Permanent Vacation

22 Ene

Comienza aquí el itinerario por la primera obra de un director de itinerarios: Jim Jarmusch. Desde este debut con Permanent Vacation hasta su obra cumbre, Ghost Dog: el camino del samurái, los capítulos de este camino irán apareciendo en Ultramundo, maquetaditos y con fotogramas selectos.

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“Los setenta y los primeros ochenta fueron una época  en la que las conversaciones eran sobre ideas, no sobre dinero. Uno podía grabar un disco o hacer una película mientras trabajaba a tiempo parcial en otra cosa. No me gusta la nostalgia, es más, la detesto, pero aquella era una buena época. Muy buena.”

Jim Jarmusch

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Permanent Vacation

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Permanent Vacation

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Año: 1980.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Chris Parker, Leila Gastil, Ruth Bolton, Richard Boes, María Duval, Frankie Faison, John Lurie, Chris Hameon.

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            Por lo general, las óperas primas constituyen toda una declaración de intenciones por parte del autor incipiente. Una manifestación en firme de su código de valores artísticos y morales, probablemente todavía por pulir y desarrollar pero, a buen seguro, con una cota de honestidad y visceralidad que difícilmente podrá ser alcanzada en su corpus venidero. También, fruto de la inexperiencia, se suelen colar entre las rendijas de su estructura, aún sin solidificar por la técnica y el conocimiento cinematográfico, un buen ramillete de filias explícitas, poses de primerizo y orgullosas declaraciones en voz alta que, acaso, mirando atrás desde la posterior madurez de su creador, sonarán a excesivas, impostadas o improcedentes.

            Filmado recién desechada su formación en la escuela de cine, Permanent Vacation es el largometraje de debut de Jim Jarmusch, uno de los autores más icónicos y celebrados del cine independiente de los Estados Unidos –independiente referido a autónomo y contracultural, no a esa acepción ‘indie’ que alude a esa especie de subdivisión o marca de saldo de los estudios de Hollywood y, a estas alturas, a casi un género cinematográfico en sí mismo-. De apenas 80 minutos de duración, Permanent Vacation abre sus fotogramas contraponiendo por medio del montaje paralelo las calles superpobladas y archiconocidas de Nueva York con otras aceras y calzadas también naturales de la ciudad de los rascacielos pero en esta ocasión sucias y vacías, inapetecibles para los objetivos de las cámaras de cine, despobladas, marchitas pero por otro lado dueñas de una extraña pátina de lirismo y armonía. Aloysious Christopher Parker (Chris Parker), ‘Allie’, protagonista de la película y alter ego de Jarmusch en cierto modo, pertenece a estas últimas. A éstas señala con su spray, como un animal que identifica su territorio, y en éstas saluda y reconoce a sus congéneres de clase marginal, abandonados y despreciados en las cunetas del país de las oportunidades y del capitalismo autosatisfecho como inexcusable y globalizadora forma de entender la vida.

            Nacido en Akron, Ohio, en 1953 –su periodo de maduración personal pertenecerá por tanto a los esperanzados sesenta y a los convulsos setenta-, Jarmusch es la contradicción del ‘American Way of Life’. Su microcosmos particular nace de los márgenes de las megalópolis norteamericanas –los extrarradios desvencijados, los fueras de campo de las postales-. Sus héroes transitan los desaguaderos del arte -literatos malditos franceses y británicos como Charles Baudelaire o William Blake, la pintura de Edward Hopper y otros creadores en la escéptica periferia norteamericana como Raymond Carver y Emily Dickinson, músicos underground como John Lurie, Tom Waits, Iggy Pop o Neil Young, la cinematografía de autor europea de Jean-Luc Godard, Robert Bresson, Jean Eustache, Win Wenders o los hermanos Kaurismaki, los experimentadores y francotiradores americanos como el underground John Cassavettes, el furibundo Sam Fuller o el elegíaco Nicholas Ray,…-. Sus personajes habitan en el desencanto, la melancolía y la soledad, creando extraños y atípicos vínculos que apenas sostienen su frágil existencia en un entorno desapacible, en ocasiones hermoso pero generalmente condenado al destierro y la incomprensión.

El ‘Allie’ de Permanent Vacation, en concreto, parece heredar el inconformismo y la rebeldía ambulante e incomprendida de movimientos sociales como los ‘hobos’ –nómadas que buscaban en la carretera aquello que no encontraban en la vida convencional- o sus sucesores los beatniks, popularizados universalmente por el escritor Jack Kerouac y esa Biblia para su generación y otras venideras que es En el camino. La huella, en cualquier caso, de una nación conformada en la itinerancia. Durante esas vacaciones permanentes en las que se halla su espíritu, indiferente a los cantos de sirena y las obligaciones impuestas por la sociedad –construir una brillante carrera profesional, comprar una confortable casa y un lujoso coche, estabilizarse con una familia y un hogar estable, desangrarse en impuestos y rutina-, Parker, con su elegante etiqueta de tiempos pasados de moda –un estilismo particular que se aprecia en muchos personajes de Jarmusch, cuidadoso hasta el último detalle de sus creaciones-, recorre los escenarios que, a modo de puntos destinados a ser luego unidos por las líneas que dibuje el espectador, completan en perspectiva un retrato fragmentado.

