Archivo | noviembre, 2015

Macbeth

17 Nov

Macbeth habla de un hombre y una mujer que harían lo que fuese necesario para triunfar. Es un tema particularmente apropiado para esta época. Ese concepto de ‘tengo que conseguirlo ya’ siempre ha estado ahí, pero ahora se ha convertido en aquello que uno debe hacer, en un ideal de personalidad. Y lo siento, pero me parece algo completamente estúpido y equivocado.”

Richard Jordan

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Macbeth

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Macbeth

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Año: 2015.

Director: Justin Kurzel.

Reparto: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Sean Harris, Paddy Considine, David Thewlis, Jack Reynor, Elizabeth Debicki.

Tráiler

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           El australiano Justin Kurzel apunta alto en su segundo largometraje y se sirve de Macbeth, una de las inmortales tragedias de William Shakespeare, para revisarla haciendo hincapié en una traslación sensorial de tan poderoso argumento.

Con el verso enrevesado del literato inglés prácticamente intacto en el guion, Kurzel compone una aparatosa obra que inunda la pantalla de experiencias cromáticas y visuales, cercanas a lo onírico, para ilustrar el descenso a los infiernos del rey de los escoceses; firmemente guiado por la mano de su esposa y desatado a través una lucha titánica entre ambición y fatalismo, deseo y traición, poder y muerte.

La muerte, destino último común a todos los hombres, permanece omnipresente sobre el escenario; plasmada en la hiperrealista mugre que subyace bajo el ampuloso lirismo trágico de los fotogramas, en la descarnada violencia que se exhibe en la batalla, intercalada con secuencias alucinadas. Ya se sabe, guárdese uno de las bendiciones de los oráculos.

           Hay en Macbeth fotogramas interesantes e incluso arrebatadores en su desmesura, caso las masacres en la niebla o de ese duelo bajo un crepúsculo desbordado de rojo sangre que bien podría salir de Excalibur, una ópera romántica donde, al ritmo que marca la existencia –nacimiento, madurez y decadencia- todo encajaba como un desacomplejado y grandioso artilugio de orfebrería.

Pero este Macbeth es un coloso de arrolladora apariencia al que, a medida que pasan los minutos y prosigue la observación, más se nota la hipertrofia de sus músculos; y al que le cuesta avanzar prisionero de su propio tamaño y de la grandilocuente redundancia de su estilo. Acudir al lenguaje del original isabelino –de construcciones arcaicas, ubérrimo en complicadas figuras y artificios literarios, rico con sus soliloquios, apartes y diálogos ideados para una puesta en escena teatral-, contribuye a cargar todavía más peso sobre la espalda del agotado gigante.

No deja de ser contradictorio que Kurzel trate de amalgamar de manera tan abrupta el lenguaje del cine con el lenguaje dramatúrgico. La combinación, por desgracia, no termina de cuajar.

           También la apropiación de Orson Welles, devoto shakesperiano, poseía por descontado la natural pretensión de grandeza del cineasta y además compartía el inglés de época, pero su cuento gótico conseguía transformar adecuadamente la carestía en abstracción por medio de impenetrables e inclementes sombras que se extendían por rostros y decorados. Aquí, el solemne esteticismo termina por sepultar a un relato y a unos personajes con los que prestigiosos y potentes actores de cine como Michael Fassbender y Marion Cotillard recitan su parte con esfuerzo, aunque con la sensación de no estar completamente convencidos de sus posibilidades.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

Fuera de juego (Fever Pitch)

14 Nov

“Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho, mucho más importante que eso.”

Bill Shankly

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Fuera de juego (Fever Pitch)

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Fuera de juego (Fever Pitch)

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Año: 1997.

Director: David Evans.

Reparto: Colin Firth, Ruth Gemmell, Luke Aikman, Mark Strong, Neil Pearson, Richard Claxton, Ken Stott, Holly Aird.

Tráiler

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            Fiebre en las gradas no es exactamente un libro feliz. O, mejor expresado, es un relato que termina dejando cierto poso de felicidad… pero a pesar de todo. En palabras del propio Nick Hornby, un obseso no es feliz con sus obsesiones. No le hacen sonreír, sino padecer. Y el retrato que Hornby hace de su relación con el Arsenal –ni siquiera con el fútbol-, es el retrato de una obsesión omnipresente y omnímoda.

