Wall Street

30 Jun

El precio del capitalismo; joder y ser jodido, que decía Tony Montana. Análisis crítico de Wall Street para la primera parte del especial sobre Oliver Stone en Cine Archivo.

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“El capitalismo americano encuentra en el cine americano su reflejo más agudo y expresivo.”

Sergei Eisenstein

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Wall Street

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Wall Street

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Año: 1987.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Charlie Sheen, Michael Douglas, Daryl Hannah, Martin Sheen, James Spader, Hal Holbrook, John C. McGinley, Sean Young, Saul Rubinek, Terence Stamp.

Tráiler

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            Después de coronarse en los Óscar con los galardones a mejor película y mejor director por Platoon, Oliver Stone renunciaba al reposo del guerrero y, casi de inmediato, emprendía un nuevo proyecto en el que cambiaba la jungla vietnamita por otra jungla igual de despiadada: las torres de cemento y asfalto del corazón financiero del mundo, el Wall Street neoyorkino. Esta selva urbana que retratará Wall Street tampoco era ajena a la biografía del cineasta, puesto que su padre, Louis Stone, a quien irá dedicada la obra en los créditos, había desarrollado su vida profesional en la Bolsa. En el tránsito entre una y otra, perdurará la contienda por el alma de un joven inocente con el rosto pasmado de Charlie Sheen como herramienta para, de fondo, escribir la crónica de este periodo de la historia de América, dominado por los yuppies, el crimen millonario de guante blanco y, en definitiva, el neoconservadurismo económico impulsado desde la administración de Ronald Reagan. Tiempos de adoración del dólar por el dólar rematados por el Lunes negro del 19 de octubre de 1987, el mayor derrumbe porcentual sucedido en un mismo día en la historia de los mercados de valores, acontecido menos de dos meses antes del estreno de la cinta.

            Siempre crítico con las tendencias imperialistas de los Estados Unidos y con los abusos del capitalismo, todo uno, Stone concebiría Wall Street como una especie de prolongación de su guion de El precio del poder, que había grabado con letras de oro en el imaginario popular el nombre del gánster cubano Tony ‘Scarface’ Montana. En efecto, Wall Street se articula a través del recorrido de ascenso, caída y redención tan frecuente en el género, protagonizado aquí por ‘Buddy’ Fox (Sheen), aspirante a tiburón bursátil a imagen y semejanza de Gordon Gekko, Dios de los dividendos y las opas hostiles que interpreta por su parte Michael Douglas en un papel que significará un importante cambio de registro y adquisición de prestigio en su carrera, hasta entonces anclada mayoritariamente en seductores de medio pelo con escaso porvenir.

Herencia del cine criminal, Wall Street tiene nervio, estímulos, locura. Es atractiva de ver. Pero de estos paralelismos con Scarface se pueden extraer también los que, a mi juicio, son los grandes males del filme. Mientras que los arquetipos del aprendiz/pardillo (Sheen) o de la femme fatale (Daryl Hannah, una decoradora de interiores para ricachones que entabla una ambigua relación entre los dos hombres), quedan diluidos en este universo de números y trampas hasta adquirir cierto realismo desmitificador, el villano Gekko, por el contrario, conserva intacto el arrollador magnetismo que se arroga el mal desprovisto de los tabúes legales o morales que constriñen al ciudadano común, entregado sin mesura a la satisfacción de sus pulsiones instintivas y privadas –el dinero, el poder, el sexo,…-. Es innegable que Montana y Gekko comparten entidad como versión aberrante del sueño americano y encarnación de los preceptos capitalistas que lo conforman -“¿Sabes qué es el capitalismo? ¡Joder y ser jodido!”, gritaba Montana con sus ideas de emprendimiento bien claras-, pero al menos el gánster posee la disculpa de ser una fantasía sociopática relativamente inocente, puesto que, por lo general, posee una limitada capacidad de incidencia sobre la sociedad a la que contamina y su potencial para ser imitado por individuos desorientados es del mismo modo reducida. Por tanto, no es de recibo, sobre todo habida cuenta de los desmanes perpetrados desde la alta economía por esta mezcla de apostadores compulsivos y filibusteros implacables debido a su responsabilidad directa y casi impune en la crisis económica global desde 2008, que el infame Gordon Gekko produzca en el espectador idéntica fascinación que Scarface. El propio Douglas reconocía entristecido que eran numerosos los jóvenes agentes de bolsa que le abordaban para declararle su amor por el personaje, gurú que movía sus incipientes y ambiciosos pasos sobre el parqué del mercado de valores. Tampoco resulta difícil comprobar la vigencia de la ascendencia de Gekko en cada generación parida por las facultades de estudios económicos o de administración de empresas de cualquier lugar del mundo. A poco que compartan redes sociales o escuchen sus mantras, se darán cuenta de su influencia como modelo de éxito. Porque lo que venden los fotogramas de Stone es precisamente eso: el ídolo, el triunfador, objeto de loas por las biblias del microcosmos de Wall Street, presentado como gobernador del universo desde su despacho situado en el punto más alto de la megalópolis, rodeado de una cohorte de leales y temerosos lacayos, cinco teléfonos y diez ordenadores desbordados de estimaciones y datos en reluciente color verde. Una evolución de los titanes de la plutocracia a los que cantaba Ayn Rand, reconocido de un vistazo por su habla arrogante, su porte rezumante de autoconfianza, sus trajes inasequibles, sus camisas de cuello impoluto, su perfecto rasurado, su cabello engominado hacia atrás, su sofisticada dieta de sushi, sus cochazos de lujo, sus clubes exclusivos, sus mansiones en Los Hamptons y por el primer teléfono portátil jamás aparecido en una pantalla de cine. Lo que todo hombre que se precie debería aspirar a ser, el demiurgo que ofrece a sus protegidos un futuro de riqueza desmedida, polvos con mujeres espectaculares y envidia de sus impotentes semejantes a cambio de un excitante trabajo lleno de épica y adrenalina.

            Stone introduce en el libreto varios monólogos, incluso salidos de boca del personaje, que desacreditan el estatus quasidivino de Gekko y desnudan que el castillo desde donde sojuzga a los mercados, las empresas y las gentes es en verdad simple aire –el mismo aire ilusorio que, se sugiere, constituye el citado sueño americano, el ideal propagandístico fundamentado en la promesa universal de poder hacer un millón de un centavo por medio de la tenacidad y el esfuerzo, convertido en la percepción definitoria de los Estados Unidos-. Pero son solo palabras. Es asimismo irrefutable que la redención de ‘Buddy’ conduce inexorablemente hacia la acción de la justicia institucional y en consecuencia hacia una pena de prisión tanto para él como para su mefistofélico mentor –como de hecho refrendará la secuela, la cual para más inri afirma maliciosamente por otro lado que el cargo del que se le acusa a Gekko solo implica un máximo de 12 o 13 meses de cárcel; una nimiedad en comparación con los 100 millones de dólares que le aguardarán en Suiza tras su liberación-. Pero las auténticas consecuencias, las que se viven en la calle, soportadas por parte de tipos inocentes como el padre de Buddy (Martin Sheen, también padre de Charlie fuera del rodaje), representante de la orgullosa clase proletaria a la que se le exhorta que ya no tienen motivo alguno para sentir dicho orgullo, son por desgracia inexistentes o permanecen desapercibidas. El mal absoluto, tan deslumbrante en su omnipotencia y su boato, sufre poco más que una reprimenda cómplice o una derrota deportiva. Un torpe e inesperado tanto de córner al término de una goleada en contra que, dicen, salva la honra del equipo de regional frente al coloso indestructible.

           Somera o no, desacertada o pertinente, la crítica de Stone echa un nuevo vistazo a la dicotomía entre el capitalismo de rostro humano, forjador de países, y el capitalismo especulativo, depredador y parásito de esfuerzos, basado en la artera revalorización del vacío. Un tópico tradicional dentro del no demasiado prolífico cine de temática financiera y empresarial estadounidense, ejemplificado por antecedentes como la buenista La locura del dólar, situada en la órbita del inminente New Deal de Franklin Delano Roosevelt; la tibia y condescendiente La torre de los ambiciosos o la por fin angustiosa y pesimista El precio del triunfo, donde, por medio de una simbólica puerta giratoria, el relato desmentía la posibilidad ilusoria de un final feliz y confirmaba la fagocitación de la ética filantrópica por parte del maquiavélico mercantilismo, parte de un argumento percibido con desgarradora veracidad. En Wall Street, esta dualidad que atenaza y atormenta a ‘Buddy’ Fox se establecerá entre ese Gekko de lenguaje bélico, jerga bursátil y filosofadas cínicas, y el padre biológico del muchacho y su primer referente en el negocio de la Bolsa (el entrañable Hal Holbrook), dos personas cabales que saben apreciar el valor de la honradez y la constancia y que, para expresarse, recurren a citas y parábolas religiosas. En cualquier caso, aquí, una vez descubiertas las maravillas y tentaciones que componen el imperio de Gekko, ¿a quién le importa ya quién sale vencedor del debate?

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

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