A medio camino entre una vocación errante y una deriva empujada por las circunstancias, Parker emprende un simbólico regreso a su casa natal y a los brazos de su madre para después retornar, sin haber escapado de su marasmo existencial, al punto de partida. Y delante de sus ojos, se descubre un país decrépito y desquiciado. Como una ópera rock de Pink Floyd, el protagonista, trágico y desengañado, observa los estragos de la Guerra del Vietnam, de una generación putrefacta y desquiciada por su apego a la razón y a las normas establecidas, por el arrinconamiento de las almas libres y artísticas, capaces de mirar un paso más allá de la masa opresiva. Hitos marcados a fuego en un desarraigo al que tratará de poner remedio emigrando en barco a Francia, donde quizás sí pueda materializar su ansia de emular a su casi tocayo Charlie Parker y experimentar la vida bohemia en tres habitaciones encaladas y paupérrimas, vivir rápido y dejar un bonito cadáver a la posteridad –ecos del viaje a París que Jarmusch había emprendido en su periodo universitario para una estancia de intercambio-. En Francia, asimismo, espera el libérrimo y revolucionario espíritu de la Nouvelle Vague que inunda el filme, el cual se anunciaba en el inesperado, extenso y por ende godardiano baile que Parker ensayaba delante de su novia al comienzo del metraje al ritmo del Up There in Orbit de Earl Bostic, y que se certificará, andando el metraje, en el reflejo especular que, en forma de inmigrante francés, se encontrará el protagonista en el puerto neoyorkino.

            Concluido el relato frente a la isla de Ellis, famoso punto de entrada de los inmigrantes en pos de su correspondiente sueño americano, Permanent Vacation parece por tanto la vuelta a atrás del país hacia sus raíces perdidas, que no se encuentran ya, en modo alguno, en una nación desgastada y corrompida por su propia leyenda. Como el visionario músico de jazz que Frankie Faison le inventa en el pasaje acerca del ‘efecto doppler’, desterrado e impotente para recordar los compases que continúan el estribillo de Somewhere Over the Rainbow –razón última para bajarse del mundo saltando de una azotea-, Parker zarpa al son de los acordes de la balada que, envuelta en el optimismo del Technicolor, cantaba Judy Garland en El mago de oz. El saxofonista callejero encarnado por John Lurie -amigo y frecuente colaborador de Jarmusch-, ya le había explicado mediante una desastrosa interpretación musical que América no era tierra de arcoíris. Mientras tanto, a lo largo de su vagar en círculo, Parker recita Los cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont, sórdido precursor del surrealismo en poesía, y acude a una destartalada sala de cine para ver la visión romántica y apesadumbrada que Nicholas Ray filma de la vida de los esquimales en Los dientes del diablo. Siempre con la cubierta del libro plantada delante de la lente, con el póster de la película ubicado en un ángulo perfectamente visible. Sin disimulo, a voz en grito. Las reivindicaciones y las poses de un cineasta desconocido que se presenta ante el mundo, convencido de lo que hace y seguro de quién es, y que habla por voz de su personaje y de su obra.

Jarmusch demuestra su talento compositivo para sumergir la atmósfera del filme en el territorio de lo onírico o lo alucinado. Para ello se sirve de planos compuestos con mimo y con tendencia a una inmovilidad pictórica, una cadencia ensimismada que hace hincapié en los tiempos muertos de la existencia cotidiana y una banda sonora hipnótica y enigmática –diseñada por Jarmusch y Lurie-, además de surrealistas alusiones textuales y visuales a la destrucción urbana debido a una guerra ignota y factible. La forma no es caprichosa, sino una herramienta recurrente en su filmografía y especialmente útil para desentrañar el interior de sus criaturas, el clima en el que dan sus pasos y buscan sin encontrar, zarandeados y desorientados por los accidentes de una existencia sin destino, nunca se sabe bien si indiferente o sarcástica. Todavía su estilo está en proceso formativo. Aunque muestra sensibilidad para trazar elipsis por medio de encadenados, no aparecen en cambio recursos característicos de su gramática como, por ejemplo, los delicados fundidos a negro con los que, en cintas venideras, delimitará los capítulos de la narración, que aquí ya se intuyen a través de los diferentes encuentros de ‘Allie’ -esos puntos del dibujo a los que aludía desde la posición omnisciente de narrador en off-. Lo evidente es que el cineasta no se arredra ante las carencias materiales de la producción, manifestadas en una fotografía de grano duro de 16 milímetros y una pobre realización sonora. Algunas de estas vicisitudes las sorteará en posteriores cintas, con Tom DiCillo sustituyendo el color de la presente por el blanco y negro en sus dos siguientes largometrajes, Extraños en el paraíso y Down by Law (Bajo el peso de la ley), así como los dos primeros episodios rodados de su obra improvisada y ambulante Coffee and Cigarettes, luego recopilada en largometraje en 2003.

            Permanent Vacation no es un filme especialmente profundo en su exploración de los personajes y su peculiar contexto vital, pero ya es dueña de ese lirismo extraño y marginal que hace inconfundible la obra del autor. Su cometido, el de sentar las bases de una personalidad única e intransferible, estaba conseguido.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

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