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Cuarenta pistolas

9 Jun

“Cuando uno se encuentra ante una película de Fuller, uno se encuentra ante la esencia del cine. La película como emoción. Las obras de Fuller conmueven de forma compulsiva, violenta. Justo como la existencia cuando es vivida con pasión.”

Martin Scorsese

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Cuarenta pistolas

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Cuarenta pistolas

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Año: 1957.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Barry Sullivan, Barbara Stanwyck, Dean Jagger, John Ericson, Gene Barry, Robert Dix, Eve BrentHank Worden.

Filme 

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             Una tranquila carreta entra en escena y atraviesa el inmenso y solitario paisaje. Avanza aletargada en dirección a un pueblo cuando de improviso, interrumpiendo su vagar, irrumpe el estrépito, la tierra tiembla y los caballos se alborotan, anticipados por la imagen retumbante de una miríada de cascos que galopan. Como una aparición mitológica, surge un caballo blanco; y a lomos del caballo blanco, una mujer. Tras ella, la estela monstruosa de cuarenta jinetes desbocados, que atraviesan el páramo dejando en a su paso el polvo airado, los ecos de su furia y la mirada incrédula de los recién llegados. Una vez en el pueblo de destino, y ante una multitud de hombres que cavilan obnubilados y en silencio, un tipo canta una tonada acerca de “la mujer del látigo”, dueña y señora de estos parajes dejados de la mano de Dios. “Quién pudiera domarla”, se pregunta, insinuando que, en el fondo, la mujer del látigo guarda en secreto redentores sentimientos femeninos.

             Samuel Fuller, director y guionista de la obra, retorna al western con Cuarenta pistolas para descerrajar una película visceral y poderosa que retrata el encuentro entre un hombre y una mujer pertenecientes al terreno de la leyenda y cautivos en un universo que se desmorona a su alrededor, arrastrándolos con ellos en su condición de hijos de unos tiempos agonizantes en los que el mismísimo John Chisum (aquí el peculiar Hank Worden) es ya pasto de la ceguera y presa de la irreverencia inconsciente de la juventud. Así, la carta de presentación –es decir, la síntesis visual de esta mitología que les antecede y define- había sido esta demencial cabalgada en el caso de la cacique objeto de canciones fascinadas (Barbara Stanwyck). Ahora, la de él (Barry Sullivan), un hombre que es su trabajo –cazador de peligrosos forajidos según unos, asesino en nómina del Estado según otros-, consiste en un pausado desfile: su duelo contra el joven y bravucón pistolero del lugar, a quien derrota simplemente con la fuerza de su mirada y el aplomo de su zancada hasta derribarlo de un puñetazo, sin necesidad siquiera de desenfundar.

             Cuarenta pistolas plantea un intenso y estimulante relato elegíaco sobre la construcción del territorio, además de una sentida loa al arma, herramienta de la que Fuller era declarado admirador. El arma, pues, se convierte en imagen de la muerte y de la vida, del sexo y del amor, impregnada en el simbolismo de unos diálogos de atrevidas resonancias sensuales, en las sombras que cubren ciertos planos, en la adopción de la mirilla de un rifle como marco para apuntar contra un objetivo amoroso. También es, por añadidura, un elemento detonante y conductor de la intriga y el conflicto que se desarrolla a la par que la trama romántica entre Jessica Drummond y Griff Bonnell, antagonistas en el argumento pero idénticos en su ser; dioses ancestrales a punto de caer en el olvido de los ingratos mortales; individuos frágiles, atormentados por sus actos pasados y por la incertidumbre de su porvenir.

             La frugalidad de la producción no condena la elegancia de la puesta en escena, beneficiada por una hermosa fotografía nocturna y, principalmente, por el impetuoso sentido narrativo del cineasta, ajeno a convencionalismos –sorprendente el irremisible y destemplado tiroteo final-, entregado a las emociones de unos personajes vivos, palpitantes.

Fuller muestra mayor resolución en la tarea de impregnar en la atmósfera la irreparable decadencia de este ambiguo matriarcado, independiente y a conquistar, determinante en la forja de la nación, que en la captura de la crepuscularidad consciente de este pistolero con reminiscencias de Wyatt Earp, civilizador del territorio salvaje por la fuerza de su voluntad, y en esta ocasión más dependiente de lo que digan las líneas de guion que de las sugerencias de los fotogramas, quizás en correspondencia con el insuficiente peso en pantalla de Sullivan y, en cambio, las excelentes prestaciones de una otoñal y melancólica Stanwyck.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7,5.

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