Archivo | 16:12

Nightcrawler

16 Ago

“Los periodistas de ahora van a lo duro, a lo sensacionalista, si no, no les interesa. Para mí esos tipos no son periodistas, sino simplemente imbéciles. Y yo siempre he odiado a los imbéciles.”

Alain Delon

.

.

Nightcrawler

.

Nightcrawler

.

Año: 2014.

Director: Dan Gilroy.

Reparto: Jake Gyllenhaal, Rene Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, Kevin Rahm.

Tráiler

.

          En 1976, Travis Bickle, insomne por la pesadilla de Vietnam y con un complejo mesiánico traducido en violencia psicótica, patrulla con nocturnidad las calles de Nueva York para regenerar, sangre y fuego mediante, su tejido gangrenado por la delincuencia, la inmoralidad y el desengaño. En 2015, con cuatro décadas de diferencia y una costa de distancia, Louis Bloom patrulla de noche las calles de Los Ángeles. Pero la degradación y el desplome hacia el abismo del país norteamericano no despierta en él sensaciones religiosas, ni reacciones explosivas. Louis Bloom, movido por la curiosidad de naturalista hacia unos seres que le repulsan y le producen intriga a partes iguales, solo levanta su cámara y graba, en busca de la toma perfecta.

A través de Taxi Driver y Nightcrawler se puede trazar la transformación entre los convulsos años setenta, desencantados y airados, y el presente dominado por la imagen deificada y la resistencia pasiva y conformista hacia las circunstancias adversas y agresivas. En estos tiempos, la revolución es televisarlo. O twittearlo.

          Si Clark Kent es la proyección que un kryptoniano como Supermán ensayaba de los seres humanos –torpes, inseguros, tímidos pero con buen fondo-, el protagonista de Nightcrawler es asimismo la proyección que el psicópata Louis Bloom (acertado Jake Gyllenhaal) posee de esos mismos seres humanos a los que aborrece y entre los que está condenado a moverse. Es un disfraz, una imitación que adopta los rasgos predominantes que, con avidez de carroñero, absorbe a través del ordenador y de la televisión: los de unos tipos con morbosa afición por lo cruento, que venderían a su madre por el triunfo personal y escudados en una retórica empresarial falaz y mareante con el fin de esconder sus bajos instintos de saquear la hacienda del prójimo y de explotarle como a un animal.

Y, como esas criaturas que observa y copia, Louis Bloom y su máscara son burdos –redoblados por el guion de Dan Gilroy, también debutante como director, proclive a explicitar su mensaje con pueriles subrayados verbales-. Su caricaturización del entorno, en cualquier caso, resulta más estimulante y desternillante en las conversaciones que mantiene con su subalterno -al que dada su situación puede comprar por 30 dólares la jornada y un contrato verbal de interinidad-, que los que entabla la jefa de informativos (la renacida Rene Russo, esposa de Gilroy) con quien negocia en carne y ambición la sangre digital de sus videos y su suspense de snuff-movie improvisada.

          Detrás del objetivo de su cámara y de sus enormes ojos de insecto, Bloom registra los monstruos humanos que alberga una de las principales ciudades del país de la libertad y las oportunidades, la voracidad antropófaga de los medios sensacionalistas, la realidad como exclusivo producto televisivo –con las partes aburridas eliminadas, pixelado lo que solo apetece ver a medias, editado para generar expectación y emociones- y el ultracapitalismo amoral como unidad de medida del mundo. El progresivo derribo de barreras deontológicas en pos de la imagen más cercana, más sangrienta y más impactante que satisfaga a la audiencia, el empleo de los términos de negociación como verdad inquebrantable, el sometimiento de todo al valor del mercado y la ley de la oferta y la demanda.

          Manejando con notable atmósfera e impecable equilibrio un tono narrativo situado entre el thriller alucinado, la farsa y el grand gignol, Gilroy recurre a la banda sonora de James Newton Howard para, con efectos paradójicos, ensalzar la emoción de escenas donde Bloom expone las motivaciones que todo profesional digno de tal nombre debe tener, o bien cuando perpetra un acto denigrante para obtener un plano más logrado: el arte –o la eficacia comercial, que es lo mismo-, cueste lo que cueste.

Son los puntos de inflexión en su carrera hacia el éxito como saludable emprendedor, en definitiva, que mira sonriente hacia el futuro –el suyo, el que nos espera-. Aquellos clímax que los melodramas sociales más inspiradores envolverían asimismo en notas épicas y conmovedoras.   

          Louis Bloom, inquietante, capaz de poner nervioso al más pintado con su ordinaria extravagancia, es el reflejo del hombre de hoy.

.

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

A %d blogueros les gusta esto: