Archivo | diciembre, 2015

Bill, qué grande eres

21 Dic

“Yo creía en la América de John Wayne. Mi padre era republicano y me enseñó que el Vietnam era una guerra buena porque los comunistas eran los malos y teníamos que luchar contra ellos. Por otra parte, yo tenía la imagen romántica de la Segunda Guerra Mundial a través del cine. Nada más lejos de la realidad.”

Oliver Stone

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Bill, qué grande eres

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Bill, qué grande eres

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Año: 1950.

Director: John Ford.

Reparto: Dan Dailey, Collen Townsend, Corinne Calvet, William Demarest, Evelyn Varden, Jimmy Lydon, Lloyd Corrigan.

Tráiler

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           Confluyen dos curiosas corrientes en Bill, qué grande eres.

Por un lado, John Ford, cuyo patriotismo norteamericano no puede ponerse en tela de juicio –acudiría a zona de combate durante la Segunda Guerra Mundial para rodar documentales propagandísticos e incluso recibiría heridas bélicas en su transcurso-, entrega una reivindicación inspiradora en tiempos de la gestación de la Guerra Fríala Unión Soviética había probado la bomba atómica y la Guerra de Corea estallaría pocos meses después del estreno- a propósito del necesario heroísmo del hombre común, argamasa de América, quien impulsado por sus ardorosas entrañas y sus convicciones morales hijas de la tierra de la Libertad, decide alistarse en valerosa defensa de su nación amenazada –lo que incluye números musicales con la aparición estelar del Tío Sam-.

Por el otro, su visión de este heroísmo está tiznada de cierto desencanto –a pesar de la dulzura que impregna el tono narrativo y del obligado desenlace del discurso, claro-. Las increíbles aventuras de Bill Kluggs (apropiado Dan Dailey), un muchacho algo simplón de un pueblecito cualquiera de los Estados Unidos -casi un prototipo de Forrest Gump-, son crueles hasta extremos hilarantes, marcados por esa comicidad extemporánea de Ford, cándida, nostálgica y costumbrista.

           Nacido para la gloria –el primero de su municipio para alistarse en el ejército-, condenado a la infamia –destinado a su pueblo natal, se ve reducido a promocionar constantemente por buena conducta como adiestrador de tiro en la academia de formación-, el libreto no se reserva ningún golpe sarcástico en su burla hacia el desesperado muchacho –la colección de galones que acumula, la comparación entre la peligrosidad de pilotar con reclutas frente a los avatares de la guerra en el Pacífico-. Hasta que le llega la hora de los elegidos, donde su contribución a la causa es de nuevo tan humorística como sádica, paródica en su épica, épica en su parodia.

           Bill, qué grande eres se presenta como una película cálida y divertida aunque también tenuemente hosca y apesadumbrada. Una obra relatada con el firme pulso y la elegancia melancólica del cineasta norteamericano y donde los gags despiertan una simpatía que, a causa de su juego de contrastes, deja a su vez un interesante y muy particular poso agridulce, rebosante del escepticismo humanista que caracteriza la filmografía de Ford.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

El que debe morir

20 Dic

“Preguntado por los fariseos acerca de cuándo llegaría el reino de Dios, respondiéndoles, dijo: No viene el reino de Dios ostensiblemente. No podrá decirse: Helo aquí o allí, porque el reino de Dios está dentro de vosotros.”

Lucas 17:20-21

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El que debe morir

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El que debe morir

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Año: 1957.

Director: Jules Dassin.

Reparto: Pierre Vaneck, Melina Mercouri, Fernand Ledoux, Gert Fröbe, Jean Servais, Naurice Ronet, René Lefèvre, Lucien Raimbourg, Roger Hanin, Carl Möhner, Grégoire Aslan.   

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           Las sospechas de proximidad hacia el comunismo le habían costado la patria a Jules Dassin, ejemplo impecable del noir realista y social. Desde el exilio europeo, primero en Reino Unido, luego en Francia y más tarde en Grecia –esta vez incitado por Melina Mercouri, actriz con quien colabora aquí por primera ocasión y con quien contraerá matrimonio en 1966-, Dassin no renunciaría a su posicionamiento concienciado como manera de entender y de hacer el cine.

           A partir de la novela Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis –autor de otros textos llevados al cine como Zorba, el griego y La última tentación de Cristo-, Dassin emplea en El que debe morir una parábola religiosa –la representación de la Pasión en un pueblecito de la Grecia bajo poder otomano, en la que varios lugareños hacen carne los papeles de Santiago, San Pedro, Judas, María Magdalena y Jesús- para dibujar un conflicto que es tanto de moralidad religiosa como, en especial, de clase social.

Una visión, por tanto, que podría establecer ciertas comparaciones con el metafórico Juan Nadie de Frank Capra y, por otro lado, no demasiado distante al retrato de Cristo que realizará siete años después Pier Paolo Pasolini -éste sí afiliado a todos los efectos al Partido Comunista Italiano- en El evangelio según San Mateo.

           Malos augurios depara el séptimo arte al Mesías redivivo -o cuanto menos transmutado temporalmente en hombre-. Víctima del egoísmo y el cinismo de la sociedad contemporánea, como indicaba el cardenal Lamberto en El Padrino. Parte III, el mensaje de Jesús permanece solo en la superficie, sin calar en la intimidad del ser humano. Un problema moral –mucho más que de fe- que en El que debe morir queda ejemplificado en la insensibilidad de una población griega frente a sus hermanos de nación que solicitan refugio en su enriquecida aldea, después de que el invasor turco haya arrasado sus haciendas y asesinado a sus paisanos.

           Dado su sustrato alegórico, el discurso queda un tanto encorsetado en el cumplimiento de unos estereotipos fijados –aparte de los antes aludidos, también estarán presentes Caifás y Pilatos-, que afecta un tanto a su naturalidad y su contundencia. Pero no por ello es menos vigente. Precisamente, la coyuntura despierta resonancias con la coetánea crisis de los refugiados sirios en Europa en su desesperación y sus reacciones políticas. Y, en consecuencia, resalta esclarecedores y oportunos paralelismos entre la ficción cinematográfica y la realidad presente a partir de la hipócrita utilización por parte de la élite dirigente de conceptos como la religión, el orden y la paz, así como del contagio de la alarma y el miedo entre la comunidad recelosa –la enfermedad, la violencia-, con el fin único de conservar y perpetuar sus vergonzantes privilegios.

En oposición, El que debe morir lanza un mensaje subversivo en defensa de la determinación solidaria del individuo común, de la gente corriente que, en un momento necesario, y afirmado sobre sólidos valores morales, puede impulsar mediante su voluntad concienciada el cambio hacia una sociedad más justa.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Puro vicio

18 Dic

“Para mí, el cine es vicio. Lo amo íntimamente. Siempre he creído que es el arte de nuestro siglo.”

Fritz Lang

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Puro vicio

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Puro vicio

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Año: 2014.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston, Joanna Newsom, Hong Chau, Owen Wilson, Jena Malone, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Martin Short, Maya Rudolph, Martin Donovan, Serena Scott Thomas, Eric Roberts.

Tráiler

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            Paul Thomas Anderson tiene la costumbre de retorcer los géneros a su antojo, en muchos casos para adecuarlos a un retrato íntimo, desde un prisma absolutamente particular, de la sociedad americana y por extensión de la naturaleza de los Estados Unidos. En esta línea, se intuye cierto análisis de la construcción histórica del país en sus tres últimos proyectos: Pozos de ambición, The Master y Puro vicio. Son retrospectivas fundadas a partir de tortuosas relaciones de combate y antagonismo épico entre dos corrientes que, personalizadas en personajes contrarios e iguales al mismo tiempo, colisionan, se funden y se desgajan para finalmente, en cierto modo, transformar el paisaje que les circunda.

            La última de esta terna, Puro vicio, supone la primera adaptación cinematográfica del esquivo escritor de culto Thomas Pynchon, así como el retorno de Anderson a la comedia después de aquella iconoclasta ‘screwball comedy’ que era Embriagado de amor. A través de la mirada psicodélica del detective privado ‘Doc’ Sportello, el autor se retrotrae al comienzo de los setenta californianos y, de nuevo, se encuentra con una dualidad irreconciliable: la del amor libre y el libertinaje sexual, la de las drogas recreativas y los caídos por la aguja, la de la paz cósmica y los asesinatos de La Familia, la de las reivindicaciones sociales y la represión parafascista del advenimiento de Richard Nixon. Es decir, el detective privado ‘Doc’ Sportello (el perfectamente narcotizado Joaquin Phoenix) y el detective de la policía de Los Ángeles ‘Big Foot’ Bjornsen (el perfectamente tenso Josh Brolin).

Las dos Américas, ambas jodidas y ambas dependientes de sustancias estupefacientes, sea la marihuana, sea el whiskey. Ambos atrapados en una trama criminal embrollada al estilo chandleriano cuyas ramificaciones, intrincaciones y desequilibrios bien podrían formar parte de la mente alterada del bueno de Sportello, hasta el punto de tornarla voluntariamente incomprensible, encadenada y zarandeada por los conceptos de muerte y redención, constantes en el metraje.

Conspiración o paranoia hippie, se trata en cualquier caso de la misma América delirante, de utopías derrotadas y donde todo –la droga y la rehabilitación, el triunfo y el fracaso, los ideales y el trabajo, el conservadurismo y el progresismo,…- es un producto que subastar convenientemente empaquetado y etiquetado para hacerse rico con los beneficios y, por ende, cumplir el propagandístico sueño que define a la nación.

            Puro vicio es, además, una investigación en los días del ácido. La atmósfera iguala en alucinación al argumento que la alberga, sumergiéndose en una densa niebla de humo de canuto tan sabrosa y fascinante como aturdidora. La textura de su imagen, corrompida y deslumbrada, remite a fotogramas caducados, similares a la perspectiva con la que el protagonista, hasta el culo de maría, debe observar las particularidades de este caso circular y sin sentido que, de la mano de una aparición espectral, la seductora Shasta (Katherine Waterston), y bajo la mirada omnisciente de otro espíritu femenino, Sortilège (Joanna Newsom), le impulsa a recorrer de arriba abajo la viciada Los Ángeles de la época, desde las amplias y lujosas mansiones hasta los estrechos y sórdidos callejones del lumpen, a lo largo de un viaje de una extensión desmesurada y desafiante –tanto o más cuando se trata de una comedia lisérgica-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 8.

2 francos, 40 pesetas

16 Dic

Siguiendo los pasos de Wall Street 2: El dinero nunca duerme, 2 francos, 40 pesetas dilapida nuevamente una jugosísima oportunidad de reivindicar la lucidez, la capacidad analítica y la utilidad social y emocional del séptimo arte. Las razones, incluido un minucioso making off, en Ultramundo.

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El puente de los espías

14 Dic

“Si ahora no hay forma de rodar películas que posean los valores e ideales que reflejaban mis obras, quizás también deberíamos darnos todos por vencidos.”

Frank Capra

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El puente de los espías

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El puente de los espías

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Año: 2015.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Mikhail Gorevoy, Sebastian Koch, Austin Stowell, Jesse Plemons, Will Rogers, Alan Alda.

Tráiler

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            Algo huele a Frank Capra en El puente de los espías. Su argumento es en esencia una historia paradigmáticamente americana, en la cual el sacrificio personal del individuo concienciado e irreductible es capaz de redimir las corrupciones que provocan las circunstancias adversas sobre la sociedad y reconducirla hacia sus valores primigenios: aquellos que –propagandísticamente- le definen como el país de la libertad y de las oportunidades.

