Siempre Alice

31 Jul

Crítica de Siempre Alice para Cine Archivo: de los fotogramas a su pañuelo moquero.

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“Yo pensaba que lo más jodido de mi vida había sido la censura de Franco. ¡Pues no! Lo más jodido es la pérdida de la memoria.”

Luis García Berlanga

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Siempre Alice

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Siempre Alice

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Año: 2014.

Director: Richard Glazer, Wash Westmoreland.

Reparto: Julianne Moore, Kristen Stewart, Alec Baldwin, Kate Bosworth, Hunter Parrish, Shane McRae.

Tráiler

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             No es difícil conmover con una película sobre una tragedia humana como la que supone caer víctima de una enfermedad agónica e irreparable. Los muros de Facebook están repletos de diarios de fotos de personas que se despiden de la vida a causa de un cáncer o de inspiradores discursos sobre el carpe diem de gente atropellada por el tempus fugit. Nada en contra de ellos. Es legítimo –no solo legítimo, sino ‘obligatorio’ para todo aquel que disponga de una mínima empatía humana- sentir cómo a uno se le revuelven las entrañas cuando se pone en la piel del prójimo que sufre tamaña desgracia: no solo encarar con certeza el Mal último, definitivo e incognoscible; sino además hacerlo de forma lenta, inevitable y consciente. Una demostración práctica para todos los mortales de su propia mortalidad. Un aviso para navegantes, una enseñanza existencial que sin duda el ya fallecido Richard Glazer, director de la cinta, podía transmitir desde su propia voz, afectado por el ELA como estaba.

             Siempre Alice tiene todos los ingredientes para emocionar. La historia desgarradora de una mujer joven, guapa, querida y culta a la que un diagnóstico de Alzheimer precoz le traza, con la mayor crueldad posible, una meta final que no es solo una muerte, sino algo peor: la paulatina pérdida de la identidad que le hace ser ella, tanto en sentido psicológico como vital. Una muerte en vida. “Preferiría tener cáncer”, confesará la protagonista en cierta escena. Es decir, de todas las aflicciones posibles, Alice padece la peor. Palabra de doctora en psicología cognitiva que investiga la conexión entre léxico, identidad y neurología, y que asimismo, por generación demográfica, ha conocido de primera mano los estragos del Sida –enfermedad que ha demostrado su poder de conmover y cosechar premios cinematográficos en ejemplos como Philadelphia o Dallas Buyers Club-.

Siguiendo esta idea orientada hacia el gran público, la historia contiene, licuados, las figuras de un villano –el padre de Alice, que además de alcohólico se le apunta como transmisor de esta tipología hereditaria de Alzheimer; luego un marido demasiado enfrascado en su trabajo-, la imagen de una segunda oportunidad de redención –la reconciliación con su hija díscola y romántica, emperrada en ser actriz de teatro y no estudiar una carrera como el resto de sus ambiciosos hermanos- y, en definitiva, la puerta abierta para la protagonista de regalarse una despedida mediante la cual ponerse en paz consigo misma –la voluntad inquebrantable de seguir hacia adelante contra viento y marea; los nietos, la conciliación familiar- y con la sociedad –el discurso épico que llama a la conciencia social de una patología a la que se retrata incluso como condenatoria a la marginalidad, coronado con un festival de llantos, aplausos en pie y dignidad reivindicada-.

             En resumen, Siempre Alice es un relato concebido y diseñado para que el respetable saque el pañuelo moquero. De esta manera, el libreto se limita a recopilar con redundancia y condescendencia el desmoronamiento mental de una mujer que lo tenía todo y a la que le va quedando nada. La narración es puramente descriptiva, basada en el encadenamiento, uno detrás de otro, a cada cual más terrible, de las manifestaciones del Alzheimer que, en dura batalla, destruyen la personalidad de la desdichada Alice hasta convertirla en una triste sombra de sí misma. Pero a pesar de lo tremebundo del caso, el filme no consigue penetrar en el alma de los personajes, y sus circunstancias y problemas son abordados de forma superficial –la actitud del esposo, la ambigüedad de la hija mayor, el dilema de la benjamina-. Es significativa la aplicación en el guion de renovadas inyecciones de melodrama para mantener el pulso y el interés –el componente genético, la velocidad del deterioro neuronal,…-. En comparación con la crudérrima y absolutamente lacerante Amor -aunque la demencia que aparece en la obra maestra de Michael Haneke sea senil- o incluso con el encomiable, matizado y genuinamente lírico tratamiento de la primera mitad de Lejos de ella –donde solo aparece un único síntoma y una vez conocido el diagnóstico se deja espacio para la ternura, el humor y la mala leche que también componen la existencia humana-, los resultados de Siempre Alice son fríos, una teatralización demasiado planeada, demasiado ensayada y demasiado vista. Se observa qué les ocurre a los personajes, pero no se los conoce.

             Obviamente, se trata de un excelente vehículo de lucimiento interpretativo que Julianne Moore se encarga de acometer con técnica y oficio. Pero no conviene olvidar que, como el filme en conjunto, se trata de una actuación de réditos asequibles e inmediatos. Recordemos que los cuatro premios Óscar previos a la mejor protagonista femenina –Natalie Portman por Cisne negro, Meryl Streep por La dama de hierro, Jennifer Lawrence por El lado bueno de las cosas y Cate Blanchett por Blue Jasmine– tienen el común el retrato de una perturbación psicológica. Y, si nos ponemos puntillosos, también Joanne Woodward había conquistado un Emmy en el telefilme ¿Te acuerdas del amor? por un papel prácticamente idéntico al de Moore.

Así pues, no es difícil triunfar con semejante historia entre las manos; lo complicado es conseguir salirse de la fórmula habitual y la plantilla prediseñada.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

2 comentarios to “Siempre Alice”

  1. kaldina 31 julio, 2015 a 17:35 #

    Woooo!!! La re masacraste!!! Es triste que una peli sea tan evidente en su deseo de emocionar.

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