Leviatán

31 May

El Leviatán se ha encontrado con la horma de su zapato, puesto que no hay monstruo, por kafkiano que sea, que se le resista a Ultramundo. Despejen la agenda, porque entre Iván Suárez, encargado del cómo se hizo, y un servidor, a los mandos del análisis cinematográfico, juntamos alrededor de 15 páginas con las que someter a la bestia. En este enlace, la lucha completa. Aquí, solo un extracto.

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“La vida rusa machaca al ruso hasta tal punto que éste no logra reponerse.”

Antón Chejov

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Leviatán

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Leviatán

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Año: 2014.

Director: Andréi Zviagíntsev.

Reparto: Aleksey Serebryakov, Elena Lyadova, Vladimir Vdovichenkov, Sergey Pokhodaev, Roman Madyanov, Anna Ukolova, Aleksey Rozin, Sergey Bachurskiy, Valeriy Grishko.

Tráiler

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           De poco le sirvió a Leviatán conquistar el premio a mejor guion en el pasado festival de Cannes. Su estreno en Rusia, su país de origen y proveedor oficial de alrededor de un tercio de su presupuesto, se retrasaría invariablemente de octubre de 2014 a febrero de 2015 bajo el fuego de una crispada polémica política. “Las películas que insultan a las autoridades en el poder no deben ser financiadas con el dinero de los contribuyentes”, bramaba Vladímir Medinski, ministro de Cultura de Rusia, a propósito de la película de Andréi Zviagíntsev, de la que atacó su atmósfera de “desesperación”, la ausencia de “personajes positivos” y “verdaderos rusos” y, en conclusión, su apuesta por, según él, la explotación de los tópicos antirrusos albergados por Occidente con el objetivo de complacer la sensibilidad política internacional y cosechar galardones. No fueron las únicas reacciones acaloradas que suscitó el filme en el gigante euroasiático. Guennadi Ziugánov, jefe del Partido Comunista Ruso, calificó a Leviatán como una cinta “antinacional”, mientras que Serguéi Márkov, politólogo adscrito al partido gubernamental Rusia Unida, alegó en su contra que “descuartiza a los rusos y de esta forma se convierte en la base ideológica del genocidio del pueblo ruso”, razón por la cual sugirió al cineasta retirar la película de la cartelera, acudir a la Plaza Roja, ponerse de rodillas y pedir perdón.

El asunto es que todas estas actitudes matonescas de la autoridad política, escudadas en un patriotismo falaz y excluyente –o con nosotros o contra nosotros-, y que se enmarcan en el radio de acción de un poder férreamente interesado en controlar las manifestaciones culturales e ideológicas del país, no distan demasiado de los métodos mafiosos que emplea el villano que enciende la mecha a partir de la cual estalla la trama de Leviatán, y que no es otro que el alcalde de la pequeña localidad de Teriberka, en la costa del mar de Barents. A pesar de que la única alusión al Leviatán en los diálogos surge de boca del sacerdote local, quien cita el pasaje bíblico “¿Sacarás tú al Leviatán con el anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua?” (Job 41:01), y que el protagonista de la obra bien podría equipararse en sus padecimientos al santo de la fe y la paciencia contra la adversidad, la idea de Leviatán conecta por tanto con la lectura política del mito que ensayaba el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679), la cual viene a defender la existencia de un Estado que, en base a su omnipotencia rayana en la crueldad, sepa contener los impulsos salvajes y naturales del hombre, lobo para el hombre. Una idea de gobierno fruto de sus belicosos tiempos y que en una democracia contemporánea se consideraría inadmisible por la violencia maquiavélica que el modelo reserva para la autoridad, así como por el estrecho cerco que tiende sobre las libertades individuales, legitimado todo ello por el cumplimiento de los objetivos del pacto social que le da sentido y que garantiza la seguridad de los súbditos en el seno de la nación y frente al exterior gracias a su erradicación de los conflictos de intereses en aras de la seguridad y la paz común. En cierto sentido, esta idea de Hobbes del Leviatán es análoga al Estado omnímodo que caracterizaba el régimen de la Unión Soviética, bajo cuyas directrices se organizaba minuciosamente la vida de los ciudadanos, sin margen para la disidencia. Siguiendo esta premisa, el célebre esqueleto de ballena que yace mondo en la playa, imagen promocional de la producción, arroja una manifiesta metáfora acerca de la extinta potencia comunista, a la vez que remite de nuevo al monstruo marino descrito en el Antiguo Testamento y asociado con Satanás. Y, entonces, de aquellos polvos, estos lodos.

           Como si continuase ambientada bajo la sombra de un imperio totalitario, el argumento de Leviatán desarrolla un relato kafkiano donde el individuo se bate en duelo hasta la exasperación contra un poder arbitrario e invulnerable hasta que, invariablemente, cae derrotado por el absurdo, reducido así a un guiñapo atónito, enajenado y patético. Aquí, el origen del argumento se halla en el capricho del alcalde por, a través de los mecanismos públicos, expropiar su propiedad a Kolya, un humilde mecánico, hombre pasional casado en segundas nupcias tras enviudar, padre de un hijo y aficionado al vodka, solo por el interés de erigir un palacete que simbolice gráficamente su dominación del territorio, asentada sobre el clientelismo, las relaciones con las altas esferas y la coerción directa –es significativa la forma que tiene de convocar a la juez, la fiscal y el jefe de policía local, como si de sus sicarios de confianza se tratase-. “La gente quiere marcas, les da tranquilidad”, afirma el regidor para sintetizar ese matrimonio de conveniencia entre la alta política y el lenguaje comercial tan definitorio de este siglo XXI en el que el márquetin ha sustituido a las ideologías y las consignas. De ahí la sensación de inutilidad que embarga a los medios de combate esgrimidos por Kolya y su abogado Dmitri, su amigo de la infancia, instalado en la lejana e importante Moscú. Tanto los medios legales –una miríada de artículos de derecho que chocan contra la servil inoperancia de la justicia-, como los medios extrajudiciales –un informe acerca de las tropelías pasadas del alcalde, con las manos sucias de sangre-. Una pesadilla infernal, en resumen, escenificada en un entorno bucólico, de una belleza abismal, trascendente.

           No obstante, el relato de Leviatán muta a mitad de metraje para concatenar la doble influencia que el temible ogro ejerce sobre las vidas de aquellos que sufren su tiranía. En primer lugar, nos encontramos con este perjuicio político ya descrito, que en su desesperante sinrazón adquiere hasta de velados chispazos de humor a caballo entre la sátira y la caricatura costumbrista –la peculiar lectura de los fallos judiciales; la merendola con kalashnikov y vodka- y que certifica la “simulación democrática” que Andréi Zviagíntsev sostiene que es Rusia. “¿Te crees que tienes derechos”, espetará en un momento de euforia etílica el alcalde en dirección a su no menos embriagada víctima. “Ni los has tenido, ni los tendrás”. El alcalde –eslabón inicial aunque idéntico al resto de piezas que componen este estatus quo ruso-, es el heredero en miniatura de esos prohombres de la patria –Josif Stalin, Nikita Jrushchov, Leónidas Brézhnev,…- cuyos retratos Kolya y sus compadres ametrallarán durante la delirante fiesta de cumpleaños, y que detienen su galería en la efigie de Boris Yeltsin. “No los tengo más actuales porque todavía nos falta perspectiva histórica”, aducirá expresivamente uno de estos participantes, adoradores del arma y del alcohol. “Deja que cuelguen un poco más”, insinúa acerca de la evolución cierta e inexorable del sistema, presuntamente despojado ahora de los procedimientos tiránicos del Politburó pero con demasiadas semejanzas con él en el opresivo clima que se respira en el entorno, inclusive más putrefacto por las degeneradas licencias que permite la desaparición del yugo del Partido. Como continuaba Hobbes, la monarquía es quizás el mejor modo de gobierno para el Leviatán porque el interés público y el interés privado son una misma cosa, mientras que la aristocracia y la democracia pueden pudrirse en la corrupción,  la ambición y  la traición.

