniebla-.

            Sin embargo, decíamos, dentro de esa naturaleza glorificadora, la cinta arroja unas penetrantes e incómodas sombras que se van apoderando de la narración según se avanza en la guerra de liberación, conducida por la férrea mano del cineasta –aparte de descarnada, la función es entretenida, compuesta con encomiable pulso-. La conciencia humana de Pontecorvo y el guionista Franco Solinas -otro de los abanderados del compromiso- están también fuera de toda duda, más allá de su óptica política por entonces asimilada, como la de la izquierda socialista y comunista en general, a la par de los movimientos de descolonización y contrarios al neocolonialismo.

En consecuencia, desde la presunta pureza de los nativos levantados por su libertad –ya amenazados por el siniestro moralismo que barniza escenas como la del hombre borracho-, se asoma el cabo de una espiral obsesiva y desalentadora. Lacerante y horrenda. No solo exacerbada por el bando colonial, que mantiene la posición parapetado tras numerosos abusos y torturas admitidas como consecuencia inevitable para un objetivo falaz o (solo) egoístamente justificado -tanto o más cuando los brazos ejecutores de la contrarevolución son antiguos miembros de la heroica Resistance y supervivientes del horror nazi, apuntarán Pontecorvo y Solinas, quienes habían abordado precisamente ese imperio del mal absoluto en Kapo y que parecen reflexionar ahora, con profundo pesar, las tornas cambiantes que propicia la historia, la política y la voluble moral de los hombres-. Así pues, aunque tampoco sea con exacta simetría, el bando supuestamente loado se empareja al verdugo en esta danza macabra que iguala en crueldad y locura a ambos, describiendo una paulatina destrucción de ideales y deshumanización del conflicto a medida que comienzan a aparecer fotogramas paralelos a uno y otro lado –las víctimas civiles, encarnadas en último término por la inocencia infantil-.

            De aquellos polvos estos lodos. El eterno retorno de la sinrazón. El caos que no cesa.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 9.

2 comentarios to “La batalla de Argel”

  1. Hildy Johnson 25 enero, 2016 a 09:00 #

    Gillo Pontecorvo y su cine es una de mis lagunas cinematográficos. Retomo la pasión de texto y me digo a mí misma que es una asignatura pendiente que he de superar.

    Beso
    Hildy

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