Victoria

12 Nov

“Las pelis buenas te embelesan y a las malas les ves las costuras. Las buenas las ves dos veces para ver los fallos, las malas te aburren y como no hay historia empiezas a darte cuenta de todo lo que no funciona. Con las buenas es imposible que te pase eso.”

Juan Antonio Bayona

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Victoria

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Victoria

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Año: 2015.

Director: Sebastian Schipper.

Reparto: Laia Costa, Frederick Lau, Franz Rogowski, Burak Yigit, Max Mauff.

Tráiler

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            Uno de los principales objetivos del plano secuencia consiste en favorecer la suspensión de la incredulidad del público suprimiendo de raíz uno de los elementos sintácticos definitorios del cine: el montaje. La erradicación –al menos aparente- del montaje, por tanto, es una herramienta para que la cámara fluya e imite con mayor fidelidad el ritmo y los movimientos de la vida, con sus imperfecciones y sus desencuadres fruto de la inmediatez y la improvisación. De este modo, se pretende que el espectador se sumerja, casi en primera persona, casi como un personaje más, dentro de las acciones que le proporciona el libreto del filme.

            El realizador alemán Sebastian Schipper -también actor de amplia trayectoria- emplea el plano secuencia, servido en una descomunal toma de 134 minutos, como recurso fundamental de Victoria. Gracias a ello, la cámara se acomoda a las idas y venidas de la protagonista, al devenir que desgrana paso a paso el azar y las circunstancias que la rodean. Un pedazo de realidad vívida y directa, que se dice sin intermediarios –apenas juegos con el sonido, el silencio y la música, más allá de la necesaria iluminación de la escena-.

Pero, contradictoriamente, el plano secuencia de Victoria registra un relato que suena poco creíble desde el primer minuto, en el que una joven española emigrada a Berlín (Laia Costa) decide compartir el resto de la noche con cuatro mastuerzos desconocidos, de pintas sospechosas, después de disfrutar sola de unos bailes y unos vodkas en un nada recomendable antro de la capital alemana, hambrienta de contacto humano y emociones negadas.

A pesar del buen pulso narrativo de la obra, es una sensación de inverosimilitud que, más aún, empeora a medida que avanza el metraje, cuando el argumento desbarranca en una trama criminal que, como escrita por un adolescente, desborda tópicos –los gánsteres de opereta, la tribalidad heroica-, incongruencias palmarias –¿qué clase de mafiosos encargan el robo de un banco a un tipo cualquiera, sus colegas de parranda y una camarera que no tenía mejor que hacer?- y desdichado tremendismo.

            Victoria pasaría por una reescritura con tono desaconsejablemente trágico de ¡Jo, qué noche!, una de las comedias más estresantes de la Historia del séptimo arte. No le falta de nada. Es decir, que a su agolpamiento de adversidades le sobran bastantes cosas para que una mente mínimamente escéptica pueda admitirlas. La síntesis de este grave problema se expresa en una secuencia climática donde Costa bota babas de manera grotesca, con ostensibles paladeos, para tratar de transmitir un desgarro que tan solo resulta sonrojante.

La barrera que levanta inicialmente la dificultad para creerse a la protagonista, por más que Costa intente lo contrario, es un obstáculo demasiado elevado al que después se le van sumando además una serie de peldaños que, definitivamente, resultan imposibles de escalar.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 2,5.

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