Mad Max: Furia en la carretera

27 May

“¡Max, estás hecho una pena!”, le cantaba Siniestro Total. Después de treinta años perdido entre las arenas posatómicas, Mad Max vuelve más loco que nunca para sembrar Furia en la carretera. Y arranca motores en Ultramundo: ¡Sed testigos!

.

.

“Me molesta que mucha gente asume que sólo por el hecho de hacer películas de gran presupuesto pones menos amor, cuidado y reflexión en ellas que los que hacen películas independientes o el tipo de filmes que se consideran más serios en Hollywood.”

James Gunn

.

.

Mad Max:

Furia en la carretera

.

Mad Max. Furia en la carretera

.

Año: 2015. 

Director: George Miller.

Reparto: Tom Hardy, Charlize Theron, Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne, Rosie Huntington-Whiteley, Zoë Kravitz, Riley Keough, Abbey Lee, Courtney Eaton, John Howard, Richard Carter, Nathan Jones.

Tráiler

.

            ¿Tiene sentido resucitar una trilogía enterrada desde hace tres décadas? ¿De dónde viene Mad Max Rockatansky? ¿Hacia dónde dirige sus pasos en este valle de lágrimas posatómico? ¿Tiene cabida su furia inagotable en este nuevo milenio?

            Surgido de la nada nuclear en la fascinante Australia de los setenta, Mad Max, salvajes de la autopista, suponía la confirmación internacional de la pujanza del nuevo cine australiano, surgido de la comunión de una talentosa camada de cineastas –Peter Weir, Bruce Beresford, Gillian Armstrong, Phillip Noyce,…- con la generosa aportación de capital para el séptimo arte a cargo de la Australian Filme Institute. Además, a la par, la primera entrega de la saga de Max Rockatansky, la última esperanza sobre la Tierra devastada, antihéroe arrasado interior y exteriormente por las despiadadas circunstancias, significaba así mismo el punto culminante en la cabalgada hacia el Armagedón cósmico aunque de ineludible ascendencia nativa desatada por el particularísimo género fantástico local, pieza clave en el florecimiento de esta industria insólita y constituido a comienzos de la década a partir de la semilla sembrada por Walkabout y Despertar en el infierno, enclavadas en un territorio extraño y mítico, ancestral y distópico; incomprensible e indomeñable para el hombre blanco extranjero. Son las precursoras dentro de una corriente luego prolongada por películas como Los coches que devoraron París -que anticipa el uso del motor como de fetichista objeto de culto futurista y amenaza alienante-, o La última ola.

            Producto de un tiempo incierto de Guerra Fría y sucesivas crisis del petróleo, en el que la Parca es inseparable compañera de terrores de la especie, Mad Max, salvajes de la autopista se convertía en un western distópico y minimalista sobre cuyas carreteras abandonadas a las hordas de los bárbaros, liberados de sus cadenas, se cruzaban y colisionaban ideas sublimadas, apenas perceptibles y tremendamente sugerentes: el antihéroe justiciero, el mal que se extiende como una metástasis entre las grietas del erial dejado de la mano de los dioses, el apocalipsis abstracto, sintetizado en una inquietante y onírica normalidad en la ambientación, extraordinariamente perturbadora por su apariencia cotidiana.

Fruto de los más de cien millones de dólares de recaudación del filme matriz, las sucesivas secuelas, Mad Max 2, el guerrero de la carretera y Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, ahondarán en el sabor a spaghetti latente en la serie, desarrollarán el Acabose de manera explícita y se sumergirán en un ciclo eterno de muerte, redención y nuevo amanecer en el que el viejo Max Rockatansky, cada vez más abollado y destilado a su esencia primaria, adquirirá el estatus de héroe mitológico, fundador de la patria rediviva. Con ellas, la saga intercambiará cierta admisible convencionalidad por el incremento de las pulsaciones por minuto de sus obras, en una progresión que llevaba a la segunda de estas secuelas a reducirse a un espectáculo para toda la familia, entretenido pero infantiloide y completamente alejado de su génesis en el tono y las formas –ritmo trepidante repleto de acción, una mayor incidencia del humor en el libreto, tratamiento más blanco de la trama-. Precio a pagar por la popularidad, la financiación también había quedado contaminada con los fondos provenientes del otro lado del océano Pacífico, impuestos por el gigante de Hollywood.

Y después, el silencio.

