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Memorias de África

17 May

“Un filme debe antes que nada sorprender, emocionar y sobre todo llevarte ahí donde no has puesto los pies jamás.”

Brian de Palma

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Memorias de África

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Memorias de África

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Año: 1985.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Meryl Streep, Robert Redford, Klaus Maria Brandauer, Michael Kitchen, Malick Bowens, Joseph Thiaka, Michael Gough, Suzanna Hamilton, Shane Rimmer.

Tráiler

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            “Yo tenía una granja en África”, evoca Karen Blixen, intermediada por Meryl Streep, para inaugurar el relato de uno de los iconos románticos del cine moderno.

Traslación a la pantalla de la novela autobiográfica y homónima de la escritora danesa, que firmaba bajo el seudónimo de Isak Dinesen, Memorias de África contenía de base elementos de descomunal potencial cinematográfico que, de hecho, habían suscitado tiempo atrás diversos intentos de filmar su romanticismo apasionado y exótico por parte de directores como Orson Welles, David Lean o Nicolas Roeg. Sin embargo, no será hasta la década de los ochenta cuando Sydney Pollack consiga sacar adelante el proyecto con Streep en el papel de Blixen y Robert Redford como el cazador y guía de safari Denys Finch Hatton, hombre providencial que encarna el viaje de Blixen hacia su propio paraíso en la Tierra, hacia el amor verdadero y la esperanza. Es decir, su despertar a la vida -a las emociones como esencia de la misma-, denegadas por la férrea estructura patriarcal y nobiliar de su gélido país de origen.

            Memorias de África recoge en definitiva la esencia de la fantasía amorosa, aquí afortunadamente ligada al influjo de la sugerente aventura colonial, una combinación que constituye un género en sí misma y que se encontraba en cierta decadencia en comparación con la enorme popularidad de la que había disfrutado en el Hollywood clásico -si bien en estos tiempos también florecerían fascinantes ejemplos como El año que vivimos peligrosamente-.

La fórmula implica el contacto del protagonista con un sinfín de costumbres extrañas que exigen una edificante ensanchamiento mental y derivan en una beneficiosa ‘contaminación’, así como el constante parentesco entre la belleza y el peligro, una colección de postales africanas damnificadas por los largos años de ver documentales de sobremesa, y una noción épica que por desgracia se confunde asimismo con un contraproducente exceso de metraje, capaz de ahogar buena parte de las virtudes cultivadas.

A su favor, le aleja de caer en el tópico un cuidado dibujo de personajes que se intuye conservado desde su original en tinta y papel, por más que en el fondo también reproduzca a su manera, sin abalanzarse en el efectismo de saldo, la característica sublimación de caracteres y del idilio propia del género, en demasiadas ocasiones recurso imprescindible para contagiar empatía romántica en cierto tipo de lector/espectador. Aquí, cabe disculpar, esta ocasional tendencia a la idealización parece parte del recuerdo subjetivo y nostálgico de la narradora.

            En cualquier caso, la colección de recuerdos de Blixen no se detiene en el triángulo amoroso entre ella, Hatton y el barón Bror von Blixen-Finecke (Klaus Maria Brandauer), esposo en un matrimonio de conveniencia mutua que implicaba para la escritora en ciernes la adquisición de un ventajoso título aristocrático y para él la disposición de un confortable colchón económico desde el que, honestamente, proseguir con sus quehaceres de bon vivant en el África británica. De este modo, la trama amorosa se imbrica y combina con la inspiradora lucha de Blixen por hallar su auténtico lugar en el mundo. Un hogar predestinado que se afirma, como acostumbra a ofrecer el western –pongamos como ejemplo, teniendo en cuenta sus diferentes conclusiones, otra cinta de Pollack como Las aventuras de Jeremiah Johnson-, sobre un territorio huérfano de los vicios de la civilización y, por tanto, donde es posible hacer tábula rasa.

No obstante, la corriente temática más apreciable de Memorias de África, capturada con delicadeza por Pollack con la inestimable ayuda de la conocida banda sonora de John Barry, es esa sensación de finitud que embarga el melodrama dotándolo de un halo trágico, alojado en sus cafetales, en la Kenia ancestral y pura al borde del cambio, en su amor por Hatton, en la naturaleza indómita de éste y, en conclusión, en la existencia misma.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

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