Sangre fácil

23 Jul

“El mundo está lleno de quejicas. Pero el hecho es que ya nada está garantizado. No importa que seas el Papa de Roma, el Presidente de los Estados Unidos o el hombre del año: siempre hay algo que puede salir mal”. Los Coen te dejan claro lo que es su cine y lo que es la vida humana en general desde la primera escena de su filmografía. Análisis de Sangre fácil para Ultramundo.

.

.

“La tragedia es un primer plano; la comedia, un plano general.”

Buster Keaton

.

.

Sangre fácil

.

Sangre fácil

.

Año: 1994.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Frances McDormand, John Getz, Dan Hedaya, M. Emmet Walsh.

Tráiler

.

             “El mundo está lleno de quejicas. Pero el hecho es que ya nada está garantizado. No importa que seas el Papa de Roma, el Presidente de los Estados Unidos o el hombre del año: siempre hay algo que puede salir mal.” El monólogo que abre Sangre fácil -pronunciado por esa especie de detective privado, sicario y texano de pro que encarna M. Emmet Walsh y que se erigirá en catalizador de la embrollada trama del filme-, iguala al conjunto de la especie humana por un único hecho: su tendencia a caer en las despiadadas garras de la Ley de Murphy. Su patetismo inherente como piezas de un juego absurdo y desquiciado sobre el que nunca ejercen ni ejercerán el control.

Joel y Ethan Coen, dos hermanos de Minnesota residentes en Nueva York, formulaban desde el primer minuto de su debut como directores en el cine toda una declaración de intenciones acerca de lo que iba a ofrecer su particular filmografía; una de las más originales, independientes y estimulantes del cine estadounidense contemporáneo. Solo Joel contaba con experiencia en labores de edición en Lucifer (Sin temor al demonio) y Posesión infernal, mientras que Ethan había cursado estudios de filosofía. Desde este primer minuto, los Coen hablarán del hombre atropellado por las circunstancias y zarandeado por el destino inescrutable y burlón. Aquel a quien, por lo general, los planes nunca le salen como él espera, enredado en una tarea que excede en mucho su fuerza o su habilidad natural. Unas constantes que, por definición, conducen a pensar que exclusivamente las hechuras genéricas y las pulsiones del cine negro podían albergar la ópera prima de semejantes tipos. Antecedente del ‘crowdfunding’, los Coen habían ido puerta por puerta por las casas de sus parientes, amigos y allegados buscando la financiación para su primer proyecto en el séptimo arte. Para la anécdota, uno de ellos, urólogo y probablemente con un sentido del humor afín al de los cineastas, les devolvería el guion adornado con salpicaduras de sangre. De esta manera, en el plazo de un año, consiguieron cosechar unos generosos 750.000 dólares que les servirían para iniciar el rodaje con holgura.

En efecto, después del monólogo inicial, encargado de instaurar el tono en el que se desarrollará la obra, los Coen abren el argumento con una presentación sucinta y precisa donde por medio de una conversación minimalista celebrada en el interior de un coche, de espaldas al espectador y acompañada de una lluvia torrencial y el cadencioso sonido de los limpiaparabrisas, se dan a conocer las claves del relato: una mujer de apariencia vulnerable que huye de un matrimonio maldito con una pistola en el bolso, un empleado lacónico que declara su amor por ella cueste lo que cueste y un marido violento cuya presencia perniciosa se siente, por así decirlo, en el cogote de los interlocutores. Así pues, Sangre fácil plantea de un plumazo un juego peligroso cargado desde la primera escena con una notable tensión sexual y violenta. Noir, en esencia.

            Pero, como hemos dicho, los hermanos no respetan costumbres ni convenciones. En Sangre fácil, nada es lo que parece, ni nada sale como estaba previsto, ni los códigos cinematográficos sirven para anticipar qué va a ocurrir a continuación en pantalla. Es sencillo imaginar el desconcierto que supondría el filme para cualquiera que acudiese a la sala inadvertido acerca del estilo de estos desconocidos Coen, resueltos a reventar por los aires las tradiciones mediante la pura subversión, donde la mirada hacia sus desdichados personajes -“sometidos a la ascendencia destructiva de Júpiter y la alineación planetaria”, parece sentenciar la radio en cierta escena clave para disculpar su proverbial torpeza-, es tierna y despiadada a partes iguales. A medida que avanza el metraje, las certezas que se sugerían desde la introducción van desapareciendo una a una. Solapadamente, mientras los Coen mantienen impasible su mejor cara de póker, aplicada asimismo en la presunta seriedad del relato, los mitos prometidos se despeñan en una verosimilitud tan cruel y desmitificadora que, por lo general, no suele aceptarse como cierta o deseable en una pantalla de cine.

