La aventura

12 Sep

“Fellini, Kurosawa y Buñuel se mueven en el mismo campo que Tarkovski. Antonioni tomó su propio camino, pero expiró, asfixiado por su propio aburrimiento.”

Ingmar Bergman

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La aventura

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La aventura

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Año: 1960.

Director: Michelangelo Antonioni.

Reparto: Monica Vitti, Lea Massari, Gabriele Ferzetti, Dominique Blanchar, James Addams, Renzo Ricci, Esmeralda Ruspoli, Lelio Luttazzi.

Tráiler

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            Con el Neorrealismo -movimiento honesto, comprometido y a pie de calle-, resquebrajándose en vertientes más amables y cómicas, surgidas en paralelo a la recomposición -al menos económica- de Italia, nacen asimismo en el cine trasalpino otras personalidades muy marcadas e independientes, que recogen esa inquebrantable sinceridad del movimiento cinematográfico del país para asimilarla a un prisma absolutamente personal e intransferible de observar la realidad que les rodea. Su sinceridad autoral, su rigor artístico y su perspicacia humana será reconocida hasta el punto de convertirse en auténticos hitos culturales.

Así, mientras que para Federico Fellini la realidad es todo aquello que atraviese el particularísimo campo de sus pensamientos, su memoria y su imaginación, para Michelangelo Antonioni esa realidad parece quedar deformada con el objetivo de, paradójicamente, retratar con la mayor crudeza y poder incisivo cuestiones sobrecogedoras como el vacío existencial, el desmoronamiento de las certezas individuales, el hostigamiento que sufre la intimidad a causa de la convivencia en sociedad o acaso por el mero hecho de existir,…

De esta manera, la crudeza de los cuadros de este “cineasta que pinta”, como él mismo se definía, no es tanto el colectivo como ente dotado de unos problemas materiales y sociales, sino el desolado yo interior y el complejo y quebradizo paisaje psicológico que esconden los personajes detrás de su fachada cotidiana. Un rasgo que, en cualquier caso, también comparten en común como seres humanos.

            La aventura es el primer episodio de lo que los historiadores de cine han venido a agrupar como Trilogía de la incomunicación, que se prolongará los dos años siguientes con La noche y El eclipse. Desde su título, el filme condensa dos peliagudos significados en un solo concepto: la exploración intimista de Claudia (Monica Vitti) en busca de sí misma y el affaire romántico que tendrá con un hombre que, a priori, no debiera según dictan esas presuntas certezas que constituyen su identidad –ser una mujer amante de los hechos y los sentimientos sencillos, fiel a su amiga Anna dentro de una relación con tímidos toques de influencia sexual-.

Trenzada a partir de la desaparición literal y simbólica de Anna (Lea Massari) -a quien no le basta el afecto de sus semejantes para ser feliz-, la trama de La aventura desarrolla una densa indagación en los dilemas y tormentos de Claudia, lo que en la dimensión escénica, emanación del sentir de la protagonista, se traduce en un viaje desde las islas Eolias -estériles, volcánicas y azotadas por el viento-, hasta la espectacular Sicilia barroca y el boato de los caserones nobiliares de la región, tan conflictiva como hechizante. La investigación que plantea Antonioni, por tanto, no se refiere a la desafortunada Anna, sino a Claudia y su evolución personal, ligada a su relación con Sandro (Gabriele Ferzetti), novio inconstante de la anterior.

            A lo largo de la odisea se vislumbra el fracaso de la pareja y su prolongación artificial, el matrimonio, como presunta institución leal, inmutable y perfecta; víctima entonces de la desidia, la rutina, la disparidad entre sus componentes y, por qué no, los embates de la pasión irracional y egoísta. Por otro lado, confluyen problemáticas locales como el sometimiento de la mujer como objeto de deseo y desprecio. En cierta manera, se trata de coyunturas que otros cineastas, como Pietro Germi en sus obras sicilianas, acertaban a exponer de forma más divertida, menos grandilocuente y sin demasiada diferencia de enjundia; al igual que el propio Fellini en La dolce vita, su visión de la indolencia, la decadencia y la amoralidad del Belpaese.

            Muchas veces, ya se sabe, la solemnidad o su ausencia no tiene por qué significar más que eso, solemnidad o ausencia de solemnidad, sin relación con la profundidad o la complejidad de la propuesta. Antonioni ofrece una galería de composiciones magistrales en el empleo expresivo de la geografía, la naturaleza y la arquitectura sícula; espacios donde naufragan sus criaturas, desconectadas entre sí.

El realizador italiano, siempre atento al cómo se cuenta –y sobre todo al cómo lo cuento yo-, se embandera a ultranza en su estilo característico, que por momentos induce una hipnosis onírica muy sugerente pero que, en otras ocasiones, dejando de lado el imprescindible empleo del silencio como herramienta de disección del vacío de los personajes, también parece simple regodeo en la dificultad, el engolamiento autoral autocomplaciente y el desprecio del ritmo como signo de elitismo intelectual.

Tanto es así que los personajes, retorcidos y deformados en su fustigamiento melodramático, terminan por resultar monigotes, autómatas de aspecto (interior) muy elaborado pero irreconocibles en definitiva y ajenos a la empatía, desde ese abrupto chispazo de amor fou que dinamita los valores emocionales de Claudia hasta sus constantes y agotadoras idas y venidas sentimentales.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 6.

6 comentarios to “La aventura”

  1. Sergio Sánchez (@sesaga58) 12 septiembre, 2015 a 15:59 #

    A mi me fascina casi por lo mismo por lo que a ti no te ha convencido.

    • elcriticoabulico 13 septiembre, 2015 a 13:44 #

      Cierto, te había leído acerca de tu fascinación por La aventura. Yo tengo que confesar que me cuesta mucho conectar con el cine de Antonioni. Sus personajes suelen serme del todo ajeno y, lo que es peor, aburridos. Hay indagaciones formales muy curiosas, pero me parece que también se hunde en pose y elitismo. Quizás cambie de impresión con el tiempo. Lo seguiré intentando.

  2. altaica 21 septiembre, 2015 a 20:01 #

    Está en inglés en el blog de Marías, pero al traducirlo pierde una barbaridad. Gracias, no obstante

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