The Fake

2 Abr

Ultramundo se sumerge en la Semana Santa para realizar una discusión cinematográfica entre el escepticismo y la fe. The Fake tira la primera piedra.

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“La Iglesia se ha corrompido, ya no es verdadera. Nos están engañando.”

Mel Gibson

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The Fake

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The Fake

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Año: 2013.

Director: Sang-ho Yeon.

Reparto (V.O.): Kwon Haehyo, Jae-rok Kim, Hee-von Park, Ik-Joon Yang.

Filme

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           Por lo general, el cine acostumbra a acercarse a la religión a través de dos maneras contrapuestas: el proselitismo y el criticismo. Cual Poncio Pilatos lavándose las manos o cual promotor de peleas de gallos oliendo la sangre, el realizador surcoreano Sang-ho Yeon decide arrojar al foso a ambas corrientes y observar divertido cómo combaten encarnizadamente a lo largo de la tortuosa trama de The Fake.

           Yeon, director y guionista siempre circunscrito al terreno de la animación, es un cineasta que observa la sociedad coreana, su pasado reciente y su presente inmediato, y solo encuentra violencia. Una violencia ligada a un penetrante sentimiento de decepción y que él se encarga de hipertrofiar y deformar hasta hacerla estallar con la mayor acritud posible en su filmografía. De este agrio desencanto convertido en virulenta agresividad nace su primer largometraje, The King of Pigs, una denuncia del opresivo sistema clasista que define la sociedad surcoreana bajo la dictadura militar, miniaturizada aquí en los férreos escalafones de poder de un instituto corriente y que se perpetuaba por medio de la más cruel represión. Idéntico origen posee su siguiente obra, el cortometraje The Window, esta vez ambientada en el ejército, una institución capital en el país asiático debido al estado de guerra que mantiene con Corea del Norte desde 1950 -declarado oficialmente en tregua-.

The Fake continúa esta exploración particular de una nación enferma de violencia, en este caso metastatizada en una religión cristiana entendida como fe y como estamento: una dualidad no siempre en correspondencia y entre cuyas rendijas se filtran los miserables planes de un estafador de poca monta que ha encontrado en la ignorancia de la Corea rural más recóndita y empobrecida el teatro idóneo donde practicar un nuevo fraude. Yeon no esconde las cartas de ninguno de los personajes, presentados de inmediato y con gran concisión en su fariseísmo, su ingenuidad, su misantropía y su mezquindad. A Choi, el timador en cuestión, se le muestra de cara en todo momento, conspirando para rapiñarle los ahorros de toda la vida a unos “palurdos” iletrados aprovechándose de su necesidad de amparo emocional y empleando como marioneta en la misión al candoroso pastor Sung, a quien chantajea por su parte con las sospechas que se ciernen sobre su persona a causa de un escándalo sexual concluido en suicido. Choi es un trilero que hereda la labia de vendedor de aspiradoras del predicador Elmer Gantry de El fuego y la palabra, así como su excelente olfato para interpretar las debilidades ajenas, el desprecio por los efectos reconfortantes de la religión sobre el vulgo y hasta su indisimulada lascivia. Por el contrario, desde el rincón opuesto de la película, Min-chul se erige como la única voz discordante dentro de la congregación, separado del repentino fervor colectivo debido a su regreso al villorrio después de años de misteriosa ausencia y, en especial, por motivo de su carácter impulsivo y marginal. Dentro de este juego, Min-chul desempeña un rol en cierta manera equiparable al del Falstaff shakesperiano: representa a un falso loco que, en su cordura excepcional, percibe de inmediato la tramoya bajo la cual se ampara una realidad paradójicamente caracterizada por el artificio trapacero. No obstante, no es éste un Falstaff risueño, gordinflón y agudo que se regodea con descaro y hedonismo en las festivas licencias que le permite su condición de loco ante el resto de la respetable sociedad. Min-chul es un ser despreciable que depreda y tiraniza vilmente a su mujer y a su hija, sometidas a su yugo de maltrato físico y psicológico; no demasiado diferente al que también aplica al resto de sus convecinos.

           Al igual que en The King of Pigs y The Window, el argumento de The Fake se vertebra mediante un esquema de discusión entre antagonistas. En The King of Pigs los dos protagonistas confrontaban mediante un choque dialéctico las huellas que, en su actual vida adulta, había imprimido una infancia traumática. Por su lado, en The Window el cabo Jung y el recluta Hong se repartían en proporciones semejantes, a duras penas distinguibles, los papeles de víctima y verdugo, difuminados con el objetivo de que el espectador pudiera empatizar con cualquiera de las facciones. En cierta manera, The Fake prolonga esta confusión entre agresor y agredido, solo que a la inversa: será muy complicado empatizar con cualquiera de los dos bandos encadenados a una lucha a muerte, dada la problemática e hiperbólica personalidad de los individuos que pululan por los fotogramas. Las motivaciones que mueven al teórico antihéroe, emperrado en destapar la estafa que acecha a los lugareños, en nada tienen que ver con el idealismo y la moralidad en defensa del bien común: su ira la despierta el deseo de vengarse del estafador por una arbitraria refriega que tiene con él en un bar al comienzo del metraje y porque sus secuaces aprovechan una de las repetidas palizas que le propinaran durante su empresa, dueña de una testarudez digna del Oh Daesu de Oldboy, para robarle la cartilla de ahorros que, para más inri, él había hurtado previamente a su hija, quien la reservaba para financiarse la matrícula de la universidad.

No obstante, quien sale peor parado de este balance de la desmesura es el apocado sacerdote, a quien los giros de guion no consiguen aportar segundos trazos que reparen su desdibujado perfil general. Hecho de una sola pieza, es imposible comprender o dar por buena la ingenuidad que exhibe ante el titiritero que mueve sus hilos o las ambiciones que le impulsan a aceptar la trama criminal en aras de un fin más elevado. La contundencia que le sobrará a The Fake en otros aspectos se echa de menos en la construcción de este individuo capital por su delicada situación, por completo expuesto al fuego cruzado entre Choi y Min-chul de igual modo que lo estarán asimismo los inocentes aldeanos. Su acre deriva posterior, paralela a la de la propia cinta, tampoco posee la consistencia suficiente como para otorgarle entidad individual. Así las cosas, contagiado por la endeble constitución del pastor y la manifiesta obviedad de la trama criminal, The Fake no se ve capaz de recrear la atmósfera de histeria extática que demanda el relato, imprescindible para que el público al otro lado de la pantalla se sienta uno más dentro de la confusa y desorientada grey a la que se lleva al matadero como borregos; si bien cabría destacar en este aspecto algún poderoso detalle expresivo como el alegórico diluvio universal que se cierne sobre el desolado paraje, simbolizado por la inminente construcción de un pantano que, para su desesperación, obligará a sus habitantes a hallar un nuevo hogar.

Quizás se debe achacar parte de la culpa a la rusticidad de la animación, realizada con siluetas bastante hieráticas, de movimientos rígidos y poco naturales y con un estilo un tanto rudo en la plasmación de sus emociones. Sin embargo, Yeon dota de personalidad visual y carácter a los personajes a través de estos trazos sencillos y colores sólidos, oscuros, apropiados para retratar con laconismo la áspera decadencia que inunda el escenario. A pesar del respaldo que garantiza al cineasta el éxito de sus cortometrajes, pesan en la técnica y el acabado del filme, como es lógico, las magras posibilidades que depara una industria de la animación surcoreana tradicionalmente conmemorada a la elaboración subcontratada de encargos extranjeros. Esta ausencia de creadores consolidados se entrelaza con un mercado insuficiente que, a su vez, tiene como consecuencia la precariedad en el acceso a la inversión pública –en su mayor porcentaje, ligada a la Academia Coreana de Cine- o privada. Un sistema cerrado que obliga a los autores a aventurarse en la producción independiente como provisional y limitada válvula de escape y que apenas ha experimentado mutaciones desde el éxito pionero de Yobi, el zorro de cinco colas, sin apenas influencia de los diversos premios internacionales que algunos de estos proyectos han cosechado en certámenes internacionales.

           Sea como fuere, retornando a The Fake -precisamente galardonada en los festivales de Sitges, Gijón y Oporto-, el punto de vista extremo y absolutamente hosco que arroja su antihéroe provoca que la película resulte hostil y muy incómoda para el espectador y que, al mismo tiempo, poco a poco vaya aflorando en su seno la difícil disyuntiva entre una verdad propagada por un tipo solo estimable por su impresionante capacidad para regar improperios, y la aceptación tácita de un engaño evidente –lo que en definitiva equivale a acatar cualquier clase de doctrina religiosa, sea recta o falaz- que, aun con su manifiesta falta de racionalidad, logra aporta paz y consuelo a cambio de un precio determinado –aquí, el dinero atesorado durante toda una vida de penoso esfuerzo-. Una alternativa esta última de la que, por desgracia, Corea del Sur cuenta con el inefable ejemplo de la Iglesia de la Unificación, más conocida como la secta Moon. De fondo, el drama que se debate en The Fake bascula también en torno a la necesidad humana de la apariencia. Apariencia de felicidad, que es la que oferta la congregación religiosa; apariencia de heroicidad, que es la que cree detentar Min-chul; apariencia de honestidad, que es la que demuestra la dueña del restaurante a quien el mismo hombre le parece un caballero cuando está bien vestido y luce amabilidad mientras que le encuentra “feo”, como si fuese “otra persona”, cuando lo ve en una ficha policial que lo denuncia como estafador. Sintetizado fundamentalmente en la figura desdichada de la hija, este dilema entre decantarse por la desapacible realidad o por el opio del pueblo, adopta un camino ponzoñoso donde el tono del filme abraza un clima de violencia desbocada, próxima a la farsa en su exceso no siempre justificado ni pertinente, puesto que no logra agregarle causticidad, intensidad o matices a la propuesta, sino más bien lo contrario. A pesar de la ambigüedad en la que se desenvuelve The Fake, Sang-ho Yeon decidirá exponer una postura explícita -quién sabe si por convicción propia o por torpeza involuntaria- en el epílogo que clausura la función.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6,5.

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