2 francos, 40 pesetas

16 Dic

Siguiendo los pasos de Wall Street 2: El dinero nunca duerme, 2 francos, 40 pesetas dilapida nuevamente una jugosísima oportunidad de reivindicar la lucidez, la capacidad analítica y la utilidad social y emocional del séptimo arte. Las razones, incluido un minucioso making off, en Ultramundo.

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“España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles.”

Mariano Rajoy

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2 francos, 40 pesetas

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2 francos, 40 pesetas

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Año: 2014.

Director: Carlos Iglesias.

Reparto: Carlos IglesiasAdrián ExpósitoNieves de Medina, Javier Gutiérrez, Ángela del Salto, Luisber Santiago, Isabel Blanco, Isabelle Stoffel, Eloisa Vargas, Roberto Álvarez, Aldo Sebastianelli, Iñaki de Guevara, Esther Regina, Roberto Hijón.

Tráiler

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            En ocasiones, el transcurso de los acontecimientos fuera de la pantalla le ofrece al cine una oportunidad de, en primer lugar, confirmar su carácter profético casual y, en segundo, la de desempeñar con renovada autoridad su papel como cronista de la sociedad de la que nace. Un ejemplo reciente y meridiano es el del díptico sobre Wall Street, firmado por Oliver Stone. El estreno en diciembre 1987 de Wall Street pretendía denunciar los excesos de la edad de oro del neoconservadurismo de la adoración del dólar por el dólar, el establecimiento del yuppie como modelo de sueño americano y la ultraliberal política económica de la administración Reagan que reducía la legislación comercial y financiera a poco menos que la ley de la jungla. Sus advertencias, no obstante, quedarían desfasadas por solo dos meses: el 19 de octubre de ese mismo año, se producía el mayor derrumbe porcentual sucedido en un mismo día en la historia de los mercados de valores. Es el conocido como Lunes negro, cataclismo que resumía los males de este estilo nocivo y estéril de entender la economía y el enriquecimiento. De este modo, la reciente crisis económica despertada por las hipotecas subprime en 2008 y producto de la repetición irresponsable y filibustera de unos errores muy semejantes a los anteriormente descritos, se antojaba como una situación inmejorable para que Stone, un autor siempre crítico hacia el imperialismo y el capitalismo desaforado de los Estados Unidos, realizara la crónica, poco menos que en directo, de este nuevo derrumbe anunciado. Apenas dos años más tarde, Wall Street 2: El dinero nunca duerme confirmaba estas esperanzas de un retrato inmisericorde de los hijos bastardos de Gordon Gekko, erigido en paradójica deidad cinematográfica. Sin embargo, el filme, lastrado por una pobre historia de redención familiar y otra de venganza personal, amén de una ramplona ración de tópicos y personajes desdibujados, revelaba finalmente un discurso anémico y alicorto, y donde con todo ello la mayor decepción procedía del desagradable regusto a simple oportunismo comercial de la obra.

            Se da una situación prácticamente calcada en la relación entre Un franco, 14 pesetas y 2 francos, 40 pesetas. En confesión pública del propio ideólogo de la saga, el protagonista, guionista y director madrileño Carlos Iglesias, Un franco, 14 pesetas partía de la aspiración de reivindicar, desde una postura abiertamente sentimental, la coyuntura de los entonces numerosos inmigrantes que acudían en busca de porvenir a España -orgullosa recién llegada a los países a la cabeza del bienestar en el mundo- y no siempre recibidos con los brazos abiertos por la sociedad española, hecho evidenciado especialmente por las acusaciones alarmistas del ala conservadora de la política estatal. Para ello, Iglesias recurría a la (des)memoria colectiva, intermediada por su propio álbum familiar –durante los años sesenta había vivido seis años en Suiza debido a la emigración de sus padres-, con el objetivo de igualar a unos y a otros, españoles y extranjeros, inmigrantes y anfitriones, por medio de la compartición de una experiencia común. No en vano, Iglesias ahondaría más tarde en sus propósitos a través del cortometraje documental Un Euro, 3,6 Lei, en el que el cineasta describe el día a día en España de una variopinta selección de ciudadanos rumanos -un titulado en teología, una bordadora de trajes de luces, una empleada de una fábrica,…-. Más allá del éxito o el fracaso de esta loable iniciativa, traducida en una película de entrañable calidez, capaz de superar por su honestidad y sencillez los puntuales defectos de primerizo de su creador, la irrupción de nuevo de la recesión económica global de 2008 actuaría como agente kármico y equilibrador para hacer buena la tesis de Iglesias –la inestabilidad y la incertidumbre de la suerte de los países, a quienes la Historia convierte ora en emigrantes, ora en receptores- y además servirle en bandeja una base de inspiración para reescribir sus recuerdos parcialmente autobiográficos en tiempo presente –o al menos con una renovada perspectiva fruto de las lecciones asumidas desde este contexto contemporáneo, otra vez desfavorable para el grueso de la población española-.