La intriga criminal prosigue su camino sanguinario y desolador, pero a su paso revela una galería de individuos incapaces de llenar los zapatos de aquellos arquetipos que, a priori, deberían encarnar. El villano, Julian Marty (el exageradamente velludo Dan Hedaya), acude a la guarida de soltero donde el héroe, Ray (John Getz) se encuentra encamado con su mujer a la fuga, Abby (Frances McDormand, musa y esposa de Joel desde ese mismo año). Allí, sorprende a la chica y la arrastra hasta el jardín, aunque ella logra zafarse mordiéndole el dedo índice. Cuando el macho alza el puño como una maza, presto para derribar a la pequeña McDormand –tal como sugiere la realización, enfocada en el previsible golpe de Marty-, ésta le atiza un puntapié en la entrepierna que lo deja fuera de combate. Es más, arrastrándose por el jardín hasta, vergonzosamente, echar las potas sobre el césped ante la mirada incrédula del recién aparecido protagonista. A partir de ahí, con el rabo (pateado) entre las piernas, el humillado Marty solo acierta a arrancar su coche como un fingido macarra para salir del lugar haciendo rueda. Dos segundos después, reaparece tras descubrir que conducía hacia un callejón sin salida. Corte de montaje, elipsis, y un grupo de niños que se ríen de su entablillado ‘dedo toca-chochos’. El tono de la narración permanece absolutamente circunspecto.

            Probablemente, este pobre malvado es el ejemplo más claro del boicot de los Coen –de hecho, volverá a vomitar cuando, después de ordenar el asesinato de la pareja, contemple la foto trucada con la que el detective privado trata de embaucarle a propósito del éxito de la siniestra empresa-. Sin embargo, el galán (John Getz) también demostrará hallarse más cerca del cliché de pardillo que del de héroe cínico; la dama inocente en apuros o femme fatale –duda que implanta Marty en su primera conversación con Ray- apenas se entera de nada de lo que ocurre a su alrededor y termina por transformarse en la clásica protagonista de un (inesperado) ‘slasher’. En realidad, dada la deriva de los acontecimientos, con la música adecuada y unos colores más alegres, Sangre fácil podría convertirse en una comedia de enredos o, en definitiva, en una película tan ‘cartoonesca’ como la siguiente Arizona Baby, en la genial El gran Lebowski o en su remake de la factoría Ealing Ladykillers, comedias edificadas a partir de un armazón de cine negro. Porque, en conclusión, a pesar de las apariencias, ni siquiera títulos posteriores de los Coen, atribuibles de nuevo y a priori al género criminal y el policíaco, tampoco se libran de la baba humorística y vitriólica de los hermanos, rayana en un jocoso nihilismo. Es el caso de Muerte entre las flores, Fargo, El hombre que nunca estuvo allí o No es país para viejos, cada una de ellas en distintas proporciones, de forma más velada o más evidente.

            Paulatinamente, esa tensión producto de las trasgresiones morales y sexuales se convierte en una tensión generada por la torpeza de los personajes, que insisten una y otra vez, cada uno por su cuenta y riesgo, en trata de arreglar un desaguisado que no tiene arreglo alguno, condenados por su incapacidad, su mediocridad y su tremebunda falta de suerte. Desde luego, hasta el desenlace del entuerto ocurrirán atrocidades dignas de un relato sobre el crimen organizado. Aunque, como les sucederá a tantos personajes de los Coen –en especial los desastrosos secuestradores de Fargo-, el suspense y la sensación de peligro apunta más hacia los propios perpetradores que hacia la sociedad a la que, presuntamente, deberían amenazar con sus actos delictivos. Tanto es así que se diría que los Coen juegan también con la perspectiva y la empatía del público: es imposible no acabar compadeciéndose del infortunio de Marty, sobre todo cuando, defenestrado y escupiendo sangre sobre el asfalto de una carretera dejada de la mano de Dios, surge Ray detrás suyo haciendo rechinar una pala contra el suelo, como un vulgar ‘psychokiller’, o cuando, por fin, recibirá el remate a sus días de una forma por completo indigna y del todo desagradable.

Los hermanos siembran el pánico y reina el caos entre los implicados en la intriga, quienes corretean de un escenario a otro sin saber qué hacer o cómo hacerlo. En este sentido, como se ha ejemplificado en alguna descripción anterior, la realización de los Coen posee una excelente y malintencionada expresividad: minuciosa, calculada al detalle pero sin que se despeñe en la frialdad técnica, como es costumbre en estos dos puntillosos y cálidos creadores. La estética, empero, no es todavía tan reconocible en los autores, inconvenientemente deudora de la década del mismo modo que lo es la hortera banda sonora. Ningún impedimento, sin embargo, para que la confusión, acuciada incluso por la intromisión de lo fantástico –el sueño- llegue a tal punto de paroxismo que los personajes duden si el otro vive –Ray y su imagen acribillada en las sanguinolentas fotografías- o muere –dos supuestas llamadas telefónicas de Marty-. Al fin y al cabo, será de nuevo el desconcertante personaje de M. Emmet Walsh, establecido en puntuales momentos como un punto de vista exterior y lúcido, quien encuentre en último término la clave del asunto -y por extensión de la filmografía de los Coen-: estallar en carcajadas.

            Sangre fácil cosecharía en su estreno una moderada recaudación, si bien entregaría a Joel y Ethan Coen el aplauso de la crítica. Convertida en obra de culto, su influjo pervive: se han comercializado un par de ediciones Director’s Cut que, cosa extraña en estas lides, han rebajado la duración de la cinta de los 99 a los 96 minutos a causa de un montaje más compacto y preciso, amén de ligeras variaciones y añadiduras en ciertas escenas. Aparte, el prestigioso realizador chino Zhang Yimou ensayaría una especie de remake del libreto en Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos.

.

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Anuncios

2 comentarios to “Sangre fácil”

  1. Hildy Johnson 24 julio, 2015 a 09:40 #

    Con tu texto, has hecho que me apetezca verla de nuevo. La tengo enterrada en la memoria…

    Besos
    Hildy

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: