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Los inútiles

13 Ago

“Los jóvenes de hoy no parecen tener respeto alguno por el pasado ni esperanza alguna para el porvenir.”

Hipócrates

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Los inútiles

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Los inútiles

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Año: 1953.

Director: Federico Fellini.

Reparto: Franco Interlenghi, Franco Fabrizi, Alberto Sordi, Leopoldo Trieste, Riccardo Fellini, Leonora Ruffo, Jean Brochard, Claude Farell, Carlo Romano, Lída Baarová, Enrico Viarisio, Paola Borboni, Achille Majeroni, Arlette Sauvage, Guido Martufi.

Tráiler

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            Indolentes, aprovechados, descarados, irrespetuosos, egoístas, infantiles,… La juventud de Los inútiles es la juventud de siempre, aquella sobre la que los babilonios ya se quejaban en sus tablillas de arcilla, la juventud ni-ni que trae de cabeza a los adultos de hoy y la juventud que despertará miradas de reproche entre los antiguos jóvenes del ayer.

            Federico Fellini mira a la juventud italiana posterior a la Segunda Guerra Mundial y solo encuentra el marasmo y la desidia focalizados hacia la nada absoluta, lindando con una cierta crueldad hija del aburrimiento –el mujeriego Fausto Moretti, el sarcástico Alberto (enorme Alberto Sordi)-, que sí parece justificar las afirmaciones acerca de la banalidad del mal que pronunciaba Hanna Arendt, comunes además en el espíritu mediterráneo como insistirá Juan Antonio Bardem en Calle mayor, película que toma prestada de ésta cierta atmósfera geográfica y humana. Sin embargo, Los inútiles compone una visión desencantada de la sociedad del país transalpino que se prorrogará con La dolce vita, de nuevo una parranda constante –aquí pueblerina, allí glamurosa- en las cuales, a pesar de la celebración y el libertinaje, el tono de la narración dista mucho de ser festivo.

Los protagonistas de Los inútiles vagan de madrugada por las calles apurando el penúltimo vino, el penúltimo beso rastrero. Pero el escenario que les ofrece Fellini es frío, barrido por el viento, desapacible y lánguido. Triste, muy triste. Como si esta generación de crápulas a la fuerza sintieran ya melancolía por la pérdida de una existencia plena que no han tenido ni tendrán. Fellini transmuta así la raigambre neorrealista de las calles del lugar en cierta ensoñación incómoda, una duermevela rayana en pesadilla cotidiana y patética dictada al compás del theremín.

            Heredero de las experiencias del autor en su Rímini natal –apenas contaba con 33 años en el momento del estreno del filme, pocos más que los protagonistas- y por tanto dueño del punto de vista durante la mayor parte de la narración, el todavía inocente e idealista Moraldo (Franco Interlenghi), camino de marchitarse, enhebra la trama de este retrato costumbrista debatiéndose entre la contaminación o la huida de esa especie de cuna, cárcel y pudridero que es el pueblecito de provincias donde el grupo de amigotes trata de matar los años. Su mirada es limpia, apesadumbrada y taciturna por una consciencia de la situación que no poseen sus compadres, quienes no respetan a propios ni extraños. Pero no es moralista, sino casi comprensiva, o cuanto menos compasiva, como apuntaría asimismo –solo parcialmente, con cierta ambigüedad- el desenlace entre Fausto y Sandra.

A fin de cuentas, Moraldo-Fellini sabe que no es difícil convertirse en un inútil cuando las circunstancias, incluso el destino, confabulan a su favor.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8,5.

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