Wall Street 2: El dinero nunca duerme

4 Ago

El regreso de Gordon Gekko deja tras de sí un desagradable tufo de mediocre oportunismo por parte de un autor cuya filmografía se ha caracterizado por un saludable espíritu contestatario y de firme compromiso con los valores sociales y democráticos. Para la segunda parte del especial sobre Oliver Stone en Cine Archivo.

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“El dinero y el éxito no cambian a la gente; solo magnifican lo que ya estaba ahí desde un comienzo.” 

Will Smith

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Wall Street 2:

El dinero nunca duerme

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Wall Street 2

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Año: 2010.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Shia Lebeouf, Michael Douglas, Carey Mulligan, Josh Brolin, Eli Wallach, Vanessa Ferlito, Susan Sarandon, Jason Clarke, Frank Langella, Charlie Sheen.

Tráiler

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           En 2008, cuando los vientos del desplome económico global se pueden paladear con nitidez en el ambiente de Wall Street, Gordon Gekko lleva ya nueve años en libertad. Vive de alquiler, usa bonometro, bebe intragables Heinekens y se peina sin gomina. Hasta el bisoño ‘Buddy’ Fox de la película original se ha convertido definitivamente en Charlie Sheen, con dos pibones por banda, vodka en popa y a toda fiesta. Pero, sobre todo, el cambio sustancial de este nuevo escenario es que, tras su paso por la penitenciaría, Gekko se ha convertido en la voz de la conciencia contra los abusos de los tiburones de la Bolsa, de los que otrora era rey. De hecho, intenta de subsistir honradamente vendiendo su libro de teoría económica en el que, a modo de oráculo omnisciente, predice paso por paso el estallido de la burbuja de las hipotecas subprime y demás activos tóxicos que flotan sobre el parqué financiero, y que de inmediato comienzan a cobrarse en carne sus primeras víctimas. “La codicia ya solo no es buena”, observa Gekko a propósito del triunfo y la vigencia de su célebre monólogo, “sino que ahora también es legal”.

           Desde el Lunes negro de 1987 -al cual anticipaba en el guion pero que se adelantaría incluso a la fecha de estreno de Wall Street-, Oliver Stone salta a otra recesión todavía más traumática y prolongada en el tiempo, la comenzada en 2008 y aún en curso, para encadenar ambas a través de la figura maquiavélica y parasitaria de Gordon Gekko, campeón del capitalismo. Situada cuanto menos a la par y probablemente por encima de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y la subsiguiente guerra contra el terrorismo fundamentalista, la crisis económica mundial y sus consecuencias son el acontecimiento más decisivo del apenas estrenado siglo XXI en cuestión de efectos (víctimas) sociales, culturales y personales. Es decir, la piedra angular de un contexto en el que la caja de cartón se ha erigido en protagonista indiscutible en su función de colector de objetos personales durante los primeros colapsos empresariales y los despidos masivos, y, posteriormente, en demasiados casos, como último y mísero refugio para aquel a quien nada le ha quedado.

De esta manera, el desgarrador entorno presente, hijo bastardo de los hijos de Gekko –es constante la alusión de actores y director a las generaciones de brokers y ejecutivos empresariales que les reconocieron fervorosamente la influencia del personaje en su vocación-, sirve en bandeja a Stone la oportunidad de enmendar el principal defecto que arrastraba Wall Street y arrasar la mitificación de Gekko exponiéndolo de forma directa frente a los efectos colaterales de sus desmanes, inadvertidos en la cinta: la pérdida de empleo, la destrucción de las garantías sociales y los derechos laborales, la subasta del individuo al mercado en el nombre de una competitividad mal entendida, el empobrecimiento sistemático y crónico, etcétera. Sin embargo, Stone, un cineasta que parece con el rumbo perdido desde hace algún tiempo, se decantará por realizar una lectura del cataclismo financiero donde la vertiente melodramática posea un peso mucho más pronunciado que el análisis profundo de los pavorosos y censurables tejemanejes políticos, económicos y morales que conducen al desastre todavía en ciernes en la película.

           Es una lástima, porque Stone, como demuestra en sus crónicas americanas –tanto en las recreaciones de ficción como en la interesantísima serie documental La historia no contada de los Estados Unidos– posee una esquinada capacidad crítica y una notable perspicacia para desentrañar los mecanismos de poder que mueven al país y, por extensión, al mundo entero. Dentro de lo farragoso que resulta una narración inmersa hasta el fondo en la jerga mercantil, destaca el valor de apuntar no hacia el error humano, sino hacia la (evidente) estafa calculada y cíclica –“tú eres el verdadero activo tóxico”, le recriminará el joven Jake Moore (Shia LaBeouf), agente de bolsa aún con conciencia humana, al cínico potentado que aspira ser su mentor, principal villano de la trama-. Es ésta una teoría fundada que comparten, de forma más elaborada y penetrante, filmes coetáneos como la estimable Margin Call –donde la avaricia del ciudadano común es asimismo parte sustancial del desaguisado-, la francesa El capital, del combativo Costa-Gavras, y, en especial, el popular documental Inside Job, que se encarga además de agregar a su contenido un (improcedente) juicio moral acerca de las costumbres depravadas del alto capitalismo, revelación última de que, en efecto, advierte que la cautivadora y atrayente sofisticación de Gekko en realidad no era tal –a pesar de que otras películas como El lobo de Wall Street reincidan en las maravillas decadentes de la vida del ultraliberal sin escrúpulos: un simpático pícaro al que únicamente puede inculpársele de que la juerga se le haya ido de las manos-.

En este sentido, en Wall Street 2: El dinero nunca duerme, el imaginario banco de inversión Churchill Schwarz –un concepto siniestro y delirante que vale por sí mismo un filme de denuncia- actúa como trasunto de los infames Goldman Sachs y J.P. Morgan/Chase, sobre todo por los paralelismos que se trazan en su dudosa compra a la baja y posterior venta al alza de su homólogo Bear Stearns, todo bajo la supervisión y connivencia de Henry Paulson, Secretario del Tesoro, adalid de los preceptos neoconservadores de desregularización absoluta para la iniciativa comercial –aunque esta iniciativa solo sea una modalidad sublimada del timo de la estampita, la estafa piramidal y la venta de humo-. Por otro lado, personalizado en la madre del protagonista (Susan Sarandon), ex enfermera y ahora desordenada agente inmobiliaria, se apuntan culpas con timidez hacia el propio contribuyente, ávido de conseguir su trozo del pastel sin importarle las implicaciones éticas o racionales. Se trata no obstante una alegoría roma, pueril y aficionada al subrayado explícito, como será norma en la función.

           Pero, en cualquier caso, a Stone le falta rabia en su propuesta. La mala leche de Wall Street 2: El dinero nunca duerme se ahoga en un desatinado relato de redención familiar –el intercambio de información de Gekko a cambio del amor de su hija- y en una pobremente construida venganza individual –el intento de Jake de derrocar al malévolo Churchill Schwarz para limpiar la memoria de su antiguo preceptor en los negocios, un viejo dinosaurio que, como Hal Holbrook en la primera entrega, recuerda con nostalgia una fabulosa dignidad perdida en estos tiempos inciertos-. Dos vertientes dramáticas que desembocan en un discurso que gravita constantemente alrededor del concepto de “riesgo moral”, tanto en su candente faceta económica –el riesgo suicida que asume un inversor sabiendo que las pérdidas repercutirán en terceros-, como en su indisociable derivación existencial –la aplicación reincidente e irreparable de este comportamiento egoísta y parasitario como forma de entender la vida-.

La impropia ración de tópicos, la pereza en el dibujo de los personajes y la inanidad general del argumento, combinados además con los clásicos desbarres formales marca de la casa, de cuestionable gusto, escasa originalidad y nula utilidad expresiva –las pantallas fraccionadas, las sobreimpresiones,…- amén de una empalagosa banda sonora, condenan sin remedio a un filme que desaprovecha abiertamente sus posibilidades. Y es que la mayor decepción con Wall Street 2: El dinero nunca duerme proviene de que la obra deja tras de sí un desagradable tufo de mediocre oportunismo por parte de un autor cuya filmografía se ha caracterizado por un saludable espíritu contestatario y de firme compromiso con los valores sociales y democráticos.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 4.

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