Retornando este doble campo de conflicto, el segundo de ellos se refiere a la dimensión personal y familiar, especialidad de Zviagíntsev como había demostrado en sus precedentes El regreso, The Banishment y Elena, cintas de penetrante introspección psicológica que analizan la evolución o la destrucción de estos vínculos familiares, puestos en jaque al ser sometidos a una perturbación traumática –el regreso del padre ausente en la primera, la confesión de un supuesto adulterio en la segunda, el homicidio justificado por la ceguera del amor maternofilial en la tercera-. En Leviatán, este plano comienza a gestarse a partir de la infidelidad de la joven esposa de Kolya, que derivará progresivamente en el desmoronamiento de este núcleo familiar y su naufragio en el rencor, la soledad y el alcoholismo. Este giro temático deja tras de sí sensaciones de impostura, de dramatismo forzado –la inexplicable aventura de ella, el odio enconado que le profesa su hijastro-. Sea como fuere, lo cierto es que sirve para que, finalmente, los hechos acaben hibridando ambas corrientes y se complete así este fresco cruel sobre la sociedad rusa. Una sociedad donde la religión y sus valores no son más que simples rituales de superchería –la convivencia de tres iconos y tres playmates en pelotas en el salpicadero del coche-, cuando no otro dinosaurio fosilizado –las ruinas de la iglesia, equiparable al esqueleto de la ballena en la playa y a la ruina de los muelles y las barcazas reducidas a escombros, representantes por su parte de la pujanza económica perdida- o, en su aspecto más crítico y relevante, una artera herramienta de autentificación del poder más abyecto –otro de los focos donde incidirían con ferocidad los reproches nacionalistas-. En sentido estricto, dando la razón a las apreciaciones del ministro Medinski, ni siquiera puede salvarse a los protagonistas en lucha contra los abusos de poder del pérfido alcalde, puesto que el desdichado mecánico es tan impulsivo, borrachuzo y violento como él y, por su lado, el orgulloso picapleitos moscovita tiene una forma muy particular de cobrarse en carne sus servicios pro bono. El hombre salvaje desde el que emerge un Estado salvaje para defender, a su manera, una interesada paz social.

           Leviatán prolonga el matiz más social y terrenal y menos místico y abstracto que adquiere la filmografía de Zviagíntsev desde su tercer largometraje, Elena, un proyecto de encargo que, empero, el realizador siberiano acabaría llevando a su terreno remozándola a su gusto junto con su habitual colaborador, el guionista Oleg Negin –también partícipe en el libreto de la presente-. Aunque de manera solapada, en Elena se podía apreciar la huella de una Unión Soviética desmoronada en un sistema fundamentado en la desigualdad y la corrupción –las diferencias sociales entre el marido de la protagonista y la familia de su hijo; la necesidad de obtener dinero para que, hablando con los funcionarios adecuados, el vago del nieto pudiera acceder a la universidad- y del que, inevitablemente, nace una sociedad amoral y apática –la decisión de Elena de envenenar a su marido, el constante expolio por parte de su hijo, válido para nada-. Sin empleo y sin luz a los pies de una enorme central termoeléctrica; la banalidad y vulgaridad del mal. En sendas tragedias, las conclusiones son agrias y pesimistas. Lacerantes.

Crispado por la polémica política despertada por su obra, Zviagíntsev contraatacaba a sus poderosos detractores y sostenía que su criatura es universal, que no se circunscribe de manera estricta a la realidad de la Rusia de hoy. De hecho, la inspiración seminal de la historia es el caso Marvin Heemeyer, dueño de un taller de reparación de vehículos en Granby (Colorado, Estados Unidos). El bueno de Heemeyer se había enfrentado contra el cabildo local -que había taponado la entrada a su negocio concediendo la construcción de una fábrica de cemento-, por la vía de lo civil –un sinfín de denuncias que invariablemente quedaban desestimadas por las presiones políticas y empresariales- y de lo criminal –un bulldozer remodelado hasta convertirse en un tanque con el que arrasaría la planta cementera y un total de trece edificios antes de ser detenido por los Swat y suicidarse en el interior del vehículo blindado-. Lo cierto es que, bien mirado, Leviatán contiene en su fondo mucho de este combate eterno del individuo contra el Poder depravado que lo agravia, oprime y devora. Kolya sigue pues la senda de aquel Michael Kohlhaas germano que en el siglo XVI, por el robo de dos caballos negros, se alzaba en armas contra el barón feudal, dentro de un sistema esperpéntico en el que se rastrean puntuales y disimuladas gotas de sátira, parientes lejanas del gamberrismo iconoclasta con el que Emir Kusturica retrataba a un Partido Comunista yugoslavo putero y beodo o con la que Luis García Berlanga y Rafael Azcona desnudaban al engendro franquista y sus epígonos, esencia de la España irredenta. Acaso con indagar por encima en el panorama político-inmobiliario español uno puede encontrarse que el alcalde en cuestión no es de Teriberka, en el óblast de Múrmansk, sino que regenta un villorrio de la costa levantina, y que el infortunado Kolya no es un pobre diablo de la fría Rusia septentrional, sino usted mismo.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

4 comentarios to “Leviatán”

  1. altaica 3 julio, 2015 a 19:47 #

    Una crítica memorable, que bucea y analiza con una profundidad y rigor extraordinarios. La obra es interesante y en algunos momentos brillante, pero también adolece de un exceso de credo en sí misma y de solemnidad e importancia que no alcanza. Donde el director y el guión no pueden al, precisamente, pretender demasiado, los actores dan tal recital de talento y nivel que elevan la obra donde esta no llegaría sola. Pienso como tú, pero también quiero ver en el esqueleto varado un símbolo de la descomposición, no sólo del pasado, igualmente de un presente corrompido e impío, comenzando por una Iglesia que descansa más en la pose y los convencionalismos epidérmico, que en una revisión ética. Desde el drama pequeño se vislumbra elgenegenérico pero todo huele demasiado a búsqueda de grandeza y solemnidad y eso lastra y mucho. Una notable película.

    • elcriticoabulico 5 julio, 2015 a 16:44 #

      ¡Muchas gracias, Altaica! Pues el caso es que no la vi especialmente engolada, no creas. Creo que sabe resolver bien el argumento y que consigue hacerlo universal y empatizable con relativa sencillez. Notable, en cualquier caso, sí.

  2. altaica 8 julio, 2015 a 12:15 #

    No, el cine soviético distaba de ser engolado en el sentido nuestro, y el actual ruso tampoco, pero yo me refería a esa sensación que, alejada de la presunción más al uso tido cine americano, sí existe, en el sentido de la presencia y uso de esos espacios y tempos dedicados al entorno, esas contemplaciones espaciales y naturales que buscan cierta trascendencia esencial.

    Es una manera distinta de intentar dar calado a la obra más allá de la propia historia en sí, en tanto que drama pequeño y aislado, para desde ahí buscar una mayor trascendencia global, social y de entorno. Yo sí aprecio esa dimensión de búsqueda, donde la metáfora a veces pequeña, otras grande y más evidente, pero siempre reiterada puede resultar clarificadora de lo que digo, y siempre algo excesiva, incluso imprecisa con todo lo que ello puede sugerir o despistar.

    Desde ese relato menor hay una búsqueda muchísimo mayor, y es ahí, en ese viaje que se aprecia solemne, pretende trascender lo que cuenta. Promueve claramente ser un cuento moral con una carga de profundidad evidente pero subterránea, que para algunos será fascinante en su ambiguedad, pero para otros puede quedar en exceso desdibujada o difuminada. Y la prueba más evidente es que tu crónica es de alto calado, con el suso de lupa fina y apreciando, en muchos momentos, aquellos símbolos que en una película como ésta anidan. Nadie discutirá que es una obra sobria y espacial, muy interesante a veces, fascinante otras, pero hay en ella cierta y clara ampulosidad de trascendencia que para mi la lastran en varios aspectos, o le impiden hacerla aún mejor de lo que es. No sé si me he sabido explicar.

    • elcriticoabulico 8 julio, 2015 a 14:26 #

      Te has explicado fenomenal. De hecho, ahí si te doy la razón. Pero creo que todo ello forma parte de la búsqueda de universalidad de la película, de ir más allá del contexto concreto de la Rusia presente. Quizás no sea todo lo acertado que pretende, pero concede momentos muy sugerentes y expresivas.

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