El club de los asesinos

21 Mar

Despedida y cierre del especial sobre el reivindicable Basil Dearden en Cine Archivo. Para la ocasión, firmo un artículo a propósito de El club de los asesinos, una curiosa comedia negra con el inimitable Oliver Reed y la encantadora Diana Rigg.

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“El crimen tiene una historia respetable: el Londres de Shakespeare, la Florencia de los Medici. Nidos de asesinatos, venenos y ejecuciones con garrote. Dime una época en que haya florecido el orgullo cívico y las artes y no hubieran crímenes generalizados.” 

J.G. Ballard

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El club de los asesinos

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El club de los asesinos

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Año: 1969.

Director: Basil Dearden.

Reparto: Oliver Reed, Diana Rigg, Telly Savalas, Curd Jürgens, Vernon Dobtcheff, Philippe Noiret, Warren Mitchell, Clive Revill, Annabella Incontrera, Kenneth Griffith.

Filme

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            Los avatares que condujeron a la publicación de la novela Asesinatos S.L. dan en sí mismos para una película. A comienzos de la década de 1910, época de tensa calma internacional en la que se ambientará el relato, la idea primigenia a propósito de una organización de asesinos que pone sus eficaces prestaciones al servicio de homicidios éticamente legitimados, nacía de la corrosiva mente de Sinclair Lewis, firmante de textos que legarían para el séptimo arte filmes como El doctor Arrowsmith, Desengaño o El fuego y la palabra. Sin embargo, sería su compatriota Jack London quien comprara este concepto seminal para tratar de desarrollarlo en su plenitud. El esfuerzo será en vano. Después de redactar alrededor de 20.000 palabras, London dimitiría en su intento, reconociéndose incapaz de otorgar un final lógico al libro. A su muerte en 1916, Asesinatos S.L. permanecía inacabada. Décadas más tarde, otro escritor norteamericano, Robert L. Fish, especializado en literatura criminal, daría cuerpo al manuscrito de London, ensamblando en él varias notas adicionales del autor de Colmillo blanco así como un borrador de desenlace confeccionado por su esposa, también fallecida en 1955. De este modo, en 1963, Asesinatos S.L. veía por fin la luz. En 1969, llegaría su adaptación al cine bajo el título El club de los asesinos, a cargo del experimentado tándem conformado por Basil Dearden en la dirección y Michael Relph a los mandos del libreto, la producción y el diseño de producción –recordemos, el origen de su carrera artística-.

            Como es natural, Dearden y Relph recurrirán al orgullo británico y trasladarán el escenario principal de la historia desde los lejanos Estados Unidos hasta el Londres de comienzos del siglo XX, donde la longeva Pax Britannica que había dominado la centuria anterior muestra ya peligrosas grietas que amenazan con desgajar el equilibrio de potencias e imperios del continente. En cambio, en el traspaso de la celulosa al celuloide, permanece todavía intacto el espíritu de London, apasionado por aquellos hombres capaces de dominar su entorno gracias a su fuerza de voluntad y su determinación, siempre en defensa de sus firmes convicciones filosóficas y en aras de una sociedad mejor. En consecuencia, Ivan Dragomiloff (Oliver Reed), protagonista de la acción y presidente del Club de Asesinos Sociedad Limitada fundado por su progenitor, no considera el encargo de su propio asesinato, efectuado por la intrépida señorita Sonya Winters (Diana Rigg), reportera en ciernes auspiciada por un periódico inglés, como una ofensa a su dignidad y una afrenta contra su forma de vida, sino que ve en él la inmejorable oportunidad de cumplir con entereza su deber profesional y regenerar moralmente la compañía retornando al idealismo con el que fue constituida: el homicidio que, administrado con precisión quirúrgica, ingenio científico e integridad monacal, se convierte en la herramienta perfecta para cercenar de raíz los males que aquejan al mundo.

Además, claro, de proponer una saludable competición deportiva entre los distinguidos afiliados internacionales de la asociación –cada uno con su respectivo estereotipo: el suizo especulador, el ruso fatalista, el alemán disciplinado, el italiano hedonista-, encargados de cobrar su cabeza a costa de no perder la suya misma.

            Así pues, nos encontramos ante lo que había sido una hermandad de vigilantes dotados de talentos superheroicos semejante –aunque a escala más prosaica, por supuesto- a la liga de los hombres extraordinarios de Alan Moore y Kevin O’Neillllevada por cierto a la gran pantalla con escasísimo acierto por Stephen Norringhton en 2003-, y que ahora ha quedado lamentablemente reducida a causa de la ambición y el materialismo a una logia de vulgares asesinos ácratas como las que proliferaban bajo distinto signo político en los enrarecidos tiempos previos a la Primera Guerra Mundial –no cuesta delinear puntos en común con el exaltado clima ultranacionalista, militarista y prebélico del periodo así como referencias a la Historia auténtica, caso del magnicidio en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio austrohúngaro, por Gavrilo Princip, supuesto miembro de la organización secreta extremista serbia Mano negra-.

Con todo ello, dejando de lado este trasfondo ‘histórico’ -escenificado en impresionantes decorados y localizaciones reales a los que la colorista fotografía de Geoffrey Unsworth saca un enorme partido-, en el tono de El club de los asesinos impera una notable influencia del tebeo, evidenciada en su sentido del humor y su expresión de la violencia intrínseca al argumento, y establecida desde un pequeño prólogo destinado a definir la misión empresarial de la sociedad que se prolonga con unos hilarantes títulos de crédito que, casi a modo de portafolio comercial, alternan la ficha artística de la producción con jocosos atentados perpetrados con la firma del grupo.

            El planteamiento de la trama y la presentación de tan insólito club concitan los trazos de comedia más afortunados debido a la contradicción entre la actividad de la organización y los términos puramente mercantiles con los que su director ejecutivo se encarga de explicarla y razonar sus motivaciones, así como por la tensa guerra de sexos que se libra entre Oliver Reed, único para encarnar este rol pícaro y de vigorosa presencia de Dragomiloff, y Diana Rigg, cuya arrojada periodista es equiparable en talante liberal, independiente y feminista –si bien, como solía suceder en las comedias de entonces, para acabar utilizada primero y conquistada después por los encantos del macho- con su Emma Peel de la serie Los vengadores, quien le había otorgado una celebridad que, en el presente, parece haber recuperado parcialmente merced a su singular Oleanna Tyrell de la popularísima Juego de tronos. Por su parte, no era la primera vez que el temperamental Reed participaba en un proyecto de Dearden, puesto que ya había aparecido en una brevísima intervención en Objetivo: banco de Inglaterra, donde interpretaba a un corista amanerado que, a su vez, en consonancia también con la turbulenta ambigüedad de otro de los personajes de la cinta, avanzaba ese característico atrevimiento del prolífico y versátil Basil Dearden a la hora de acariciar tabúes sociales de su tiempo como, en este caso, la homosexualidad masculina, problemática que abordará de manera directa en su valiente y necesaria Víctima, estrenada cuando esta opción sexual era aún contemplada como delito en la legislación del país europeo.

Como antagonista principal de la función figurará el norteamericano de ascendencia griega Telly Savalas, actor de carácter que, con su papel de dueño de tabloide devoto de la sensacionalista premisa de ‘I make news’ y vicepresidente del Club de Asesinos significado por sus inquietudes de corte capitalista, termina por componer a un archivillano clásico con sus tradicionales delirios acerca de la dominación del mundo. Es decir, con nada que envidiar al icónico Stavro Blofeld que le tocará en suerte en la inminente 007 al servicio secreto de su Majestad, inaugurada en las salas apenas meses después de El club de los asesinos y en la cual, otra casualidad, la chica Bond de turno recaerá en Diana Rigg. No se detienen ahí los paralelismos. Por su destreza con las armas, su apostura viril, su afición por los viajes lujosos y sofisticados y su flema típicamente británica, Dragomiloff bien podría ser un alter ego del mismísimo James Bond. Escenas como las que corona el salto del zeppelín portan el inconfundible aroma del agente creado por Ian Fleming –solo falta la Union Jack decorando su improvisado paracaídas-.

            A pesar de ese exquisito humor negro con denominación de origen británica, comparable a la ferocidad macabra de precedentes como El quinteto de la muerte, la vertiente de thriller de El club de los asesinos pierde fuelle y capacidad de sorpresa a medida que avanza el metraje, en lo que se diría una reproducción de lo que le había ocurrido a London durante el proceso de escritura de la novela. No obstante, ciertos destellos de socarronería, la belleza de Rigg y el carisma de rostro duro de Reed sostienen la obra y evitan que se desplome en su romántico y aventurero juego del ratón y el gato por el seductor polvorín europeo.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

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