            Tras varios intentos de devolverle el aliento a Max Rockatansky, incluso con Mel Gibson al frente en una desbaratada preproducción gestada a comienzos de siglo, no es hasta el presente año cuando este jinete errante del futuro ha conseguido resurgir de entre el polvo del desierto. Aunque de inicio, ni Max Rockatansky es ahora Mel Gibson -neoyorkino de nacimiento, australiano de adopción-, ni su mundo pertenece ya a los paisajes extraterrestres del Outback, territorio primitivo y futurista todo en uno. Su rostro es el de un tipo de la metrópoli británica, Tom Hardy, y el suelo que pisa se encuentra en un tercer continente, África, cuando no, puntualmente, en el croma del CGI. Por lo tanto, cabe preguntarse, ¿ha muerto la identidad de Mad Max y en las imágenes digitales ya solo queda un sosias fantasmagórico y falaz, hijo de la codicia de un director que quiere rentabilizar las glorias pasadas y la nostalgia del espectador al estilo de gente tan poco recomendable como Sylvester Stallone? Quizás. O quizás, simplemente, Mad Max: Furia en la carretera propone una cuarta decantación de este policía tornado en vigilante distópico.

            Así pues, el fatigado Max avanza en su estilización mitológica, reconcentrado hasta la médula. Reconcentrado al gruñido, el puñetazo y la rabia, siempre la rabia incurable. El complejo de salvador permanece impreso en su sangre, donante universal de alto octanaje. Inclusive, se disputa el protagonismo del relato con una feroz contendiente, Imperator Furiosa (Charlize Theron, sudafricana por su parte). Deslocalizado, el yermo donde otrora gobernaban los interceptores, postreros bastiones de la ley y el orden, devora otro pedazo de la civilización extinta y se hace aún más atemporal y aespacial para configurar un territorio hostil que, a imagen de su protagonista, ni está vivo, ni está muerto, y que en modo alguno pertenece al hombre. El género se diluye hasta el esquematismo mínimo, tendente, como el resto de elementos, hacia un conceptualismo que ni siquiera admite las fórmulas y códigos del western –a no ser que uno quiera interpretar su estructura como un filme de indios demenciales contra cochambrosas carretas de colonos- y, por desgracia, tampoco esa sabrosa y penetrante idiosincrasia australiana –lo que, por otro lado, culminaría ese origen de aluvión de Mad Max, amalgama heterogénea de influencias foráneas condensadas en el crisol de la australianidad, parejo a la misma formación histórica del país de las antípodas-. George Miller apuesta por calcinar cualquier complemento accesorio de su criatura para que ésta renazca pura de sus cenizas. Solo pervive en ella la carretera, el motor y la irreparable llaga abierta que impulsa al antihéroe. Y el delirio.

En consecuencia, Mad Max: Furia en la carretera repliega su argumento hasta concentrarse en una idea de viaje. El último viaje de todos. El que transcurre desde la Ciudadela, oasis de agua y vegetación gobernado por el tirano Immortan Joe y su ejército de contrahechos ‘mediavidas’, hasta el pacífico edén prometido de la zona verde –o el Valhalla eterno, reluciente y cromado en el caso de estos pobres soldados sembrados de tumoraciones-. Desde el pasado hasta el futuro. De lo masculino y destructor a lo femenino y creador. Desde la muerte hasta la vida. Desde el Mal, al Bien. Sin embargo, hay una sensación de inutilidad que embarga la odisea y, esta vez sí, conecta con nociones heredadas de los capítulos precedentes. Una desoladora pulsión que mana desde esa escueta introducción de la película que, pese a lo concluido a partir de la segunda y la tercera parte, niega expresamente la exoneración de Max de las culpabilidades que lo atormentan, condenado por sus demonios a ser un cínico e irredimible caballero andante. Un Sísifo venidero que carga su losa hasta una cima que nunca podrá hollar.

Es entonces, en medio del absurdo nihilista, cuando la locura se transforma en arma de supervivencia, impregnada en el escenario, en la planificación, en la imaginería del fin del mundo, en la huida de todo hacia adelante, sin pensar. Porque una vez que Miller arranca la máquina, es imposible frenarla. Si los tres episodios originales describían una carrera hacia el vértigo en las revoluciones de la narración y la sala de edición, Mad Max: Furia en la carretera empuja una garrafa de nitroglicerina hacia el fondo del depósito, con recipiente incluido. Si como decíamos Mad Max, salvajes de la autopista emana de un apocalipsis sin apocalipsis, Mad Max: Furia en la carretera es el apocalipsis dentro del apocalipsis. Un páramo de ruina y desesperanza donde, otra vez, todo arde en llamas pasto de la gasolina y la pólvora, donde vida y muerte se hermanan al volante de unos surrealistas vehículos en perpetua persecución a través de paisajes marcianos capturados en fotografía saturada.

