Archivo | 14:30

Apocalypto

18 Abr

“El pasado es como un espejo: refleja lo que sucedió en la realidad, y en la reflexión de la caída de Roma existen los mismos elementos que hay en lo que sucede hoy, las mismas cosas que hacen caer a nuestros imperios.”

Anthony Mann

.

.

Apocalypto

.

Apocalypto

.

Año: 2006.

Director: Mel Gibson.

Reparto: Rudy Youngblood, Dalia Hernández, Jonathan Brewer, Morris Birdyellowhead, Carlos Emilio Báez, Hiram Soto, Raoul Trujillo, Gerardo Taracena, Rodolfo Palacios, Ricardo Díaz Mendoza, Richard Can, Carlos Ramos.

Tráiler

.

           Damnificado por escándalos extracinematográficos que van desde borracheras trufadas de insultos xenófobos hasta un trasnochado fanatismo religioso pasando por episodios de violencia de género, y tan solo recuperado para la causa por amigos e íntimos colaboradores –El castor, Vacaciones en el infierno, Machete Kills, Los mercenarios 3-, Mel Gibson parece haber desistido de continuar una interesante carrera como director en la que había demostrado una notable fuerza y convicción, aunque fuese desaprovechándola en tonterías supinas como La pasión de Cristo. Suena en el horizonte un proyecto titulado Hasta el último hombre a propósito de un médico militar y objetor de conciencia en la Segunda Guerra Mundial, pero por el momento no supera el estado de preproducción.

           Así las cosas, Apocalypto pasa por ser la última película estrenada de Gibson como realizador. Aficionado a la historia y a la épica guerrera, el temperamental cineasta viajaría en el tiempo hasta los estertores de la cultura maya, inmediata a la llegada de los conquistadores españoles, para encontrar en ella una lectura aplicable a la actualidad occidental acerca de la descomposición interna de una civilización colosal debido a sus propios pecados y de la necesidad de retornar a formas de vida más puras y respetuosas con el prójimo y el entorno. Estas premisas componen el terreno y las reglas del juego bajo las que, en realidad, subyace un relato ancestral donde el representante del Bien, Garra de Jaguar, deberá escapar del acoso de las fuerzas del Mal, encarnadas por las belicosas milicias procedentes de la capital maya del Yucatán.

           El planteamiento, pues, es marcadamente maniqueo: frente a los buenos salvajes que viven en comunión con la naturaleza, bromean, demuestran conciencia cívica y son excepcionalmente guapos, se oponen los mayas urbanitas y sus vicios civilizados, como la esclavitud, la violencia arbitraria o una religión crudelísima y corrompida al servicio del poder. De ahí el vacío de sumirse en la discusión a propósito de la fidelidad histórica de la obra y de su visión sesgada o exagerada respecto a cuestiones como los sacrificios humanos, un aspecto éste de por sí estéril y no demasiado interesante para casi cualquier filme del género a no ser que él mismo proclame sus intenciones didácticas o historicistas, los cuales, si acaso, podrían achacarse aquí por detalles exhibicionistas -aunque también curiosos y apropiados para conferir verosimilitud a los personajes y su situación-, como son la elección de la lengua maya yucateca para los diálogos.

El caos, la hostilidad, la asfixia y la decadencia que impregnan la reconstrucción de la ciudadela maya, sumida en la desesperación por jinetes del apocalipsis como el hambre, la guerra y la peste, son más una mirada hacia el presente que hacia el pasado; una licencia narrativa y atmosférica más que una exposición pedagógica. De hecho, los elementos fantásticos brotan, con gran sugerencia, a lo largo del metraje –los fantasmagóricos forasteros en la selva, la niña profética, el exotismo casi extraterrestre de la cultura maya posclásica, el castigo divino para los malvados en definitiva-.

           Es precisamente esta composición de la atmósfera uno de los grandes valores de Apocalypto. Sus fotogramas, viscerales y primarios, con evidentes influencias pretéritas–el abuso ecológico en Rapa Nui; las mortíferas minas de cal en Barrabás; el deshumanizado y confuso infierno urbano en tantas otras-, pero también trabajados, vibrantes y sobrecogedores, consiguen arrojar instantes de alto voltaje sensorial e incluso emocional –la despedida del padre-.  Son imágenes que se muestran especialmente apropiadas para inducir el necesario hipnotismo al espectador y hacerle partícipe de la perspectiva de este nativo capturado con el fin de obtener el favor del dios Kukulcán gracias a su barbárica evisceración y decapitación ritual. Una conexión esencial que se obtiene asimismo mediante un acertado empleo de los rostros para el dibujo de personajes a través de arquetipos universales asociados –el héroe, el villano, la princesa, el amigo fiel, el rey noble,…-, expresados con rotundidad en numerosos primeros planos.

           De igual modo que la ambientación, el rodaje de la acción se mantiene firme en esa fina línea que separa lo impactante y arrollador de lo ridículo y cargante, y eso a pesar de que el desarrollo de los acontecimientos descubra cierto gusto por rizar el rizo –el jaguar, el parto que hasta podría cuadrar entre los citados detalles fantásticos dado sus ecos legendarios-. Gibson, haciendo honor al protagonista, también exhibe una encomiable garra para filmar la tensión y la adrenalina, con ligero abuso, eso sí, de esa cámara adosada en plano detalle a la espalda de los corredores.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

A %d blogueros les gusta esto: