Archivo | mayo, 2015

Loreak (Flores)

23 May

Un hombre y un montón de ramos de flores sirven para unificar la necesidad de afecto y esperanza de tres mujeres laceradas por una existencia hostil. Loreak, en novedades DVD de Cine Archivo.

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Un instante, una vida

21 May

“La escena es aburrida. Dile que ponga más vida en su muerte.”

Samuel Goldwyn

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Un instante, una vida

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Año: 1977.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Al Pacino, Marthe Keller, Anny Duperey, Walter McGinn, Romolo Valli, Stephan Meldegg.

Tráiler

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            La carretera es la alegoría universal que simboliza el viaje de la existencia, tan frecuentada en la ficción. En Un instante, una vida Bobby Deerfield (Al Pacino) es un piloto de Fórmula 1 que, como le recrimina la misteriosa Lillian Morelli (Marthe Keller), enferma terminal, malgasta su tiempo en trazar círculos por una carretera cerrada, entumecido por el aburrimiento, sin riesgo, sin emociones, sin destino. A la espera de que, de improviso, se cruce un conejo en su vagar y pierda el rumbo y se estrelle.

            Basado en la novela de Erich Maria Remarque -autor detrás de obras cinematográficas como Sin novedad en el frente o Tiempo de amar, tiempo de morir-, Un instante, una vida es un melodrama romántico y existencialista que, a semejanza del propio Deerfield -encarnado por un Pacino en su versión hipotensa-, da vueltas y vueltas a la deriva, redundando sobre ideas sobadas que impiden avanzar el argumento o la evolución de los personajes, atrapados en una carrera tediosa e interminable en la que Sydney Pollack no parece saber muy bien hacia dónde dirigirse.

            El despertar de Deerfield a la vida y los sentimientos humanos de la mano de una moribunda suena a excusa trillada de película de autoayuda y, en cualquier caso, ahoga sus posibilidades en una trama monocorde y huérfana de nervio emocional donde, a fin de cuentas, termina por no importar demasiado el tormento obsesivo del piloto, destrozado por la desidia, el desarraigo y la apatía.

Tampoco triunfan los impulsos vitalistas que intenta imprimirle Lillian al drama, intermediada por una buena interpretación de Keller –quien por entonces se abría camino en Hollywood con cintas como Marathon Man o Domingo negro-, puesto que quedan arrolladas por el tono exageradamente amohinado del conjunto, desequilibrado y con un evidente exceso de metraje que acentúa los intrínsecos problemas de pulso de la narración.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 4.

Tal como éramos

20 May

“La palabra amor va cambiando con la edad.”

David Trueba

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Tal como éramos

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Tal como éramos

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Año: 1973.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Barbara Streisand, Robert Redford, Bradford Dillman, Lois Chiles, Patrick O’Neill, Murray Hamilton, Allyn Ann McLerie, Viveca Lindfords, James Woods.

Tráiler

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           Es una situación paradójica, porque el amor –o ese estado de enajenación mental transitoria conocido como tal- no deja de ser, como reza la tradición, ciego, sordo e incluso gilipollas. Pero el asunto es que, en el cine romántico, hay una fina línea que separa la adhesión emocional del espectador de turno hacia el idilio que ve en pantalla de, por el contrario, el aborrecimiento y el rechazo de ese mismo amorío. Y se trata de una fina línea que muchas veces se corresponde con la credibilidad que le produce el romance en cuestión; eventualidad, por otro lado, que puede estar muy ceñida a una sensibilidad particular o a aquello que la experiencia de toda una vida le ha enseñado que es probablemente cierto –dentro de lo que cabe en esta ciencia por definición inexacta y alocada-. O, mejor dicho, con una idea de verosimilitud que debe ser respetada.

           Construida a partir de un extenso flashback que parte del encuentro entre la guionista radiofónica Katie Morosky (Barbra Streisand), comunista y batalladora, y su ex compañero de universidad, Hubbell Gardiner (Robert Redford), reclutado por la Marina y de servicio en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, la presentación de Tal como éramos se desarrolla a partir de la oposición y el posterior encuentro entre las personalidades antitéticas de los dos protagonistas. Ella -como reflejaba el comienzo del metraje-, abanderada del activismo político reivindicativo de los valores sociales y de la justicia internacional, de orígenes semíticos y humildes, y con los rasgos, digamos, peculiares de la Streisand. Él, representante de la élite deportiva y del ocio frívolo de alta sociedad, un espécimen típicamente americano por su talante franco, afable, sencillo y a priori ajeno a complicaciones políticas, y dueño de la sonrisa galante y el cabello rubio, ario, de Redford.