            El potencial de la puesta en escena de Miller es antitético a la frugalidad del armazón literario. Ya septuagenario, el cineasta aussie despliega un espectáculo de músculo y adrenalina que atrapa al espectador y, como le sucede al desdichado Max, lo encadena al frontal de estos autos locos para que contemple atónito la apoteosis de velocidad, destrucción, lujuria y alucinación que se suceden sin interrupción a lo largo de los 120 minutos de metraje coreografiado al milímetro, hostigado por un enfebrecido ritmo de montaje de más de diez planos por minuto. Mad Max: Furia en la carretera es ira en movimiento. El filme apuesta fuerte por la carta de la estética posmilenarista y se agolpan así secuencias espectaculares como la de la tormenta de arena que desencadenan tras de sí combates a cien kilómetros por hora donde la necesidad de acudir a los efectos especiales no impide que se perciba una grata fisicidad en la acción, rodada de forma contundente, con un gran esfuerzo en la planificación y con la contribución inestimable de la rotunda virilidad de Hardy y la presencia magnética y el riesgo físico de Theron, rapada y con brazo ortopédico.

Hábil contador de historias, Miller alivia la tensión de los motores al rojo vivo con la introducción de gotas extravagantes de humor que ayudan a componer la naturaleza desquiciada de este planeta reventado por los aires: el cráneo de cuervo con muelle en el salpicadero de los bólidos de combate, el guitarrista que aporta en directo los decibelios de la música de persecución, los cepos de castidad dentados, los buitres de las arenas que rinden por fin debido tributo, erizados de espinas, a los escarabajos infernales de la citada Los coches que devoraron París, los tres villanos deformes con kabuto samurái y dentadura de balas prestas para el disparo, pezoneras y narices de cobre que emulan a la de Tycho Brahe. Entre ellos, el realizador y guionista concede un guiño a los iniciados –entre otros desparramados, como los ojos fuera de las órbitas, el pistolón decimonónico, el volcado del camión o la cajita de música- y regala la principal amenaza de la función al angloindio Hugh Keays-Byrne, quien había encarnado al temible Cortauñas de la película inaugural: dos personajes iluminados y animalizados que hacen concreto el peligro que domina este cosmos adverso para el ser humano. La repetición de un mismo actor para dos personajes distintos y un rol semejante en dos cintas diferentes ya se había dado con Bruce Spence, secundario cómico con desigual relevancia en Mad Max 2, el guerrero de la carretera -donde encarnaba al peculiar Capitán Gyros-, y en Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno -donde aparecía más brevemente como Jedediah, el piloto-.

La mixtura equilibra el filme -que gracias a ella se concede a sí mismo la justa importancia sin perder un ápice de su intensidad bruta ni su carisma intransferible-, y equilibra una diversión desenfrenada y gozosa. “¡Qué gran día!”, exclama extasiado el mediavida atrapado entre uno y otro bando.

            Vista la calurosa acogida dispensada nada menos que por el elitista festival de Cannes, Miller se ha apresurado a anunciar quinto episodio para la saga. Hardy, por su lado, ya había confirmado que su contrato está firmado para un total de tres proyectos. Ya lo advertíamos, Mad Max Rockatansky no tiene redención posible.

 .

Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,7. 

Nota del blog: 7,5.

6 comentarios to “Mad Max: Furia en la carretera”

  1. kaldina 31 mayo, 2015 a 08:52 #

    La acabé de ver y me pareció buenísima!! Es un cine como para mi, rápido, deja ver los personajes y tiene coherencia con el universo plateado en las otras pelis… La disfruté.

    • elcriticoabulico 31 mayo, 2015 a 16:19 #

      Intuía que te podría gustar, es muy loca y muy divertida. Me alegra que así fuera.

      • kaldina 31 mayo, 2015 a 18:57 #

        Uy! Ya te conoces mis gustos!! Bala con sentido 😛

      • elcriticoabulico 1 junio, 2015 a 14:16 #

        No los conozco, porque soy malísimo recomendando, pero los puedo intuir, ojo.

      • kaldina 2 junio, 2015 a 20:54 #

        jajaja… Como sea, le requete pegaste.

      • elcriticoabulico 3 junio, 2015 a 15:36 #

        Oye, pues me alegro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: