El jinete eléctrico

25 May

El jinete eléctrico es una cinta típicamente pollackiana, dueño de una reivindicación sensible de la dignidad de un mundo que se marcha -el del salvaje Oeste- y con un romance entre caracteres contrapuestos -una estrella del rodeo desahuciada y una ambiciosa reportera-. Para la segunda parte del especial Sydney Pollack en Cine Archivo.

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“El éxito está lleno de trampas.”

Francis Ford Coppola

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El jinete eléctrico

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El jinete eléctrico

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Año: 1979.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Robert Redford, Jane Fonda, Valerie Perrine, Willie Nelson, John Saxon, Nicolas Coster, Allan Arbus.

Tráiler

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           Confluyen en El jinete eléctrico dos de las corrientes argumentales que, en cierta forma, caracterizan el melodrama de Sydney Pollack, en especial en su versión romántica. En primer lugar, El jinete eléctrico emana una noción de crepuscularidad, de reivindicación elegíaca de un universo que se extingue, que se hace carne en el vaquero inadaptado y cinco veces campeón del rodeo Sonny Steele (Robert Redford, en la quinta de sus siete colaboraciones como actor con su amigo Pollack). Un hilo temático parejo, a su manera, a la desaparición del Deep South nacido a los pies de las vías férreas transcontinentales de Propiedad condenada, de los códigos ancestrales de los samuráis y del gánster honorable de Yakuza o, incluso, de esa idea romántica y virginal, ajena a los vicios de la civilización, que significaba la Kenia de Memorias de África y con ella el aventurero errante Danys Finch Hatton, quien asistía a su inefable transformación a la modernidad naufragando en la melancolía.

En la cultura norteamericana –y por tanto en el cine de Hollywood, su expresión universal- pocas cosas existen más otoñales que el espectáculo del rodeo y la música country, despojos supervivientes del génesis de la nación, ligados indisociablemente a la conquista del Oeste por el impetuoso cowboy a fuerza de coraje, determinación y violencia. Es decir, individuos providenciales ahora reciclados en simples atracciones de feria o reclamos publicitarios, tal y como en su momento supo apreciar el legendario Buffalo Bill, quien terminaría sus días gestionando un circo y rememorando en él, para toda su familia, las hazañas de su mito –hecho que por aquella segunda mitad de los setenta Robert Altman y Paul Newman recreaban en la paródica Buffalo Bill y los indios-. Con las tornas cambiadas a partir del nacimiento del Nuevo Hollywood, no era ésta una época propicia para el canto del cisne del Oeste, como prueban cintas de ambientación contemporánea como Cowboy de medianoche -radiografía cruel del falaz sueño americano sufrida por un macho texano de otro tiempo y lugar-, y otras posteriores como Bronco Billy -también jinete circense abandonado en las cunetas de la sociedad-, o Cowboys de ciudad. Por otro lado, el calculador empresario (John Saxon) que rige los destinos de Steele, reducido a mera fotografía sobre una caja de cereales y, por tanto, un activo más en las cuentas de su macroempresa a punto de realizar la fusión definitiva para dominar el mercado, no dista demasiado de los magnates de la coetánea Muerde la bala, quienes a causa de su soberbia capitalista y su atrevida ignorancia se autoproclamaban amos de la tierra a necio golpe de talonario, y, con ello, impulsaban al último de los vaqueros del Oeste indomable a acometer a lomos de su caballo -ambos un único ser, el centauro del desierto-, una reivindicación épica y agónica de este pasado heroico que se negaba a apagarse en silencio. En El jinete eléctrico, será otra vez la iniquidad del todopoderoso hombre de negocios, nueva divinidad advenediza y vulgar que nada entiende de símbolos y nada respeta de los antiguos titanes forjadores del país, la que propicie el despertar de la rebeldía adormecida y la redención enaltecedora del protagonista, hasta entonces atrofiado por el marasmo y los cantos de sirena en papel moneda, evadidos en vano por el alcohol. La dignidad marginal del Junior Boone de Sam Peckinpah y El rey del rodeo marca inevitablemente el camino.

           Así pues, si el primer rasgo argumental descrito es la sensación de finitud que impregna el metraje, el segundo, ya adentrado por completo en el drama amoroso, lo establece el concepto de atracción irresistible entre opuestos. El cine romántico de Pollack parece concebido para demostrar que no hay diferencia que pueda frenar aquello que el amor ciego, sordo y guasón ha decidido unir. El ejemplo palmario lo ofrece Tal como éramos, donde Robert Redford y Barbra Streisand encarnaban dos manifestaciones contrapuestas de un mismo todo: la esencia de los Estados Unidos. Ella, abanderada del activismo político, la defensa de los valores sociales y la justicia internacional, de ascendencia hebrea y humilde, y con las facciones, digamos, peculiares de la actriz y cantante. Él, representante de la élite deportiva y del ocio frívolo de alta sociedad, un espécimen típicamente americano por su talante franco, afable, llano y a priori desinteresado de las complicaciones políticas, dueño por añadidura de la sonrisa galante y el cabello rubio, ario, del actor fetiche de Pollack. Aunque con un dibujo de personajes menos alegórico que el de Tal como éramos, la situación se repite en distintos grados en unos cuantos romances de la filmografía del cineasta oriundo de Indiana, como el de las antes referidas Propiedad condenada –él, urbanita y racional; ella, rústica y pasional- y Memorias de África –ella, todavía europea; él, naturalizado con las normas de la sabana africana-, así como en Un instante, una vida –muerto en vida él, viva en la muerte ella-, en Ausencia de malicia –ella, ambiciosa abanderada del cuarto poder vigilante; él, presunto mafioso investigado- o en el triángulo amoroso de Sabrina (y sus amores).

En otra dimensión, puesto que el romance aparece de forma más postrera –y un poco metido con calzador-, El jinete eléctrico anticipa esa fusión romántica entre lo salvaje y lo urbano de Memorias de África, propiciada en esta ocasión por la colisión entre el agreste vaquero a la fuga hacia las montañas de Utah y la taimada periodista que lo sigue, Hallie Martin (Jane Fonda), quien en su búsqueda de la historia de su carrera deja el rastro de deontología profesional censurable que, posteriormente, también exhibirá la futura protagonista de Ausencia de malicia. Otro de los detalles de compromiso social del cineasta. Al fin y al cabo, el enconamiento de la reportera en el acoso primero y luego traición del honesto aunque pedestre Steele ansía la captura de una especie de espectáculo de la miseria, exprimido de la decadente y absurda figura del cowboy, que a buen seguro agradaría a los organizadores de los maratones de baile de una de las cumbres de la obra de Pollack, Danzad, danzad malditos, donde en cambio Fonda interpretaba a la víctima de la corrupción moral de una sociedad ávida de carne humana que consumir.

Es imposible que, con Redford y Fonda compartiendo plano, unos simples fotogramas de celuloide hayan podido soportar tanta belleza junta. La química entre los intérpretes, además, estaba asegurada: ya habían ejercido como pareja cinematográfica en La jauría humana y Descalzos por el parque y habían estado a punto de serlo precisamente en Danzad, danzad malditos, para cuyo protagonismo masculino se había barajado el nombre de Redford. Igualmente, el retorno de Redford a la cabeza del cartel había sido uno de los baluartes en la campaña promocional de la película, puesto que la estrella llevaba tres años de semirretiro atendiendo su rancho, cuyos hermosos paisajes servirán aquí de decorado perfecto. Otra de las presencias destacadas en el reparto será la del músico country y debutante en la gran pantalla Willie Nelson, proveedor en paralelo del tema central de la banda sonora.

           No obstante, regresando al argumento, como sugería la mención previa al aspecto algo forzado del idilio, El jinete eléctrico posee otra de las particularidades de los romances de Pollack, en esta ocasión para mal: cuesta demasiado trabajo seguir el proceso y las razones –dentro de lo ilógico de todo enamoramiento que se precie- que conducen al estallido del romance. El guion y la realización no logran plasmar con potencia el voltaje que debería embargar a los dos amantes. Aparte, la narración queda destensada por momentos a lo largo desarrollo, en contradicción con unos títulos de crédito capaces de relatar con expresividad y por sí solos un ascenso y una caída apoteósica, señal inequívoca de que Pollack puede ser conciso si es menester.

           En general, El jinete eléctrico ofrece un filme bienintencionado, bonachón y hasta con un toque ingenuo –a pesar de estimables detalles como la alusión a la habilidad del capitalismo para convertir los ataques adversos en beneficios-. Una cinta amable y empática que expone con sencillez –casi simplicidad- el alegato a favor de un estilo sostenible y responsable de entender la vida, arrollado por la supuesta modernidad simbolizada por el alto empresariado y la ostentosa luminosidad de Las Vegas donde comenzará la rebelión de un hombre dispuesto a sacudir la conciencia dormida de Norteamérica –las eufóricas reacciones populares radiadas recuerdan a muchas producciones de esta clase-.

Si bien no es de las cintas de Pollack más estimadas por la crítica, es justo reseñar que sería uno de los principales éxitos de taquilla de esa temporada de otoño en los Estados Unidos –periodo indicado para el estreno, desde luego- y que obtendría incluso una nominación al Óscar en la categoría de mejor sonido, donde caería derrotada por un coloso, Apocalypse Now.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

2 comentarios to “El jinete eléctrico”

  1. Hildy Johnson 25 mayo, 2015 a 16:43 #

    … tengo especial cariño a esta película que siempre que la he visto, me ha llegado. Me gusta mucho tu texto de luces y sombras. A mí me arrastra esa historia del Pollack desencantado y el cowboy perdedor pero libre porque trata de ser fiel a sus principios una y otra vez. Sé que no es redonda, como Tal como éramos… pero a mí me arrastran. Me transportan y terminan, siempre, emocionándome.

    Besos
    Hildy

    • elcriticoabulico 26 mayo, 2015 a 16:02 #

      Tiene su encanto, pero hay veces que es demasiado blanca, demasiado bonachona y simplista. Sabe hacerse querer, sin duda, pero creo que daba para más.

      Besos.

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