Iglesias, que con su segundo largometraje, Ispansi (¡Españoles!), había prolongado su inmersión en el drama de los españoles expatriados por las circunstancias –en esta ocasión, el eterno e irreparable antagonismo entre las dos Españas, escenario chico de un conflicto dual que se metastatiza en la Segunda Guerra Mundial-, materializará esta coincidencia socioeconómica, ya vaticinada por la clarividente afirmación de uno de los personajes de la primera parte –“¡en este jodido país siempre estamos en crisis!”, rezongaba- en un nuevo retorno al baúl de los recuerdos: 2 francos, 40 pesetas. De hecho, conocido el trasfondo biográfico del libreto de Un franco, 14 pesetas a fuerza de publicitarlo, 2 francos, 14 pesetas arranca ahora sus fotogramas exponiendo directamente las fotografías familiares de Iglesias. La realidad pura, sin el maquillaje de la ficción.

            Contradictoriamente, esta segunda parte de las aventuras de la familia de Martín -un viaje nostálgico que regresa a este pretérito viaje nostálgico que era Un franco, 14 pesetas-, renunciará a la confluencia de drama y comedia de pretendida inspiración neorrealista con la que su antecesora ambicionaba reproducir los volubles ritmos de la existencia humana para, en cambio, acentuar la carga de humor de un argumento –y por ende de ficcionalización de la memoria-. Una decisión que, andando el metraje, deriva en un sainete castizo donde se echa seriamente en falta la madurez y la capacidad crítica de un Rafael Azcona y un Luis García Berlanga. Es decir, que, en última instancia, el filme adolece de la misma ausencia de evolución que se puede observar entre dos ejemplares de comedia ibérica separados por más de tres décadas de diferencia pero, en resumidas cuentas, tan parecidos en el contexto socioeconómico en el que se ambientan y, por desgracia, en su escasa calidad y agudeza: la inefable ¡Vente a Alemania, Pepe! y la recientísima Perdiendo el Norte.

            2 francos, 40 pesetas reencuentra a los personajes aparentemente acomodados en la España del desarrollismo y el franquismo tecnócrata, sobreviviendo a base de chapuzas en negro, escapando de la porra de los grises y presumiendo de su recién adquirido apartamento en Torrevieja. Por supuesto, la película establece paralelismos incontestables entre la España de principios de los setenta y la España del primer cambio de década del siglo XXI. Sus vicios son análogos, y parecen partir de su sustrato cultural, arraigado hasta lo más profundo de sus entrañas. Esa esencia mediterránea caótica, festiva y despreocupada hasta las últimas consecuencias y a la que los severos prohombres del norte, rígidos en su moralidad luterana o calvinista, apuntan asqueados con el dedo –mientras, cabe decir, trucan la tecnología de sus automóviles para eludir responsabilidades ecológicas o tratan de esquilmar el capital del servil sur por medio de fondos de inversión plagados de activos basura-. A lo largo de la función aparecen aludidos los trasvases de fondos públicos a cuentas secretas por parte de las élites sociales, económicas, religiosas y morales del país hacia  la también seria y neutral Suiza. Y también se denuncia el peligroso inflado de una burbuja económica, bautizada como “milagro económico español”, que ha sido comprada a plazos y con previsiones cortas de mira, cuando no estrictamente fantasiosas.

De igual manera, se puede intuir una trasposición de los españoles por venir en esos suizos decadentes de los años setenta, abrumados por una gozosa libertad conquistada arduamente por generaciones ya olvidadas y que, por otro lado, responden con xenofobia rampante a las estrecheces de su propia recesión, cuyo aguijón también ellos empiezan a sentir en sus carnes a causa de la inevitable herencia del desequilibrio entre los países ansiosos de emerger a cualquier precio y la tendencia a una timorata inmovilidad de la cúspide de la pirámide económica, celosa de sus privilegios centenarios. No obstante, los paralelismos son romos, y no traspasan la mera y obvia cita, impuesta casi por obligación.

            Así las cosas, da la sensación de que Iglesias no quiere o no puede complicarse en el compromiso –incluso el connato de redención del desenlace deja una huella bastante ambigua y cuestionable- y, ante un relato con poca sustancia trascendente, decide apostar por la simplicidad tradicional de la comedia costumbrista española, solo que trasladada al bucólico pueblecito suizo de Uzwill, donde en la ya lejana Un franco, 14 pesetas tantas esperanzas podían ser cumplidas. En esta parodia/exaltación del carácter carpetovetónico, los representantes de esta España mía, esta España nuestra, que han dado un largo paso hacia adelante para tornarse en caricaturas, han aprendido a no tirar al suelo la envoltura del bocadillo de chorizo y a emplear con eficiencia el edredón nórdico, pero continúan arrojando un espectáculo grotesco –ciertamente bochornoso en el caso de las féminas- de celos raciales, propensión a la picaresca, complejos de monaguillo, prejuicios de boina y cejijuntez, lujuria desenfrenada hacia las costumbres relajadas de allende las fronteras y afición por el vocingleo y la parranda etílica. Los guiños entre original y secuela, como se colige de lo anterior, sustentan parte de la narración, sobre todo por la apertura de viejas heridas como la relación entre Martín (un Carlos Iglesias entonado, hay que reconocerlo) y la posadera nativa Hanna (la gallego-suiza Isabel Blanco), subtramas en cualquier caso tampoco tienen demasiado recorrido dramático.

O, lo que es lo mismo, siguiendo los pasos de Wall Street 2: El dinero nunca duerme, 2 francos, 40 pesetas dilapida nuevamente una jugosísima oportunidad de reivindicar la lucidez, la capacidad analítica y la utilidad social y emocional del séptimo arte. Una lástima.

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Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 4.

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