De repente, un extraño

28 Sep

Las pesadillas del propietario yuppie tienen la cara de Michael Keaton. De repente, un extraño: La etapa de decadencia de John Schlesinger, en la segunda parte del especial dedicado a su figura en Cine Archivo.

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“Las películas deben surgir de los enfados.”

Samuel Fuller

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De repente, un extraño

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De repente, un extraño

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Año: 1990.

Director: John Schlesinger.

Reparto: Melanie Griffith, Matthew Modine, Michael Keaton, Mako, Nobu McCarthy, Laurie Metcalf, Carl Lumbly, Dorian Harewood, Luca Bercovici, Beverly D’Angelo, Tippi Hedren.

Tráiler

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           De repente, un extraño supone el retorno de John Schlesinger al thriller -género en el que había entregado una de sus películas más recordadas, Marathon Man-, después de encadenar sendos fracasos con la propuesta de terror religioso Los creyentes -de la que también era productor y que sería denostada por crítica y público-, y Madame Sousatzka -un drama con el que regresaba a territorio británico y que al menos le valdría a Shirley MacLaine un premio en el festival de Venecia por su papel protagonista-. No corrían, pues, buenos tiempos para la carrera del cineasta británico, que incluso en la década de los ochenta, abierta con el descalabro de la comedia Desmadre en la autopista, había aceptado dirigir, cosechando cierto prestigio con ello, eso sí, un par de producciones para la televisión –An Englishman Abroad y Separate Tables-; un medio que hasta ahora había repudiado una vez dejados atrás sus orígenes como realizador en la pequeña pantalla.

            De esta manera, Schlesinger vuelve al cine evasivo y comercial merced a un duelo psicológico que se establece entre un reparto de actores emergentes o en boga –Melanie Griffith, Matthew Modine y Michael Keaton- a partir de un argumento que hace palanca en una de las fuentes de inquietud más esenciales que existen: la irrupción del mal absoluto en la santidad del hogar. La violación del sancta sanctorum del individuo, de su refugio contra una sociedad hostil que lo aflige y hostiga.

Es decir, que en De repente, un extraño la atmósfera maligna mana de espacios interiores y cotidianos -aquellos que por lo general deberían ofrecer cobijo a los protagonistas- al contrario que otras de las cintas de intriga y de terror del londinense, sobre todo las citadas Marathon Man y Los creyentes –a las que se añade la posterior Ojo por ojo-; películas donde la composición de decorados de ‘amenaza étnica’ en el contexto urbano de Nueva York y Los Ángeles –los barrios marginales de las megalópolis americanas, convertidos en una nueva Babel exótica, incomprensible y desbordada de pecados y pecadores-, resultará un elemento clave en el enardecimiento de la tensión dramática.

Es más, el concepto de la apariencia desempeña un importante papel en el argumento del presente filme, puesto que no solo el azar –el extravío casual de una solicitud previa, efectuada por un hombre afroamericano que planta cierta oposición a la hora de revelar su estado financiero- interviene en el cruce de caminos entre la idílica pareja formada por Modine y Griffith y el torvo inquilino interpretado por Michael Keaton -quien ya había demostrado el año anterior en Una pandilla de lunáticos que podía ofrecer un notable rendimiento en el rol de perturbado mental gracias a su particular fisionomía y a la intensidad de su presencia; cualidades interpretativas que, por cierto, le ha valido ser recuperado para la causa con la reciente Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)-.

“Con esos zapatos sucios no le concederán un crédito”, grita un limpiador de zapatos a la puerta de un banco para ilustrar (interesadamente) este conflicto que genera la imagen exterior, sus servidumbres y sus prejuicios asociados. La apariencia, entonces, será fundamental para que Modine, deslumbrado por un deportivo de alta gama y un ostentoso fajo de billetes, adornados por la arrogante jerga yuppie de Keaton, acepte sin apenas trabas que este perfecto desconocido se aloje en uno de los cuartos de su recién adquirida casa victoriana de San Francisco –una treta idéntica a la que, después, librará al malhechor de la cárcel, esta vez con Tippi Hedren como víctima, madre de Griffith y uno de los cameos ilustres de la obra, amén de la fugaz visita del propio director-. Asimismo, la apariencia precipitará de nuevo la desgracia para el personaje de Modine, empeñado en demostrarle a su mesurada novia que, como buen macho alfa, con los métodos que impone una fantasía de virilidad como, por ejemplo, John Wayne, es perfectamente capaz de encargarse de este malintencionado forastero. Solo, por supuesto, para verse patéticamente superado por las circunstancias, más sutil e inteligentemente capeadas por la mano femenina de Griffith. Pero, en cualquier caso, la apariencia, como sabrá cualquier usuario de redes sociales, acostumbra a ser pura ilusión. Y antes de dejar entrar a un desconocido en casa, es mejor comprobar a fondo su historial. O si no que le pregunten a la ancianita de El quinteto de la muerte, con la cual, a su modo, se podría emparentar esta película, casi con gotas agregadas de El quimérico inquilino y Esta casa es un ruina.

