Outrage 2

8 Oct

Kitano: el ruido y la furia. Siempre a la contra, Takeshi se anima con una segunda parte de carnaza dedicada a sus seguidores/detractores. Outrage 2 para Ultramundo.

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“Se debe establecer una alianza entre querer hacer algo artístico y recordar a la vez que esto es un negocio. Esto es lo que hay.”

Tim Burton

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Outrage 2

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Outrage 2

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Año: 2012. 

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Tomokazu Miura, Ryô Kase, Fumiyo Kohinata, Hideo Nakano, Yutaka Matsushige, Tetsushi Tanaka.

Tráiler 

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            Takeshi Kitano es un tipo particular. Rebelde, contestatario e independiente a ultranza, su biografía y su expediente profesional se asemejan a un duelo por llevar la contraria a todo lo que se ponga por delante. En su juventud, Kitano abandonaría sus estudios de ingeniería mecánica para dedicarse a su verdadera pasión, el teatro, lo que andando el tiempo le acarreará fama nacional formando junto a Kiyoshi Kaneko del dúo Two Beats, con el que desarrollaban una especie de actuaciones de stand-up en escenarios teatrales, radio y televisión –el conocido como teatro mazai- sustentadas por el humor vitriólico, malintencionado y con buena parte de improvisación. De igual manera, su incursión en el cine parece otro acto de insurrección, puesto que, según afirma el cineasta en alguna entrevista, el séptimo arte era una actividad poco menos que prohibida durante su infancia, cuando la disciplina familiar abogaba por la preeminencia de los estudios y las actividades prácticas sobre cualquier tipo de ocio. Y no solo eso: contradiciendo su imagen pública como humorista, sus primeros papeles en la gran pantalla habían destacado por ser de todo menos simpáticos y risueños. Ahí está, por ejemplo, el bárbaro sargento del campo de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial que atormentaba a David Bowie y sus compañeros británicos en Feliz Navidad, Mr. Lawrence. De hecho, su debut tras las cámaras, Violent Cop le servirá para rodar su primera cinta criminal, en la que él mismo encarnará a un policía defensor de la justicia por su propia mano: un personaje con la autonomía y la acción individual por bandera, lacónico, agresivo, gorrón y pendenciero, pero también pueril y bufonesco, abordado con el distanciamiento irónico que caracterizará las aproximaciones de Kitano al agresivo universo de los mafiosos, gracias al cual hará especial fortuna en la crítica japonesa e internacional. Sin embargo, como decimos, esta apropiación del ‘yakuza eiga’ –y posteriormente del ‘chambara’ con su visión privada de Zatoichi– transgredirá de nuevo las convenciones genéricas para configurar un cosmos propio, poético y melancólico, patético y entrañable, que desmitifica a unos gánsteres atrapados sin remedio por el nihilismo y la muerte. Un halo lírico que, más adelante, estallará en Dolls, constatación pura de su alma de artista y ‘auteur’, otro paso personal e intransferible en una carrera donde deja así sentado que él se va a dedicar a hacer lo que le apetezca, lo que salga auténticamente de sus entrañas. Siempre y cuando sea posible.

            Así las cosas, en 2010, después de tres ejercicios filmados de reflexión artística y psicoanálisis de raigambre fellinianaTakeshis’Glory to the Filmmaker!Aquiles y la tortuga–, Takeshi Kitano, cada vez con más comentarios arreciando sobre su deriva y ensimismamiento cinematográfico, en especial por parte de sus otrora fieles, decide plantarse en firme y arrojar contra su público aquello que éste parece exigirle de malos modos: una vuelta a las andadas, un estallido de estilizada violencia yakuza como en los viejos y buenos tiempos. “Me gustaría poder hacer cine más artístico, pero tengo que hacer entretenimiento para tener espectadores”, reconocerá en unas declaraciones. Precisamente, Kitano se reía en Glory to the Filmmaker!, retrato de una crisis creativa, acerca de este engorroso encasillamiento en el cine criminal. Pero hasta en las supuestas concesiones a la galería, Kitano es un tocapelotas nato.

A través de esta contestación resignada pero brutal que es Outrage, el realizador japonés pone frente al objetivo a esa organización jerárquica y ritualizada hasta lo ridículo, y más casposa que gloriosa, que es la yakuza japonesa; rémora de épocas caducas, acechada por la gerontocracia, la incompetencia, las envidias, las traiciones, los intereses mezquinos y la violencia por la violencia. El matiz irónico y sedicioso que define el cine criminal de Kitano se torna aquí directo y descarnado, incluso en el empleo de un estilo formal mucho más convencional que de costumbre, representado en una violencia menos hierática, poética y fatalista; en cambio más cruda, explícita y epatante. Ya que tiene que regresar, condenado, al cine de gánsteres, a Kitano le apetece divertirse. A costa de sus admiradores/detractores, diríamos.

            Se ve que al menos eso consiguió. Y que esa es además razón suficiente para repetir experiencia y embarcarse en Outrage 2: más grande, más descarnada, más furibunda. La decadencia que se observaba en la yakuza en el primer capítulo extiende ahora sus garras sobre la política del país asiático, corrompida y asimilada al crimen dentro de una curiosa paradoja: mientras el Estado asume progresivamente prácticas mafiosas en su dinámica, la mafia suele pretender una consolidación de la legalidad de sus negocios, a pesar de que aquí esta máxima signifique la constitución de la familia Sanno-kai como una corporación característica del turbocapitalismo –sus operaciones bursátiles e inmobiliarias, la promoción de un escalafón de mando fundamentado en el rendimiento y la meritocracia- que goza además de las libertades sin límites garantizadas por el liberalismo desatado, incluido el empleo de la coacción política y la violencia como activo empresarial. Si el filme se abre con un agente anticorrupción y antimafia asesinado, la aparición de la organización criminal se produce, en contraste, con una junta directiva en la que se aboga por estos nuevos valores organizativos, pulcramente basados en la estimación y el cálculo.

De esta forma, mediado un lapso de cinco años, Kitano reencuentra a su terna de supervivientes de la sangrienta Outrage –el grisáceo ejecutivo Kato (Tomokazu Miura), el ambicioso contable Ishihara (Ryô Kase) y el sibilino detective Kataoka (Fumiyo Kohinata)-, encaramados a sus anheladas posiciones de poder –la presidencia de la organización, la vicepresidencia económica y un puesto de responsabilidad en la brigada antimafia, respectivamente-. Aunque, como se intuía en su antecesora, este ascenso se produce solo para que, como sucediera con sus antecesores, este trío de arribistas con suerte se metan de lleno en unas arenas movedizas bajo las que se esconde el infierno, ocultas por una maraña de códigos y jerarquías que, de tan ceremoniosas, intrincadas y traicionadas por la cínica doble moral del poder, quedaban todos ellos amalgamados en un aterrador y lamentable absurdo –un concepto similar, se intuye, al de su venidera comedia, Ryuzo and the Seven Henchmen, donde un grupo de antiguos yakuzas se reúne para vengar la honra de uno de los miembros del clan, víctima de un caso de ‘phishing’ en la red-. Un absurdo el cual derivaba inexorablemente en un baño de sangre.

En definitiva, repitiendo los errores que conducían a la espiral de destrucción de Outrage, Kato, Ishihara y Kataoka hacen caso omiso a estos aires apocalípticos que se respiran en los fotogramas –un fin ni siquiera dotado con el romanticismo de la crepuscularidad típico del término de una era, ni siquiera salvable con la reestructuración de la entidad hacia actividades de orden empresarial- y reinciden en su escalada hacia una cumbre que no existe. Las arenas movedizas del infierno: cuanto más trata de zafarse uno, más se hunde. Con motivo de esta hibridación entre violencia legal -de guante blanco- y violencia ilegal -de navaja y revólver-, el personaje de Kataoka, siempre investido de una afable e inquietante ambigüedad, cobra un mayor protagonismo en el metraje y refuerza su intuida posición en el tablero de juego como marionetista y equilibrista al borde del abismo, labor para la que se apoyará en la invocación de ese reglamento del honor criminal que, a estas alturas, ya nada significa. En él recae el principal interés de esta irregular cinta, a la que guía hasta culminar en un desenlace tan climático como un martillazo en el rostro, apropiadamente seco.

            Por otro lado, Kitano decide ‘resucitar’, cual ave fénix –símbolo presente en el tatuaje de una prostituta que lo atiende-, a su capitán Otomo, ese sufrido lugarteniente del hampa a quien los tejemanejes de los dirigentes de la yakuza llevaban de un lado a otro repartiendo y recibiendo plomo hasta dar con sus huesos en la cárcel.

Otomo surge en Outrage 2 como una rara avis dentro de este paisaje en el que los viejos dinosaurios no son conscientes de su extinción. Pese a asumir su condición de peón en el juego y hasta enorgullecerse de ella –su renuncia al liderazgo de su propia familia para permanecer como soldado raso-, Otomo es el único partícipe consciente de su carácter agonizante, lo que le convierte en un peón libre, despojado de los grilletes metafísicos que lastran los movimientos y las decisiones del resto. Quizás su determinación, típica de un hombre que se sabe muerto –idea que aconsejaba el bushido de los samuráis para estimular su intrepidez en combate-, es la que le permite observar desde la distancia y con lucidez la partida y, por ende, sortear las trampas del terreno para, paradójicamente, mantenerse vivo. Cansado de zarandajas, de formalidades y de lenguas dobles. Como sugiere en algunas conversaciones, a medio camino entre el sarcasmo y la honestidad, Otomo ya no se siente yakuza. Y, en consecuencia, sabe prescindir de estas ataduras y obstáculos interesados.

            El decorado terminal de Outrage y Outrage 2 es análogo por tanto al que el director tokiota dibujaba en sus ‘yakuza eiga’ precedentes. Solo varía la “furia” del título, concesión a los adoradores de una violencia que Kitano, desde su prisma particular, acostumbraba a exponer sin énfasis, de forma descarnada o, cuando se ponía humorístico, a través de elipsis ‘cartoonescas’. Sin concederle la mayor importancia, puesto que ésta únicamente representaba el acta de defunción de unos cadáveres que, casualidades de la vida, andaban y portaban pistola. Fardos que caen. Ahora, los fardos se contorsionan, gritan, gesticulan y se los desgarra espectacularmente, arropados por una banda sonora de pegajosos sonidos electrónicos que, ante la inminencia de la muerte, zumban a imitación de un moscardón ávido de la pestilencia de los cadáveres.

Si Outrage contenía salvajadas como la escena en la silla del dentista o el ahorcamiento en carretera, Outrage 2, tras un comienzo en el que los primeros homicidios se resuelven mediante inteligentes elipsis –un plano subjetivo convertido en fundido a negro por una bolsa negra-, arroja otras imaginativas y morbosas fórmulas de impacto visual como el empleo homicida de un taladro –en parte contenido con, de nuevo, una bolsa de plástico negro-, o una máquina lanzadora de pelotas de béisbol, crudísima en la simplicidad de su concepción y su ejecución. Kitano da carnaza a demanda.

            Por lo demás, Outrage 2 muestra asimismo abundante piloto automático en la dirección y la escritura del guion, y la agresividad de la propuesta no compensa la falta de garra que, en ocasiones, adolece el conjunto. Efecto de ese presumible cabreo de Kitano, que parece suponer la cesión de una gran porción de su testaruda personalidad autoral a cambio de la reclamada rutina, Outrage 2 no ofrece grandes aportaciones al género ni a la filmografía de Kitano, quien, hermanado con su personaje al otro lado de la cámara, es un guerrero todavía letal, repleto de recursos y de sabiduría, pero también fatigado, que avanza porque le empujan.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

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