Con el eje vertebral de su filiación con el equipo londinense, el escritor vuelca sus vísceras sobre el blanco y negro y, en consecuencia, de las páginas brota una colección de claroscuros en los que, en el mejor de los casos, el Arsenal ejerce de argamasa que repara las grietas de una familia desmoronada y que, a duras penas, recompone los fragmentos de un temperamento taciturno y proclive a la melancolía, rayano en la depresión constante. A su vez, el Arsenal de Hornby aparece como un agente envuelto en alargadas sombras, que construye una personalidad muy definida solo que, por decirlo así, a partir de su proyección en negativo, con filias y fobias desbocadas y asfixiantes, frustración inane y aislamiento generacional y social; traidor hacia los afectos profundos e incondicionales, catalizador de una descomposición moral, social y quizás hasta cultural experimentada desde la absorbente y aturdidora masa humana.

Pero, de ahí el regusto final tenuemente optimista, hasta sus proyecciones negativas pueden tornarse luminosas si se encuadran en el contexto apropiado. Ahí surgen el espíritu grupal, la capacidad de sobreponerse a la adversidad y volver a intentar lo imposible, el aprecio hacia la propia identidad, la conexión con el prójimo más elemental, el idealismo, la enriquecedora pasión de unas emociones exaltadas por la sorpresa y el júbilo.

            Un lustro después de su publicación en papel, Hornby, encargado de componer el libreto del filme Fuera de juego, lima las lacerantes asperezas y dulcifica el acre regusto de su relato autobiográfico para amoldarlo a las formas de la comedia romántica y, de esta manera, hacerlo más amigable hacia el espectador medio, que no tiene por qué compartir su monomanía y ni siquiera una afición comedida por el Arsenal –o como poco, por el fútbol-. Por fortuna, el cambio de tono no traiciona negligentemente el espíritu del original –el propio espíritu de Hornby, en definitiva- y, aunque con una carga íntima menos amarga y más humorística, plasma con rigor esos claroscuros que convierten al protagonista -aquí Paul (acertado Colin Firth)-, y a su equipo -por supuesto el Arsenal-, en todo uno, sin destartalarlos en una burda caricatura.

            Casi más que adaptar el libro, esta película inspirada en Fiebre en las gradas sabe asimilar el encuentro entre Paul y Sarah (Ruth Gemmell) al ritmo de un partido de fútbol, con sus ataques y sus contraataques, sus goleadas vergonzosas y sus arranques de épica inconsciente, sus variaciones en función del estado de ánimo y de forma física de los jugadores, sus rivalidades de amor y odio, y sus triunfos y derrotas. Es decir, al ciclotímico compás de la temporada 1988-89 en la que el Arsenal, en el último minuto del último partido, volvería a conquistar la First Division tras dieciocho largos años de travesía por el desierto.

La dirección de David Evans se limita a ser funcional, trufando la cinta de una banda sonora repleta de música, como cabría pensar en una obra surgida de la sensibilidad de Hornby –autor en este campo de la melanomanía de otro libro también llevado al cine, Alta fidelidad-, pero que deja una sensación de molesta convencionalidad en sus elecciones. No obstante, el encanto de la obra aguanta el tipo y ofrece un entretenimiento simpático, con genuino sabor futbolero.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Victoria

12 Nov

“Las pelis buenas te embelesan y a las malas les ves las costuras. Las buenas las ves dos veces para ver los fallos, las malas te aburren y como no hay historia empiezas a darte cuenta de todo lo que no funciona. Con las buenas es imposible que te pase eso.”

Juan Antonio Bayona

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Victoria

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Victoria

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Año: 2015.

Director: Sebastian Schipper.

Reparto: Laia Costa, Frederick Lau, Franz Rogowski, Burak Yigit, Max Mauff.

Tráiler

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            Uno de los principales objetivos del plano secuencia consiste en favorecer la suspensión de la incredulidad del público suprimiendo de raíz uno de los elementos sintácticos definitorios del cine: el montaje. La erradicación –al menos aparente- del montaje, por tanto, es una herramienta para que la cámara fluya e imite con mayor fidelidad el ritmo y los movimientos de la vida, con sus imperfecciones y sus desencuadres fruto de la inmediatez y la improvisación. De este modo, se pretende que el espectador se sumerja, casi en primera persona, casi como un personaje más, dentro de las acciones que le proporciona el libreto del filme.

            El realizador alemán Sebastian Schipper -también actor de amplia trayectoria- emplea el plano secuencia, servido en una descomunal toma de 134 minutos, como recurso fundamental de Victoria. Gracias a ello, la cámara se acomoda a las idas y venidas de la protagonista, al devenir que desgrana paso a paso el azar y las circunstancias que la rodean. Un pedazo de realidad vívida y directa, que se dice sin intermediarios –apenas juegos con el sonido, el silencio y la música, más allá de la necesaria iluminación de la escena-.

Pero, contradictoriamente, el plano secuencia de Victoria registra un relato que suena poco creíble desde el primer minuto, en el que una joven española emigrada a Berlín (Laia Costa) decide compartir el resto de la noche con cuatro mastuerzos desconocidos, de pintas sospechosas, después de disfrutar sola de unos bailes y unos vodkas en un nada recomendable antro de la capital alemana, hambrienta de contacto humano y emociones negadas.

A pesar del buen pulso narrativo de la obra, es una sensación de inverosimilitud que, más aún, empeora a medida que avanza el metraje, cuando el argumento desbarranca en una trama criminal que, como escrita por un adolescente, desborda tópicos –los gánsteres de opereta, la tribalidad heroica-, incongruencias palmarias –¿qué clase de mafiosos encargan el robo de un banco a un tipo cualquiera, sus colegas de parranda y una camarera que no tenía mejor que hacer?- y desdichado tremendismo.

            Victoria pasaría por una reescritura con tono desaconsejablemente trágico de ¡Jo, qué noche!, una de las comedias más estresantes de la Historia del séptimo arte. No le falta de nada. Es decir, que a su agolpamiento de adversidades le sobran bastantes cosas para que una mente mínimamente escéptica pueda admitirlas. La síntesis de este grave problema se expresa en una secuencia climática donde Costa bota babas de manera grotesca, con ostensibles paladeos, para tratar de transmitir un desgarro que tan solo resulta sonrojante.

La barrera que levanta inicialmente la dificultad para creerse a la protagonista, por más que Costa intente lo contrario, es un obstáculo demasiado elevado al que después se le van sumando además una serie de peldaños que, definitivamente, resultan imposibles de escalar.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 2,5.

Mountains May Depart

11 Nov

“El peor enemigo de la revolución es el burgués que muchos revolucionarios llevan adentro.” 

Mao Zedong

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Mountains May Depart

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Mountains May Depart

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Año: 2015.

Director: Jia Zhang-ke.

Reparto: Zhao Tao, Zhang Yi, Liang Jin Dong, Dong Zijian, Sylvia Chang.

Tráiler

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             La filmografía de Jia Zhang-ke compone un fresco colosal sobre la China contemporánea y su ciclópea escalada a la cúspide del poder mundial. Es sin embargo un retrato disidente, que con innegociable coherencia sospecha del entusiasmo generalizado y, en cambio, se detiene a analizar con lucidez y profundidad las transformaciones, o no, que experimenta de la sociedad sometida a sus efectos. Como buen observador, Jia Zhang-ke es escéptico hacia los milagros, que siempre requieren un sospechoso acto de fe y la voluntad colectiva de comulgar con ruedas de molino. Sus anotaciones son, por supuesto, aplicables tanto para éste como para otros volátiles prodigios económicos del mundo actual.

             Jia Zhang-ke avanza con Mountains May Depart en su crónica social, cultural y económica del gigante asiático vertebrando su discurso a través de una cronología que encadena, rima y hace dialogar el pasado, el presente y el futuro del país. Desde la moribunda y eternamente empobrecida clase proletaria, depredada por el capitalismo arrogante e insaciable, hasta la progresiva pérdida de la identidad nacional y el imperativo retorno a las raíces que el autor prevé para un provenir inmediato, a diez años vista.

             No le falta ambición a la propuesta, a pesar de que, sin renunciar a la exploración formal –la inserción de fotogramas documentales de siniestro patetismo- y del abundante empleo de símbolos y alegorías como recurso expresivo, quizás sea una obra relativamente sencilla, concisa y en definitiva asequible dentro de la trayectoria de Jia Zhang-ke.

Con un esquema semejante al que había planteado en Platform, su tercer largometraje, Mountains May Depart engarza tres episodios –pasado, presente y futuro- en el que cada protagonista, cada tono narrativo y cada formato de imagen sirve para definir su respectivo contexto. Así, el filme parte desde un triángulo amoroso escenificado en la provincia natal del director, la humilde Shanxi, y en el que las inesperadas notas de comedia romántica se van agriando a medida que los tres vértices del mismo –un empleado de la mina de carbón, una vitalista muchacha y un enriquecido hombre de negocios- se desequilibran, deformando la figura y todo lo que viene a continuación. Que, en concreto, será un drama familiar acerca del irreparable distanciamiento entre generaciones en medio de un ambiente de opulencia propio de nuevos potentados y, por último, una reflexión a propósito de la despersonalización instigada por la globalización, de la irrelevancia moral de la riqueza y del imperativo de la libertad.

Son las tres visiones y alegorías manifiestas de la realidad china, acaso demasiado tópicas ya en este tercer capítulo de la función, ambientado en Australia –el desarraigo literal, puesto que además está protagonizado por hijos de emigrantes que asisten a clases para reaprender su idioma y su cultura, entre otras cosas- y que es el que peor funciona de todos ellos, más plano, menos convincente y menos poderoso que sus antecesores.

             Según avanza el metraje y China se regodea en los dólares del turbocapitalismo -como es supuesta obligación de cualquier otro Estado próspero y feliz que dese cumplir el sueño marcado por el sistema hegemónico-, Mountains May Depart se impregna de un melancólico pesimismo que, de acuerdo con el cuaderno de ruta de Jia Zhang-ke, es la parada a la que conduce el camino emprendido tiempo ha, en la última primavera del siglo anterior.

De tal manera que, volviendo la vista atrás, indagando con independencia y espíritu crítico en la actualidad e intuyendo con sentido común las probabilidades del futuro por venir, uno puede descubrir que el descuartizamiento, subasta y desaparición de las ilusiones de un pueblo bien caben entre dos coreografías antagónicas del Go West –ve al Oeste, conviértete en el Oeste- de los Pet Shop Boys.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

El club

10 Nov

“Un cura es capaz de cualquier cosa.”

Wolfgang Amadeus Mozart

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El club

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El club

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Año: 2015.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Antonia Zegers, Marcelo Alonso, Roberto Farías.

Tráiler

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            La principal batalla de la Iglesia católica contemporánea no es la de conquistar la fe de los escépticos, tarea a estas alturas prácticamente imposible, sino la de conservar la fidelidad de sus adeptos y mantener la credibilidad frente a los embates de las tentaciones materiales, que hacen mella en una casta otrora considerada autoridad infalible por la gracia de Dios y ahora minimizados a su condición de simples mortales, con su terrenalidad desnuda y a la vista en toda su amplia gama de defectos.

            Pablo Larraín selecciona los vicios de la Iglesia católica y, personificados en cuatro sacerdotes y una seglar, los traslada a una casa de retiro sita en la remota La Boca de Chile, vertedero de apestados indeseables que, por la acción del soterrado y vitriólico humor negro del guion, ni siquiera alcanza la pretendida categoría de Purgatorio en la Tierra. Los miembros de este selecto y escondido club son el abuso de menores y la homosexualidad impúdica, el robo de recién nacidos, la conspiración y respaldo de las fuerzas fascistas, y el paternalismo cínico y la hipocresía violenta. Incluso también los pecados sin nombre enterrados en el olvido de un pasado oscurantista.

El análisis de los males del clero que ofrece El club, por tanto, emplea como herramienta una alegoría –recurso de ficción tan caro a las enseñanzas religiosas- que termina deformada en caricatura sórdida, como sórdida será a juego la ambientación escogida por el cineasta chileno para enturbiar el bucólico reducto donde reposan los curas desterrados y que se plasma en imágenes cenicientas y desvaídas, organizadas en planos antiestéticos, con manifiesto abuso del contraluz –en este caso no sé si forma parte del objetivo citado- y donde los primeros planos descubren la fealdad sin paliativos de la fotografía digital.

            El instrumental quirúrgico escogido a conciencia por Larraín –firmante del libreto junto a Guillermo Calderón y Daniel Villaloboses tremendamente llamativo por su desagradable oxidación –la descripción deslenguada de los pecados perpetrados, los villanos convencidos de la moralidad de sus actos, la larvada brutalidad de los mismos que sin embargo solo aflora en el desagradable aspecto general del escenario-, aunque no especialmente afilado. Útil para desvestir al cadáver; romo para penetrar en sus putrefactas carnes.

La caricaturización es apropiada para resaltar con acritud y mala baba el objeto de crítica –ejercicio descarnado que puede verse hasta como recomendable en ocasiones como la presente-, pero no tanto así para ahondar en sus raíces y desentrañar sus causas, ocultadas por la hipertrofia del personaje o la problemática. En este caso, la finura de un retrato más humano y reconocible como tal permitiría identificar con mayor precisión –o al menos tratar de hacerlo- las fuentes de esta corrupción. O cuanto menos culpabilizar con todas las de la ley a personas y no a monstruos, que son criaturas aberrantes y culpables por su propia naturaleza, no por convicción consciente.

            No obstante, en el haber del filme, su velado aunque rotundo pesimismo, disfrazado de sátira cáustica, dinamita por los aires cualquier atisbo de relación entre estos hombres malos con Dios –con un Dios, con cualquier rastro de divinidad o misticismo- y, de este modo, los abandona a su suerte, con sus vergüenzas desnudas ante el espectador, con lo que consigue arrojar a la luz una verosímil visión de la nauseabunda condición humana, patética y siniestra con indiferencia de conceptos falaces o como poco hipócritas como los valores religiosos o, si se prefiere, yendo más allá, éticos.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

Dheepan

9 Nov

“El cine es una ficción y una ilusión no solo para los espectadores, sino sobre todo para nosotros, los cineastas. En el fondo, conozco mejor la vida y el alma de mis héroes cinematográficos que los de mis prójimos… Y como vivo en un país donde mi influencia sobre la realidad es mínima, si no nula, hago películas sustituyendo la realidad ficticia por la vida ficticia.”

Andrzej Wajda

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Dheepan

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Dheepan

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Año: 2015.

Director: Jacques Audiard.

Reparto: Jesuthasan Antonythasan, Kalieaswari Srinivasan, Claudine Vinasithamby, Vincent Rottiers, Faouzi Bensaïdi, Marc Zinga.

Tráiler

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            Inesperada Palma de oro de Cannes en la (especialmente) chauvinista edición de 2015, Dheepan irrumpe como una película de cine social en la que los protagonistas afrontan la adaptación a un nuevo entorno y la conquista de un sueño. Pero lo cierto es que, a la postre, después de atravesar una convencional incursión en el cine criminal, Dheepan plantea una historia de renacimiento en la que un hombre desesperado debe cerrar sus heridas de combate –abiertas durante la derrota de los tamiles separatistas en Sri Lanka– penando en un purgatorio donde la realidad que le rodea es solo una ilusión frágil y provisional –la identidad, la familia, el amor, el hogar, el fin del estado de guerra-.

            El asunto es que, dentro de esta vivencia fingida donde la guerra civil esrilanquesa queda sustituida por los conflictivos ‘banlieues’ de la Francia multiétnica –retratados de forma algo peliculera-, la redención del Dheepan del título, esa escalada hacia el cielo o el paraíso –o ese descenso a los infiernos- termina por resultar lo más impostado de la función.

Quizás tenga que ver con ello la apariencia irreal del desenlace, que establece un claro contraste con el naturalismo que hasta ese momento había caracterizado la cinta, próximo al neorrealismo en algunos conceptos –el estilo de aspecto inmediato, de gran presencia física y con atención a los pequeños detalles; el empleo de actores amateurs como Jesuthasan Antonythasan, antiguo niño soldado de los Tigres tamiles y ahora escritor y activista político en el país galo-; aunque también matizado por la adición puntual de sueños simbólicos –el elefante en la jungla- y poderosas imágenes fantasmagóricas –las luces que, justo después de la introducción del filme, se abren paso en medio de la oscuridad para desvelar un contexto humillante de absurdo y abrumador patetismo-.

Y quizás deja esa sensación de existencialismo forzado porque asimismo, en paralelo, las apresuradas conclusiones del relato sirven también para abrir la puerta a la filtración de lo surreal o lo fantaseado, de ambigua interpretación.

            Esta transición del filme entre tonos y temas se aborda con una narración un tanto desequilibrada, que tiene como efecto secundario la merma de la consistencia del conjunto. En cambio, destaca con mayor capacidad emotiva la representación de la regeneración humana a través de claves más cotidianas –el humor, el contacto, el entendimiento-, no especialmente innovadora en su formulación pero sí capaz de dotar de entidad a unos personajes bien dibujados con matices, contradicciones y tormentos propios; con los que poder identificarse.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

45 años

8 Nov

“El artista debe describir la vida interior, no la exterior. La abstracción es esencial para el creador. Permite al realizador franquear las barreras que el naturalismo impone. Permite a sus filmes ser no solamente visuales, sino espirituales.”

Carl Theodor Dreyer

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45 años

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45 años

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Año: 2015.

Director: Andrew Haigh.

Reparto: Charlotte Rampling, Tom Courtenay.

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           Hay una escena en 45 años –un contrapicado de la protagonista escalando al desván en busca de las fotos de la antigua y fallecida novia de su marido, mientras el perro gimotea y ladra a sus espaldas- que está rodada con un lenguaje propio del cine de terror. No es la única, puesto que por momentos surgen en el escenario imágenes sumamente simbólicas en forma de sombras siniestras o puertas que se cierran de improviso al fondo desenfocado del plano.

           45 años es una historia de fantasmas, porque el espíritu de Katia -esa mujer que retorna a la vida desde un glaciar suizo- se adueña del filme desde su recuerdo incandescente y, como la Rebeca de Alfred Hitchcock impregna cada rincón de los fotogramas y de la existencia en común de Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay), un matrimonio en las vísperas de celebrar su 45 aniversario de casados –ascendencia perturbadora que luego Andrew Haigh, realizador y guionista de la cinta, tendrá necesidad de verbalizar-.

45 años es además, desde la manera en la que él pronunciará “mi Katya”, una película de catástrofes, como también explicitará el libreto por medio de un diálogo obsesivo acerca de cómo el cambio climático destruye los glaciares y puede llevarse por delante todo a su paso, por supuesto arrastrando en su torrente el cadáver incorrupto y descongelado de la muchacha, análoga fuerza destructiva.

           La obra ancla así su narración en esta cotidianeidad arrasada por un tsunami con nombre de mujer, donde la sucesión de sus efectos queda registrada desde un estilo realista que descarta los tremendismos del melodrama matrimonial y, en cambio, ahonda con naturalidad en el aspecto psicológico-sentimental del conflicto desde el punto de vista de ella, que es el personaje verdaderamente afectado y que experimenta una evolución más demoledora tras el insólito descubrimiento y sus secuelas aparejadas.

De este modo, 45 años arroja importantes cargas de profundidad en zonas tan comprometidas como la dificultad de cerrar las heridas del pasado y en el peso diario de sus cicatrices; las nuevas lesiones íntimas que abre el inclemente transcurso del tiempo, incapaz de aportar sosiego a la vorágine de vivir, y la insoslayable incertidumbre que domina las relaciones humanas.

           Afirmado sobre las excelsas interpretaciones de Rampling y Courtenay –sendos premios en el festival de Berlín-, Haigh dirige con expresividad y buen gusto una historia introspectiva y espectral. Un relato que desde la sencillez, la verosimilitud y el calor de la intimidad, se lanza con arrojo contra aspectos existenciales tremendamente oscuros y espinosos; de tamaño poder que pueden transformar el apacible verismo de la ambientación en un microuniverso apropiado para superponer un tenebroso cuento gótico.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

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