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Danzad, danzad, malditos

17 Abr

“Hubo un tiempo, en los años treinta, en que no había guerra: la guerra consistía en sobrevivir a una economía horrible en una época en la que no existía un Estado de bienestar, no recibías nada. Cuando te arruinabas, te arruinabas.”

Clint Eastwood

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Danzad, danzad, malditos

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Danzad, danzad, malditos

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Año: 1969.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Jane Fonda, Michael Sarrazin, Susannah York, Gig Young, Red Buttons, Bonnie Bedelia, Bruce Dern, Michael Conrad, Robert Fields, Allyn Ann McLerie, Al Lewis.

Tráiler

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           Brazos en alto, con el rostro desfigurado por el dolor, de cara frente a una avalancha humana que se le viene encima, el protagonista de Y el mundo marcha, película de 1928 firmada por King Vidor, imploraba al mundo que se detuviera para poder bajarse de él, arrollado como estaba por la masa y por el sueño americano. En Danzad, danzad, malditos, el joven y aparentemente ingenuo Robert (Michael Sarrazin), se sube en movimiento a este tiovivo incesante, alimentado con hombres, sueños e ideales, sellando su participación en un colosal maratón de baile que promete alcanzar varios meses de duración –con descansos de diez minutos cada dos horas- a cambio de una irresistible recompensa.

           Adaptación de la novela ¿Acaso no matan a los caballos? de Horace McCoy, en Danzad, danzad, malditos la vida misma –en concreto la vida en los Estados Unidos postrados por la Gran Depresión– se hace alegoría en esta competición demencial, delirante y paroxística donde la dignidad, la humanidad y la salud física y mental se prostituyen por la promesa de un premio de 1.500 dólares. Descarnada y certera como un gancho a la mandíbula, la película disecciona la podredumbre que, después del Crack de 1929, había dejado al descubierto la raída alfombra americana de las falsas promesas de enriquecimiento universal y las oportunidades para quien se las trabaja.

           Sydney Pollack exhibe garra desde la dirección para encerrar al espectador en una espiral obsesiva que se cierne sobre esta malsana, frenética claustrofóbica pista de baile de la que solo parece poder salirse con los pies por delante, si bien aligerada con la dosificación de escenas en flash forward que van sumando dosis de intriga y fatalismo al desarrollo argumental. A la par que la imagen de los actores, el filme se torna cada vez más agresivo, más pegajoso, más incómodo.

En su progresiva y desesperanzada enajenación, ni siquiera queda a salvo el romanticismo terminal que el séptimo arte suele reservar para los perdedores. Los contendientes en este concurso amañando por odiosos titiriteros –cínicos intermediarios del supuesto público soberano, en realidad legitimadores del juego trucado por el poder competente-, son seres desgarradoramente patéticos. Sin embargo, su patetismo quizás no proceda de su naturaleza, sino que ha sido impuesto por el yugo de un colectivo entregado al egoísmo, a la depredación del semejante y a la conquista del bien privado en detrimento del bien común, como en realidad promulga la lógica turbocapitalista de estos Estados Unidos donde los sueños de prosperidad van a morir a la costa del Pacífico; a un vertedero de charlatanes falaces, luminarias brillantes, shows espectaculares y aberrante ostentación que, como no puede ser de otra manera, encuentra en Hollywood su Meca particular.

           Una exaltación del espíritu americano puesta en negativo –las bombillas rojas, blancas y azules que coronan el terrible desenlace como punto culminante- que, además, sirve para conectar este cine, esta otra crisis, con otra depresión económica, con otro cine presente: el de cintas como Mátalos suavemente o Dolor y dinero.

No es el único aspecto gracias al cual Danzad, danzad, malditos adquiere una vigencia absoluta. La misma esencia del concurso se emparenta con el espectáculo de la miseria –“un derecho para los ciudadanos, que la quieren ver para sentirse mejor”- que cualquiera observará al encender la televisión, incluso hábilmente sufragada y promovida por el poder público. La civilización siempre necesitó grotescos bufones para ignorar sus propias deformidades. Podríamos estar peor, susurran al oído.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

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