            De repente, un extraño –reinterpretación española del original Pacific Heighs y que haría fortuna como titular periodístico recurrente-, entremezcla el suspense con detalles de comedia negra –no del todo exitosos- que se exprimen de la crueldad sádica con la que se entabla el duelo psicológico entre esta joven y atractiva pareja -dueña de un fabuloso futuro por delante, aparejado a su sueño como propietarios de una preciosa mansión-, y la oveja descarriada de una familia de millonarios que sobrevive haciendo la vida imposible a arrendadores en situación financiera inestable, bien con el fin de parasitar alojamiento gratuito, bien hasta el punto de forzarlos a abandonar el edificio para apropiarse de él legalmente.

La presentación de ambos contendientes es ya explícita acerca de su naturaleza y sus intenciones particulares: el metraje comienza con un escenario tórrido y abrasador, donde Keaton y una mujer hacen el amor espoleados por la típica partitura de thriller erótico noventero que ofrece Hans Zimmer, mientras que diversos objetos –un bate de béisbol en el asiento trasero de una sucia camioneta, una fotografía en blanco y negro de dos niños y una maqueta de un ostentoso condominio- desvelan varias claves argumentales del filme –violencia inminente, pasado traumático, turbios asuntos de dinero-. Por su parte, en contraste con la paliza que recibirá Keaton para redondear su índole sospechosa, Modine y Griffith hacen acto de presencia a continuación en un San Francisco soleado e idílico, sonrientes, enamorados y acunados por una música más optimista y positiva que subraya su esfuerzo en rehabilitar la casa que acaban de comprar para fundar una familia perfecta y, enseguida, el acto sexual delicado y romántico con el que confirman físicamente estos loables propósitos.

No obstante, cabe señalar que Keaton no es más que la expresión última de un mal que ya anidaba en la decisión inicial de Modine y Griffith de adquirir el inmueble: una utopía imposible de costear, a pesar incluso del falseamiento de los datos fiscales que los dos amantes no dudarán en acometer. Son, en definitiva, los coletazos de la década del ultraliberalismo capitalista de Ronald Reagan y la era dorada del yuppie, ambicioso consumidor de élite.

            La trama de De repente, un extraño procede de la desdichada experiencia como casero del guionista televisivo Daniel Pyne, debutante aquí en la gran pantalla. De ahí la diatriba con conocimiento de causa y rabia indisimulada que el libreto descerraja contra de las absurdas leyes californianas que confabulan contra los propietarios y que, explicará una abogada en cierta escena, “tienen como efecto proteger a cualquier cretino que pueda instalarse en su propiedad para, lentamente, conseguir que se arruinen y se vuelvan locos”. A causa de la influencia pestífera de Keaton y sus maquiavélicos tormentos, estos tonos antitéticos de los personajes terminan colisionando y enturbiándose hasta conformar un lugar nocturno, lluvioso, malsano y opresivo, en el que restallan instantes de gran violencia física y psicológica que convierten en incómoda a la combinación de intriga y comedia del filme –y más incómoda hubiera sido de no eliminar uno de los detalles de la personalidad del villano: su bisexualidad, que le habría llevado a emprender aproximaciones eróticas hacia sendos protagonistas-.

Es curioso cómo a lo largo de este juego del ratón y el gato se da una situación análoga a Marathon Man, en la cual se revertían los papeles fijados al principio de la función y la condición de presa se traspasaba de Dustin Hoffman –el apocado estudiante acosado en la introducción por sus vecinos puertorriqueños- al criminal nazi de Laurence Olivier –que recorrerá minimizado y atemorizado el barrio judío de Nueva York durante el desenlace-. En De repente, un extraño este cambio de tornas tiene su expresión en un recurso lingüístico concreto: un vertiginoso y mareante travelling circular que, respectivamente, subraya el momento de mayor angustia y desesperación para cada uno de los antagonistas.

Y es que, para reflotar interés de la cinta, la dulzura femenina de Griffith se rebela contra ese universo de apariencias odiosas, lo que permite abrir un nuevo juego de intriga que solventa los altibajos de ritmo que padece el libreto, el cual acusaba también cierta tendencia a emplear unos siempre cuestionables descubrimientos fortuitos como hilo con el que enhebrar el desarrollo de la narración hasta conducirla, por desgracia, hacia una resolución un tanto pobre para esta pavorosa y factible pesadilla del ciudadano propietario –un problema socioeconómico y hasta cultural que, maliciosamente, la obra constatará en su conclusión mediante su insinuada herencia por parte de una nueva pareja compradora de la casa-.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6.

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