Ixcanul

3 Dic

“En todo lugar, siempre el misma cosa. Para el rico, el campesino solamente es brazo. Eso creen que somos, puro brazo para trabajar. Mismo sus animales, tratados mejor que nosotros. Muchos años andamos buscando y probando que el rico entienda que el pobre tiene alma y corazón. Que siente. Somos gente pues, todos igual.”

Arturo (El Norte)

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Ixcanul

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Ixcanul

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Año: 2015.

Director: Jayro Bustamante.

Reparto: María Mercedes Coroy, María Telón, Manuel Antún, Justo Lorenzo, Marvin Coroy.

Tráiler

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            Al cine siempre le ha sido grata la exploración antropológica, remontándose a hitos fundacionales como Nanuk, el esquimal del pionero Robert Flaherty o Tabú de F.W. Murnau, que guardaban en su esencia unas pretensiones documentales y didácticas aunque envolviéndolas en un dramático entramado de ficción con el fin de hacerlas más digeribles a los asombrados espectadores. Al fin y al cabo, el séptimo arte encuentra en este tema uno de sus principales atractivos: viajar a territorios exóticos y de ensueño sin moverse de la butaca o asumir la piel de otro ser humano, por distinto que sea, por un plazo limitado y siempre desde las protectoras fronteras de la sala.

            Ixcanul invita al público a trasladarse a la Guatemala maya kaqchikel donde, al igual que los pescadores de Stromboli, tierra de Dios, sus moradores sobreviven penosamente bajo la sombra insalvable del volcán, terrible y fecunda, cadena irrompible al lugar. A través de los negros e insondables ojos de la joven María (María Mercedes Coroy), Jayro Bustamante, director y guionista de la cinta, retrata la miseria cotidiana de este pueblo dejado en los márgenes de la Historia; ni nativos ni hispanizados, ni cristianos ni paganos, ni súbditos ciudadanos ni hombres libres. Eternos parias, ‘ningunos’ equiparables a los empobrecidos campesinos y proletarios de cualquier otra parte el mundo, reducidos a mulos de carga por cualquier clase dominante que atraviese sus campos para adueñarse de sus vidas, ignorados por la cultura oficial dominante de los desmemoriados núcleos urbanos.

Exactamente iguales a aquellos compatriotas guatemaltecos y compañeros de clase social que ya protagonizaban El Norte, uno de los estandartes del cine chicano emergido en los años ochenta y cuya vigencia quedaba probada en el cine con el estreno el año pasado de la producción mexicana La jaula de oro. Y como en El Norte, el sobrecogedor paisaje que captura Ixcanul es una tierra privada de sueños, identificados en último término en el culto por lo estadounidense como nuevo rasgo de la religión sincrética de los nativos, todavía presidida sin embargo por el coloso dormido y amenazador que es el volcán y secundado por la infestación de serpientes de sus campos, símbolo maléfico por excelencia.

            Inspirado por los hechos biográficos que le había referido una muchacha indígena encarcelada, y plasmados en imágenes con un verismo de cuidada estética que desvela un microuniverso telúrico y místico a partes iguales –la presencia del sexo y la presencia de la creencia, esta última por fortuna sin derivar en el sobado realismo mágico latinoamericano-, Bustamante sintetiza esta realidad de privaciones y desesperanza –más cruda si se es pobre, aún más si se es mujer- por medio del relato de la gestación y alumbramiento de una nueva criatura por la adolescente María, objeto de deseo del patrón de la finca.

La hermosura del escenario natural se contrapone a la crudeza de la existencia. A pesar de ciertos lugares comunes propios del género, se respira autenticidad en su historia y, sobre todo, en interpretaciones como la de María Telón -vendedora de fruta y analfabeta al otro lado de la pantalla, tan solo actriz aficionada-; si bien la obra parece quedarse a un paso de estallar en rabia, de profundizar hasta las últimas consecuencias en esta existencia amarga y fascinante –desde la seguridad, insistimos, de la sala-; de sumergirnos con autoridad plena en los ropajes coloridos de estas gentes olvidadas.

Con rotundidad empero, la estructura circular que encierra el filme materializa en fotogramas esta idea acerca de la irrompible condena que ha de soportar el desheredado.

            Primer largometraje guatemalteco en acceder a la preselección al Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

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