            El quijotismo que exhibe la película de Spielberg en su tramo inicial, con la defensa del espía soviético Rudolf Abel (Mark Rylance) por parte del por entonces abogado de seguros James Donovan (Tom Hanks), es valiente y contagioso, tan firme en sus convicciones que puede amenazar con caer en lo puramente discursivo, al igual que les sucedía a las obras más comprometidas de Capra de finales de los años treinta y principios de los cuarenta –La locura del dólar, Caballero sin espada, Juan Nadie,…-.

Su espíritu ‘americano’ –aunque universal- surge aquí tanto o más necesario cuando en la distancia histórica se trazan reflejos entre el pasado de Guerra Fría y el presente de guerra global contra el terrorismo y entonces, con determinación y arrojo, el filme esgrime su humanista propuesta de combate –en este sentido, ofrecería una interesante sesión doble con La noche más oscura (Zero Dark Thirty), donde la incidencia de las torturas practicadas por la CIA deja aún un regusto bastante ambiguo y turbio, carne de debate-.

            Spielberg, apoyado en el guion original de Matt Charman, luego revisado nada más y nada menos que por Joel y Ethan Coen, va desarrollando la lucha épica y solitaria de este héroe incomprendido –como deben ser los héroes, posicionados contra todo y contra todos- agregándole notas de calor íntimo y familiar para componer en Hanks –como otrora podía ser Jimmy Stewartla perfecta imagen del americano medio: afable, decidido, idealista y que no se deja amilanar por absolutamente nada ni nadie. Empalagoso de tan bonachón.

Ese optimismo incombustible, que se cree capaz de cambiar el mundo hasta conducirlo a la utopía, va tornando el idealismo del comienzo en cierto maniqueísmo de manual -¿es irónico, andando los Coen por ahí?, no lo parece- a medida que Donovan se adentra en la frontera política de la Guerra Fría: el muro de Berlín en proceso de construcción. Los rusos son muy rusos; los alemanes orientales muy alemanes orientales. En el metraje previo también se vislumbraba un notable dibujo crítico de los estadounidenses bajo la propaganda bélica del momento, todo adoración de los símbolos de la patria y reacciones viscerales a la política del terror, pero, como decíamos, al menos ellos sí tienen a quien les redima; una condición que alcanza una temperatura un tanto bochornosa -¿ironía coeniana de nuevo?- en la coda en suelo americano.

            Quizás adoptando la óptica del estoico Abel El puente de los espías sí se hubiese convertido en un filme coeniano de pleno derecho. Es decir, un hombre cansado de realismo que observa cómo un individuo común se embrolla en un plan enloquecido que, a priori, supera en mucho sus competencias. Resulta significativo entonces ese entendimiento y esa relación –uno de los puntos más logrados del filme- entre esos dos universos políticos –Estados Unidos y la Unión soviética- y cinematográficos –los Coen y Capra/Spielberg-.

La cinta, en conclusión, tiene músculo visual y nervio narrativo, porque Spielberg sabe muy bien qué quiere contar y sobre todo cómo quiere contarlo, si bien El puente de los espías está lejos de la madura oscuridad de Lincoln –otra obra carne de debate entre fin y medios, como La noche más oscura– o de la lúgubre frialdad del espionaje de Munich.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

Un franco, 14 pesetas

13 Dic

Carlos Iglesias debuta como director con una reivindicación de los emigrantes que venían a España en busca de porvenir y, dos por uno, le sale una profecía de futuro para los orgullosos españolitos del ¿milagro? del pelotazo económico. Para Ultramundo, donde además se puede disfrutar íntegra y con un completito making off.

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Timbuktu

10 Dic

“Todavía voy al cine, aunque cada vez lo encuentro menos estimulante. En los últimos Óscar todas las películas nominadas en lengua extranjera eran mucho más interesantes que las películas americanas con más nominaciones. Me refiero a filmes como Ida o Timbuktu, que son muy superiores a las mejores películas americanas.”

John Boorman

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Timbuktu

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Timbuktu

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Año: 2014.

Director: Abderrahmane Sissako.

Reparto: Ibrahim Ahmed, Abel Jafri, Toulou Kiki, Layla Walet Mohamed, Mahdi A.G. Mohamed, Kettly Noël, Fatoumata Diawara, Adel Mahmoud Cherif, Salem Dendou.

Tráiler

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            Siempre es estimulante y sobre todo enriquecedor adentrarse en los relatos sobre el terrorismo islámico sin tener como intermediaria una mirada occidental lastrada por la distancia y cargada de prejuicios, muchas veces capaz de describir aunque no de comprender.

Timbuktu, primera película de Mauritania –coproducción francesa, eso sí- en atender a los premios a la mejor película de habla no inglesa en los Óscar –e imagino que de estrenarse en salas españolas-, una obra ambientada en la Guerra de Malí y la invasión de las regiones norteñas del país sahariano por los fundamentalistas islámicos de Ansar Dine, habla de la vida bajo la yihad en movimiento, donde no se escucha música, no se juega al fútbol, no se puede sentar uno a la puerta de casa,… pero donde aún se ama, se anhela, se filosofa, se conversa y se resiste.

            El prisma que emplea el director y guionista Abderrahmane Sissako es, por tanto, esencialmente humanista. Esto es, ninguno de los personajes que comparecen en esta película coral –ni los yihadistas, ni los habitantes de la ciudad, ni los tuareg ganaderos al margen de todo- pierde su esencia humana, con sus luces y sus sombras, unas u otras más o menos pronunciadas según cada individuo. Un marco íntimo y personal a través del cual ubicar, por extensión, cierto diálogo del islam consigo mismo –sobre todo entre el imán de la mezquita y el líder de los invasores-. Por lo general, su carácter es natural y verosímil, así como sus motivaciones, enmarañadas en un escenario global en el que se encuentra ternura, emociones reconocibles y la terrible sombra de la sinrazón.

            Desde la relativa comodidad occidental, resulta tentador criticar que los villanos internacionales más evidentes de este comienzo de siglo, los integristas islámicos, también puedan ser vistos como personas, con sus dudas, sus contradicciones, sus mezquindades y sus ridiculeces -al fin y al cabo, Timbuktu es una película fundamentalmente terrenal; poco hay de rastro divino en ella aparte de las citas vanas del Corán, refugio para toda clase de vulgaridades-. Y, en relación a esto, que la visión del conflicto sea asimismo demasiado delicada, dueña de un dolor estoico y una tristeza melancólica incluso durante las tenues pinceladas de humor que surgen producto de la enajenada inmoralidad extremista.

Hay que tener en cuenta la dificultad que, se presume, significa rodar una cinta de semejante temática en la región. De igual modo, cabría pensar que esa presunta tibieza forma parte de la citada perspectiva cultural no europea, menos filtrada por esquemas mentales impuestos por el desconocimiento o, peor aún, por las fórmulas de propaganda política.

            Sea como fuere, es loable esa resistencia privada y emocional que se plasma, principalmente, en uno de los más hermosos partidos de fútbol jamás rodados. Timbuktu se muestra proclive a extraer la tradicional poesía del paisaje imperturbable e inconmovible ante la suerte de los hombres, de esa lírica cotidiana de un mundo extraño, tan cercano y tan lejano, y tantas veces vista y tan bien considerada en el cine exótico que puebla muchos de los festivales especializados de cine.

En cambio, también aflora en el filme cierta sensación de desaprovechamiento, que emana de una narración en exceso fragmentada e incluso forzada o precipitada en determinados tramos; de una falta de concreción o de pulido en el trenzado de sus retazos de esta realidad problemática que, definitivamente, condense el estimable potencial de su discurso.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

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