Las dos Américas, en resumen. La del compromiso en defensa de la libertad y la justicia y la de la inmaculada imagen propagandística de bondad, cada una de ellas tratada de mejor o peor manera por el contexto histórico del cual se realiza una crónica paralela al transcurso del romance, entremezclándose y contaminándose ambas.

           Quizás por este empeño en representar simbólicamente el antagonismo teórico y la complementariedad práctica de los dos amantes, las consecuencias de ello derivan hacia un romance que a uno, a título particular, le cuesta un enorme esfuerzo creerse, por forzado y calculado –si bien todavía es mucho más creíble que el hecho de que el mejor amigo de Redford, bon vivant acaudalado, le guarde simpatía a una mujer que se pasa las dos horas de película regalándole feísimos desplantes y agresivas escenitas-. No es una cuestión, ni mucho menos, del contraste entre el bellezón clásico que es Redford y el atractivo picassiano y siempre objeto de debate de Streisand. Es que no se alcanza a comprender dónde y cómo ha saltado la chispa incendiaria de este amor entre una mujer obsesiva hasta la fatiga en su activismo y este hombre encantador aunque un tanto indolente.

Sí, en Tal como éramos se aprecian los nobles esfuerzos con los que Katie y Hubbell tratan de equilibrar su dificultosa relación, así como, de manera fidedigna, los pequeños secretos, decepciones quedas, silencios ignorados a la fuerza y contradicciones insostenibles que, poco a poco, debilitan el armazón que sostiene esta vida en común, y con los que muchos espectadores podrán trazar puntos de encuentro y empatizar con el melodrama que se les ofrece. Pero insertos en este conjunto frío y alegórico, son detalles a mi parecer desprovistos de alma. Como, en consecuencia, no terminará de explotar el interés intrínseco que posee el drama historicopolítico que compone el telón de fondo y que a buen seguro conocería de primera mano Sydney Pollack, surgido de la denominada Generación de la televisión o Generación del compromiso que logró sobreponerse al terror del McCarthismo.

           Puede que la razón de todo ello se encuentre en la turbulenta redacción del libreto de Tal como éramos, en la que, a partir de la historia de Arthur Laurents, intervendrían hasta otros once guionistas, dejándola irreconocible para horror del escritor, quien luego recuperaría las riendas del texto no sin antes exigir una desproporcionada compensación económica. De hecho, en último término, Pollack admitiría su responsabilidad en estos problemas y se disculparía personalmente con el autor por los resultados. Eso sí, se coronaría con dos Óscar –mejor canción y mejor banda sonora– y otras seis nominaciones, entre las que destaca la de mejor actriz principal para Barbra Streisand.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 5.

Las aventuras de Jeremiah Johnson

18 May

“El hogar es para huir en busca de sueños que, con suerte, no se harán realidad.”

Ben Rumson (La leyenda de la ciudad sin nombre)

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Las aventuras

de Jeremiah Johnson

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Las aventuras de Jeremiah Johnson

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Año: 1972.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Robert Redford, Will Greer, Delle Bolton, Josh Albee, Stefan Gierasch, Joaquín Martínez.

Filme

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           Una de las lecturas más interesantes del sueño americano es aquella que se refiere a su dimensión existencial o espiritual. Es decir, la posibilidad de encontrarse ante un continente virgen –desde el punto de vista eurocéntrico, se entiende- en el que hacer borrón y cuenta nueva para abalanzarse al camino y construir, desde cero, una vida a la medida de los incontenibles sueños y emociones que abriga el interior del viajero.

Este plano existencialista, patrimonio del western genético en el cine, cala hondo en el espíritu de los Estados Unidos y se reproduce en movimientos y corrientes contraculturales posteriores como los ‘hobos’ –una de sus representantes, ‘Boxcar’ Bertha Johnson, inspirará El tren de Bertha, de Martin Scorsese– o los beatniks, popularizados universalmente por el escritor Jack Kerouac y esa Biblia para su generación y otras venideras, En el camino. De nuevo en el séptimo arte, la road movie sería la encargada de recoger el testigo del western durante el comienzo de su agonía a finales de los años sesenta, con la carretera como último territorio libre e indomable frente al desaliento de una nación.

           Ya estrenada a comienzos de la década de los setenta, en los coletazos terminales de la edad del oro del género, Las aventuras de Jeremiah Johnson, inspirada en la turbulenta figura del cazador John Johnston, condensa este aspecto de renacimiento vital asociado al cine del Oeste a partir de las aventuras de Jeremiah Johnson (Robert Redford), renegado de la civilización urbana después de la Guerra de Secesión, en las recónditas y salvajes Montañas Rocosas, espina dorsal del mundo. No es casual que su primer interlocutor, el anciano Garra de oso (Will Greer) que se dice pariente y cazador de estos plantígrados, le bautice como ‘peregrino’, término que se arrogaban para definirse los puritanos del Mayflower, considerados padres fundacionales de los Estados Unidos.

Por su parte, surgido desde una nada confusa en la que se intuye una atroz deshumanización y poderosos dramas, Johnson aparece en la América inconquistable para convertir la aventura en existencia y la existencia en aventura.

           Así, su vagar arbitrario por el Colorado ajeno a la sociedad occidental adquiere la entidad de un viaje metafísico de ida y retorno a través del cual Johnson sufre su correspondiente transformación por medio de los sucesivos encuentros que traba con figuras que lindan con lo fantástico, convocando una especie de mitología norteamericana muy del gusto del apasionado guionista de la cinta, John Milius, quien acredita un libreto luego revisado por Edward Anhalt -además de por los propios Pollack y Redford-, sin que por ello se pierda la manifiesta huella de este impetuoso y personal contador de historias -¿hubiera merecido la pena que hubiera sido también su director? Es posible-.

A la deriva en la inmensidad de una naturaleza sobrecogedora y trascendente, el trampero –al menos esa es la excusa confesa para iniciar la odisea hacia lo desconocido- labra su ser con el contacto con chamanes, iluminados, familias circunstanciales e indígenas de carácter misterioso y ambiguo, trazando un recorrido que, en cierta manera, transcurre a la par de las líneas de la vida –nacimiento, madurez y extinción-.

           Quizás el violento tercio final quede un tanto deslavazado dentro del conjunto de una narración imperfecta aunque poderosa, pero esto no es óbice para dejarse llevar por las sugerencias y emanaciones de una historia primitiva y eterna, tan ancestral como actual.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

Memorias de África

17 May

“Un filme debe antes que nada sorprender, emocionar y sobre todo llevarte ahí donde no has puesto los pies jamás.”

Brian de Palma

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Memorias de África

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Memorias de África

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Año: 1985.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Meryl Streep, Robert Redford, Klaus Maria Brandauer, Michael Kitchen, Malick Bowens, Joseph Thiaka, Michael Gough, Suzanna Hamilton, Shane Rimmer.

Tráiler

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            “Yo tenía una granja en África”, evoca Karen Blixen, intermediada por Meryl Streep, para inaugurar el relato de uno de los iconos románticos del cine moderno.

Traslación a la pantalla de la novela autobiográfica y homónima de la escritora danesa, que firmaba bajo el seudónimo de Isak Dinesen, Memorias de África contenía de base elementos de descomunal potencial cinematográfico que, de hecho, habían suscitado tiempo atrás diversos intentos de filmar su romanticismo apasionado y exótico por parte de directores como Orson Welles, David Lean o Nicolas Roeg. Sin embargo, no será hasta la década de los ochenta cuando Sydney Pollack consiga sacar adelante el proyecto con Streep en el papel de Blixen y Robert Redford como el cazador y guía de safari Denys Finch Hatton, hombre providencial que encarna el viaje de Blixen hacia su propio paraíso en la Tierra, hacia el amor verdadero y la esperanza. Es decir, su despertar a la vida -a las emociones como esencia de la misma-, denegadas por la férrea estructura patriarcal y nobiliar de su gélido país de origen.

            Memorias de África recoge en definitiva la esencia de la fantasía amorosa, aquí afortunadamente ligada al influjo de la sugerente aventura colonial, una combinación que constituye un género en sí misma y que se encontraba en cierta decadencia en comparación con la enorme popularidad de la que había disfrutado en el Hollywood clásico -si bien en estos tiempos también florecerían fascinantes ejemplos como El año que vivimos peligrosamente-.

La fórmula implica el contacto del protagonista con un sinfín de costumbres extrañas que exigen una edificante ensanchamiento mental y derivan en una beneficiosa ‘contaminación’, así como el constante parentesco entre la belleza y el peligro, una colección de postales africanas damnificadas por los largos años de ver documentales de sobremesa, y una noción épica que por desgracia se confunde asimismo con un contraproducente exceso de metraje, capaz de ahogar buena parte de las virtudes cultivadas.

A su favor, le aleja de caer en el tópico un cuidado dibujo de personajes que se intuye conservado desde su original en tinta y papel, por más que en el fondo también reproduzca a su manera, sin abalanzarse en el efectismo de saldo, la característica sublimación de caracteres y del idilio propia del género, en demasiadas ocasiones recurso imprescindible para contagiar empatía romántica en cierto tipo de lector/espectador. Aquí, cabe disculpar, esta ocasional tendencia a la idealización parece parte del recuerdo subjetivo y nostálgico de la narradora.

            En cualquier caso, la colección de recuerdos de Blixen no se detiene en el triángulo amoroso entre ella, Hatton y el barón Bror von Blixen-Finecke (Klaus Maria Brandauer), esposo en un matrimonio de conveniencia mutua que implicaba para la escritora en ciernes la adquisición de un ventajoso título aristocrático y para él la disposición de un confortable colchón económico desde el que, honestamente, proseguir con sus quehaceres de bon vivant en el África británica. De este modo, la trama amorosa se imbrica y combina con la inspiradora lucha de Blixen por hallar su auténtico lugar en el mundo. Un hogar predestinado que se afirma, como acostumbra a ofrecer el western –pongamos como ejemplo, teniendo en cuenta sus diferentes conclusiones, otra cinta de Pollack como Las aventuras de Jeremiah Johnson-, sobre un territorio huérfano de los vicios de la civilización y, por tanto, donde es posible hacer tábula rasa.

No obstante, la corriente temática más apreciable de Memorias de África, capturada con delicadeza por Pollack con la inestimable ayuda de la conocida banda sonora de John Barry, es esa sensación de finitud que embarga el melodrama dotándolo de un halo trágico, alojado en sus cafetales, en la Kenia ancestral y pura al borde del cambio, en su amor por Hatton, en la naturaleza indómita de éste y, en conclusión, en la existencia misma.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

El camino de la venganza

15 May

“John Wayne era una gran estrella, pero siempre interpretaba a John Wayne. No hacía nada que él no considerase como viril. En cambio, Burt Lancaster es justo lo contrario, la prueba viviente de que un actor puede ser sensible y masculino al mismo tiempo.”

Kirk Douglas

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El camino de la venganza

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Camino de la venganza

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Año: 1968.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Burt Lancaster, Ossie Davis, Shelley Winters, Telly Savalas, Armando Silvestre.

Filme 

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           Por un puñado de pieles de castor. El western estadounidense, impregnado de salsa de tomate italiana, trataba de reciclarse a duras penas después de que John Ford certificara su muerte con El hombre que mató a Liberty Valance. Ligado a una nueva camada de cineastas comprometidos con los valores civiles y democráticos, una de las vías más transitadas dentro de esta remodelación agónica sería la revisión crítica de la épica indisociable al género y que retrata la tumultuosa construcción del país americano, en especial, en lo referido a la relación del colono blanco con los nativos indios.

           Sydney Pollack, perteneciente a esta generación renovadora de la industria estadounidense, debutaba en el cine del Oeste con El camino de la venganza, un western que, desde sus formas clásicas, hereda tangencialmente esta corriente crítica –el sanguinario grupo de cazadores de cabelleras-, para sumarlo a un sentido del humor sucio y gamberro en el que se intuye cierta ascendencia italiana.

Porque como El bueno, el feo y el malo, el argumento de El camino de la venganza se vertebra a partir de tres extravagantes facciones que se disputan sin cuartel un botín absurdo -las pieles de castor citadas al comienzo- mediante simpáticas triquiñuelas y picarescas. Una terna a la greña compuesta por el agreste y testarudo trampero Joe Bass, quien tras sufrir el expolio de sus ganancias del duro invierno desencadena semejante entuerto (Burt Lancaster, con quien Pollack también estrenaba al año siguiente La fortaleza); Joseph Lee, el esclavo a la fuga, mojigato y redicho, que pretende alcanzar el México libre (Ossie Davis), y la horda de desarrapados que se cruza en su camino, liderada por el despiadado Jim Howie (Telly Savalas), con afición a pasearse en calzones, y su amada Kate (la gran Shelley Winters), prostituta con ínfulas de dama.

           Con su tono marcado desde los títulos de crédito –cuya resonancia clásica se rompe mediante tropezones y la silueta del culo desnudo de Lancaster-, el guion juega con ese tradicional recurso cómico de los contrastes que se van dando entre la pintoresca personalidad de cada uno personajes, entremezclados en esta disparatada espiral de acontecimientos –la cultura del esclavo frente a la cabezonería del trampero; el romanticismo del cazarrecompensas para con su ingenua compañera de fatigas; la honestidad del salvaje Bass y el salvajismo de Howie, consentido e impulsado por la respetable civilización-.

De este modo, El camino de la venganza se convierte en un divertimento ligero y entrañable, sin demasiado vuelo pero con un reparto con química, a lo que cabe sumar algún golpe de efecto especialmente lucido –la elipsis del ojo a la funerala- que, en cambio, se entrecruza con otros muchos más convencionales para, afortunadamente, defender en conjunto una vitalista llamada a la aventura sin fin.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6,5.

La clase obrera va al paraíso

14 May

“De nada vale estar vivo si hay que trabajar.”

André Breton

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La clase obrera va al paraíso

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La clase obrera va al paraíso

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Año: 1971.

Director: Elio Petri.

Reparto: Gian Maria Volonté, Salvo Randone, Mariangela Melato, Gino Pernice, Luigi Diberti, Corrado Solari, Donato Castellaneta, Mietta Albertini, Flavio Bucci, Ezio Marano.

Tráiler

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            Como si Charlot nunca hubiera salido de la cadena de montaje de Tiempos modernos. Elio Petri, cineasta combativo de la Italia turbulenta de los sesenta y setenta, clava la cámara a la frente de un fatigado operario, Lulù (Gian Maria Volonté), para desentrañar la pesadilla cotidiana del proletariado, alienado por un trabajo sin sentido –las piezas que factura sin saber para qué sirven-, explotado inmisericordemente por sus patrones –el destajo que exige cada vez más horas de esfuerzo por menos dinero-, zarandeado por las consignas ininteligibles de unos sindicatos adolescentes –“mira que graciosos son cariño, no se les entiende nada”- y desprovisto de toda vida social o familiar –el divorcio, la impotencia que sufre con la pareja que detesta, las fantasías sórdidas en el trabajo, los polvos marrulleros, el siniestro resplandor de la televisión hipnotizadora-. Y ante él, tan solo la perspectiva del manicomio que le adelanta su antiguo compañero Militina (Salvo Randone), desquiciado hasta las últimas consecuencias por los años en la fábrica.

            Petri escribe y rueda –ayudado en el primer caso por Ugo Pirrouna película claustrofóbica, cáustica e incomodísima, descerrajada en imágenes sudorosas, sucias y con predominancia de unos primeros planos tremendamente invasivos y agobiantes, con el rostro febril de Volonté siempre demasiado cerca, siempre acorralado por la confusión y el ruido. De este modo, el espectador comparte el desaliento y la desorientación de este pobre diablo, simplón y entregado con fruición obsesiva y casi sexual a la producción en el trabajo y quien su universo entero, construido a partir de datos de rendimiento y traducidos en liras corroídas, se le desmorona cuando se organizan en torno a él las protestas por las intolerables condiciones laborales en la empresa y además pierde un dedo en un accidente.

            Farsa crudelísima, La clase obrera va al paraíso arremete sin piedad, con una negrura pegajosa y repulsiva, contra unos estamentos de poder económico casi dickensianos en su voluntad explotadora; contra los trabajadores arracimados sin saber muy bien qué hacer con su existencia o dueños de unas aspiraciones materiales vulgares; contra una izquierda revolucionaria ajena a las circunstancias del trabajador, encantada de conocerse y de proclamar consignas vacías de toda lógica real; contra un hombre egoísta, delirante y que camina sobre el alambre de la enajenación absoluta. Contra el asco de trabajar.

La partitura de Ennio Morricone, con la música secuestrada por los sonidos industriales, puntea una trama caricaturizante que atosiga y empuja, como si uno se encontrase en medio la columna de obreros que accede aborregada al alba a las profundidades industria para salir de ellas ya en la oscuridad.

Irremediablemente, el absurdo toma las riendas de una pesadilla que incluso se aproxima a una distopía chusca y cutre –como un ceporro y atontado Winston Smith sería entonces Lulù- a partir de detalles como las instrucciones repetidas por los altavoces, al estilo de los regímenes totalitarios, y que ordenan el sometimiento del hombre a la máquina, en una relación muy semejante al de un esclavo erótico a su dominatriz si no fuese porque los currantes son nimias piezas reemplazables dentro de un engranaje que parece no tener objeto alguno, encadenados a una mesa de montaje que no cesa, así en el Cielo como en la Tierra.

            Palma de oro en el festival de Cannes de 1972 –compartida con otra cinta italiana, comprometida y protagonizada por Volonté, El caso Mattei-, su pase en el certamen galo consiguió desatar la ira del cineasta Jean-Marie Straub, quien al finalizar la proyección clamaría por la quema de todas las copias del filme; un anticipo de la gélida acogida que la obra tendría entre la izquierda política y cinematográfica trasalpina.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

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